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  • Día 822: Cuando el “anarco” supera al “capitalismo” en la escena política argentina

    Día 822: Cuando el “anarco” supera al “capitalismo” en la escena política argentina

    El presidente Javier Milei se define a sí mismo como anarcocapitalista, una corriente que combina la defensa radical del mercado con una desconfianza absoluta hacia el Estado. Sin embargo, su persistente confrontación con Paolo Rocca, líder del Grupo Techint, pone en evidencia una tensión conceptual dentro de esa etiqueta.

    El discurso que defiende el capitalismo suele presentar a los grandes empresarios como motores del crecimiento económico y aliados naturales de un modelo promercado. Pero la reiteración de los ataques del Presidente a uno de los principales industriales del país sugiere otra cosa: una mirada que desconfía no sólo del Estado, sino también de las grandes estructuras del poder económico.

    En ese sentido, el conflicto con Rocca plantea una pregunta más profunda sobre el ideario del gobierno: ¿no será que, detrás del discurso capitalista, prevalece en realidad un impulso más cercano al anarquismo que al capitalismo? ¿No será ese anarquismo un rasgo de la personalidad de Milei, una inclinación hacia el caos?

    El episodio que reavivó la polémica fue, en apariencia, uno más de los exabruptos del Presidente. Durante su intervención en la Argentina Week en Nueva York, en la sede del JP Morgan, atacó al CEO de Techint y al dueño de Fate, Javier Madanes Quintanilla, a quienes acusó de haberse beneficiado del kirchnerismo.

    “Rocca y Madanes atacaron a los argentinos”, aseguró Milei. Al escuchar el discurso, además del tono pausado —casi “sedado”, podríamos decir— del Presidente, llama la atención que su intento de provocar la participación del auditorio no obtenga respuesta; la escena genera cierta incomodidad.

    En su editorial de esta mañana, Joaquín Morales Solá afirma que “Milei confunde el afuera con el adentro”, ya que en Nueva York mantuvo el mismo tono confrontativo que emplea en la política doméstica. En un acto pensado para atraer inversiones extranjeras, esa actitud espanta más de lo que seduce.

    Además, la repercusión en los medios norteamericanos fue prácticamente nula: el evento pasó desapercibido en Estados Unidos. Si el objetivo era promocionar a la Argentina en ese mercado, la ausencia de cobertura es una mala señal. También se subrayó que, entre los pasajeros confirmados para viajar desde Argentina, cerca del 70% provenía de Buenos Aires.

    Entre las pocas repercusiones destacadas en la prensa argentina apareció la declaración de Jamie Dimon, CEO global de JP Morgan, quien elogió a Milei y dijo que “tiene convicciones muy sólidas sobre cómo arreglar un país”. Queda la pregunta inevitable: ¿esa única intervención relevante basta para justificar el gasto y el esfuerzo organizativo del evento? Según cuenta Morales Solá, un banquero importante presente lo resumió así: “Fue un discurso 100 % local; hubiera pensado algo más para afuera que para adentro”.

    Incluso dirigentes como el gobernador mendocino Alfredo Cornejo, que asistió, se desmarcaron de la equiparación entre Rocca y Madanes. Gran parte del empresariado local manifestó su malestar por los ataques, tal como lo expresó ayer en Modo Fontevecchia el presidente de IDEA (Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina).

    En una entrevista realizada esta semana con Luis Majul, Milei además acusó a Rocca de amenazar con una corrida cambiaria: “Rocca decía que si no hablábamos con ellos, nos amenazaba con corrernos en el mercado de cambios”. La pregunta es por qué un gobierno que se proclama el más capitalista de la historia argentina decide confrontar con uno de los empresarios industriales más relevantes del país. No se trata de un industrial dependiente exclusivamente del mercado local, ni de un empresario cuya fortuna haya sido generada solo al calor del Estado.

    El economista y psicólogo político estadounidense Nassim Nicholas Taleb describió a ciertos líderes como “amantes de la volatilidad”: dirigentes que creen que el conflicto permanente revela verdades ocultas del sistema. Al repasar la trayectoria pública de Milei aparece un patrón claro: la confrontación constante como forma de intervenir. Desde esa lógica, atacar a Rocca en un foro internacional no sería un error de cálculo, sino la expresión coherente de una personalidad política que tiende a producir rupturas antes que buscar equilibrios.

    La historia de Techint comienza con Agostino Rocca, ingeniero italiano nacido en 1895, figura central en la siderurgia europea antes de emigrar a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial. El periodista Horacio Verbitsky lo resume en una nota en su portal El Cohete a la Luna. Agostino Rocca, ingeniero y capitán de artillería milanés, fue un actor importante en la siderurgia italiana durante el régimen de Benito Mussolini. Dirigió la empresa Dalmine, que llegó a tener 60.000 empleados y producía tubos sin costura para el esfuerzo bélico del Eje, además de ocupar cargos en otras compañías vinculadas al aparato industrial del fascismo.

    Tras la caída de Mussolini en 1945, Rocca fue detenido por los partisanos, aunque fue absuelto en 1946 en un contexto en el que Italia priorizaba la reconstrucción. Con capitales europeos que sobrevivieron a las requisas de los Aliados, se trasladó a la Argentina y, recomendado por Torcuato Di Tella, fundó Techint bajo el gobierno de Juan Domingo Perón, contribuyendo al desarrollo de la industria pesada del país.

    En 1948 creó en Campana la Sociedad Argentina para la Fabricación de Tubos de Acero (Dálmine Safta), origen de un polo industrial que luego incluiría a Siderca y Cometarsa, y que participó en grandes obras como el gasoducto Comodoro Rivadavia–Buenos Aires. Tras la muerte de Agostino en 1978, el grupo quedó a cargo de su hijo Roberto Rocca, quien más tarde dividió el control entre sus hijos Agostino y Paolo. El primero falleció en un accidente aéreo en 2001.

    Rocca, hoy la figura central del Grupo Techint, tuvo una trayectoria personal marcada por contrastes generacionales y políticos. Si su abuelo fabricaba armas durante el gobierno de Mussolini, él en su juventud militó en la organización de izquierda italiana Lotta Continua, un movimiento estudiantil radical de Turín que incluso criticaba al Partido Comunista por su moderación frente al régimen fascista.

    Con el tiempo abandonó ese activismo y estudió en la Universidad de Harvard, desde donde inició su carrera dentro del grupo familiar. Con los años se transformó en uno de los empresarios más influyentes de la Argentina y América Latina, liderando la expansión internacional del conglomerado siderúrgico. En el artículo de Verbitsky se cita una frase que Rocca suele repetir: “Entre los mandatos que dejó mi abuelo estaba nunca invertir en la fabricación de armamentos, en los medios de comunicación y en actividades financieras”.

    A lo largo de las décadas Techint evolucionó hasta ser un conglomerado global. Hoy sus principales compañías (Tenaris, Ternium, Tecpetrol, Tenova y Techint Engineering & Construction) operan en varios continentes. Las ventas anuales del grupo rondan los 50.000 millones de dólares y sus operaciones se extienden por América, Europa y Asia. Ese crecimiento no se dio en una sola etapa política: Techint atravesó gobiernos militares, democráticos, neoliberales y populistas, adaptándose a contextos diversos sin renunciar a su vocación internacional.

    Un momento clave de su expansión fue durante la presidencia de Carlos Menem en los años noventa. En 1992 el grupo participó en la privatización de Somisa, que luego se transformó en Siderar. Entre 1992 y 1996, Siderar pasó de controlar el 56% del mercado argentino de acero plano al 79%, mientras que un ambicioso programa de inversiones multiplicó la productividad de la planta y redujo los costos industriales en casi un tercio.

    La década del noventa fue también la etapa de la auténtica internacionalización del grupo. Techint adquirió Tamsa en México en 1993, tomó el control de la histórica siderúrgica italiana Dalmine en 1996 y lideró el consorcio que privatizó SIDOR en Venezuela en 1997. Ese proceso culminó con la creación de Tenaris, el holding global que integró las operaciones de tubos sin costura en Argentina, México e Italia y que hoy cotiza en bolsas internacionales como Nueva York y Milán. El resultado fue que Techint dejó de depender del mercado argentino: hoy más del 80% de los ingresos del grupo provienen del exterior.

    Una hipótesis para entender la insistencia de Javier Milei contra Rocca es la tensión entre dos modelos de capitalismo. Por un lado está el capitalismo tecnológico y libertario que Milei reivindica, vinculado a emprendedores digitales que operan en mercados globales, con empresas ligeras en activos físicos y menos atadas a territorios nacionales. Ese mundo, representado en la Argentina por figuras como Marcos Galperin, concibe el capital como algo que circula sin fronteras, más cercano a la lógica de la nube que a la de la fábrica. Del otro lado aparece Rocca, cuya fortuna se apoya en una industria pesada anclada a infraestructura, acero, energía y miles de trabajadores en plantas industriales.

    Casualmente, el ranking Forbes 2026 ubicó a Rocca como el empresario más rico de Argentina, con una fortuna estimada en 7.300 millones de dólares, superando por primera vez a Marcos Galperin, cuya riqueza cayó a 7.200 millones. En cierto sentido, la primacía de Rocca recuerda que el capitalismo tangible —el de los tubos de acero, las siderúrgicas y las obras de infraestructura— sigue teniendo un peso decisivo incluso en la era digital.

    Esa diferencia no es sólo económica sino también filosófica. El capitalismo tecnológico piensa el mundo como una red global donde las fronteras son cada vez menos relevantes, mientras que la industria pesada está inevitablemente vinculada al territorio, a la energía, a los recursos naturales y a las decisiones estatales. Las plantas siderúrgicas, los oleoductos o las hidroeléctricas no pueden mudarse de país con la misma facilidad que una plataforma digital. Por eso la relación con el poder político y con la regulación nacional resulta inevitable para empresas como Techint.

    En ese contraste, Rocca encarna una tradición de capitalismo industrial que necesita estabilidad institucional y una relación pragmática con los gobiernos. Milei, en cambio, parece conversar con una cultura empresarial más próxima al mundo tech, donde el capital aspira a moverse sin límites nacionales. La paradoja es que, al confrontar con un empresario de la economía real que se acaba de convertir en el más rico del país, el Presidente termina enfrentando a uno de los emblemas del capitalismo productivo argentino. Para una multinacional industrial, las tensiones diplomáticas tienen consecuencias concretas: las decisiones de inversión dependen de estabilidad política, previsibilidad regulatoria y relaciones entre países.

    Rocca encabeza una lista de seis multimillonarios argentinos cuyos patrimonios combinados superan los 26.000 millones de dólares. Detrás de él figuran Alejandro Bulgheroni (5.100 millones), Eduardo Eurnekian (4.800 millones), Eduardo Costantini (1.300 millones) y Delfín Jorge Ezequiel Carballo (1.000 millones), representantes de sectores como energía, aeropuertos, tecnología, finanzas e inmobiliario.

    La historia económica muestra que el desarrollo industrial rara vez ocurre al margen del Estado. Las grandes siderúrgicas, petroleras o empresas de infraestructura dependen no sólo del capital privado, sino también de marcos regulatorios, políticas energéticas, acuerdos comerciales y estabilidad diplomática entre países.

    En ese esquema, los industriales suelen convertirse en actores estratégicos para los países donde invierten, porque su actividad genera empleo, formación técnica y cadenas productivas que no se trasladan fácilmente. Esa lógica ayuda a entender por qué la relación entre capital industrial y poder político suele ser más compleja y estructural que la que existe en sectores más desmaterializados de la economía.

    Como ejemplo, Ternium, la siderúrgica del Grupo Techint, inauguró en marzo de 2026 la Escuela Técnica Roberto Rocca en Santa Cruz, en el estado de Río de Janeiro, en un acto que contó con la presencia del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y del CEO del grupo. La institución forma parte de una red educativa que Techint inició en 2013 para promover la formación técnica vinculada a la industria. La nueva escuela está a pocos kilómetros del complejo siderúrgico de la empresa, que emplea a unas 8000 personas y exporta el 70% de su producción de acero.

    Paolo Rocca junto a Lula da Silva
    Paolo Rocca junto a Lula da Silva en la Escuela Técnica Roberto Rocca en Santa Cruz.

    El establecimiento cuenta con 18 laboratorios equipados con tecnología avanzada y ofrece educación secundaria técnica con especializaciones en Electromecánica y Mecatrónica. Actualmente tiene 384 estudiantes y se espera que alcance 576 cuando funcione a plena capacidad en 2027, todos con becas completas. La iniciativa forma parte de la estrategia del Grupo Techint de fortalecer la educación técnica en las regiones donde opera y acompañar el desarrollo industrial. En Brasil, el grupo emplea a unas 18.500 personas a través de sus compañías Ternium, Tenaris y Techint Ingeniería y Construcción, con una producción anual cercana a cinco millones de toneladas de acero. Incluso Paolo Rocca se mostró junto a Lula, inaugurando una escuela en Brasil.

    Durante décadas los economistas debatieron si la nacionalidad del capital era irrelevante o estratégica. Muchos países desarrollados optaron por proteger ciertas empresas consideradas vitales. Estados Unidos, Alemania, Francia y Japón mantienen mecanismos para bloquear adquisiciones extranjeras en sectores estratégicos. La idea es que los empresarios locales suelen tener un mayor compromiso con el país donde viven, trabajan y crían a sus familias. De esa concepción surgió el concepto de “burguesía nacional”, que durante años ocupó un lugar central en la teoría del desarrollo.

    Brasil fue frecuentemente citado como ejemplo por el papel de su empresariado industrial y por instituciones como la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP). En contraste, la Argentina fue criticada durante años por la tendencia de sus empresarios a vender sus empresas a capitales extranjeros en lugar de expandirlas globalmente. Por eso conglomerados como Techint o Aluar constituyen excepciones dentro de la estructura productiva argentina: multinacionales industriales nacidas en el país que lograron competir globalmente.

    Construir una empresa de ese tamaño es extraordinariamente difícil. Las estadísticas muestran que cerca del 80% de las nuevas empresas fracasan en sus primeros años y sólo una minoría sobrevive una década. Que una compañía no sólo resista, sino que se convierta en un conglomerado global durante varias generaciones es un fenómeno extremadamente raro. Por eso algunos economistas las describen como “unicornios del mundo tangible”: no startups digitales, sino complejos industriales construidos a lo largo de décadas.

    A pesar del desarrollo reciente del capitalismo digital, la “nacionalidad del capital” está lejos de haber desaparecido. En los últimos años las potencias desarrolladas han vuelto a políticas de protección económica. Mientras buena parte del discurso económico argentino sigue pensando en términos de apertura absoluta, los principales países del mundo redescubren el valor estratégico de su propio capital productivo.

    Entonces, si el capital nacional es escaso y difícil de construir, ¿tiene sentido confrontar con uno de sus principales representantes? ¿Tiene sentido atacar a uno de los principales inversores del país durante una conferencia destinada a atraer inversiones?

    Existen, por supuesto, ejemplos de disputas fuertes entre empresarios relevantes y el Estado. El fundador de Alibaba, Jack Ma, protagonizó uno de los casos más notorios cuando desapareció de la vida pública tras criticar al sistema financiero chino, en una disputa por el rol de su plataforma en la concesión de créditos, algo que en Argentina realiza Mercado Pago.

    En Estados Unidos, por ejemplo, Henry Ford mantuvo enfrentamientos con la administración de Franklin D. Roosevelt durante el New Deal en los años treinta, especialmente por la regulación laboral y el avance sindical en la industria automotriz.

    Más recientemente, en Europa, Elon Musk protagonizó choques repetidos con gobiernos y reguladores por el control de plataformas tecnológicas y satelitales, en debates que abarcan desde la libertad de expresión en redes hasta el alcance de la regulación estatal sobre empresas globales. Sin embargo, hoy incluso gobiernos ideológicamente liberales suelen mantener una relación pragmática con sus grandes empresas industriales: no se trata de favoritismo, sino de interés nacional.

    Las grandes corporaciones nacidas en un país tienden a convertirse en instrumentos de proyección económica internacional. Por eso Estados Unidos protege a sus gigantes tecnológicos, Alemania respalda a su industria automotriz y Corea del Sur acompaña la expansión global de conglomerados como Samsung o Hyundai.

    La relación entre poder político y capital productivo puede ser tensa, pero rara vez adopta un tono de confrontación pública permanente, sobre todo cuando se trata de empresas que representan una porción significativa del peso económico nacional. La visión libertaria del Presidente tiende a considerar irrelevante la nacionalidad del capital. Pero la economía real sigue anclada al territorio: las siderúrgicas, los gasoductos y las centrales eléctricas no se encuentran en la nube.

    Esa discusión adquiere otra dimensión al observar el contexto económico actual de la Argentina. Si el programa libertario prometía una transformación basada en la confianza del mercado, la caída en la percepción económica indica que, por ahora, esa expectativa no se tradujo en mejoras palpables para la mayoría de la sociedad.

    Una encuesta reciente de D’Alessio-Berensztein muestra un deterioro en la percepción económica y en la imagen del gobierno de Javier Milei. La buena opinión sobre la situación económica cayó cinco puntos en el último mes y un 61% de los argentinos cree que el país está peor que hace un año, percepción que también alcanza a votantes de La Libertad Avanza, entre quienes el optimismo cayó 6%.

    Además, el 65% afirma que su economía personal empeoró y un 55% cree que la economía estará peor en 2027. En paralelo, la imagen del gobierno bajó tres puntos, con 42% de evaluación positiva y 56% negativa, niveles similares a los de octubre pasado, justo cuando perdió las elecciones en Provincia de Buenos Aires, antes del salvataje político de Donald Trump.

    En este escenario de incertidumbre, los conflictos con grandes empresarios nacionales pueden amplificar la sensación de inestabilidad en vez de reducirla. La tensión con Rocca deja de ser solo una disputa personal o ideológica y se inserta en una pregunta mayor sobre el rumbo del modelo económico. Cuando los resultados aún no son evidentes, la política económica se mide también por las señales que transmite.

    Y entre esas señales, la relación entre el gobierno y los principales actores del capital productivo suele estar entre las más observadas por inversores y por la sociedad. La anarquía puede expresarse en la música, en consignas de protesta, en reflexión filosófica o simplemente en provocación. Milei la utiliza como pretexto para confrontar sin estrategia, con más bravuconería que propuestas. Su anarcocapitalismo, por momentos, se parece más a un acto de caos caprichoso y sin sentido que a un plan económico coherente.

    Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

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  • Myriam Bregman: denuncia que el apelativo “chilindrina troska” tiene un fuerte contenido machista

    Myriam Bregman: denuncia que el apelativo “chilindrina troska” tiene un fuerte contenido machista

    La diputada nacional Myriam Bregman consideró que el agravio que el presidente Javier Milei le dedicó durante la apertura de sesiones ordinarias en el Congreso constituye “una deliberada postura frente a la oposición política” y afirmó que la expresión “chilindrina troska” posee “un alto contenido machista”. En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), añadió: “Todo ese discurso tan violento hacia la oposición tapa que tiene un gobierno con pies de barro”.

    Myriam Bregman es abogada, activista por los derechos humanos y política de la izquierda. Actualmente se desempeña como diputada nacional por la Ciudad de Buenos Aires, cargo que asumió el pasado 10 de diciembre. Fue diputada nacional por la provincia de Buenos Aires y legisladora porteña. Es la fundadora del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos y ha sido abogada querellante en juicios históricos de lesa humanidad y también una referente de la agrupación de mujeres feministas socialistas Pan y Rosas.

    Le pedí a la producción hablar con vos la semana pasada, cuando el el Presidente dedicó el mote de “chilindrina troska”. Ayer fue el Día de la Mujer, hoy son las marchas. Entonces, esta entrevista tiene doble entrada en cuanto a las formas y el fondo. Presidencia de la Nación compartió un video tratando de comparar el Ministerio de la Mujer con la necesidad de desarrollar impresión de billetes y que hubiera inflación. Me parece que todos los temas están atravesados desde una perspectiva fanática, donde “Chilindrina” es peyorativo y el uso de “troska” también. Me gustaría que hicieras un repaso de estos temas.

    La verdad que lo unís bien. Encima, después me enteré que el agravio de “Chilindrina troska” es un chiste copiado, y no hay cosa peor que encima copiarse un chiste y avisar cuándo tienen que aplaudir. Pero decirme “chilindrina troska” tiene un alto contenido machista, porque si vos te ponés a pensar qué quiere decir con eso, quiere decir que las mujeres lloramos, que las mujeres gritamos. Hay un alto contenido machista en lo que Milei dice.

    Y me llamó la atención algo, que es que en Argentina, para minimizar lo que pasó en el Congreso por distintos motivos, algunos sectores dicen que Milei grita y “hace un circo”. No, no es un circo. Es una deliberada postura frente a la oposición política y, en mi caso, frente a mujeres que claramente lo venimos enfrentando desde el primer momento que apareció como candidato. Que diarios como The Economist en estos días hayan recogido esto de “Chilindrina troska” me llamó la atención realmente, porque diarios internacionales toman nota de lo que significa que Milei trate así a una dirigenta política de la oposición. Así que creo que hay que retomar eso, no hay que dejarlo pasar.

    Obviamente que en la Argentina pasan cosas muy graves y en el mundo pasan cosas muy graves. Yo no me voy a quedar parada en ese lugar, pero ya que estás haciendo un análisis de qué tienen que ver estos conceptos y del Día Internacional de las Mujeres, te cuento que un editorialista como (Joaquín) Morales Solá ayer también lo rescató en su editorial, y evidentemente La Nación no tiene absolutamente nada que ver con mi pensamiento, Hay algo que ahí rompió Milei en su intento de tapar un gobierno con pies de barro, que es este nivel de agresión.

    Y te agrego más: todo el tiempo insultaba a un kirchnerismo, y el kirchnerismo, cuando precisamente el ala más identificada con Cristina Kirchner no estaba presente en el recinto. Esto muestra que él llevó un guion, llevó una determinación de a quiénes quería subir al ring y con quiénes quería polarizar, pero ellos no estaban presentes. Creo que había un diputado de La Cámpora nada más presente y había otros sectores del peronismo presentes, pero no el más identificado con Cristina. Entonces hay una deliberada decisión de ver con quién polarizar y esto lo llevó absolutamente guionado. Puede ser circense lo que hizo, pero analicemos qué quiere decir y qué quiere ocultar montando estas provocaciones.

    Me parece que él utiliza un significante con el kirchnerismo en el que te engloba a vos. El kirchnerismo no es el kirchnerismo: es un significante para lo que él denomina socialismo o comunismo. No se puede hacer canciones sin rima; es esencial que tengan rima para producir efecto de recordar. O sea, algún grado de rima aumenta el grado de recordación de las canciones. Y cuando se eligen los nombres de las marcas, que sean cortas es fundamental, y si dos sílabas pueden tener la misma vocal, mejor aún. “Casta” cumple ese papel: tiene dos “a” y dos sílabas. “Kuka” tiene las dos consonantes iguales y también dos sílabas.

    Entonces, me parece que es parte de la construcción de un glosario. Cada época de gobierno tiene su glosario. El kirchnerismo tenía también su glosario, con “destituyente”, por ejemplo, u otras palabras que repetían como un mote, como un martillo. Me parece que en la construcción del glosario de Milei “kuka” ocupa el lugar de “casta”. Y vos sos “kuka”, aunque nunca hayas sido.

    Yo soy zurda en tu búsqueda fonética.

    Claro, pero creo que con el significante “kuka” él plantea englobar eso.

    Pero yo creo que él lo diferenció. Él diferenció porque incluso diferenció los agravios. Yo creo que Milei tiene claro que hay una izquierda que es una izquierda independiente, porque lo ve en el Congreso, porque alguien le debe contar qué pasa acá, más allá de que él se la pasa de viaje. Él ve quiénes somos los que estamos en la calle. Así que vos fijate que él hizo como una primera parte contra el kirchnerismo los “kukas”. Yo siempre digo que se les debe gastar la letra K, porque no saben cuántas cosas más ponerle con la letra K.

    Por el otro lado, atacó específicamente a Nicolás del Caño y a Myriam Bregman. Siempre nos decían: “Ustedes son el 2%, las redes sociales”. Ahora Milei no subió al 5%, así que salí ganando tres puntos, aunque con el 5% no hubiese sido diputada. Saqué casi el 10%, por eso soy diputada de la Ciudad de Buenos Aires. Él sabe muy bien a dónde apunta y creo que sabe diferenciar muy bien la oposición política y qué tipo de agravio también dirige. Yo creo que hay gente que estudia mucho las redes sociales y que estudia mucho la conversación política. Milei no improvisó un minuto. Que nos pueda parecer horrendo lo que diga no quiere decir que estaba improvisando.

    ¿No es contradictorio con esto que vos contás? Porque mi planteo es que él utiliza el significante “kuka” frente a la opinión pública para establecerlo como una categoría, independientemente de que él tenga bien claro que hay enormes diferencias. Pero él engloba con un objetivo político, de la misma forma que la palabra “casta” es un significante que se puede llenar de lo que vos quieras. Sobrevaloró lo que hoy casi se parece a un fantasma político más que a un verdadero actor de la política, con el objetivo de encontrar una alternativa a la palabra “casta” de 2023 de cara a 2027. Te preguntaba también por el Día de la Mujer, la marcha de hoy y el aviso de ayer que envió la Presidencia juntando al Ministerio de la Mujer con la inflación.

    El aviso de ayer no lo vi. Traté de no verlo, de que no me llegue y que el algoritmo no me traicione, porque realmente no quiero ver más estas cosas. Ahora dice que está preparando otra cosa muy provocativa para el 24 de marzo. No lo vi porque me alcanza con lo que hace. Me alcanza con la destrucción de las muy pocas políticas que había en la Argentina para atender la violencia de género y la situación de las mujeres.

    Creo que es un Día de las Mujeres que es muy particular también por el rol que cumple Milei en la agenda internacional. Hay un imperialismo sumamente agresivo. Estados Unidos comienza este ataque contra Irán bombardeando una escuela donde mata 168 niñas. Entonces creo que ahí hay algo muy particular. Nunca de la mano de las guerras imperialistas vino ningún beneficio para las mujeres. Hay más de 68.000 niños y niñas muertos en el genocidio que está llevando adelante (Benjamín) Netanyahu con el apoyo de Estados Unidos y otras potencias imperialistas en Gaza.

    Entonces creo que Milei, aliándose también a quienes están cometiendo crímenes de guerra y que están cometiendo un genocidio. Y no lo digo yo, lo dice la Corte Penal Internacional. Por eso el propio Netanyahu tiene una orden de captura y se tiene que cuidar mucho a qué países va, porque si aterriza mal puede quedar detenido. Entonces creo que Milei también da un mensaje al mundo sobre esta violencia imperialista que particularmente sufrimos mujeres, niños, niñas y adolescentes con su política internacional.

    Así que ayer evité mirar ese video y voy a tratar de estar hoy en la plaza con todas aquellas que nos quieran acompañar para marchar de Congreso a Plaza de Mayo. A las 18 horas se va a leer un documento. También para tratar también de hablar con todas mis compañeras de Pan y Rosas, que venimos siguiendo mucho esto. Nosotras nos creemos parte de una clase internacional, de una tradición internacional de las mujeres que nunca vieron en las fronteras un impedimento para luchar por los derechos. Todo lo que le pasa a las mujeres en cualquier lugar del mundo nos atraviesa.

    En tu dieta que excluye esos malos bocados, ¿pudiste leer el artículo de Slavoj Žižekque publicó ayer Perfil sobre Irán? Se titula “Irán, de Heidegger a Kant”.

    No lo vi.

    Él plantea que la mayoría de quienes manifestaron en Irán en contra del régimen eran mujeres.

    Sí, es verdad que hay una cantidad de mujeres marchando en Irán porque el régimen es brutal contra las mujeres. Eso es así.

    Planteaba que la mayor cantidad de muertas en manifestaciones son mujeres. Marcaba la diferencia de que la representación de las marchas de las mujeres en Irán no era una manifestación feminista, sino un colectivo que incluso incluía a los hombres. Es muy interesante la interpretación que hacen los teólogos iraníes sobre Kant y el mandato de hacer lo correcto desde la perspectiva kantiana.

    Entonces, hay mujeres y mujeres. Tenemos a Margaret Thatcher como la mujer fálica que inicia la corriente del neoliberalismo, y Karina Milei como gran protagonista allí en el Congreso de las sesiones extraordinarias respecto a las leyes aprobadas. ¿Qué rol le ves vos que le asignan a la mujer personajes como Milei? ¿Te resuena algo el hecho de que él no tenga pareja y al mismo tiempo la primera dama sea su hermana, y parezca ser una mujer de hierro, junto con la admiración que tiene el propio Milei de Thatcher?

    Yo nunca participé en esas discusiones, ni siquiera en chistes sobre qué hace Milei, la relación con su hermana, que no esté casado, que tenga perros y no tenga hijos, porque realmente creo que eso es un pensamiento muy conservador y que cada cual puede vivir su vida libremente y puede desear tener hijos o no tenerlos. El problema es que el espacio político que integra Milei vive cargándonos y ahora está instalando una discusión sobre por qué hay menos cantidad de nacimientos en la Argentina y qué pasó con las mujeres. Se opone al derecho al aborto, dice que defiende a dos vidas cuando a la par mata de hambre a los niños y niñas que hoy viven en nuestro país.

    Es decir, creo que ahí hay algo que hay que despejar, empezando por lo que decías sobre el artículo que recomendabas, porque es obvio que las mujeres en el mundo y particularmente en Irán han protagonizado enormes luchas por derechos cercenados y porque ese régimen es un régimen muy represivo. Lo que yo digo es que no va a venir la liberación de esas mujeres ni del pueblo iraní de la mano de las bombas que está tirando Estados Unidos y un Estado genocida como el de Israel.

    Hay otra discusión que estoy planteando que no tiene que ver con el régimen político iraní, Lejos puedo estar yo de defender un régimen político como ese. Lo que estoy planteando es cuál es la característica de la guerra que se está llevando adelante hoy, que es lo primero que hay que mirar, porque es la misma discusión que tuvimos en Venezuela. Yo no tengo nada que ver con el régimen de (Nicolás) Maduro, pero (Donald) Trump va por el petróleo, no va por la libertad de las y los venezolanos o porque haya verdaderas libertades democráticas.

    Y después, creo que Milei tiene una hermana, una hermana mujer que ocupa un lugar político muy importante. De ahí a que sea la vencedora del otro día lo veo muy relativo. Puede ser vencedora en una interna que no termino de saber bien cuál es ni cómo rige. Tampoco sé si a mí me interesa tanto.

    Lo que veo es que el otro día, el primero de marzo, tuvieron que montar una escenografía para ocultar que lo único que pudo reivindicar Milei y agradecer son las leyes que aprobó gracias a sectores del peronismo y sectores del radicalismo. Esto no lo podemos perder de vista. Fue y vino con el tema económico tres veces y no podía concluir una frase. Incluso me dio la impresión de que era un discurso que habían armado distintas personas en distintos momentos y le costaba hasta encajarlo. No pudo reivindicar otro logro de su gestión. Se dedicó a agredir, a llamar la atención con sus estridencias habituales y lo único que pudo agradecer y decir que habían sido logros o conquistas de su gestión fue lo que consiguió en acuerdos con la casta, en acuerdos con sectores del peronismo y con sectores del radicalismo. Es decir, todo ese discurso tan violento hacia la oposición tapa que tiene un gobierno con pies de barro. Tiene un gobierno que ahora, en el marco de la guerra y la suba del valor del petróleo, algunos economistas dicen que eso va a hacer que Argentina venda petróleo más caro, pero también es formador de precios internamente. No podemos ir a un alza de la inflación mayor a la que tenemos.

    Así que yo no veo esa fortaleza en Milei. Y esa fortaleza que yo no veo en él se reflejó en la apertura de sesiones, porque lo que demostró es que su fortaleza está dada por la complicidad y las traiciones de la oposición. Sin esa complicidad y sin esas traiciones, Milei estaría sumamente complicado. Así que si fortalecemos la escucha de la calle, si peleamos en cada provincia para que la Ley de Glaciares no se apruebe, que es la gran torta que se quieren repartir ahora, yo creo que tenemos muchas posibilidades de ponerle un freno a este plan de Milei y el Fondo Monetario Internacional.

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  • Día 820: Entre Messi, Trump y el auge del fanatismo K-libertario

    Día 820: Entre Messi, Trump y el auge del fanatismo K-libertario

    Miguel Ángel Pichetto es un invitado habitual de este programa y, podríamos decir, un amigo de la casa. No obstante, creemos que se equivoca al pretender sumar al kirchnerismo a un frente anti Javier Milei. Se podría pensar que el kirchnerismo está introduciendo cambios positivos —que ahora Cristina Kirchner defiende el equilibrio fiscal— y que esas modificaciones son necesarias para ganar; pero un hecho que podría parecer menor, incluso anecdótico, demuestra que el kirchnerismo sigue igual que siempre y, quizás, aún más sectario y electoralmente inconveniente para derrotar a Milei. Ese hecho involucra a una de las personas más populares del mundo: Lionel Messi.

    Messi, tras la consagración de su equipo, el Inter de Miami, en la MLS Cup 2025, fue invitado a un acto en la Casa Blanca y posó en una foto con el presidente de ese país, Donald Trump. Este encuentro ocurrió luego de que el presidente de Estados Unidos iniciara una guerra con Irán y ordenara bombardear Teherán, provocando la muerte de miles de personas.

    En las redes circularon todo tipo de acusaciones contra el ídolo, y figuras ligadas al espacio kirchnerista lo tildaron de ultraderecha. Incluso aparecieron posteos que afirman que Messi “no es nuestro”. No sabemos con certeza qué piensa Messi: pudo haber acudido por pedido del club; también puede compartir ideas con Trump, algo que ocurre entre millones de personas en todo el mundo, incluidos artistas, intelectuales e ídolos de distintas disciplinas.

    En política no tiene mucho sentido enojarse con la realidad. La extrema derecha existe porque millones de personas comparten, en parte, el pensamiento de esos líderes. Y si tanta gente sostiene ciertas posiciones, hay que buscar las razones: es posible que no sean correctas, pero para transformar la realidad desde la política primero hay que comprenderla. Acusar moralmente a quienes no coinciden con uno no suele convencerlos. Por otro lado, se comparó a Messi con Diego Maradona, quien expresaba posturas cercanas al peronismo y se reunió con líderes como Fidel Castro y Hugo Chávez en actos políticos.

    Salvando las distancias en la magnitud del daño que causan las guerras, Castro y Chávez también cometieron atropellos moralmente espantosos. Castro envió a homosexuales a campos de trabajos forzados al considerarlos “desviados” de la revolución y encarceló a miles de opositores, muchos de ellos de izquierda, que discrepaban del rumbo del régimen.

    Chávez, por su parte, también mandó a la cárcel a personas cuyo único “delito” fue pensar distinto y hacer política opositora. Además, existen críticas a Maradona como persona: si una de las críticas a Messi es que se reunió con Trump en el contexto de la guerra y en medio de denuncias vinculadas al caso Epstein, de Maradona existe la acusación de Mavys Álvarez, una joven cubana que sostiene que tuvo relaciones con él cuando era menor.

    Con todo esto, ¿qué queremos decir? Básicamente dos cosas. Primero: la visión política que divide el mundo entre buenos y malos desde una moral absoluta es equivocada y, cuando quienes se consideran “malos” son mayoría, además es —como se dice en la jerga militante— piantavotos. Acusar moralmente a la mayoría en lugar de intentar persuadirla solo aleja. Y segundo: la afirmación de que Messi hizo algo reprobable y Maradona actuó correctamente también es discutible.

    Una discusión que comenzó en redes se convirtió en un debate público seguido por millones y, probablemente, en un síntoma del error del progresismo-kirchnerista, que sigue reproduciendo una de las claves de la fortaleza de la extrema derecha. Para el kirchnerismo hay una verdad simple y evidente: ellos son los buenos y la derecha es la mala. Esa idea, infantil y claramente insuficiente para explicar la complejidad de la política mundial —y menos aún para resolver los problemas del país— forma parte de una estrategia política.

    Hemos hablado muchas veces de la forma de construir poder en el populismo descrita por Ernesto Laclau: atribuir todos los problemas a un enemigo construido discursivamente y durante el mismo proceso atribuir las soluciones a un “nosotros” también construido por conceptos y narrativas. Así surge un pueblo encarnado por su líder —Cristina— y un rival compuesto por la derecha, los medios hegemónicos y el imperialismo, todos unidos contra el pueblo.

    Para Laclau, la clave es unir todas las demandas sociales y convertirlas en consignas de lucha política contra ese enemigo construido. Los derechos de los trabajadores, de las mujeres, de la comunidad LGBTQ y de otros colectivos oprimidos son presentados como bloqueados por la derecha, porque supuestamente busca un país para pocos o protege intereses egoístas. Como decía Oscar Wilde, la verdad rara vez es simple y casi nunca es pura: ni todo el pueblo tiene las mismas demandas, ni Cristina o los dirigentes kirchneristas siempre las representan, ni toda la derecha se opone sistemáticamente a los avances sociales.

    No obstante, en el progresismo global y en el kirchnerismo en particular, quien no comparta su visión de la realidad está equivocado o es parte de “los malos”. El progresismo habla desde una superioridad moral. La realidad indica que el mundo dejó de pensar mayoritariamente como ellos: hoy la mayoría no necesariamente se identifica con esas posiciones. Aun así, ellos siguen igual. Por eso se acusa a Messi de las peores barbaridades y se lo contrapone a Maradona, que sí mantenía una cercanía con el peronismo.

    Como señalamos en otra columna, en esta guerra no hay “bando de los buenos”. Si Trump resulta indefendible, también lo es el régimen iraní, que reprimió y encarceló a miles que protestaron contra un orden que restringe los derechos de las mujeres y la diversidad sexual. Es un conflicto complejo y asumir el fortalecimiento de cualquiera de los polos iría en contra de los valores democráticos que, al menos desde este programa, consideramos deseables.

    Por un lado, Trump simboliza una erosión de la democracia norteamericana y respalda regímenes autoritarios como el de Arabia Saudita y otros. Además, el fortalecimiento de una potencia que decide el destino de gobiernos ajenos implicaría una severa pérdida de soberanía para países como el nuestro, sin capacidad militar para defenderse.

    Por el otro, un fortalecimiento de Irán representa la expansión de regímenes totalitarios donde la población vive sometida a leyes religiosas interpretadas por unos pocos. El gobierno iraní financia grupos terroristas y existen indicios que lo señalan como responsable del atentado a la AMIA.

    En otra arista, y casi como espejo de la disputa sobre Messi, ayer fue 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y el gobierno de Milei difundió un video que es una muestra explícita de populismo: presentó las políticas de género y diversidad impulsadas desde el Estado como un “negocio” que benefició solo a un reducido grupo militante. La causa del feminismo incluye muchos sectores; la gran mayoría de las activistas no percibe salario alguno del Estado, y la actuación del Ministerio de la Mujer puede gustar más o menos, pero no constituyó un robo ni un desfalco: tenía escaso presupuesto y, entre los 19 ministerios de la gestión anterior, ocupaba el puesto 17 en asignación de recursos.

    Mientras tanto, la violencia de género sigue cobrándose más de una vida femenina por día en nuestro país. Las redes de trata desaparecen miles de chicas y el aborto clandestino —algo que afortunadamente pasó a ser menos frecuente— había provocado la muerte de cientos de mujeres. Es decir: la problemática de género existe y merece tratamiento. Acusar a todas las activistas feministas de buscar un rédito económico con el Estado es una burda simplificación.

    Como se ve, kirchneristas y libertarios tienen una forma idéntica de construcción política. Ambos están demasiado ocupados en enojarse con la realidad y rehúsan intentar convencer a la sociedad para transformarla. El kirchnerismo creció en los primeros veinte años del siglo XXI, en sintonía con un espíritu de época que hoy cambió. Ya no resulta evidente ser progresista; comenzó a resultar obvio ser de derecha, y la condena moral del otro solo los encierra en espacios cada vez más reducidos.

    El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, dijo que en el kirchnerismo impera la lógica de obediencia o traición. Probablemente ese sea el mismo fenómeno que se expresó en esta discusión en redes: si el mundo se divide entre buenos y malos, cualquier disidencia es vista como un paso hacia el otro bando.

    Hay además otro fenómeno: la intención de quienes critican a Messi es, en muchos casos, “cancelarlo“. La cultura de la cancelación se consolidó en la última década como uno de los fenómenos sociopolíticos más divisivos de la era digital, convirtiendo prácticas de justicia social en mecanismos de vigilancia colectiva que operan fuera de los marcos institucionales.

    En su núcleo, la cancelación consiste en retirar masiva y rápidamente el apoyo financiero, social o reputacional a figuras públicas o a individuos anónimos tras la expresión de opiniones o la realización de actos considerados ofensivos o inaceptables según los estándares éticos de un sector social.

    Este proceso, catalizado por las redes sociales, permite que una denuncia se viralice en segundos y genere una presión asfixiante sobre empresas, universidades y organismos culturales para que corten vínculos con el señalado, a menudo antes de que exista una investigación formal o un espacio para el descargo.

    Sus defensores la presentan como una herramienta democratizadora que da voz a grupos históricamente silenciados para exigir rendición de cuentas; sus críticos advierten que degeneró en una suerte de puritanismo secular y en un obstáculo grave para la libertad de expresión. La dinámica no solo busca señalar un error, sino despojar al individuo de su plataforma y de su capacidad de participar en la vida pública, estableciendo un precedente donde la redención parece imposible y el castigo, perpetuo.

    Especialistas señalan como problema central la desproporcionalidad entre la falta y la sanción, sumada a la ausencia de debido proceso, lo que acerca estas prácticas a linchamientos públicos de épocas premodernas, ahora amplificados por algoritmos que premian la indignación moral como moneda de cambio para el compromiso de los usuarios.

    En ese contexto, la esfera pública se fragmenta en cámaras de eco donde el disenso se castiga con el ostracismo, promoviendo una autocensura preventiva que empobrece el debate intelectual. Autores como Mark Fisher, en su célebre ensayo “Salir del Castillo de los Vampiros”, ya advertían que ciertos sectores de la izquierda habían adoptado una configuración basada en la culpa y el resentimiento, donde la solidaridad de clase fue reemplazada por una vigilancia moralista que busca excomulgar a quien no se ajusta a una ortodoxia rígida.

    Fisher sostenía que ese ambiente no construye poder político, sino que lo fragmenta, dando lugar a un sistema de castas morales donde la pureza es la meta. Por su parte, la filósofa Judith Butler, a pesar de su vínculo con teorías que nutren el activismo identitario, ha manifestado preocupación por cómo la cultura de la cancelación puede derivar en punitivismo que ignora la complejidad humana y la posibilidad de transformación.

    Butler advierte que el deseo de destruir al otro en nombre de la justicia a menudo encubre una pulsión destructiva que no resuelve las desigualdades estructurales. Asimismo, el lingüista Noam Chomsky fue uno de los firmantes de la conocida “Carta sobre la Justicia y el Debate Abierto” publicada en Harper’s Magazine en 2020, donde se alertaba sobre el debilitamiento de las normas del debate abierto y de la tolerancia a la diferencia en favor de un conformismo ideológico.

    En esa misiva se señalaba que la tendencia a imponer represalias rápidas y severas ante supuestas transgresiones termina restringiendo lo que se puede decir sin miedo a perder el sustento o la posición social. Para Chomsky, el libre intercambio de ideas es el único mecanismo capaz de confrontar los malos argumentos, y la censura, incluso cuando parte de sectores progresistas, termina fortaleciendo a movimientos reaccionarios al validar sus denuncias sobre el autoritarismo de la corrección política.

    En línea con esto, el psicólogo social Jonathan Haidt analizó el fenómeno desde la fragilidad cognitiva de las nuevas generaciones, sosteniendo que la cultura de la cancelación genera entornos de seguridad emocional que obstaculizan el desarrollo del pensamiento crítico y la resiliencia, transformando campus universitarios en lugares donde las ideas contrarias se perciben como agresiones.

    Para Haidt, equiparar palabras con violencia es una distorsión que justifica la supresión de la libertad de cátedra y del debate plural. El peligro último de la cancelación es instaurar una hegemonía del pensamiento único donde la duda y la matización desaparecen ante la urgencia de la condena. Al eliminar el espacio para el error y el aprendizaje, se clausura la posibilidad de un progreso social genuino, que requiere necesariamente la fricción entre visiones opuestas.

    La velocidad de la “justicia digital” no permite analizar la intención ni el contexto, factores que autores como Yascha Mounk consideran esenciales para distinguir entre un error comunicativo y una postura de odio sistémico. Sin esas distinciones, la conversación pública se vuelve un campo minado donde el miedo a la represalia prevalece sobre la búsqueda de la verdad, y donde la identidad del emisor pesa más que la validez del argumento.

    Así, la cancelación aparece como una paradoja: nace del anhelo de justicia, pero puede terminar minando los cimientos de la convivencia democrática al reemplazar el diálogo por el silencio impuesto y la razón por la furia de la multitud digital.

    Tanto en su forma populista de construir poder como en la cultura de la cancelación que la acompaña, kirchnerismo y libertarios son primos hermanos. Construyen políticamente de forma idéntica, aunque con contenidos opuestos: ambos dividen el mundo entre buenos y malos, ambos interpretan cualquier crítica como traición y ambos practican el escrache en internet para destruir reputaciones.

    Esto lleva a una implicancia política central de cara a las elecciones del 2027. Si Raúl Alfonsín ganó uniendo a adversarios bajo la noción del “pacto sindical-militar”, que denunciaba acuerdos entre parte del sindicalismo peronista y la dictadura —una tesis que mezcló verdades parciales y simplificaciones—, Milei, a su manera, hizo algo parecido al confluir las dos polarizaciones de 2023, el kirchnerismo y Cambiemos, y presentarse como único representante del futuro. Quien quiera vencer a Milei en 2027 deberá lograr separar al kirchnerismo y construir una coalición que instale la idea de que los “nuevos dos demonios” son el fanatismo de Milei y el del kirchnerismo, posicionándose como el representante de la racionalidad.

    A su modo, la disputa del kirchnerismo contra Messi y la de Milei contra el feminismo —como en el video difundido ayer, Día de la Mujer— son la misma cara de una misma lógica: catequizan todo desde una perspectiva fanática y reducen la realidad a buenos y malos; ambos transforman su moral en un instrumento de cancelación del otro. El liderazgo sincretista que surja tendrá que desfanatizar, descancelar y unir.

    Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

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  • Facundo Nejamkis advierte que, si Milei no revierte la crisis económica, perderá en el balotaje

    Facundo Nejamkis advierte que, si Milei no revierte la crisis económica, perderá en el balotaje

    Facundo Nejamkis, director de la consultora Opina Argentina, aseguró que Javier Milei podría perder un balotaje en 2027 si se acentúa la crisis económica. El politólogo sostuvo que el oficialismo atraviesa un “momento prime en términos políticos”, con capacidad para obtener victorias legislativas, pero advirtió que el programa económico exhibe “signos de agotamiento”. “La pregunta es qué va a pasar cuando aparezca un rival que tenga autoridad moral para poder discutir con el gobierno”, indicó en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190).

    Facundo Nejamkis es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Realizó estudios de maestría en Administración y Políticas Públicas en la Universidad de San Andrés. Es el director de Opina Argentina, una de las consultoras de opinión pública más consultadas por medios y dirigentes, destacada por su análisis electoral y de imagen de gobierno.

    Se cierra la semana que comenzó con las airadas expresiones del Presidente en la apertura de las sesiones ordinarias y concluye con lo de ayer. El Presidente generó una serie de interpretaciones acerca de si comienza una nueva fase del gobierno. Me gustaría tu propio balance de la semana y saber si le das esa importancia significativa que yo estoy planteando.

    Sí, son hechos relevantes, por supuesto. No comulgo con la idea de que cada suceso noticioso sea necesariamente fundacional. Ni siquiera consideraría que la apertura de sesiones del Congreso, aun siendo un espectáculo atractivo, marque por sí sola un antes y un después. Más bien lo interpreto como parte de un proceso en curso. Yo veo un gobierno, como dirían los jóvenes, en su momento prime en términos políticos. Es decir, un gobierno muy fortalecido en recursos de gobernabilidad: con abundancia de herramientas legislativas, quizás incluso en exceso.

    Prácticamente obtiene lo que quiere en el Congreso y domina la escena de la Asamblea Legislativa de forma que hace un año no se hubiera imaginado. De un presidente que antes no podía sostener sus vetos, pasamos a uno que parece capaz de impulsar cualquier ley que desee; de alguien que inició su mandato hablando fuera del Congreso para no mezclarse con legisladores, a un presidente que controla la Asamblea y se dirige a los bloques sin exhibir con quién dialoga. En términos políticos, por ahora, el gobierno parece sobrado de recursos.

    Al mismo tiempo, es un gobierno que en esa escena aparece polarizando con una fuerza política que hoy aparece muy debilitada, que es la principal fuerza opositora: el peronismo. Ese peronismo luce fragmentado y debilitado y, dentro suyo, el espacio hegemónico de los últimos 20 años, el kirchnerismo, enfrenta tensiones internas: su liderazgo está detenido y sin posibilidad de postularse, y arrastra un fuerte desprestigio social. Veo, entonces, a un gobierno que busca polarizar con una oposición debilitada, pero que genera resistencias incluso entre sectores que habían apoyado al oficialismo y que hoy están menos conformes con la situación.

    Así como sostengo que el gobierno está en un momento prime en lo político, no observo lo mismo en lo económico. Percibo un programa económico que muestra signos de agotamiento similares a los que se vieron antes de la elección de octubre, con la diferencia de que entonces el respaldo político y financiero de Estados Unidos había compensado una situación de alta precariedad, sobre todo en lo referido al valor del dólar. Hoy, en los sondeos, existe cierta certidumbre sobre el dólar, pero el resto de los indicadores de opinión son negativos.

    La gente percibe que los precios aumentan respecto a la estabilidad que Milei consiguió en su primer año. Crece en 12 puntos la proporción de personas a las que no les alcanza el ingreso para llegar a fin de mes. Aumenta del cinco al 15% la proporción de quienes consideran que la inflación volvió a ser una preocupación principal. Además, indicadores objetivos relacionados con crecimiento y morosidad muestran un programa económico con rendimientos heterogéneos que, por ahora, no mejora la vida cotidiana de la mayoría.

    El Gobierno ha utilizado la Asamblea Legislativa como un recurso político para confrontar con un rival, y hasta ahora eso le ha permitido acumular capital político; pero no sé cuánto podrá mantener ese recurso cuando comience a competir contra sí mismo, como suele ocurrir a los gobiernos tras las elecciones de medio término.

    ¿No hay una relación entre una cosa y la otra? ¿El espectáculo del domingo y esa exhibición de fortaleza política es necesaria o consecuencia de la debilidad en materia económica?

    Sí, la política y la economía operan de manera casi superpuesta. Permitime retroceder un paso: plantear las transformaciones estructurales del programa económico desde una dimensión moral. En debates académicos o técnicos, si hay déficit o no, no es un tema moral. Si el Estado gasta o no gasta, no es un tema de orden moral. El Gobierno, con acierto estratégico, instaló esa lectura moralizante. Así descalifica a cualquier adversario que proponga otro enfoque y, por eso, el Presidente se permite prescindir de la obra pública durante dos años sin que nadie pueda decirle fácilmente “es una barbaridad”, porque quien propone obra pública queda estigmatizado como corrupto.

    La cuestión es si esa estrategia funciona frente a un rival que carezca de autoridad moral para cuestionarla, en este caso el peronismo kirchnerista. La pregunta es qué va a pasar cuando aparezca un rival que tenga autoridad moral para poder discutir con el gobierno. Ese rival podría surgir dentro del mismo espacio reciclado o de un espacio distinto; y su aparición, junto con el rendimiento del gobierno, será determinante.

    Hoy Milei piensa que su adversario es el kirchnerismo. Está bien que lo use como recurso, es efectivo; pero en realidad hoy Milei pelea contra sí mismo y contra el desempeño de su gestión hasta las elecciones del año que viene. Puedo imaginar que, en un hipotético balotaje, mucha gente preferiría a Milei frente al kirchnerismo; la incógnita es si competirá contra eso o si surgirá otro rival.

    Un ejemplo: la historia no se repite, pero rima. Pensemos en el gobierno de Mauricio Macri: él creía que peleaba contra Cristina Kirchner y, en una jugada política, Cristina se corrió del centro, puso a Alberto Fernández como candidato y Macri perdió con Alberto Fernández, que hasta entonces no había encabezado una lista ni era un líder con carisma arrollador. Macri perdió, en buena medida, por el rendimiento económico de su gobierno.

    Por eso la pregunta clave es qué pasará con la economía de aquí en adelante; creo que eso definirá la dinámica política. Entramos en una etapa donde Milei empezará a competir contra sí mismo y gobernar con el espejo retrovisor suele ser más difícil que en los primeros dos años. Echar la culpa a la herencia o agitar el fantasma del adversario pierde eficacia si a uno no le va bien.

    Con un desempeño económico regular, Milei podría zafar: la memoria de crisis previas puede ser tan fuerte que con un rendimiento moderado alcance para ganar. La duda es si llegará al año que viene con ese rendimiento regular; yo advierto señales de alerta que apuntan a que podría no ser así.

    ¿Volvemos a septiembre? ¿Volvemos a un momento en el que al Gobierno la economía no le está dando la posibilidad de demostrarle a la sociedad las mejoras esperadas después de un optimismo generado a lo largo del segundo semestre de 2024 y el primer trimestre de 2025, cuando empezó aquel problema cambiario? En este caso, los síntomas son de la economía real. La inflación está más cerca del 3% que del 2%, y la crisis económica permite que se califique la situación actual de esta inflación. ¿Te parece que hay como un regreso o un fin de esa luna de miel que tuvo el presidente tras el triunfo de octubre hasta marzo de este año?

    Si lo analizás por imagen, sí. En septiembre, cuando el Gobierno atravesó varias crisis y sufrió la derrota en la provincia de Buenos Aires, la imagen del Gobierno y del propio presidente rondaba los 40 puntos, y en algunos momentos cayó cerca del 35. El efecto Scott Bessent, en mi opinión, fue determinante para entender el rumbo de la opinión pública y el resultado electoral de octubre. Es verdad que la elección bonaerense despertó en votantes el deseo de evitar al peronismo y votar la opción “menos mala”, pero cuando el dólar comienza a crecer e inestabilizarse, eso también se convierte en un argumento decisivo.

    Entre septiembre y octubre apareció un prestamista de última instancia que dijo: “El valor del dólar lo garantizo yo”. Eso generó un respaldo al sistema cambiario de una magnitud insospechada y produjo un rebote en la imagen presidencial, llevándola a niveles de 50–52 puntos. Ese efecto duró octubre y noviembre, pero desde diciembre la imagen empezó a descender y hoy, en marzo, está en los mismos niveles que en septiembre.

    Es cierto que hoy resulta raro ver presidentes con imágenes del 60 o 70% como antes: la polarización, la antipolítica y la dinámica mediática dificultan sostener niveles altos. Aun así, no podemos ignorar esta caída: con estos números el presidente necesitaría ganar en primera vuelta, porque corre el riesgo de llegar a un balotaje donde existe una mayoría social que no estaría dispuesta a votarlo. Lo vimos en octubre: sacó 41 puntos y el 59% de la gente votó otras cosas, sin contar el ausentismo, que también expresa distancia y decepción de parte del electorado.

    Además, una situación económica más grave puede fijar un techo. Me permito tomar una idea de colegas: Cristian Buttié señaló que el Presidente, más que caer en su piso, ha caído su techo. Eso complica a quien debe enfrentar un balotaje —preguntémosle a Sergio Massa, que se topó con ese problema en 2023— y deja abierta la posibilidad de que surja quien encarne ese sentimiento diferente, aunque hoy por hoy aún no haya aparecido.

    ¿Creés que hay tiempo para que la sociedad, de demandarlo, cree una oferta a tiempo para 2027? Algo tan rápido como lo que vos mencionabas en el caso de Alberto Fernández, pero en aquel momento ungido por alguien que tenía un poder que hoy pareciera no tener nadie.

    Ese es el problema central. Hoy ese poder no lo tiene nadie y al mismo tiempo el peronismo está mucho más dañado hoy que en ese momento. En 2015 Macri había ganado el balotaje por un punto; hoy la correlación es distinta. Aunque el peronismo ya arrastraba causas de corrupción como la causa Cuadernos, hasta entonces no estaba tan marcado por el estigma de un gobierno desordenado, desprolijo y con un presidente que daba la sensación de no manejar los recursos del poder. Ese sello —el de desgobierno— afectó al peronismo de modo distinto en la última gestión.

    Por eso, yendo a tu pregunta, resulta difícil imaginar que en poco tiempo surja una alternativa potente desde el peronismo si el propio espacio está tan dañado. No obstante, cuando las sociedades se cansan, buscan cualquier alternativa.

    Veamos qué fue Milei: en 2021 no pensábamos que la alternativa sería él; se hablaba de (Horacio Rodríguez) Larreta, (Patricia) Bullrich o Macri como opciones de Juntos por el Cambio. Sin embargo, el desgaste del peronismo llevó a elegir una propuesta completamente distinta. Hoy no aparece una figura similar, aunque Milei ya asomaba; todo dependerá de la velocidad de la crisis: si el gobierno sufre una descomposición económica acelerada, la sociedad buscará atajos y alternativas rápidamente. Si Milei hace un gobierno regular, probablemente tenga más chances de ganar una elección en primera vuelta, porque será más difícil articular una alternativa mayoritaria.

    Otra hipótesis es que hay tres escenarios: la polarización, que es lo que sucedió entre Macri y Alberto Fernández y Macri y Scioli; tercios, que es lo que sucedió en 2023; o fragmentación, que es lo que sucedió en 2003 cuando no había PASO. ¿Le asignás alguna probabilidad a este último escenario? Imaginemos que haya tres peronismos, que la propia derecha esté dividida entre una candidatura de Milei y una de un candidato del PRO, Nacho Torres, el gobernador de Chubut, respaldado por Macri, y por ejemplo otra inclusive de Victoria Villarruel, aunque saque 4 o 5%, y del otro lado también el peronismo dividido, derecha e izquierda, con Axel Kicillof como candidato natural, Juan Grabois a la izquierda y un gobernador representando lo que representó Massa o un exgobernador como Gerardo Zamora, y luego un pastor como Dante Gebel? ¿Te imaginás la posibilidad de que se pueda llegar a un balotaje con candidatos que no lleguen al 30%?

    Sumo un cuarto escenario al que mencionás: el de 2011, con el oficialismo fuerte y toda la oposición fragmentada. En ese año alguien lo describió como “Blancanieves y los siete enanitos”: el principal contendiente quedó muy por debajo del 20% y Cristina obtuvo el 54%. Reitero: todo vuelve a depender del rendimiento del Gobierno. Si el oficialismo llega a 2027 con la economía recuperada —supongamos que la crisis es pasajera y aparece un rebote del consumo y el crecimiento— es plausible que el Gobierno se fortalezca y la oposición se fraccione, porque no habrá incentivos para unirse.

    Por el contrario, si al Gobierno le va mal, entonces sí puede fragmentarse la derecha, porque para que surjan alternativas competitivas a Milei ese espacio necesita perder incentivos para apoyarlo y que las otras propuestas resulten atractivas. A la vez, el deterioro podría empujar al peronismo a presentar alternativas internas —una opción más a la izquierda y otra más peronista clásica— y ver quién llega a un eventual balotaje con Milei.

    La variable central es, insisto, el rendimiento del Gobierno. No creo que la política adquiera una dinámica autónoma independiente del desempeño económico. Además, el rendimiento económico del país no depende sólo del Gobierno: el conflicto en Medio Oriente, por ejemplo, cuyo inicio es visible pero cuyo final es incierto, puede complicar la gestión económica por el impacto en precios del petróleo y de commodities. Es una situación compleja, por decirlo con palabras de una amiga chilena.

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  • Día 817: Karina Milei afianza su hegemonía y redefine el mapa del poder político

    Día 817: Karina Milei afianza su hegemonía y redefine el mapa del poder político

    La llegada de Juan Bautista Mahiques al Ministerio de Justicia revela algo más que una simple modificación de gabinete: señala el comienzo de una nueva fase del mileísmo, en la que la rosca política comienza a imponerse sobre la épica libertaria inicial. A lo largo de su trayectoria, Javier Milei siguió un patrón recurrente: primero desplazó a sus militantes y comunicadores originales para apoyarse en operadores como Carlos Kikuchi; después relegó al núcleo digital de Santiago Caputo en favor de armadores territoriales como Sebastián Pareja en las listas de las elecciones de medio término; y ahora privilegia a la “familia judicial” por sobre su propio aparato comunicacional.

    El Presidente mantiene el discurso incendiario contra “los kukas” para su base, mientras negocia acuerdos en el Parlamento. Esa ambivalencia —gritar contra “la casta” y, a la vez, pactar con ella— fue la que le permitió acumular poder, pero también puede erosionar su credibilidad entre el núcleo duro libertario. Si la contradicción entre relato y práctica se vuelve demasiado evidente, el riesgo es que el mileísmo perciba que su mayor adversario no es sólo el kirchnerismo, sino la distancia entre palabras y hechos y la falta de resultados concretos en la economía.

    Con la designación de Mahiques al frente del Ministerio de Justicia, la geometría del poder dentro del gobierno parece haberse reconfigurado en torno a un esquema más compacto. Karina Milei ocupa ahora el vértice central de esa estructura política. A su costado actúan los Menem y algunos funcionarios cercanos al núcleo presidencial, como Manuel Adorni. Caputo quedó acotado. El desplazamiento de fuerzas dentro del llamado “triángulo de hierro” marca el cierre de una etapa del mileísmo. Comienza la etapa K.

    La designación de Mahiques al mando del Ministerio de Justicia, promovida por Santiago Viola, abogado personal de Karina Milei, se impone en detrimento de Mariano Cúneo Libarona y de su segundo en el ministerio, Sebastián Amerio, señalado en el esquema informal de poder del gobierno como el operador judicial de Caputo.

    Amerio se enteró de su cesantía en vivo, mientras presidía por Zoom una reunión de la Comisión de Administración y Financiera del Consejo de la Magistratura. A ese trato hacia el sector Caputo se suma otro episodio: durante las transmisiones de la apertura de sesiones ordinarias de la Cámara de Diputados, la edición audiovisual en vivo, dirigida por gente de Karina, evitó mostrar el palco desde el que seguían la sesión Santiago Caputo y el Gordo Dan.

    Paradójicamente, varios analistas interpretaron la confrontación de Milei con el kirchnerismo como un vuelco hacia la estrategia Caputo. Sin embargo, ambas lecturas no son incompatibles. El Gobierno parece haber aprendido a jugar en dos frentes: alimentar a su núcleo duro con un discurso incendiario y polarizante, mientras confía en la rosca política y las negociaciones para obtener resultados concretos en la gestión.

    Fue precisamente esa rosca la que le permitió avanzar en el Parlamento con la reforma laboral y la Ley Penal Juvenil, entre otros proyectos. Y la necesitará si pretende reformar la ley electoral, considerada clave para remover las PASO y complicar la unificación opositora.

    La jura del nuevo ministro dejó señales palpables de esa reconfiguración del poder. El saludo frío entre Karina y Caputo puso en escena la tensión entre ambos sectores y fue leído dentro del oficialismo como la confirmación de una derrota política para el asesor. Milei, en cambio, saludó a su colaborador con un abrazo prolongado que, al mirarlo con detalle, resultó más frío y forzado que en otras ocasiones.

    Desde la óptica estratégica, la dinámica del poder mileísta siempre estuvo marcada por una ambivalencia estructural. Por un lado está el Milei de la confrontación permanente, el de la batalla cultural: entiende la política como un conflicto ideológico total contra el kirchnerismo, el socialismo y lo que denomina “la casta”. Ese costado se expresa con mayor claridad en el dispositivo comunicacional que conduce Caputo, en la lógica de polarización constante y en el ecosistema de militancia digital que amplifica el conflicto. Es el Milei que se dirige a su núcleo duro y construye identidad política a partir del antagonismo.

    Pero convive con otra dimensión más clásica y pragmática del poder. Allí aparecen Karina, Martín y Eduardo “Lule” Menem y los armadores territoriales que se ocupan de cerrar acuerdos, ordenar listas, negociar con gobernadores y consolidar una estructura política capaz de sostener al oficialismo en el tiempo. Ese Milei acepta la lógica de la rosca, la acumulación gradual de poder y las transacciones inevitables de la política real. La tensión entre la confrontación ideológica y la negociación pragmática atraviesa toda la experiencia del gobierno libertario y explica muchas de sus decisiones recientes.

    Esta pulsación entre dos “almas” del Gobierno ya tuvo varios ciclos en la carrera del Presidente. Milei llegó a la política rodeado por un núcleo reducido de militantes digitales, economistas libertarios y activistas antiestablishment que lo acompañaron desde sus primeras apariciones televisivas. Sin embargo, cuando el proyecto debió convertirse en una estructura electoral competitiva, optó por apoyarse en operadores con experiencia territorial y desplazó a quienes le habían abierto el camino.

    En esa etapa se impuso la figura de Kikuchi, que se transformó en el principal armador de La Libertad Avanza en 2021 y 2022. Esa decisión implicó relegar a varios de los primeros militantes libertarios provenientes del activismo mediático y las redes. Al mismo tiempo dejó espacio para Santiago Caputo y nuevas figuras en ascenso, como el Gordo Dan y el canal de streaming “Carajo”.

    Tras la asunción, la tensión interna se repitió. El armado territorial del oficialismo gravitó en torno a Pareja, que fue consolidando poder dentro del partido y, en particular, en la provincia de Buenos Aires. Su ascenso se dio en conflicto con el sector comunicacional y digital del mileísmo, vinculado al estratega Caputo y a figuras mediáticas del ecosistema libertario como el streamer Daniel Parisini, conocido como el Gordo Dan.

    Ese enfrentamiento quedó cristalizado en las elecciones de medio término. Mientras el núcleo de Caputo buscaba listas que preservaran la identidad original del movimiento, Pareja avanzó con acuerdos con dirigentes territoriales y estructuras políticas tradicionales. La disputa dejó en evidencia la tensión entre el mileísmo militante de redes y el pragmatismo del armado electoral.

    La misma lógica se percibe ahora en el reciente cambio en el Ministerio de Justicia. La designación de Mahiques, vinculado a sectores de la llamada “familia judicial” y con lazos históricos con operadores del sistema, se interpretó como un nuevo gesto hacia la política tradicional. El movimiento implicó desplazar del área a funcionarios próximos al sector de Caputo, como el viceministro Amerio, símbolos de la influencia del núcleo estratégico del mileísmo.

    En un momento en que el Gobierno enfrenta conflictos judiciales y disputas institucionales, el Presidente volvió a apostar por un perfil con capacidad de interlocución en los tribunales. Así, en cada etapa de su recorrido político —la construcción electoral, el armado territorial y ahora la gestión judicial—, Milei ha mostrado que, cuando está en juego el poder, su opción tiende a favorecer la rosca política por sobre la lealtad al núcleo duro que lo impulsó.

    La influencia sobre ese organismo incide directamente en el funcionamiento del sistema judicial. El representante del Poder Ejecutivo en el Consejo de la Magistratura participa en decisiones clave sobre jueces y presupuesto del Poder Judicial. Controlar ese espacio implica contar con una herramienta central en la relación entre política y justicia. La nueva conducción del ministerio asumirá ese rol en un momento especialmente sensible por el avance de la investigación por la criptoestafa $Libra y el escándalo en ANDIS, que involucra a Karina.

    Según reveló la periodista Irina Hauser, un peritaje sobre dispositivos del trader Mauricio Novelli encontró un acuerdo confidencial que habría firmado Javier Milei con el empresario Hayden Davis para recibir asesoramiento en blockchain, criptomonedas e inteligencia artificial. Ese documento contradice la versión del Presidente, que afirma no haber tenido vínculos con el proyecto $Libra ni conocimiento de la maniobra. Para la periodista, estos elementos refuerzan la hipótesis de que el mandatario estaba “muy empapado” en el tema y que el vínculo entre las partes resulta difícil de negar, lo cual complica la situación del mandatario en la criptoestafa.

    La idea de que la designación de Mahiques pueda servir como un mecanismo de blindaje político se apoya en su profunda inserción en el sistema judicial argentino. Mahiques no es un outsider: proviene de una familia con múltiples cargos dentro del Poder Judicial y con vínculos de décadas en tribunales federales y provinciales.

    Su padre, Carlos Mahiques, es juez de la Cámara Federal de Casación Penal, uno de los tribunales más influyentes del país, y además fue ministro de Justicia bonaerense durante el gobierno de María Eugenia Vidal. A ese entramado familiar se suman otros integrantes del clan, como su hermano Ignacio Mahiques, fiscal federal que intervino en causas de alto impacto político, lo que configura una red con presencia en distintos niveles del poder judicial.

    En ese marco, su llegada al Ministerio de Justicia podría resultar útil para el Gobierno porque combina dos factores: conocimiento interno del funcionamiento judicial y relaciones personales dentro del sistema. Antes de ser ministro, Mahiques fue representante del Poder Ejecutivo ante el Consejo de la Magistratura y luego fiscal general de la Ciudad de Buenos Aires, cargos que le permitieron tejer vínculos con jueces, fiscales y operadores del mundo judicial.

    Además, su carrera estuvo vinculada a espacios políticos con capacidad de incidencia institucional, primero durante el gobierno de Mauricio Macri y luego en estructuras ligadas al poder judicial y al Ministerio Público. Ese recorrido lo convierte en una figura capaz de interpretar los tiempos y las lógicas de Comodoro Py, algo valioso para un gobierno que enfrenta potenciales conflictos judiciales o que necesita gestionar nombramientos y vacantes en tribunales.

    El Ministerio de Justicia tendrá, además, la responsabilidad de impulsar la designación de cerca de doscientos jueces federales y nacionales. La cobertura de esas vacantes será una de las decisiones institucionales más relevantes de los próximos años. Esos nombramientos pueden condicionar el funcionamiento del sistema judicial durante décadas. Hasta ahora, la administración de Javier Milei no había avanzado en ese proceso.

    Sin embargo, el nuevo ministro no está exento de polémicas. Su designación reavivó la controversia por el viaje a Lago Escondido, uno de los episodios más discutidos de su trayectoria. El caso involucró a jueces, empresarios y funcionarios que visitaron la estancia del magnate británico Joe Lewis, presuntamente invitados por directivos del Grupo Clarín. El episodio generó cuestionamientos porque algunos magistrados presentes habían tomado decisiones judiciales favorables a empresas o actores vinculados a ese entorno.

    La polémica se intensificó cuando se filtraron chats de un grupo de Telegram integrado por jueces, funcionarios y empresarios que participaron del viaje. En esas conversaciones analizaban cómo reaccionar públicamente ante la revelación y evaluaban estrategias para justificar los gastos del vuelo privado y la estadía. Entre los mensajes apareció un audio de Mahiques en el que sugería “hacer una facturita” para justificar la visita a Lago Escondido.

    Viola, segundo de Mahiques y abogado personal de Karina, también arrastra antecedentes comprometidos. Durante la investigación a Cristina Fernández de Kirchner en la causa del juez Sebastián Casanello, conocida como la Ruta del Dinero K, presentó dos testigos que afirmaron haber visto a Casanello en la Quinta de Olivos, con la intención de desplazar al magistrado. Luego se comprobó que se trató de una operación fraudulenta contra el juez.

    Otro indicio del viraje hacia una estrategia más política, orientada a achicar frentes de conflicto, es que al asumir Mahiques pidió la renuncia de varios funcionarios políticos del equipo de Cúneo Libarona. Entre los cambios más notorios figura la salida de Daniel Vítolo, titular de la Inspección General de Justicia (IGJ), quien había ganado visibilidad por la ofensiva del Gobierno contra la AFA y por promover el envío de veedores a la entidad que preside Claudio “Chiqui” Tapia.

    Aunque desde la Casa Rosada sostuvieron que la postura oficial hacia la asociación del fútbol no variará, la designación de Mahiques generó interrogantes por sus vínculos previos con dirigentes del fútbol, entre ellos Tapia y Pablo Toviggino, a quienes dijo conocer “socialmente”, aunque negó una relación de amistad. En paralelo, el nuevo ministro anticipó que revisará el expediente que solicitaba el envío de veedores a la AFA antes de definir una postura definitiva.

    Esto representa una descompresión del conflicto con “Chiqui” Tapia, que además ganó espacio tras gestionar la vuelta al país del gendarme Nahuel Gallo, entonces preso del chavismo en Venezuela.

    El modelo Caputo encarna la pureza ideológica y el ataque permanente, mientras que el ala política, representada por los Menem y Karina Milei, simboliza la negociación y el consenso. El Gobierno optó por una estrategia ambivalente: mantener el discurso incendiario mientras se abren y fortalecen vías de negociación. La crítica del caputismo más puro es que se reincide en un problema clásico de la política: la hipocresía.

    Si llega a percibirse que Milei “habla para la tribuna” mientras “negocia con la casta política”, podría iniciarse una etapa de desmoralización entre las filas de su núcleo duro. Al mismo tiempo, la polarización ya es leída por aliados políticos como un rasgo distintivo de Milei que, en definitiva, no resulta determinante por sí solo.

    Los insultos y la denostación pública a los “kukas” durante la apertura de sesiones admiten dos lecturas. Para algunos fueron gritos de impotencia ante las crecientes dificultades económicas. Para otros, una estrategia para construir un terreno político, señalando a Cristina como enemiga principal. De ese modo, Milei recuerda a sus seguidores que él es, por ahora, el adversario principal del kirchnerismo y se posiciona al frente del antikirchnerismo, que hoy parece hegemónico en el país.

    Ayer, durante una entrevista en La Nación+, Luis Majul le preguntó por la confrontación en el Parlamento, y el Presidente respondió: “El kirchnerismo es lo peor que le pasó a la Argentina en su historia” Resulta llamativa una declaración tan rotunda, ya que, aunque se pueda ser opositor al kirchnerismo, la dictadura de Jorge Rafael Videla fue indudablemente más gravosa: en ese período se aplicó terrorismo de Estado, se violaron derechos humanos de forma sistemática y desaparecieron 30.000 personas.

    Algunas versiones afirman que Milei, en su afán refundacional, estaría preparando indultos para genocidas. Sería un tema extremadamente sensible para la historia política argentina, más aún en el 50° aniversario del golpe militar. La ambivalencia de Milei también responde a la fragilidad de sus puntos de apoyo.

    El mileísmo transita un momento de gran fortaleza política, pero enfrenta crecientes dificultades económicas. Esas tensiones afectan su imagen, que ya muestra signos de desgaste en las encuestas, y probablemente han debilitado el liderazgo de Caputo al frente de la comunicación dentro del denominado “triángulo de hierro”.

    Por ahora, el Gobierno mantiene el control del dólar, logró abastecerse de reservas y cuenta con el respaldo explícito de Donald Trump. Además conserva la capacidad de instalar temas en la agenda pública. Sin duda, el oficialismo sigue teniendo la iniciativa política.

    No obstante, la economía real no presenta resultados equivalentes. En una columna reciente en Cenital, Ernesto Tenembaum y Alfredo Zaiat advierten que la historia argentina registra momentos de aparente hegemonía que luego se diluyeron —gobiernos como los de Carlos Menem, Cristina o Macri en distintos momentos parecían invencibles—. El problema no es la concentración del poder en sí, sino cuánto tiempo puede sostenerse.

    Los indicadores económicos empiezan a mostrar tensiones en el programa oficial tras más de dos años de gestión. En ese lapso se perdieron cerca de 300.000 empleos privados registrados, mientras la masa salarial real cayó y la inflación mensual se estancó más cerca del 3 que del 2 por ciento. El esquema antiinflacionario descansó en buena medida sobre el salario como ancla, y el tipo de cambio osciló entre crawling peg, bandas cambiarias impulsadas por el FMI y ajustes atados a la inflación pasada, cada mecanismo generando nuevas expectativas en el mercado.

    El dilema es claro: si el Gobierno relaja esas anclas, la inflación puede acelerarse; pero si las endurece, profundiza la recesión, en una economía donde la morosidad crece, el crédito no despega y la rentabilidad financiera sigue siendo más atractiva que la inversión productiva. El respaldo parlamentario que facilitó sus triunfos recientes parece haberse convertido en su nueva base de sustentación.

    En este contexto de inestabilidad económica, como en un mar embravecido, el Gobierno se aferra a la balsa que representa la hegemonía lograda en el Parlamento mediante la negociación política. No solo la afinidad une; también lo hace el espanto. La posibilidad de una nueva crisis funciona como pegamento para aliados inconsecuentes que no quieren que todo se desplome o que no perciben una alternativa clara.

    El gobierno de Milei parece entrar en una fase en la que la construcción de poder político se vuelve su único punto de apoyo estable. ¿Será suficiente para capear las olas de una economía adversa hasta que soplen vientos favorables? La evolución de esa combinación entre política y economía definirá el futuro del experimento libertario.

    Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

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