Facundo Nejamkis advierte que, si Milei no revierte la crisis económica, perderá en el balotaje

Facundo Nejamkis, director de la consultora Opina Argentina, aseguró que Javier Milei podría perder un balotaje en 2027 si se acentúa la crisis económica. El politólogo sostuvo que el oficialismo atraviesa un “momento prime en términos políticos”, con capacidad para obtener victorias legislativas, pero advirtió que el programa económico exhibe “signos de agotamiento”. “La pregunta es qué va a pasar cuando aparezca un rival que tenga autoridad moral para poder discutir con el gobierno”, indicó en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190).

Facundo Nejamkis es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Realizó estudios de maestría en Administración y Políticas Públicas en la Universidad de San Andrés. Es el director de Opina Argentina, una de las consultoras de opinión pública más consultadas por medios y dirigentes, destacada por su análisis electoral y de imagen de gobierno.

Se cierra la semana que comenzó con las airadas expresiones del Presidente en la apertura de las sesiones ordinarias y concluye con lo de ayer. El Presidente generó una serie de interpretaciones acerca de si comienza una nueva fase del gobierno. Me gustaría tu propio balance de la semana y saber si le das esa importancia significativa que yo estoy planteando.

Sí, son hechos relevantes, por supuesto. No comulgo con la idea de que cada suceso noticioso sea necesariamente fundacional. Ni siquiera consideraría que la apertura de sesiones del Congreso, aun siendo un espectáculo atractivo, marque por sí sola un antes y un después. Más bien lo interpreto como parte de un proceso en curso. Yo veo un gobierno, como dirían los jóvenes, en su momento prime en términos políticos. Es decir, un gobierno muy fortalecido en recursos de gobernabilidad: con abundancia de herramientas legislativas, quizás incluso en exceso.

Prácticamente obtiene lo que quiere en el Congreso y domina la escena de la Asamblea Legislativa de forma que hace un año no se hubiera imaginado. De un presidente que antes no podía sostener sus vetos, pasamos a uno que parece capaz de impulsar cualquier ley que desee; de alguien que inició su mandato hablando fuera del Congreso para no mezclarse con legisladores, a un presidente que controla la Asamblea y se dirige a los bloques sin exhibir con quién dialoga. En términos políticos, por ahora, el gobierno parece sobrado de recursos.

Al mismo tiempo, es un gobierno que en esa escena aparece polarizando con una fuerza política que hoy aparece muy debilitada, que es la principal fuerza opositora: el peronismo. Ese peronismo luce fragmentado y debilitado y, dentro suyo, el espacio hegemónico de los últimos 20 años, el kirchnerismo, enfrenta tensiones internas: su liderazgo está detenido y sin posibilidad de postularse, y arrastra un fuerte desprestigio social. Veo, entonces, a un gobierno que busca polarizar con una oposición debilitada, pero que genera resistencias incluso entre sectores que habían apoyado al oficialismo y que hoy están menos conformes con la situación.

Así como sostengo que el gobierno está en un momento prime en lo político, no observo lo mismo en lo económico. Percibo un programa económico que muestra signos de agotamiento similares a los que se vieron antes de la elección de octubre, con la diferencia de que entonces el respaldo político y financiero de Estados Unidos había compensado una situación de alta precariedad, sobre todo en lo referido al valor del dólar. Hoy, en los sondeos, existe cierta certidumbre sobre el dólar, pero el resto de los indicadores de opinión son negativos.

La gente percibe que los precios aumentan respecto a la estabilidad que Milei consiguió en su primer año. Crece en 12 puntos la proporción de personas a las que no les alcanza el ingreso para llegar a fin de mes. Aumenta del cinco al 15% la proporción de quienes consideran que la inflación volvió a ser una preocupación principal. Además, indicadores objetivos relacionados con crecimiento y morosidad muestran un programa económico con rendimientos heterogéneos que, por ahora, no mejora la vida cotidiana de la mayoría.

El Gobierno ha utilizado la Asamblea Legislativa como un recurso político para confrontar con un rival, y hasta ahora eso le ha permitido acumular capital político; pero no sé cuánto podrá mantener ese recurso cuando comience a competir contra sí mismo, como suele ocurrir a los gobiernos tras las elecciones de medio término.

¿No hay una relación entre una cosa y la otra? ¿El espectáculo del domingo y esa exhibición de fortaleza política es necesaria o consecuencia de la debilidad en materia económica?

Sí, la política y la economía operan de manera casi superpuesta. Permitime retroceder un paso: plantear las transformaciones estructurales del programa económico desde una dimensión moral. En debates académicos o técnicos, si hay déficit o no, no es un tema moral. Si el Estado gasta o no gasta, no es un tema de orden moral. El Gobierno, con acierto estratégico, instaló esa lectura moralizante. Así descalifica a cualquier adversario que proponga otro enfoque y, por eso, el Presidente se permite prescindir de la obra pública durante dos años sin que nadie pueda decirle fácilmente “es una barbaridad”, porque quien propone obra pública queda estigmatizado como corrupto.

La cuestión es si esa estrategia funciona frente a un rival que carezca de autoridad moral para cuestionarla, en este caso el peronismo kirchnerista. La pregunta es qué va a pasar cuando aparezca un rival que tenga autoridad moral para poder discutir con el gobierno. Ese rival podría surgir dentro del mismo espacio reciclado o de un espacio distinto; y su aparición, junto con el rendimiento del gobierno, será determinante.

Hoy Milei piensa que su adversario es el kirchnerismo. Está bien que lo use como recurso, es efectivo; pero en realidad hoy Milei pelea contra sí mismo y contra el desempeño de su gestión hasta las elecciones del año que viene. Puedo imaginar que, en un hipotético balotaje, mucha gente preferiría a Milei frente al kirchnerismo; la incógnita es si competirá contra eso o si surgirá otro rival.

Un ejemplo: la historia no se repite, pero rima. Pensemos en el gobierno de Mauricio Macri: él creía que peleaba contra Cristina Kirchner y, en una jugada política, Cristina se corrió del centro, puso a Alberto Fernández como candidato y Macri perdió con Alberto Fernández, que hasta entonces no había encabezado una lista ni era un líder con carisma arrollador. Macri perdió, en buena medida, por el rendimiento económico de su gobierno.

Por eso la pregunta clave es qué pasará con la economía de aquí en adelante; creo que eso definirá la dinámica política. Entramos en una etapa donde Milei empezará a competir contra sí mismo y gobernar con el espejo retrovisor suele ser más difícil que en los primeros dos años. Echar la culpa a la herencia o agitar el fantasma del adversario pierde eficacia si a uno no le va bien.

Con un desempeño económico regular, Milei podría zafar: la memoria de crisis previas puede ser tan fuerte que con un rendimiento moderado alcance para ganar. La duda es si llegará al año que viene con ese rendimiento regular; yo advierto señales de alerta que apuntan a que podría no ser así.

¿Volvemos a septiembre? ¿Volvemos a un momento en el que al Gobierno la economía no le está dando la posibilidad de demostrarle a la sociedad las mejoras esperadas después de un optimismo generado a lo largo del segundo semestre de 2024 y el primer trimestre de 2025, cuando empezó aquel problema cambiario? En este caso, los síntomas son de la economía real. La inflación está más cerca del 3% que del 2%, y la crisis económica permite que se califique la situación actual de esta inflación. ¿Te parece que hay como un regreso o un fin de esa luna de miel que tuvo el presidente tras el triunfo de octubre hasta marzo de este año?

Si lo analizás por imagen, sí. En septiembre, cuando el Gobierno atravesó varias crisis y sufrió la derrota en la provincia de Buenos Aires, la imagen del Gobierno y del propio presidente rondaba los 40 puntos, y en algunos momentos cayó cerca del 35. El efecto Scott Bessent, en mi opinión, fue determinante para entender el rumbo de la opinión pública y el resultado electoral de octubre. Es verdad que la elección bonaerense despertó en votantes el deseo de evitar al peronismo y votar la opción “menos mala”, pero cuando el dólar comienza a crecer e inestabilizarse, eso también se convierte en un argumento decisivo.

Entre septiembre y octubre apareció un prestamista de última instancia que dijo: “El valor del dólar lo garantizo yo”. Eso generó un respaldo al sistema cambiario de una magnitud insospechada y produjo un rebote en la imagen presidencial, llevándola a niveles de 50–52 puntos. Ese efecto duró octubre y noviembre, pero desde diciembre la imagen empezó a descender y hoy, en marzo, está en los mismos niveles que en septiembre.

Es cierto que hoy resulta raro ver presidentes con imágenes del 60 o 70% como antes: la polarización, la antipolítica y la dinámica mediática dificultan sostener niveles altos. Aun así, no podemos ignorar esta caída: con estos números el presidente necesitaría ganar en primera vuelta, porque corre el riesgo de llegar a un balotaje donde existe una mayoría social que no estaría dispuesta a votarlo. Lo vimos en octubre: sacó 41 puntos y el 59% de la gente votó otras cosas, sin contar el ausentismo, que también expresa distancia y decepción de parte del electorado.

Además, una situación económica más grave puede fijar un techo. Me permito tomar una idea de colegas: Cristian Buttié señaló que el Presidente, más que caer en su piso, ha caído su techo. Eso complica a quien debe enfrentar un balotaje —preguntémosle a Sergio Massa, que se topó con ese problema en 2023— y deja abierta la posibilidad de que surja quien encarne ese sentimiento diferente, aunque hoy por hoy aún no haya aparecido.

¿Creés que hay tiempo para que la sociedad, de demandarlo, cree una oferta a tiempo para 2027? Algo tan rápido como lo que vos mencionabas en el caso de Alberto Fernández, pero en aquel momento ungido por alguien que tenía un poder que hoy pareciera no tener nadie.

Ese es el problema central. Hoy ese poder no lo tiene nadie y al mismo tiempo el peronismo está mucho más dañado hoy que en ese momento. En 2015 Macri había ganado el balotaje por un punto; hoy la correlación es distinta. Aunque el peronismo ya arrastraba causas de corrupción como la causa Cuadernos, hasta entonces no estaba tan marcado por el estigma de un gobierno desordenado, desprolijo y con un presidente que daba la sensación de no manejar los recursos del poder. Ese sello —el de desgobierno— afectó al peronismo de modo distinto en la última gestión.

Por eso, yendo a tu pregunta, resulta difícil imaginar que en poco tiempo surja una alternativa potente desde el peronismo si el propio espacio está tan dañado. No obstante, cuando las sociedades se cansan, buscan cualquier alternativa.

Veamos qué fue Milei: en 2021 no pensábamos que la alternativa sería él; se hablaba de (Horacio Rodríguez) Larreta, (Patricia) Bullrich o Macri como opciones de Juntos por el Cambio. Sin embargo, el desgaste del peronismo llevó a elegir una propuesta completamente distinta. Hoy no aparece una figura similar, aunque Milei ya asomaba; todo dependerá de la velocidad de la crisis: si el gobierno sufre una descomposición económica acelerada, la sociedad buscará atajos y alternativas rápidamente. Si Milei hace un gobierno regular, probablemente tenga más chances de ganar una elección en primera vuelta, porque será más difícil articular una alternativa mayoritaria.

Otra hipótesis es que hay tres escenarios: la polarización, que es lo que sucedió entre Macri y Alberto Fernández y Macri y Scioli; tercios, que es lo que sucedió en 2023; o fragmentación, que es lo que sucedió en 2003 cuando no había PASO. ¿Le asignás alguna probabilidad a este último escenario? Imaginemos que haya tres peronismos, que la propia derecha esté dividida entre una candidatura de Milei y una de un candidato del PRO, Nacho Torres, el gobernador de Chubut, respaldado por Macri, y por ejemplo otra inclusive de Victoria Villarruel, aunque saque 4 o 5%, y del otro lado también el peronismo dividido, derecha e izquierda, con Axel Kicillof como candidato natural, Juan Grabois a la izquierda y un gobernador representando lo que representó Massa o un exgobernador como Gerardo Zamora, y luego un pastor como Dante Gebel? ¿Te imaginás la posibilidad de que se pueda llegar a un balotaje con candidatos que no lleguen al 30%?

Sumo un cuarto escenario al que mencionás: el de 2011, con el oficialismo fuerte y toda la oposición fragmentada. En ese año alguien lo describió como “Blancanieves y los siete enanitos”: el principal contendiente quedó muy por debajo del 20% y Cristina obtuvo el 54%. Reitero: todo vuelve a depender del rendimiento del Gobierno. Si el oficialismo llega a 2027 con la economía recuperada —supongamos que la crisis es pasajera y aparece un rebote del consumo y el crecimiento— es plausible que el Gobierno se fortalezca y la oposición se fraccione, porque no habrá incentivos para unirse.

Por el contrario, si al Gobierno le va mal, entonces sí puede fragmentarse la derecha, porque para que surjan alternativas competitivas a Milei ese espacio necesita perder incentivos para apoyarlo y que las otras propuestas resulten atractivas. A la vez, el deterioro podría empujar al peronismo a presentar alternativas internas —una opción más a la izquierda y otra más peronista clásica— y ver quién llega a un eventual balotaje con Milei.

La variable central es, insisto, el rendimiento del Gobierno. No creo que la política adquiera una dinámica autónoma independiente del desempeño económico. Además, el rendimiento económico del país no depende sólo del Gobierno: el conflicto en Medio Oriente, por ejemplo, cuyo inicio es visible pero cuyo final es incierto, puede complicar la gestión económica por el impacto en precios del petróleo y de commodities. Es una situación compleja, por decirlo con palabras de una amiga chilena.

TV

LT

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *