El lunes 12 de agosto de 2015 quedó marcado en la memoria como “el día de la mayor pérdida de valor de la historia argentina”. Las acciones de las empresas nacionales se desplomaron más del 60% en Wall Street; en el Merval retrocedieron un 33% en términos reales y el peso se devaluó un 23% frente al dólar. Ese recuerdo se reactivó tras la derrota de LLA en las elecciones bonaerenses de septiembre pasado, y solo fue contenido por el anuncio del Tesoro norteamericano de un préstamo de 20 mil millones de dólares y por la promesa de “lo que fuera necesario” (whatever it takes).
Las posibilidades de que, en agosto del año próximo, Estados Unidos repita un salvataje semejante son inciertas; en cambio, es más probable que se reactiven los mismos temores de los mercados financieros ante el mero riesgo de una eventual derrota del Gobierno. Si la alternancia es la base de todo sistema democrático, el problema central de la economía argentina es la inconsistencia intertemporal de sus políticas macroeconómicas básicas.
El anuncio del “salariazo” de Menem en su campaña dinamitó la ya muy fragilizada economía de Alfonsín. De la Rúa, para suceder a Menem, tuvo que prometer la continuidad de la Convertibilidad. Kirchner, para ganar por primera vez en 2003, anunció que mantendría al entonces ministro de Economía Roberto Lavagna. El regreso de Cristina Kirchner como candidata a vicepresidente provocó la citada hecatombe que sufrió Macri el lunes 12 de agosto tras su derrota en las PASO. Y el anuncio de campaña de Milei sobre la dolarización de la economía potenció la aceleración inflacionaria del gobierno de Alberto Fernández. De cara a 2027, ni siquiera hace falta una profecía autocumplida: parte de la renovación de la deuda en pesos del gobierno de Milei se fijó con vencimiento previo al cambio de gobierno, justamente para cubrirse de ese riesgo.
Lo que Milei llama “efecto kuka” atraviesa las cuatro décadas de nuestra recuperación democrática y, en realidad, consiste en un empeoramiento asociado al cambio de gobierno, salvo cuando el candidato de la oposición se compromete a garantizar la continuidad de los aciertos económicos de su competidor o cuando la reelección del oficialismo resulta segura.
¿Qué hacer entonces? Hay dos opciones: colaboración o aniquilamiento.
Aniquilamiento. El gobierno de Milei apuesta a asociar al candidato peronista al caos económico para generar temor entre los votantes, que podrían optar por no elegirlo ante el riesgo de convertirse en víctimas de un descalabro económico; ese voto por miedo fue con el que el Gobierno logró imponerse en las elecciones de octubre pasado.
Paralelamente, un candidato kirchnerista podría considerar que le conviene que LLA instale la idea del “cuco kuka”, un fantasma peronista desestabilizador: así Milei se estaría disparando un tiro en el pie, porque las consecuencias del caos económico las sufriría antes de las elecciones el propio gobierno de LLA, facilitando y no dificultando el ascenso de la oposición frente a un oficialismo cuya economía ya está en caos y cuyos votantes no tienen nada que perder.
Alentar la polarización mediante escenarios apocalípticos para cosechar adhesiones es un arma de doble filo: funciona en el presente, pero es una bomba de tiempo segura para estallar en el futuro.
Colaboración. Un ideal, probablemente utópico, sería que los candidatos con posibilidades reales firmaran un compromiso para mantener ciertos lineamientos macroeconómicos básicos: una suerte de Pacto de La Moncloa concentrado en un puñado de compromisos económicos; o, como hicieron en Israel en los años 80 con éxito, que todos los partidos acordaran medidas para ordenar la economía y erradicar la inflación.
Otra alternativa sería que, antes de las PASO en 2027, oficialismo y oposición votaran por unanimidad un presidente del Banco Central que, con acuerdo del Senado (el último así designado fue hace más de una década), pudiera atravesar el mandato del presidente electo más allá del partido que ganase, garantizando estabilidad e independencia frente al Poder Ejecutivo.
La colaboración cobra sentido cuando ambos sectores en pugna descubren que la aniquilación del oponente equivale a la propia autodestrucción: la disuasión nuclear mutua que inhibió durante décadas el uso de armas atómicas entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética.
Mañana PERFIL publica un extenso reportaje al economista Emilio Ocampo, director del Centro de Estudios de Historia Económica de la Universidad del CEMA y autor, entre otros libros, de Dolarización: una solución para la Argentina y Argentina dolarizada. Para Ocampo, la única “vacuna” contra la volatilidad monetaria ante cada cambio de gobierno es que no dispongamos de moneda propia, y lo expone con argumentos que merecen ser analizados.
En su visión predomina más el historiador que el economista: proyecta lo que en el mundo anglosajón se denomina “dependencia de la trayectoria” (path dependency), esa idea de “lo que ha sido será” que llevó a Zaratustra, según Nietzsche, a asumir la dificultad de torcer el rumbo de un destino cimentado por el pasado.
Los antecedentes de la economía argentina, desde Alfonsín hasta la fecha, son una evidencia de esa “dependencia de la trayectoria”; sin embargo, el Brasil de poco más de veinte años atrás mostró pruebas comparables y logró romper con la aparente inevitabilidad de la repetición.
Allí la clave fue que un presidente como Lula —siendo un líder sindical combativo y representante de un partido más a la izquierda que el peronismo— supo romper con “el pasado me condena” y puso al frente del Banco Central a un economista opositor, diputado del partido de Fernando Cardoso, expresidente mundial del Banco de Boston con sede en Estados Unidos, Henrique Meirelles.
Algo similar sucedió con la Concertación de centroizquierda en Chile tras la salida de la dictadura, que mantuvo las bases macroeconómicas legadas por Pinochet. Y en Uruguay, donde el Frente Amplio llevó a la presidencia a un exguerrillero como Pepe Mujica, éste ofreció a su rival en la interna, el economista conservador Danilo Astori, sumarse como vicepresidente de su gobierno.
Siguiendo esos ejemplos, el candidato del peronismo podría anticipar la designación de un presidente del Banco Central y/o de un ministro de Economía que otorguen tranquilidad a los mercados.
En cualquiera de los casos, el síndrome de agosto de 2019 plantea un desafío para nuestro sistema político.
—En “The Shallows” usted sostiene que el entorno digital tiende a debilitar la concentración prolongada y la lectura profunda, ¿qué cambios observa en nuestra forma de leer y pensar y hacia dónde cree que se dirige esa transformación?
—Escribí The Shallows en 2010. Mi tesis es que la tecnología —el hecho de estar permanentemente en línea— nos condiciona a pensar de modo disperso. Hoy tenemos que procesar grandes cantidades de información procedente de fuentes muy diversas y hacerlo a gran velocidad, de modo que terminamos entrenándonos en el pensamiento superficial para seguir el flujo. Esos procesos se han intensificado en los 16 años desde entonces: al pasar de laptops y computadoras de escritorio a teléfonos móviles y al expandirse las redes sociales, la tecnología ha privilegiado ráfagas breves y superpuestas de información. En suma, hemos construido un entorno que recompensa lo superficial y deja escaso espacio para un pensamiento más profundo, reflexivo y contemplativo.
—Usted ha argumentado que el cerebro humano se adapta a los medios que utiliza. ¿Cómo interviene la neuroplasticidad en los cambios cognitivos asociados al uso intensivo de internet?
—Nuestra mente es maleable a lo largo de toda la vida; eso es la neuroplasticidad. El cerebro se adapta físicamente al entorno en que piensa: optimiza su funcionamiento según aquello a lo que prestamos atención. Al habituarnos a internet, las redes sociales y los teléfonos, entrenamos al cerebro para absorber fragmentos de información con rapidez, y por eso deja de ejercitar el pensamiento concentrado. Los seres humanos somos distraíbles por naturaleza y hay que entrenar la atención; si no lo hacemos, las conexiones sinápticas que sostienen la concentración se debilitan y se refuerzan las que favorecen un pensamiento veloz pero superficial.
—La cultura del libro estuvo asociada durante siglos a prácticas como la lectura prolongada, la concentración y la construcción de argumentos complejos. En el ecosistema digital caracterizado por fragmentación, velocidad y “multitasking” ¿qué tipo de mente cree que se está formando?
—No creo que estemos formando una mente literaria. Durante casi 500 años el libro impreso fue el medio principal: una página presenta texto sin distracciones y actuaba como un escudo frente al ruido del entorno. La pantalla, en cambio, no aísla; es una máquina de distracción: feeds, botones, aplicaciones y constantes interrupciones. Hemos sustituido una tecnología de concentración y enfoque —la página impresa— por otra que fragmenta y fomenta el pensamiento caótico. Ese cambio no es menor: altera la forma en que la mente procesa la información y está influyendo en la cultura y en las actividades intelectuales contemporáneas.
—Daniel Kahneman mostró que el pensamiento reflexivo depende de condiciones cognitivas muy específicas: tiempo, concentración y continuidad. Si el entorno digital tiende a erosionar esas condiciones, ¿cómo cambia la manera en que las sociedades piensan colectivamente?
—Kahneman distingue entre dos modos de pensar: uno rápido e instintivo y otro lento, deliberado y que requiere tiempo y continuidad. Si el entorno digital erosiona esas condiciones, la sociedad retrocede hacia el pensamiento instantáneo: más sesgado, menos racional y menos reflexivo. Colectivamente, eso se traduce en mayor tribalismo, más vulnerabilidad a prejuicios y una menor capacidad para la deliberación y la razonabilidad.
INTERNET Y LA TRANSFORMACIÓN DE LA MENTE. “A medida que, como individuos y como sociedad, retrocedemos hacia una forma de pensar más instintiva y acelerada, también nos volvemos más susceptibles a los sesgos”. (FOTO PABLO CUARTEROLO)
—En el ecosistema digital la atención se ha convertido en un recurso económico disputado por las plataformas. ¿Qué consecuencias tiene vivir en un entorno diseñado para capturar continuamente nuestra atención?
—La disputa por la atención existe desde siempre en los medios, pero nunca habíamos tenido un sistema tan invasivo como las redes sociales, que nos acompañan todo el día. A diferencia de la televisión o el periódico, que ocupan momentos del día, los dispositivos móviles mantienen la presencia digital permanente y ceden paulatinamente el control de nuestra atención a empresas y algoritmos. La pregunta fundamental es: ¿soy yo quien decide a qué prestar atención o son la tecnología y las empresas las que la determinan? Si respondemos con honestidad, vemos el enorme poder que esas compañías ejercen al alimentarnos con flujos constantes de información que guían nuestra mirada en lugar de permitirnos gobernar nuestra propia mente.
—Si durante siglos el conocimiento dependía en gran medida de la memoria, hoy parece depender cada vez más de la posibilidad de acceso inmediato a la información. ¿Cómo transforma esto la relación entre memoria, conocimiento y pensamiento?
—Siempre hubo pros y contras entre confiar en la memoria biológica o en tecnologías externas como libros o computadoras; el acceso a acervos ajenos es uno de los fundamentos de la civilización. El problema surge cuando delegamos la memoria sin pasar por la consolidación que requieren los procesos cerebrales: perdemos las conexiones y asociaciones que se forman al memorizar hechos y experiencias. El verdadero poder del pensamiento no es solo el acceso inmediato a datos —algo en lo que internet destaca— sino la capacidad de tejer asociaciones complejas entre esos datos, lo que aporta contexto, creatividad y crítica. Si externalizamos la memoria, ganamos acceso superficial a información aislada, pero perdemos la riqueza contextual que sostiene el conocimiento profundo.
—Muchos lectores describen hoy una creciente dificultad para sostener la atención en textos largos. Más allá de la experiencia individual, ¿cree que estamos ante una transformación cultural más profunda en la forma de leer?
—Sí, creo que es una transformación cultural profunda. Partí de mi propia experiencia: como escritor y usuario frecuente de la web noté que me costaba concentrarme en libros y artículos largos. Pasar mucho tiempo en ese entorno digital me entrenó para no fijarme y para absorber información rápidamente. Para cultivar la lectura profunda hace falta concentrarse en un texto complejo durante periodos largos; si uno salta constantemente entre fragmentos, emails y mensajes, nunca se aprovecha el potencial de la lectura sostenida. No solo leemos menos en profundidad que hace décadas, sino que corremos el riesgo de perder la habilidad misma de sumergirnos en lecturas prolongadas, una dimensión clave de la cultura intelectual.
—Gran parte de la cultura intelectual moderna se construyó alrededor de libros y textos extensos capaces de desarrollar argumentos complejos. En un ecosistema dominado por fragmentos informativos, ¿cómo se reorganiza hoy esa cultura?
—La autoridad informativa tiende a recaer hoy en quienes captan la atención rápidamente y logran viralidad. Ese contenido suele ser emotivo, exagerado o extremo, y por eso privilegiamos el gancho inmediato —un título sensacional o una imagen intensa— por encima de argumentos profundos y razonados. En consecuencia, el sistema mediático actual recompensa con frecuencia el espectáculo más que la razón y la discreción.
—En lugar de desaparecer, ¿podría el libro adquirir un nuevo valor cultural precisamente porque ofrece algo que el ecosistema digital no reproduce: una experiencia de atención sostenida?
—El libro puede adquirir un valor distinto: no necesariamente como forma dominante de transmisión cultural, pero sí como refugio frente al flujo dominante de las pantallas. Mucha gente percibe que pierde algo al estar constantemente distraída y busca en la lectura o en formatos analógicos una forma de escapar. Eso es positivo, pero también subraya el cambio cultural que hemos vivido: que un sector opte por experiencias contemplativas no impide que los medios digitales continúen imponiéndose como canal cultural principal.
—La cultura del libro no solo organizó la lectura, también estructuró instituciones como la universidad, el ensayo o la crítica intelectual. ¿Qué ocurre con esas formas culturales en un entorno dominado por flujos digitales de información?
—Es cada vez más difícil lograr que los estudiantes ejerciten formas concentradas y atentas de lectura y estudio. Muchos docentes —y hablo desde mi experiencia en Estados Unidos, aunque es un fenómeno global— saben que el libro compite por la atención con las apps del teléfono y, por eso, adaptan métodos y expectativas: reducen exigencias de lectura tranquila y aceptan el nuevo entorno de distracción. Todos nos adaptamos: docentes, estudiantes y sistemas educativos. Podemos volvolarnos muy hábiles en absorber y transmitir información con rapidez, pero a costa de perder la profundidad que, tradicionalmente, se consideraba central en una educación verdaderamente formadora.
LECTURA, CULTURA Y CONOCIMIENTO EN LA ERA DIGITAL. “Pensamos que nos estábamos librando de la mediación, pero en realidad nos hemos sometido a una forma de mediación nueva y aún más poderosa, la que ejercen los algoritmos de plataformas”.
—Escuché una frase suya que dice que Google nos vuelve más estúpidos. Creo que esto podría extenderse a las redes sociales. ¿Podrías compartir con nuestra audiencia tu idea de que este tipo de herramientas nos vuelve más estúpidos?
—Cuando llegaron Google e internet, y más tarde las redes sociales, se pensó que más información y más conexiones nos harían más inteligentes y sociales. Sin embargo, sostengo que ocurrió lo contrario: la sobrecarga informativa nos ha hecho más distraídos, superficiales y menos capaces de abordar cuestiones complejas. De igual modo, las redes sociales han erosionado ciertas habilidades sociales al convertirnos en productores constantes de contenido y en gestores permanentes de nuestra propia apariencia pública. En resumen, la abundancia de información y estímulos nos vuelve pensadores más superficiales —más estúpidos, si queremos ser directos— y reduce nuestra habilidad para relacionarnos con profundidad.
—La inteligencia artificial generativa ha comenzado a producir textos, imágenes y conocimiento de manera automatizada. ¿Cree que esta nueva etapa de automatización puede transformar también la forma en que las sociedades producen y transmiten conocimiento?
—Aún no sabemos cómo evolucionará la IA generativa ni cuáles serán sus consecuencias finales, pero ya está cambiando dos actividades centrales: la lectura y la escritura. Hoy podés introducir un libro o un artículo en un chatbot y obtener un resumen rápido; y podés pedirle a ChatGPT, Claude, Gemini, Copilot u otros que redacten por vos. Eso plantea una decisión crucial: ¿valoramos lo suficiente la lectura y la escritura como prácticas intelectuales para asumir la responsabilidad de realizarlas nosotros mismos, o las delegamos a máquinas? Temo que, como con internet y los smartphones, elegiremos el camino de menor resistencia y usaremos la IA para leer y escribir, perdiendo una fuente esencial de profundidad intelectual y de riqueza personal.
—Buena parte de la conversación pública contemporánea se trasladó a las plataformas digitales. Durante mucho tiempo los diarios canalizaban ese intercambio a través de secciones como las cartas de lectores, que implicaban un proceso editorial de selección y jerarquización. Con las versiones online y la posibilidad de comentar directamente los artículos publicados, esa mediación prácticamente desapareció. ¿Cómo cree que esta mediación tecnológica está transformando la esfera pública contemporánea?
—Al principio pensamos que internet eliminaba la mediación editorial y abría la voz a todos, pero lo que ocurrió fue un cambio de mediadores: los editores fueron sustituidos por algoritmos que deciden qué mostrar entre miles de millones de mensajes. Aunque el viejo sistema no era perfecto, imponía cierto orden y control de calidad; los algoritmos, en cambio, tienden a enfatizar extremismo, superficialidad y mensajes emotivos que apelan a sesgos. En la práctica, nos hemos sometido a una mediación nueva y mucho más poderosa —la de Meta, Google, X y otras plataformas— que, con frecuencia, resulta más dañina para el discurso público que los antiguos mediadores.
—En “The Glass Cage” usted advierte que cuando delegamos demasiadas tareas en sistemas automatizados corremos el riesgo de perder habilidades. En campos como la aviación o la medicina se ha estudiado un fenómeno conocido como “automation complacency”: cuando los sistemas automatizados funcionan durante mucho tiempo sin fallas, los humanos tienden a confiar tanto en ellos que pierden la capacidad de intervenir críticamente cuando algo sale mal. ¿Ve un riesgo similar en la relación cotidiana que estamos desarrollando con los sistemas digitales y los algoritmos?
—La automatización es beneficiosa cuando delegamos tareas que ya dominamos, porque eso nos permite desarrollar habilidades superiores. El problema surge con la complacencia: si dependés tanto del sistema que no practicas ni mantienes tus propias capacidades, cuando algo falla no podés intervenir. Lo vemos en pilotos que confían en el piloto automático y pierden conciencia situacional, o en médicos que delegan en lecturas automatizadas. Con la IA ocurre lo mismo a un nivel intelectual: si confiamos en sistemas para informarnos, escribir y pensar, dejamos de cuestionar y perdemos la capacidad crítica. Por eso es esencial entender los límites de la automatización y no delegar íntegramente el pensamiento en la máquina.
—En “Superbloom” usted sugiere que el aumento de las tecnologías de comunicación no necesariamente produce mayor comprensión entre las personas. ¿Por qué la comunicación permanente puede generar, en algunos casos, el efecto contrario?
—En The Shallows y The Glass Cage abordé cómo la distracción y la automatización erosionan el pensamiento profundo; en Superbloom me ocupo de los efectos sociales y políticos de la saturación informativa. Pensábamos que democratizar la expresión reforzaría la democracia, pero con frecuencia sucede lo contrario: la lógica de la atención premia mensajes emocionales y rápidos, lo que favorece cultos a la personalidad y candidatos que operan como influencers. Eso desplaza la deliberación reflexiva que sería la mejor guía para elegir representantes y enfrentar problemas complejos.
—Las redes sociales tienden a amplificar emociones rápidas como la indignación, el miedo o la ansiedad. ¿Qué efectos tiene esa dinámica en la conversación pública? Podría ser, al mismo tiempo, algo similar a lo que produjo la radio en los años 30 en Alemania con el surgimiento de Hitler.
—El caso de la década de 1930 es ilustrativo: los nazis tomaron el control de la radio y distribuyeron receptores baratos sintonizados con emisiones oficiales. Cualquier medio nuevo puede servir para desafiar al poder o para reforzarlo si quienes detentan el poder lo controlan; la radio y la televisión ya lo demostraron, y hoy internet y las redes sociales repiten esa dualidad. Pueden facilitar la disidencia, pero también convertirse en máquinas de propaganda cuando son apropiadas por fuerzas políticas.
—El psicólogo social Jonathan Haidt ha vinculado el uso intensivo de redes sociales con el aumento de ansiedad y polarización entre los jóvenes. ¿Cómo interpreta ese fenómeno desde su análisis de la cultura digital?
—Haidt y otros estudios indican que, especialmente para los jóvenes, el entorno de las redes puede ser desorientador y agravar problemas de identidad y salud mental. Eso plantea preguntas serias sobre la conveniencia de que los adolescentes tengan smartphones o cuentas en redes, o de si los teléfonos deberían permitirse en las escuelas. Las redes empujan a presentarse permanentemente ante los demás y a convertir la vida en contenido, lo que genera ansiedad social. Los datos sobre mayor soledad, depresión y ansiedad en jóvenes son preocupantes y reflejan un impacto que también se extiende a los adultos.
—En “Superbloom” usted escribe que, frente a la saturación comunicativa del mundo digital, “necesitamos practicar más actos deliberados de excomunicación”. ¿Qué significa exactamente esa idea y qué tipo de relación con la tecnología propone?
—En Superbloom propongo actos deliberados de “excomunicación”: retirarse de la exposición continua del mundo digital. La tecnología nos distancia del mundo físico y sensorial, y eso empobrece la vida. Excomunicarse implica pasar buena parte del día sin pantallas, redes ni teléfonos, y restablecer una interacción sensorialmente rica con personas y cosas reales. Es un retiro intencional que permite vivir de forma más plena que el refugio constante en el mundo espejo creado por las pantallas.
—La expansión de las tecnologías digitales multiplicó las formas de conexión entre las personas, pero en paralelo muchos estudios registran un aumento de la soledad. ¿Cómo interpreta esa paradoja?
—La paradoja surge porque sustituir la interacción presencial por la mediada reduce la satisfacción. Podemos estar en contacto con más gente y socializar todo el tiempo, pero la interacción por pantalla es una sombra de la experiencia cara a cara: falta lenguaje corporal, matices y atención plena. Esa diferencia explica por qué, aun conectados permanentemente, muchas personas se sienten más aisladas.
—A lo largo de la historia, tecnologías como la imprenta o el telégrafo, la radio en la década de los 30 como hablábamos recién, no solo ampliaron la circulación de información, sino que transformaron profundamente la cultura y la organización social. ¿La revolución digital representa una ruptura comparable o introduce un tipo de transformación cualitativamente distinto?
—La llegada de la radio y la televisión fue un cambio dramático; la revolución digital no es necesariamente más radical, pero sí comparable en magnitud. La diferencia clave es que hoy la comunicación masiva se personaliza: grandes empresas como Google o Meta producen contenidos masivos que, gracias a los algoritmos, se adaptan a cada individuo. Ya no compartimos experiencias mediáticas comunes; cada persona recibe una versión distinta, cuidadosamente diseñada para captar su atención. Es otra transformación mediática muy grande, con efectos dramáticos pero diferentes a los de hace un siglo.
—En “Superbloom” usted examina la historia de las tecnologías de comunicación. ¿Qué patrones se repiten cuando aparece un nuevo medio y reconfigura la vida social?
—Un patrón recurrente es que las consecuencias no deseadas suelen superar a las previstas. La gente imaginó usos distintos para tecnologías previas y la realidad fue otra. Con la IA y otras herramientas sucede lo mismo: esperamos soluciones técnicas a problemas sociales y a menudo obtenemos efectos contrarios. La lección es mantener escepticismo: no significa rechazar la tecnología, sino usarla con disciplina, preguntarnos para qué sirve realmente y someter su adopción a evaluación institucional y política.
—En “The Big Switch” usted compara la revolución digital con la electrificación de la industria: un momento en que la energía dejó de generarse localmente y pasó a distribuirse a través de grandes redes. Cuando la computación adopta esa misma lógica de infraestructura, ¿qué cambia en la economía, el poder tecnológico y la cultura?
—La analogía con la electrificación muestra cómo una infraestructura compartida centraliza el poder. La computación en la nube ha desplazado capacidades antes locales hacia centros de datos controlados por gigantes tecnológicos. Eso transforma la dinámica del poder: en vez de descentralizar el control sobre la información, la infraestructura en nube ha concentrado poder económico e informacional en manos de unos pocos operadores que influyen en la política, la vida social y la circulación del conocimiento.
—Pero en relación con esto, internet nació como una red descentralizada, pero el poder digital se ha concentrado en unas pocas plataformas capaces de organizar la información, la comunicación y la atención de miles de millones de personas. ¿Qué consecuencias culturales y políticas tiene esa concentración?
—Económicamente, ha intensificado la centralización y la acumulación de riqueza; en Estados Unidos observamos una concentración de poder y riqueza que recuerda a fines del siglo XIX. Personas con enorme capital —Elon Musk, Jeff Bezos, Sam Altman— han visto que su riqueza les otorga influencia política. Está surgiendo una nueva clase tecnocrática que ejerce poder sobre la política y la vida cotidiana. Históricamente, esas concentraciones suelen provocar reacciones y demandas de cambio; no me sorprendería que ocurriera lo mismo ahora.
—El investigador bielorruso Evgeny Morozov ha criticado lo que llama el “solucionismo tecnológico”: la tendencia, muy presente en Silicon Valley, a tratar problemas sociales complejos como si fueran simplemente problemas técnicos que pueden resolverse con una aplicación o un algoritmo. ¿Comparte ese diagnóstico sobre la cultura tecnológica contemporánea?
—Comparto la crítica de Morozov: el solucionismo es real y peligroso. La idea de que los tecnólogos resolverán con más tecnología todos los problemas que genera la tecnología soslaya la necesidad de instituciones políticas y sociales que evalúen y regulen. Delegar decisiones sociales a ingenieros sin contexto cultural suele agravar los problemas. Necesitamos que las instituciones democráticas formen parte de la evaluación y el diseño de soluciones tecnológicas.
—Silicon Valley siempre promovió la idea de que la tecnología ampliaría automáticamente la libertad, la creatividad y la democracia. A la luz de lo que vemos hoy, ¿qué aspectos de esa narrativa le parecen más problemáticos?
—El error fue confundir una propiedad técnica con un resultado social. Pensamos que la descentralización técnica de la red se traduciría en descentralización y democratización social; en cambio, la realidad ha sido la concentración de poder informativo y económico en pocas empresas. Esa vasta red global, en lugar de dispersar el control, ha favorecido la creación de monopolios informativos con un poder enorme sobre el flujo de información. No deberíamos confundir las características técnicas con las consecuencias sociales.
Probablemente, junto a José Claudio Escribano, seamos los únicos que quedamos de quienes atravesaron toda la última dictadura militar ejerciendo el periodismo con la responsabilidad de conducir una redacción y que hoy siguen haciéndolo.
Al ser cada vez menos los testigos que conservan la perspectiva desde la misma función, la responsabilidad de transmitir esa experiencia crece. Espero la de Claudio con interés.
En mi caso, la huella mnémica quedó en el cuerpo, algo que no puede sentir quien no lo vivió. Hace poco más de dos años me operaron de columna en el Hospital Italiano; su jefe de traumatología relata que, al salir de la anestesia aún inconsciente, gritaba de dolor hablando sobre la tortura en El Olimpo, donde estuve detenido en 1979.
Nunca odié; siempre estuve agradecido de haber sido uno de los que sobrevivieron en El Olimpo, donde asesinaron a 700 de los 750 detenidos, y lo mismo sentí después de la Guerra de Malvinas, esa vez ya sin la ilegalidad de la desaparición, cuando ordenaron mi arresto a disposición del Poder Ejecutivo por traición a la patria.
Esas dos salvaciones hicieron tener fe al agnóstico que era.
Leyendo en estos días, a 50 años del golpe del 24 de marzo, columnas muy interesantes sobre ese período —más que análisis—, lo que puedo aportar es testimonio personal.
Conocí a Videla, conocí a Massera y conocía a Camps. Paradójicamente, no conocí a quien me hizo desaparecer en enero de 1979 y que, tras una semana, me liberó a pocas cuadras de la sede del Primer Cuerpo de Ejército —que él comandaba—; me hizo cruzar la ciudad con un encapuchado desde Flores, donde estaba El Olimpo, a Palermo para llevarles a los militares “blandos” el mensaje de que había sido él, Suárez Mason.
Massera produjo la primera prohibición de circulación de la revista que dirigía –La Semana– por haber publicado una nota del historiador Armando Alonso Piñeiro titulada “Brown era pirata y Güemes anarquista”. Así de ridículo.
Videla era aun más ridículo: en 1980 citó a los directores de medios a una reunión en la Casa Rosada para un anuncio importante. Éramos Ernestina Herrera de Noble (Clarín), Bartolomé Mitre (La Nación), Aníbal Vigil (Editorial Atlántida), Bernardo Neustadt (revista Extra), Hugo Gambini (revista Redacción) –hoy todos fallecidos– y yo por Editorial Perfil. Por entonces la radio y la televisión eran estatales y obviamente no existía internet, por lo que solo había prensa privada en papel.
El anuncio fue que Argentina iba a entrar en guerra con Brasil porque la construcción de la represa de Itaipú con una cota “excesiva” iba a dejar sin agua el río Paraná. El deseo de una guerra estaba entre ellos. Juan Pablo II les había impedido la guerra con Chile dos años antes, y recuerdo muy bien en los interrogatorios en El Olimpo que combinaban tortura psicológica y física, el interés crítico sobre la frustrada guerra con Chile que “se quiere quedar con parte de nuestro sur austral”, sumado al antisemitismo que los convencía de la verosimilitud del Plan Andinia, por el cual el sionismo planeaba quedarse con la deshabitada Patagonia estableciendo allí un Estado judío.
Esos delirios dominaban la mente de una parte significativa de aquellos militares, lo que explica no solo lo criminal de su accionar sino también el fracaso de gestión en todos los planos, desde la economía hasta la Guerra de Malvinas, y por eso, a diferencia de las contemporáneas dictaduras de Chile y Brasil, la dictadura argentina terminó tan desprestigiada, lo que posibilitó que Raúl Alfonsín llevara adelante el único juicio en la historia de la humanidad contra los mismos militares que aún tenían las armas.
Sigo con los desvaríos: comenzada la Guerra de Malvinas, conocí al general Camps porque me citó al Estado Mayor Conjunto para “anoticiarme” de que, terminado el combate, me iban a fusilar por traición a la patria por un artículo que habíamos publicado del periodista norteamericano Jack Anderson (ganador el premio Pulitzer 1972 por los Papeles del Pentágono). Camps, a los gritos, me dijo que no existía una flota de 40 barcos británicos viniendo al Atlántico sur, que eran mentiras de los ingleses para amedrentar a nuestros soldados y que yo había colaborado difundiendo informaciones derrotistas, siendo funcional al enemigo. Con una pistola sobre el escritorio, me dijo: “Lo fusilaremos cuando ganemos la guerra porque ahora todas las balas las vamos a usar para matar a los ingleses”.
Episodios como los que relato me llevaron a la conclusión de que, por encima de todo, eran ignorantes. Siendo muy joven, me costaba entender cómo gente tan poco preparada podía tener tanto poder. Sin ánimo de disculpa en lo más mínimo, encontraba algo de consuelo en la explicación del intelectualismo moral de Sócrates, para quien el mal es ignorancia y “actúa bien quien conoce el bien”. Y en Hannah Arendt en su célebre frase sobre la “banalidad del mal” al cubrir como periodista el juicio al nazi Adolf Eichmann. Lo que no implica que el mal sea banal y, al igual que Arendt, en su caso, nunca minimizo la culpa que les cabe a los comandantes de la dictadura, solo quiero transmitir que se trataba de gente muy mediocre, el mejor ejemplo fue Videla balbuceando cuando José Ignacio López hizo historia preguntándole, en una conferencia de prensa pública, sobre los desaparecidos.
Con los años, y después de más de 42 años de democracia, aprendí que –mayoritariamente– no hay virtud superior en quienes llegan a la presidencia y conducen el país. Son iguales de defectuosos que el promedio, agravado porque el exceso de poder produce alejamiento de la realidad.
En su columna de ayer en La Nación, Carlos Pagni cuenta que el secretario general de Videla, José Villarreal, era simpatizante del radicalismo y, citando el libro de Pablo Gerchunoff El planisferio invertido, cuenta el plan que Alfonsín propuso a ese sector de los militares para que hubiera una Asamblea Constituyente con una transición cívico militar breve que desembocara en democracia. Lo que a mí personalmente me consta es que Ricardo Balbín, presidente de la UCR hasta su muerte, en 1981, trató de influir sobre los menos mesiánicos de la cúpula militar para que, tras el período de cinco años de Videla encabezando la Junta Militar, se llamara a elecciones.
Personalmente, entrevisté a Balbín en 1977 y el título del reportaje era una cita del líder radical diciendo: “Videla es un general para la democracia”. Lo paradójico es que la Secretaría de Prensa y Difusión –así se llamaba– de la Presidencia estaba en manos de la Marina, o sea de Massera, quien también dispuso la prohibición de circulación de esa edición de La Semana porque estaban expresamente prohibidos los reportajes a cualquier político. Obviamente, el plan tanto de la Martina como de gran parte de la cúpula del Ejército no era entregar el poder en 1981 sino continuar todo lo que se pudiera, y la Guerra de Malvinas fue el intento de relegitimar al gobierno militar, concluyendo en lo opuesto.
De Alfonsín –hizo su secundario en el Liceo Militar y era de la misma generación, por lo que conocía a muchos de la cúpula del Ejército– sí me consta que tenía en mente desde mucho antes de ser presidente su plan de juzgamiento de los comandantes –solo de quienes hubieran cometido hechos aberrantes–, limitando la responsabilidad de los cuadros subalternos, quienes habían recibido órdenes bajo la concepción de la “obediencia debida”. Terminada la Guerra de Malvinas, La Semana publicó la primera foto en tapa de Alfredo Astiz, el capitán de fragata de la ESMA conocido como “el Ángel de Muerte”, quien había rendido las islas Georgias ante los ingleses. Preocupado por las consecuencias que esa tapa traería, Alfonsín vino a la redacción a alertarme del riesgo que corría: “La responsabilidad se limitará a los comandantes y no a los subalternos. Hijo, no publique eso, lo precisamos vivo para la democracia”.
No le hice caso, Alfonsín tenía razón, la dictadura clausuró La Semana y poco después ordenó mi arresto. Alfonsín terminó siendo abogado del hábeas corpus pidiendo mi libertad y, tras el asilo en una embajada, pasé el último año de la dictadura en Estados Unidos para regresar con la llegada de la democracia.
Walter Benjamin, en su Sobre el concepto de la historia, explicaba la imposibilidad de ver con los ojos del presente la historia tal cual como fue, comparándola con un relámpago, que solo en el breve instante de su presente se puede ver y luego ya pasó.
Ayer, Fernández Díaz, en el mismo suplemento de La Nación sobre los 50 años del golpe que publicó el texto de Pagni, reflexionaba diciendo: “La historia que, por edad, nos ha tocado vivir en su momento ha ido modificándose sutilmente en nuestra cabeza a medida que avanzaron estas décadas de madurez, estudios, lectura y revelaciones”. Sí y no, debo haber olvidado mucho pero a la vez puedo recordar hasta detalles: el temible Ministerio de Interior de los primeros cinco años de la dictadura, el general Albano Harguindeguy interrogándome con insistencia la madrugada que me habían liberado de El Olimpo, u otro ejemplo ridículo del que estaba poblada esa época: cuando publicamos un reportaje al último secretario general de la CGT previo al golpe, Casildo Herrera, célebre por su frase “Yo me borrré”, por haber logrado escaparse antes del golpe y vivir en España, Harguindeguy me cita a la Casa Rosada, me toma del hombro –era voluminoso– y me coloca un billete de esa época en el bolsillo. Ante mi sorpresa, me dice: “Es para Casildo ya que ustedes ponen que sobrevive en España sin recursos”. Una más: tras mi liberación de El Olimpo, tuve que salir de la redacción cuando me llamaba con un seudónimo uno de los militares que venían en cuatro Falcon verdes y, para amedrentarme, me llevaban a dar vueltas sin decir palabra. El seudónimo que él había elegido era Clark Kent, porque yo era periodista.
La Biblia y el calefón todo el tiempo como la letra del tango, lo absurdo, lo banal, el mal, la mediocridad, el disparate. Antes que ideología, vi estupidez en el contexto de una sociedad que quizá, como en 2023, cansada del desquicio peronista de entonces, no midió las consecuencias de preferir autoritarismo. Así como nada comenzó en 1976, venía de antes, tampoco nada terminó en 1983 de eso llamado paradójicamente “Proceso”. La violencia hoy es verbal pero la actitud antidemocrática, opuesta a la deliberación y el consenso, es la misma.
—Usted ha propuesto el concepto de “posfascismo” para describir fenómenos que no constituyen simplemente una repetición del fascismo histórico. ¿Qué problemas analíticos aparecen cuando intentamos interpretar el presente con categorías formuladas para comprender una constelación histórica radicalmente distinta?
—Hace más de diez años propuse esa noción. No digo que la inventé, porque la idea de “posfascismo” ya existía para subrayar las diferencias sustanciales entre esta nueva derecha radical que emerge en el mundo global y el fascismo clásico. Mi preocupación es que la definición tradicional de fascismo pueda convertirse en un obstáculo epistemológico para captar la novedad de estas nuevas derechas; es, en buena medida, una controversia terminológica más que sustantiva. Para mí, este posfascismo es la nueva cara del fascismo —como indica el título de la edición en castellano de mi libro—: es el fascismo del siglo XXI, que difiere claramente del clásico por el distinto contexto histórico. Una diferencia obvia es que estos nuevos gobiernos o movimientos de derecha radical no reivindican la herencia del fascismo ni se declaran fascistas; en muchos casos, incluso acusan a sus adversarios de fascismo, y, en términos generales, aceptan o dicen aceptar el marco de la democracia liberal. Su planteo es más retórico y demagógico. Hemos visto, en Estados Unidos o en Brasil, que están dispuestos a organizar fraudes o intentos de golpe para anular resultados electorales, pero lo hacen en nombre de la democracia. Donald Trump sostiene que Joe Biden intentó un fraude y que por eso él fue el verdadero ganador. Ese relato muestra una propensión hacia un estado de excepción, con la descomposición y el desmantelamiento del Estado de derecho: una destrucción de la democracia desde adentro, es decir, la transformación de la democracia liberal en un estado de excepción permanente, con un Ejecutivo preeminente que aplasta al Legislativo y somete al Judicial. Es un proceso, una tendencia, no una línea recta. Incluso en Estados Unidos las últimas decisiones de la Corte Suprema muestran que hay resistencias; el avance no es inevitable, pero la tendencia está claramente definida.
—El fascismo histórico concebía la violencia como un instrumento fundacional del orden político, no solo como un medio, sino como un principio constitutivo. Las nuevas derechas, en cambio, parecen operar principalmente dentro de marcos institucionales, aunque a menudo legitiman formas de violencia simbólica o latente. ¿Qué lugar ocupa la violencia en el universo del posfascismo?
—Hace diez años habría respondido que esa es una discrepancia radical: la violencia fue uno de los pilares del fascismo clásico. El fascismo, nacido en Europa —primero en Italia y luego difundido por el continente tras la Gran Guerra— llevó el lenguaje, las prácticas y los modos de acción de la guerra a la política; fue una suerte de militarización de la vida pública. Entonces decía que esa era una diferencia fundamental, porque las nuevas derechas emergen en un mundo no devastado por la guerra y moldeado por décadas de paz y relativa prosperidad. Hoy matizaría más mi respuesta, porque en Estados Unidos, el caso paradigmático, hubo intentos de anular elecciones, y existe una política confusa que combina expansionismo militar y violaciones del derecho internacional. También hay una militarización social: el ICE actúa en muchos casos como una milicia paramilitar que crea un clima de terror en la propia sociedad estadounidense. No enumeraré todos los episodios que lo confirman, pero hubo momentos significativos, como cuando Pete Hegseth, el ministro de la Guerra, se dirige al liderazgo militar y afirma: “El enemigo es interno”, lo que reintroduce la violencia en las relaciones sociales y políticas y remite a formas de violencia que hasta hace poco habrían resultado inimaginables en Estados Unidos u otros países. Ese fenómeno puede observarse, en menor grado, en algunas partes de América Latina y también en Europa, donde el giro autoritario es menos visible pero perceptible. Otro punto importante: en el fascismo clásico la dimensión autoritaria y violenta se inscribía en una tendencia al desarrollo del Estado —la noción de totalitarismo, del Estado total, con ambición de controlar y planificar todo—. Hoy existe un claro fortalecimiento de la dimensión represiva y autoritaria del poder, pero en el marco de una sociedad de mercado y de una economía neoliberal que no se discute. Desde ese ángulo, la diferencia con el fascismo clásico es grande.
—Las continuas demostraciones de fuerza de Donald Trump, primero en el Caribe y ahora directamente en el Golfo, ¿encuentran alguna explicación en esa, podríamos decir, distinta manera de percibir los límites frente al uso de la violencia, ya no tanto interna sino externa?
—Existe una dialéctica entre violencia interna y externa y una dinámica de radicalización perceptible. La analogía con los años de entreguerras no es una homología mecánica, pero sí hay paralelismos: tras el derrumbe del orden internacional del largo siglo XIX, la posguerra abrió un contexto de caos y desorden internacional; hoy vivimos también una situación de falta de orden internacional y un debilitamiento notable de las Naciones Unidas y de las instituciones encargadas de mantener ese orden. Algunos dirán que las intervenciones militares unilaterales no son inéditas —la guerra de Irak ya rompió el derecho internacional—, pero ahora la tendencia se inscribe con mayor desprecio por las instituciones y con la creación de organismos alternativos, como ese “Board of Peace” que simula una institución internacional alternativa a la ONU. Todo ocurre en un contexto de desorden. No soy especialista en relaciones internacionales, pero muchos subrayan el carácter improvisado, imprevisible y sin una estrategia clara de la administración Trump en Estados Unidos: se ven declaraciones contradictorias y no se aprecia un objetivo definido para esas operaciones. Desde mi punto de vista, es una situación sumamente preocupante.
—El término “populismo” ha sido utilizado para describir tanto movimientos emancipatorios como derechas radicales contemporáneas. ¿Qué efectos produce esa equiparación en la forma en que comprendemos el posfascismo, y qué se pierde cuando se analiza a estas derechas con una categoría que tiende a deshistorizar sus raíces?
—Responder desde Argentina es complejo porque el país es, en cierto modo, un paradigma del populismo y, al mismo tiempo, un caso muy particular. No sé hasta qué punto la experiencia histórica del peronismo puede extrapolarse para definir el populismo contemporáneo. El populismo en América Latina tiene rasgos diferentes a los populismos surgidos en Norteamérica o en Europa en otros momentos históricos. Mi posición —perfectamente debatible— es que el populismo es un estilo político presente tanto en líderes de derecha como de izquierda; se expresa mediante una retórica que opone “el pueblo” a “las élites”, presenta al pueblo como encarnación de todas las virtudes y a las élites como corruptas y orientadas a intereses particulares. El populismo privilegia la demagogia y a menudo enmascara la realidad; como tal, es un estilo político. Podemos decir que Donald Trump es un populista, pero también lo fue Hugo Chávez, y en Argentina hay otros ejemplos. Sin embargo, definir un estilo político no basta para determinar la naturaleza de un régimen, un movimiento, una ideología o un líder. Donald Trump, Nicolás Maduro y Hugo Chávez no son lo mismo; Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon tampoco lo son. El estilo populista no agota la esencia política de cada caso.
—En nuestra anterior entrevista ya había estado Trump, pero no estaba Milei en la Argentina, y era alguien absolutamente desconocido e inimaginable que llegara a ser presidente. También el término populista nos plantea estas dificultades de colocar dentro de la misma ontología a populismos kirchneristas con el populismo de Milei. Más allá de que usted bien marca que la palabra populista sirve para una parte de las características, pero no para la esencia más profunda del sistema político que lleva adelante ese líder. ¿Usted encuentra algún tipo de contacto entre Milei y Trump, y en ese carácter transitivo, en Trump y el posfascismo del siglo XXI?
—Ambos enfatizan sus afinidades. Cuando conversamos antes, el fenómeno Trump ya había surgido; su primer mandato fue distinto al segundo. En 2023 Milei era, al menos fuera de Argentina, percibido como una excepción: una anomalía argentina, un fenómeno local con explicación más antropológica que política, al modo en que en los años veinte se veía a Mussolini como un fenómeno mediterráneo. Pero de 2023 a 2024 la percepción cambió: Milei dejó de ser una anomalía y pasó a leerse como un precursor, la primera expresión de una tendencia más amplia. A pesar de las analogías y afinidades con Trump, hay diferencias. Milei es, en mi opinión, un doctrinario: tiene una visión estratégica y un proyecto —aunque con mayores dificultades para ejecutarlo en el contexto argentino—. Trump no es doctrinario; es, según categorías clásicas, un pragmático, casi maquiavélico en el sentido menos noble del término. A veces comparo al Estados Unidos trumpista con la Alemania hitleriana solo en la estructura del poder: los historiadores nos enseñaron que Hitler no era un monarca omnipotente sino el líder carismático que articulaba una coalición con centros de poder distintos; sin Hitler, el nazismo no se entiende. Lo mismo pasa con Trump: sin su figura carismática no se entiende el trumpismo. Pero detrás de Trump existen varios centros de poder con agendas distintas —hay corrientes que se oponen a la guerra contra Irán, otras que la apoyan, tecnofascistas con sus propios planes, corrientes conservadoras—; es una coalición. Por eso creo que hay discrepancias entre el Estados Unidos de Trump y la Argentina de Milei, aun cuando se pueda hipotetizar sobre afinidades.
—Usted ha sugerido antes que América Latina funciona a menudo como un laboratorio político donde surgen fenómenos que luego adquieren dimensión global. ¿Qué rasgo del caso argentino permitiría proyectar ese fenómeno? ¿Estamos, con Milei, ante alguien que es causa de algo que aún está por suceder?
—El caso de Milei confirma, en mi opinión, la idea de América Latina como laboratorio político, aunque ese laboratorio no incluye necesariamente todos los elementos que se desplegarán después. Argentina puede anticipar tendencias sin poder desplegar, por sí sola, proyectos de mayor envergadura —Italia fue laboratorio en los años veinte, pero Mussolini nunca concibió conquistar toda Europa, mientras que la Alemania nazi sí tuvo esa ambición. Un laboratorio dibuja tendencias y tiene sus límites.
—Trump, a diferencia de Milei, valora la intervención del Estado en la economía, protege la industria y las fuentes de trabajo norteamericanas; es proteccionista y concede un papel activo al Estado. Milei, en cambio, es anarcocapitalista y considera que el Estado no debería intervenir o ni siquiera existir. Así como el populismo puede entenderse como un estilo, ¿es posible que el posfascismo del siglo XXI conviva con una economía neoliberal o con una economía más keynesiana, por decirlo de alguna manera?
—Me resulta difícil responder con certeza porque mi conocimiento detallado de cada caso es limitado. Milei, como dije, es doctrinario y su planteo es claramente neoliberal: es una forma de autoritarismo neoliberal o de neoliberalismo autoritario, en el que la dimensión autoritaria acompaña el proyecto económico. Trump no es doctrinario: es pragmático y puede combinar medidas proteccionistas con otros fines; su proteccionismo golpea incluso a aliados como Europa. Históricamente, el neoliberalismo no se reduce solo a von Hayek o Mises: además de una teoría, es un modelo de poder y un modelo antropológico que promueve el individualismo y la competencia como prisma social. Desde esa perspectiva, creo que el Estados Unidos de Trump representa un autoritarismo posfascista neoliberal con muchas contradicciones, pero coherente en su tendencia. Esa tendencia no es incompatible con el expansionismo militar o con formas de imperialismo: no es el imperialismo de la Guerra Fría que pretendía establecer un orden internacional, sino un expansionismo que se acomoda a la existencia de potencias emergentes como China y un actor como Rusia. Es un imperialismo que interioriza las nuevas relaciones de fuerza del siglo XXI, en el que Estados Unidos, en términos de larga duración, es una potencia en declive y no una potencia ascendente.
—Usted ha descrito el presente como una época marcada por la derrota de los proyectos emancipatorios del siglo XX. ¿Cómo fue posible que del Occupy Wall Street se terminara ocupando el Capitolio, que aquellos que decían “somos el 99%” y responsabilizaban al 1% por la concentración de la renta hayan invertido la lectura de los culpables y pasado a señalar a los políticos en lugar de a los superricos?
—Si tuviera la clave para resolver eso, estaría muy satisfecho. Históricamente, las luchas emancipatorias abrieron caminos costosos y con obstáculos enormes; fue más fácil derrotarlas que alcanzar sus conquistas. El siglo XX fue, a la vez, el siglo de los fascismos, las dictaduras militares, las guerras totales y los genocidios, y también el siglo de las revoluciones: América Latina es un ejemplo de movimientos emancipatorios que lograron conquistas, algunas casi irreversibles. Si pensamos en la situación de las mujeres hoy respecto de hace un siglo, las diferencias son notables. Es cierto que después de Occupy Wall Street vino la ocupación del Capitolio, lo que muestra un giro preocupante. Pero también hubo victorias dentro del corazón del neoliberalismo global: la victoria de Zohran Mamdani en Nueva York es un indicio relevante, porque expresa una tendencia que excede ese caso particular. En la competencia entre fuerzas emancipatorias y fuerzas reaccionarias o autoritarias, hoy la ventaja parecería inclinarse hacia el fascismo, pero la resistencia es posible. Hechos como lo sucedido en Minneapolis muestran que pueden darse insurrecciones urbanas sostenidas y victorias concretas —ICE tuvo que retirarse—. Veo potencialidades similares en otros países. En Francia, por ejemplo, es posible que surja una líder posfascista, pero seguramente encontrará resistencias sociales muy poderosas. Lo mismo cabe para Argentina: Milei no es el producto de una sociedad pasiva; existe una efervescencia social notable y contra-poderes activos.
—En el reportaje que le hice en 2021, cuando nadie imaginaba que podía llegar a la Argentina un presidente como Milei, usted fue clarividente y advirtió el riesgo de un neoliberalismo autoritario. Apelando a su capacidad oracular, ¿cuáles cree que son las condiciones de posibilidad para el futuro del sistema político? ¿La victoria de Mamdani o la derrota del ICE en Minneapolis indican que este ciclo de posfascismo del siglo XXI está llegando a su cenit? Y, en ese caso, ¿qué podría venir en los próximos años?
—Hoy es imposible hacer un pronóstico certero. Puedo decir a qué aspiro, pero no sé si mis deseos influirán en los hechos. Zohran Mamdani enfrentará obstáculos gigantescos: sus adversarios disponen de enormes recursos económicos y mediáticos para derrotarlo, de modo que nadie puede asegurar que su proyecto tendrá vía libre o que culminará con éxito; puede incluso ser derrotado antes de terminar su mandato. También es posible que su ejemplo se difunda y sea emulado por otras grandes ciudades o países. Como decía Gramsci: “La única certeza es que habrá una lucha, pero el éxito de esta lucha no lo conocemos”.
—En su libro “Gaza ante la historia”, usted propone interpretar la guerra en Gaza dentro de una historia más larga marcada por el colonialismo, la formación del Estado de Israel y las tensiones del orden internacional posterior a 1945. En paralelo, sobre Irán, ¿qué representa la revolución islámica? ¿Hay algo del orden antropológico que trasciende a un régimen político, o estamos frente a un ciclo de cambio de régimen en ese país?
—Mi libro sobre Gaza es un ensayo histórico que aborda un genocidio, aunque no es mi campo de investigación específico del mundo árabe; lo trabajé porque la guerra movilizó categorías analíticas presentes en la historia europea —antisemitismo, antisionismo, sionismo, genocidio, pogrom— y consideré necesario aclarar su uso. En cuanto a Irán, tengo más dificultades porque no es mi especialidad. Lo que parece evidente hoy es que la guerra podría cerrar una larga secuencia iniciada con la revolución de 1979, pero es imposible prever sus consecuencias. La caída del régimen de los mulás y el asesinato de Jamenei podrían marcar el inicio de la desintegración progresiva del fundamentalismo islámico chiita —aunque el yihadismo sunita también ha sido forma de nacionalismo religioso—. No puede descartarse una ola de terrorismo islámico como reacción a la derrota del régimen iraní. Desde mi punto de vista, sería una tragedia que la secuencia concluyera con la restauración de un régimen monárquico encabezado por el hijo de Reza Pahlavi; eso sería un revés histórico para los movimientos emancipatorios. La revolución de 1979 no nació exclusivamente como un movimiento islámico: fue un proceso complejo que incluía potencialidades democráticas y socialistas, y movimientos recientes en Irán muestran corrientes diversas, algunas dispuestas a aceptar un regreso del Sha y otras radicalmente opuestas. Es imposible prever qué ocurrirá: la guerra no tiene objetivos claros, se habló de un cambio de régimen pero también se mencionó una solución intermedia al estilo de Venezuela; dentro de la administración hay corrientes distintas, y el papel de Israel es central. También es posible que un movimiento civil poderoso en Irán derrote al régimen antes que los bombardeos. Todo es posible, pero hacer previsiones ahora resulta muy difícil.
Mambrú se fue a la guerra es una canción infantil en español, traducción de la versión francesa Marlbrough s’en va-t-en guerre. “Mambrú” aparece como reducción fonética del duque inglés de Marlborough, vencedor de Francia en la batalla de Malplaquet en 1709.
“Mambrú se fue a la guerra / chiribín, chiribín, chin chin / Mambrú se fue a la guerra / no sé cuándo vendrá / ajajá ajajá. / Vendrá para la Pascua / chiribín, chiribín, chin chin / vendrá para la Pascua o para Trinidad / ajajá, ajajá”. La historia concluye con que Mambrú no vuelve y se lo da por muerto, aunque lo real de la historia no es lo esencial: importa el tono burlón y la manera en que la guerra se trivializa y ridiculiza.
Hay una disonancia cognitiva: se habla de guerra y de un funeral en un tono festivo y despreocupado. Al banalizar el acto de ir a la guerra como si fuera un juego —cantando— se produce una ironía que socava sus grandes justificativos. La guerra, narrada así como espectáculo y entretenimiento, recuerda al “rey del rating” mundial, Donald Trump, y su normalización de la violencia, tema abordado con profundidad en los reportajes largos de PERFIL por Enzo Traverso esta semana y por Antonio Scurati la pasada; recomiendo especialmente leerlos o escucharlos.
Mambrú se fue a la guerra se convirtió en la principal canción de cuna hispanoparlante: su melodía, tan pegadiza, llevó a Beethoven a incorporarla en la obra orquestal La victoria de Wellington (Opus 91, 1813), representando a Francia, junto a God save the Queen por Inglaterra, en una sinfonía de la victoria que trascendió las intenciones del propio Beethoven, quien la consideraba una obra menor. En Argentina, María Elena Walsh tomó a Mambrú para su popular Canción del estornudo. Hay en la guerra algo atávico que convoca, y por eso resulta doblemente peligrosa.
Este sábado, tras la firma por parte de Argentina del llamado Escudo de las Américas —refrendado por la mayoría de los países latinoamericanos salvo los tres grandes: el Brasil de Lula da Silva, el México de Claudia Sheinbaum y la Colombia de Gustavo Petro—, uno de los principales especialistas en asuntos internacionales, Juan Tokatlian, advirtió sobre nuestra participación diciendo: “En toda coalición de este tipo que Estados Unidos potenció después del 11/9 (Torres Gemelas), Washington establece la misión y suma a los que adhieren. No se trata de alianza, es una coalición. Por ejemplo, en 2003 y respecto a Irak se sumaron inicialmente varios países de la OTAN, una alianza militar, pero no todos los países miembros. Acá no se tarta de llevar el tema siquiera al TIAR, una alianza militar, sino una coalición ad hoc a la que en el futuro se podrían sumar otros países (si Lula y Petro perdieran sus elecciones este año). Esto no es un ejercicio retórico o formal”. En otras palabras, advierte Tokatlian, tendrá consecuencias.
Argentina, además, fue el único país de Latinoamérica que institucionalmente apoyó el bombardeo norteamericano a Irán y se especula con que el canciller norteamericano, Marco Rubio, visite Buenos Aires el jueves próximo, a pesar de haber cancelado su presencia el día anterior en Chile para la asunción del presidente José Katz.
El rey del rating argentino es Javier Milei: esa habilidad para captar la atención —hoy el recurso más valioso en política— aproxima a nuestro presidente a Trump, más allá de las diferencias estructurales en sus políticas económicas. Ambos son, ante todo, entertainers (entretenedores), flautistas de Hamelín (otro paradójico —irónico/trágico— cuento infantil) que, con su seducción y encanto, arrastran a sus seguidores casi sin cuestionamiento.
Cuánto hay de payaso en un entretenedor lo dirán los resultados que obtenga. Lo más probable es que, cuando sus logros dejen de satisfacer a la audiencia —y tarde o temprano eso puede suceder— el mismo interés que generan para entretener se transforme con igual intensidad en rechazo. Un cuento infantil popular lo resume mejor que muchos análisis: termina con “el Rey está desnudo”.
Juegos de guerra como los juegos de lenguaje de Wittgenstein en la batalla cultural. Juegos como la canción de Mambrú. Todo por el dólar a 1.400 pesos, hace un año a 1.100, en las elecciones de 2027 a 1.700. Es la forma posible de la dolarización con la que Milei ganó las elecciones en 2023 y en 2025, y a la que aspira en 2027: un dólar accesible como unique sell proposition de un plan económico monocausal.
Otra columna inspiradora de ayer en PERFIL, la de Walter Curia titulada “Algo más a no imitar de EE.UU.”, viene ilustrada con la foto de la destituida secretaria de Seguridad de Estados Unidos Kristy Noem junto a Patricia Bullrich, ambas con sombrero, cuando la primera visitó Argentina y la segunda buscaba emular la política antiinmigratoria norteamericana. Una payasada más.
Sobre la guerra en Medio Oriente, hoy escribe en PERFIL Slavoj Žižek bajo el inquietante título “Irán, de Heidegger a Kant”, y también recomiendo su lectura. Trump convirtió las noticias internacionales en asuntos domésticos en todo el mundo; en Argentina, Milei —con su alineamiento— lo hace aún más.
Esta columna podría titularse “Regresar a septiembre”. El 1° de septiembre, en el Teatro Colón, Clarín celebraba sus 80 años y, entre todo el círculo rojo presente, recuerdo la expresión de terror de uno de los propietarios de una petrolera cuando, conversando conmigo, cité la columna de Morales Solá sobre los crecientes rumores en ámbitos parlamentarios acerca de un posible juicio político a Milei. Hoy esa escena resulta impensable: en lugar de buscar un tercio de diputados que lo salven de una destitución y frenen la reafirmación de vetos presidenciales, Milei aspira a los dos tercios para designar en la Corte Suprema jueces que posibiliten una mayoría automática, tras haber logrado con holgura la aprobación de las leyes enviadas en sesiones extraordinarias al Parlamento y, con su nuevo ministro de Justicia, disponerse a nombrar por mayoría simple a más de doscientos jueces vacantes.
La causa que llevó a Milei a aquella situación —casi terminal— en septiembre, luego a revertirla posoctubre y probablemente ahora de nuevo a la anterior, fue la economía. No hace falta ser marxista para admitir que la infraestructura condiciona a la superestructura; y aunque a Néstor Kirchner, en 2003, le pesara reivindicar la primacía de la política sobre la economía, existe al menos una interdependencia. Lo demuestra Estados Unidos: por más éxitos militares que acumule Trump, su suerte electoral en noviembre dependerá de la evaluación de los votantes sobre la economía doméstica.
Política y economía se influencian mutuamente, aunque no siempre al mismo tiempo: una puede ser causa y la otra consecuencia, con efectos retardados según su intensidad. El respaldo de Estados Unidos en septiembre permitió a Milei dar vuelta su suerte: ganó en octubre, se fortaleció políticamente, disipó las amenazas de ingobernabilidad y disfrutó de los clásicos cien días de luna de miel, que en su caso se extendieron varias semanas más hasta la apertura de las sesiones ordinarias el domingo pasado. Sin embargo, ya había señales de desgaste, como los insultos dirigidos a los dos mayores empresarios industriales del país, Rocca y Madanes —símbolos nada menos que del acero y el aluminio, la industria de industrias.
¿Qué lo llevó a retomar su iracundia inicial tras meses de silencio calculado para recuperar apoyos, primero de votantes luego de su derrota en septiembre y después de legisladores tras su triunfo en octubre?
La hipótesis más extendida atribuye el cambio a la recuperación de la autoestima tras la cadena de triunfos electorales y parlamentarios, manifestada en soberbia. Pero otra explicación, quizá más verosímil, es la inversa: que, agotado el impulso de confianza que le dio su victoria —con una desdolarización, la caída del precio del dólar y una baja de las tasas—, en enero y febrero la compra de dólares para atesoramiento volvió a los niveles mensuales del otoño e invierno anteriores, aunque ya sin el “riesgo kuka” o electoral. Eso demuestra que el riesgo es más endógeno al propio plan económico, que además agotó la posibilidad de reducir rápidamente una inflación enquistada y lograr la recuperación de la mayoría de las actividades, hoy en recesión, resumido en la palabra estanflación.
Ese diagnóstico lo comparten el ministro de Economía y el Presidente desde febrero y, una vez pasado el veranito de sus éxitos políticos, llegó al público: ayer un informe de cuatro bancos internacionales puso de relieve las fragilidades de la economía argentina.
Los insultos a los legisladores el domingo parecen, en parte, la reacción de alguien impotente frente a una realidad que no puede torcer: una manera de negarla o, al menos, disimularla y postergar su reconocimiento. Es una sobreactuación de fuerza donde en realidad hay fragilidad, disfrazada con la invocación de una resurrección del kirchnerismo que hoy resulta más simbólica y fantasmal que efectiva.
Pero si la hipótesis de la debilidad fuera más explicativa que la de la fortaleza como causa de su renovada iracundia, se añade otra explicación que trasciende lo económico o lo político y pertenece al terreno emocional y psicológico. Según relata en su nota en la edición de ayer de la revista Noticias el autor del best seller El loco, sobre Javier Milei, y editor de Política de la publicación, en febrero murió uno de los perros del Presidente que, como él mismo explicó reiteradamente, son como hijos.
El perro se llamaba Robert (por el economista de Chicago de las expectativas racionales, Robert Lucas) y, en palabras del propio Milei, dentro de su particular constelación familiar “Robert me ayuda a ver mis fallas y me contiene emocionalmente al tiempo que pelea contra la oscuridad”. Juan Luis González explica en su nota que los hijos de cuatro patas del Presidente cumplen una suerte de esotérico consejo de asesores; más allá de si esa función es real, es comprensible que el duelo por la pérdida afecte su emocionalidad.
Lo relevante es la emocionalidad social: los sentimientos compartidos que construyen el humor público y alteran la percepción de la realidad. Algo está cambiando en cómo los agentes económicos perciben la solidez del plan del Gobierno, y en los votantes, cuya aprobación de Milei ha caído en los últimos meses, como si el hechizo de su segunda luna de miel política empezara a resquebrajarse.
Más allá de hipótesis, lo invariable es que los insultos del domingo en el Congreso continúan la línea de los que en febrero dedicó a Rocca y Madanes. Al Presidente no le faltan motivos de enojo: la guerra en Medio Oriente empaña su viaje en busca de inversiones a Nueva York y eleva el riesgo de que Donald Trump, su aliado y sostén, pueda perder las elecciones de noviembre.
Milei dijo en el Congreso: “La malaria ya pasó”. Ojalá esas palabras tengan efecto exorcizante también para él.