Hay algo de fábula en la narrativa económica de Javier Milei. Como en el cuento de Pedro y el Lobo, donde el pastorcito alerta una y otra vez hasta perder credibilidad, el Presidente anuncia de forma constante una inminente caída de la inflación que nunca llega a concretarse. Cada pronóstico de “ahora sí” se desvanece frente al siguiente dato que contradice la expectativa, erosionando no solo la credibilidad del mensaje, sino también la paciencia de quienes esperan un alivio que siempre parece demorarse.
Existe además otra advertencia que comienza a perder efecto: la idea de que, si el plan de Milei falla, “vuelve el cuco del kirchnerismo”. Durante meses esa amenaza funcionó como ancla política y emocional, capaz de sostener apoyos aun en medio del ajuste. Pero a medida que los resultados económicos no llegan con la velocidad prometida, ese recurso se va desinflando. El temor deja de bastar cuando la experiencia cotidiana —precios que no bajan, crisis industrial, consumo estancado, morosidad récord— pesa más que la amenaza futura.
Como en la fábula, no es que el riesgo haya desaparecido; es que la repetición constante lo vacía de sentido: cuando todo es advertencia, nada termina siendo urgente.
La inflación de marzo (3,4%), la más alta del último año, consolida una senda ascendente que se mantiene desde junio de 2025 —antes de la guerra en Irán y del aumento del petróleo— y pone de manifiesto la falta de consenso entre el Gobierno y los economistas sobre su evolución: mientras Javier Milei proyecta que comenzará con cero desde agosto, los privados descartan que baje del 2% mensual en 2026.
Milei atribuye el aumento sostenido de la inflación desde mayo pasado a la desestabilización de su Gobierno que, según él, promueve el kirchnerismo para incrementar el riesgo de su regreso. En ese planteo invierte causa y efecto: el riesgo de regreso de lo que él llama kirchnerismo es, en realidad, consecuencia del alza de precios y de la recesión que genera su plan económico, no su origen.
El desvío respecto de las metas oficiales es notable: el presupuesto de Luis Caputo preveía una inflación anual del 10,1% para todo el 2026, pero en apenas tres meses ya se acumuló un 9,4%, lo que hace más creíble la estimación del Fondo Monetario Internacional, que era del 30,4%, similar a la de 2025.
Al mismo tiempo, el organismo recortó su previsión de crecimiento para 2026 (del 4% al 3,5%), lo que implicaría una desaceleración respecto del 4,4% registrado en 2025, luego de dos años previos de caída económica.
Recordemos lo que prometía Milei hace algunos meses: “Para agosto de 2026 la inflación va a empezar con cero” (dic. 2025). La realidad resultó bastante distinta y, en su último discurso en la American Chamber of Commerce (AmCham), dijo: “El dato no me gustó y me repugna“. Es llamativo el uso de adjetivos para expresar su rechazo a la inflación, como si sus sentimientos pudieran alterar la realidad económica del país.
El Presidente explicó el 3,4% de marzo, además de los embates políticos del año pasado según su relato, por factores estacionales, la guerra en Irán y el aumento de la carne. Más adelante, con tono más enfático, descartó cambios en su programa económico y volvió a pedir paciencia.
Y, como en el cuento de Pedro y el Lobo, volvió a prometer que la inflación se va a derrumbar en los próximos meses: “Lo bueno de este dato es para tomar conciencia de que la inflación se va a derrumbar”.
La inflación para abril se pronostica en 2,5% y recién para el último trimestre del año podría volver a ubicarse cerca de 1%. Por ahora el patrón que observamos es una “U”: tras una baja inicial, la inflación volvió a repuntar.
El encuentro con empresarios dejó a la vista la “doble velocidad” de la economía argentina: el sector energético exhibe fuerte optimismo, mientras la industria muestra cautela y estancamiento.
Por un lado, las petroleras destacaron el potencial de Vaca Muerta como motor exportador y celebraron los avances del RIGI, proyectando inversiones millonarias y un papel clave en gas licuado. En esa línea Luis Caputo mencionó iniciativas de inversión. En contrapartida, la industria local advierte sobre caída de la actividad y capacidad ociosa, pese a algunas mejoras financieras.
Los empresarios reclaman mayor acceso al crédito, reducción de costos y reformas estructurales —especialmente fiscales— para reactivar la producción. Señalan que la estabilidad macroeconómica es apenas el punto de partida y que el verdadero desafío es convertirla en un desarrollo sostenido con previsibilidad.
Esa “doble velocidad” también revela los límites del programa económico en su conjunto. Mientras el Gobierno apuesta a que el dinamismo de los sectores exportadores termine traccionando al resto, los datos de inflación, actividad y consumo muestran que ese derrame todavía no llega.
Es en ese desfase entre promesas de estabilización rápida y resultados más lentos y desiguales donde tiene sentido comparar el plan actual con otros intentos históricos de desinflación en la Argentina.
En este gráfico se muestran los primeros 24 meses de distintos planes de estabilización argentinos: la convertibilidad, el plan posterior a la crisis de diciembre de 2001 y el Plan Austral. Aclaramos que, sumando los primeros tres meses del 2026, la inflación acumulada según el INDEC es 293% desde que asumió el Gobierno, aunque podría ser mayor si se consideran las discusiones sobre el método de medición.
El gráfico permite apreciar mes a mes el comportamiento de precios en cada plan y dónde las pendientes se vuelven más pronunciadas. En términos comparativos, la inflación acumulada hasta ahora es significativamente mayor que en planes que fueron exitosos en sus comienzos, como la convertibilidad o la etapa inicial post-2001. Incluso el Plan Austral mostró mejores resultados en sus primeros meses, aunque luego fracasó.
A partir del mes 21, con la inflación en ascenso, el proceso se encamina hacia una hiperinflación.
Hasta ahora, el programa actual no ha sido el más efectivo para desinflar.
Algunos economistas señalan que, a diferencia de 1989 o 2001 —cuando Argentina atravesó crisis extremas o hiperinflaciones— en 2023 no se llegó a aquel colapso, lo que reduce el margen para un “rebote” fuerte, ya que la economía no venía de una contracción tan profunda.
La convertibilidad tardó en consolidarse, mientras que el Plan Austral y el esquema de Lavagna mostraron debilidades después de algunos años. El dilema central del esquema actual es si acelerar la baja de la inflación mediante un tipo de cambio contenido o priorizar la acumulación de reservas, optando por esta última vía aun si implica tolerar más inflación en el corto plazo.
Donde más resonancias se perciben es con el Plan de Convertibilidad: con un dólar que, aunque no esté formalmente fijo, se comporta de hecho como tal dentro de las bandas de Luis Caputo y gracias al apoyo externo de Estados Unidos. Una “convertibilidad abreviada”, donde la estabilidad macro se construye sobre un tipo de cambio contenido.
La diferencia esencial con los 90 es el punto de partida. Aquella convertibilidad arrancó con expansión, consumo y dólares provenientes de privatizaciones y endeudamiento. Hoy no existe ese impulso: el crecimiento potencial se concentra en sectores como energía y minería, lejos del consumo masivo y con escaso derrame inmediato. Habrá que ver si el equilibrio fiscal y las apuestas por las exportaciones energéticas —con Vaca Muerta como emblema— aseguran un flujo de divisas más estable.
En paralelo, el respaldo externo nunca fue tan explícito, algo que evoca las “relaciones carnales” de los 90. Recientemente, Scott Bessent volvió a apoyar el plan de Milei. Incluso militantes libertarios compartieron un video con una modificación: vistieron a Bessent con la remera y gorra de la militancia libertaria.
Dijo: “El FMI está dispuesto a decir que esta vez es diferente en Argentina. Están acumulando reservas todos los días y más de 10 millones de personas han salido de la pobreza bajo el gobierno del presidente Milei. Es muy interesante ver que los pobres fueron quienes votaron a Milei”.
La similitud más incómoda con los 90 es un dólar barato que calma la inflación en el corto plazo pero erosiona la competitividad. En los 90 ese equilibrio duró años antes de quebrarse y desembocar en la crisis de 2001. Hoy todo parece más acelerado: menos margen político, más ansiedad social y un desgaste que llega antes. A diferencia del ciclo de Carlos Menem —que comenzó con euforia y terminó en crisis— este modelo arrancó con ajuste inmediato. La apuesta es inversa: sufrir primero y esperar que el alivio llegue después.
Algunos economistas plantean la hipótesis de que un ciclo breve de dólar barato podría evitar los desajustes acumulativos que destruyeron a la convertibilidad y abrir la puerta a una salida ordenada, sin una crisis terminal. Si el equilibrio fiscal y la desaceleración inflacionaria se consolidan como pilares, el próximo gobierno podría introducir flexibilidad cambiaria sin dinamitar todo el esquema, en una transición más madura.
El espejo más cercano para pensar ese escenario es el Plan Real de Brasil, aplicado tras una hiperinflación crónica —superior al 2000% anual— y cinco planes fallidos entre 1980 y 1993.
En 1994, bajo Fernando Henrique Cardoso, se lanzó el real, anclado al dólar mediante una banda cambiaria estrecha. El resultado inicial fue contundente: en pocos meses se estabilizaron precios, mejoró el poder adquisitivo y se recuperó la confianza, lo que impulsó su elección presidencial ese mismo año.
Sin embargo, como en todo régimen de tipo de cambio contenido, los problemas aparecieron pronto. El dólar barato impulsó consumo e importaciones, pero deterioró la competitividad industrial. Brasil sostenía un déficit fiscal cercano al 2,5% del PBI y mantenía el esquema mediante endeudamiento externo y entrada de capitales. Era una convertibilidad más flexible que la argentina, pero igualmente dependiente de la confianza internacional.
El punto de quiebre llegó al cuarto año, con las crisis de Asia (1997) y Rusia (1998), que provocaron una salida masiva de capitales de los emergentes. Brasil perdió reservas rápidamente, solicitó un rescate del Fondo Monetario Internacional por más de 40.000 millones de dólares y, finalmente, en 1999 abandonó la banda cambiaria. El real se devaluó más de un 40% en pocos días. Aun así, el país evitó el colapso: mantuvo la estabilidad institucional, el sistema financiero resistió y el impacto social fue acotado.
La clave fue la reacción: en lugar de sostener un esquema agotado, Brasil viró hacia un régimen de metas de inflación, superávit fiscal primario y flotación cambiaria administrada. Esa decisión permitió retomar el crecimiento rápidamente y dejó un legado duradero: disciplina fiscal, un Banco Central más independiente y estabilidad macro sostenida por décadas. La enseñanza es clara: la estabilidad puede sobrevivir a una devaluación si se corrige a tiempo, antes de que el sistema colapse.
Porque lo que quedó claro en AmCham es que la lógica del Gobierno no parece ser la de corregir, sino la de redoblar la apuesta.
Caputo, sin embargo, afirmó que estamos ante la mejor época para la economía argentina vivida en décadas.
La escena se repite: anuncio, expectativa, desmentida y nueva promesa. Como en Pedro y el Lobo, la insistencia erosiona el impacto del mensaje. Cada vez que se anuncia una caída inminente de la inflación o un despegue económico que no se concreta, la palabra presidencial pierde peso. No porque el objetivo sea erróneo, sino porque la reiteración sin resultados visibles mina la confianza. Ese desgaste ya se refleja en la opinión pública: distintos sondeos muestran que este es el peor momento de Javier Milei desde que asumió, con niveles de desaprobación que en algunos casos superan el 60% e incluso alcanzan el 65%.
Y en ese desgaste se juega algo más profundo que una discusión técnica: la credibilidad. Cuando la realidad contradice sistemáticamente el relato, ya no alcanza con prometer que “ahora sí”. El riesgo es que, cuando los datos finalmente mejoren, el público ya no esté dispuesto a creerlo. Como en la fábula, el problema no es solo el lobo: es haber gritado tantas veces que, cuando llegue, nadie reaccione. En ese escenario, la caída en la imagen no es solo un número político: es la consecuencia directa de una narrativa que pierde eficacia.
Esa lógica de advertencia constante y promesa diferida encuentra un punto de quiebre cuando el mensaje deja de ser persuasión y pasa a ser condicionamiento. Ya no se trata solo de anticipar que “lo peor ya pasó” o que “lo mejor está por venir”, sino de plantear un escenario binario en el que el apoyo político se presenta como requisito para que la mejora ocurra. Es en ese desplazamiento donde la narrativa abandona la explicación económica y se convierte, casi, en una advertencia final, en un clima social cada vez más impaciente y menos dispuesto a conceder tiempo.
“Si no nos acompañan, nos volvemos a casa”. La frase, más cercana a un ultimátum que a una estrategia, revela una dificultad inquietante: administrar la tensión entre convicción ideológica y pragmatismo.
La pregunta no es si el plan económico puede ajustarse, sino si el propio Milei está dispuesto a hacerlo sin interpretar cada corrección como una derrota personal. Porque, a diferencia de un economista en un paper, un presidente no puede “irse a casa” cuando la realidad no acompaña: tiene que hacer lo mejor que puede por el bien de todos.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MV

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