John Forbes Nash, matemático y Premio Nobel de Economía 1994, obtuvo el doctorado con la tesis “Juegos no cooperativos” (Non-Cooperative games), defendida en 1950, publicada en 1951 y luego conocida como “el equilibrio de Nash”. Ese equilibrio se da cuando ninguno de los jugadores puede mejorar su situación cambiando de estrategia si los demás mantienen las suyas; así, cada jugador queda obligado a continuar con su decisión aun sabiendo que no le favorece.
Esta es la situación que enfrentan hoy Milei y Kicillof como representantes del antiperonismo y del peronismo. Si Milei insiste con el “riesgo Kuka” para ganar las elecciones de 2027 –tal como lo hizo con éxito en 2025, generando el temor de que votar al peronismo perjudique la economía de los propios electores– volverá a provocar, el año próximo, volatilidad en los mercados y una nueva fuga de pesos al dólar, desalentarando desde mucho antes de los comicios las inversiones que su plan económico necesita para funcionar, y aumentando de forma indirecta la probabilidad de que Kicillof resulte ganador.
Kicillof, en cambio, si comprendiera que para imponerse debe neutralizar el “riesgo kuka” anticipando que, de ganar, propondrá al Senado un candidato a presidente del Banco Central lo suficientemente ortodoxo como para ser aceptado también por la derecha, enviaría a los mercados la señal de que mantendrá el equilibrio fiscal. Así, al estilo de Lula en su primera presidencia, al nombrar al frente del Banco Central a Henrique Meirelles —ex presidente mundial del Banco de Boston— podría contribuir a que el plan económico de Milei funcione, porque al tranquilizar a los mercados se adelantarían las inversiones y no habría corrida preelectoral hacia el dólar.
Pero ambos parecen atrapados en el “subóptimo” del equilibrio de Nash, condenados a sostener su estrategia aun a riesgo de perder.
Uno de los ejemplos más ilustrativos del equilibrio de Nash es el dilema del prisionero, formulado por Flood, Dresher y Tucker, resumido así: “La policía arresta a dos sospechosos de un crimen y los coloca en celdas separadas. No hay pruebas suficientes para condenarlos y un policía visita a cada uno para ofrecerle el mismo trato: si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a tres años de prisión mientras que el delator será liberado. Por el contrario, si calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y el cómplice será quien salga libre. Si ambos confiesan el crimen, cada uno recibirá una condena de dos años. Pero si ninguno confiesa, ante la falta de pruebas, pasarán solo un año en la cárcel por un cargo menor”.
El equilibrio de Nash se produce cuando ambos optan por traicionar al otro esperando que el otro no lo haga para quedar libre; si al final los dos confiesan (traicionan), ambos cumplen dos años. Este ejemplo muestra cómo ese equilibrio conduce a un resultado subóptimo: lo mejor para ambos sería cooperar —suponiendo que el otro es perfectamente racional y llega a la misma conclusión— y, sin acusarse mutuamente, salir con sólo un año por falta de pruebas.
La búsqueda de una “racionalidad” individual conduce, entonces, a un resultado colectivo inferior. Pero el desenlace puede cambiar cuando el juego se repite y los participantes advierten que la traición de hoy arruina la recompensa de mañana, lo que fomenta la cooperación a largo plazo. ¿Estamos en esa situación en la Argentina actual, tras tanta polarización?
Sin embargo, el juego no lo juegan únicamente Milei y Kicillof —aquí presentados en imágenes contrastantes con Lula y Trump—; ellos son apenas los significantes de un juego que todos los argentinos alimentamos, al promover y exigir a nuestros representantes determinada forma de disputa. La insistencia en que la única manera de asegurar un rumbo es reelectar a quien lo encarna ahora —es decir, la perpetuación de la persona y no de la idea— nos define culturalmente como una sociedad que, desde sus orígenes, no pudo desprenderse de la lógica de conducción caudillesca.
Está claro que el capitalismo necesita certidumbre para prosperar; una de las ventajas de regímenes capitalistas sistémicamente autocráticos, como el sistema de partido único de China, es que la continuidad del Partido Comunista más allá de quién lo dirija permite esbozar un horizonte previsible. En las democracias, esa certidumbre se construye con la alternancia de partidos que mantienen ciertas reglas económicas básicas. Es más difícil, pero mejor.
Si la confianza en la continuidad de determinadas políticas exigiera la reelección de Milei, el riesgo político-país se trasladaría de 2027 a 2031, cuando Milei ya no pueda ser reelecto y quien lo suceda deba mantener algunos lineamientos como política de Estado. Obviamente sería preferible no esperar cuatro años más para certificar el paso de la adolescencia a la adultez política.
Lo ideal sería que no hiciera falta la reelección de Milei para preservar el orden fiscal, sino que su sucesor asumiera ese compromiso, como ocurrió en Brasil cuando Lula mantuvo la orientación fiscal de Fernando Henrique Cardoso, ahorrándonos un período presidencial completo para la reducción del riesgo país y la generación de confianza económica dependiente de la política.
Además, las reformas pendientes —tributaria-impositiva, coparticipación y previsional— generan ganadores y perdedores en las provincias, cuyos representantes están en el Congreso, y para aprobarlas exigirán colaboración y no imposición. Incluso la compleja ley de reforma laboral logró un consenso ideológico transversal; no ocurre lo mismo con las que alteran los presupuestos provinciales afectando intereses preideológicos, como señaló el nuevo director ejecutivo de Cippec, Luciano Laspina, en la cena anual de esa institución el lunes pasado, y como viene sosteniendo Perfil desde antes de la elección de Milei en 2023.
Los líderes extremos son un síntoma del debilitamiento de una sociedad. Vale, en distinto grado, tanto para Estados Unidos como para la Argentina. Indican la falta de salud del sistema político, incapaz de resolver por acuerdos las legítimas diferencias de intereses. Como en la República Romana, la dictadura fue una institución acotada en el tiempo, un remedio frente a grandes males aceptable sólo por un breve período. Si la solución fuese la autocracia permanente, sería preferible que fuese de un partido único antes que de una persona única. Si queremos democracia y capitalismo, nos queda por aprobar la asignatura de la colaboración; en obstrucción ya fuimos maestros.

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