La economía atada al mástil ante la desconfianza de los mercados

Ayer vivimos una jornada convulsa: el riesgo país en Argentina registró una importante suba y se ubicó en los 467 puntos básicos. Más que la foto, lo que preocupa aquí es la película: veníamos de tocar un piso de 404 puntos hace algo más de un mes, pero ese entusiasmo duró muy poco. El indicador empezó a escalar gradualmente —463, 460 y ayer 467—. Veremos más adelante qué explicación le encuentra el mercado a este fenómeno.

En el plano local, la Bolsa porteña sufrió un retroceso del 3,2%, profundizando una tendencia negativa que ya lleva varias jornadas. El mercado de cambios se mantuvo relativamente calmo en el segmento oficial ($1.520), pero en los dólares alternativos la historia fue otra: el dólar blue subió 15 pesos para posicionarse en $1.550, el MEP cerró sin grandes cambios en $1.523,84, y el Contado con Liquidación (CCL) volvió a dar la nota. Sosteniendo una racha alcista, cerró en $1.616, una cifra récord de la cual no recuerdo antecedentes cercanos en las estadísticas.

En Wall Street, los activos argentinos sufrieron un fuerte castigo con caídas de hasta el 6%. Lo llamativo es que este desplome se produjo a pesar de que varias compañías presentaron balances sumamente favorables; YPF, por ejemplo, reportó ganancias astronómicas por 1.200 millones de dólares en el último período, pero ni aun así logró esquivar el declive generalizado.

En el contexto internacional, las plazas de Estados Unidos volvieron a operar en rojo (S&P 500 -0,32%, Nasdaq -0,6% y Dow Jones -0,34%). A la par, el crudo volvió a encender las alarmas globales: el petróleo Brent rozó los 90 dólares ($89,15) y el WTI escaló a $83,41, en un marco donde la guerra e inestabilidad en Irán continúa ofreciendo un panorama sumamente confuso.

Mientras los números de las grandes corporaciones muestran ciertas luces —como el caso de YPF o los sorpresivos balances positivos en firmas de consumo masivo como Molinos—, la economía real muestra una cara dramática.

En las últimas horas se confirmaron dos novedades empresariales de peso: Granja Tres Arroyos: La firma de producción avícola desafectó a 255 empleados en su planta de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, argumentando una combinación de aumento de costos operativos y caída de las exportaciones. Unilever: El gigante anglo-holandés anunció el cierre definitivo de su emblemática planta de deshidratación de vegetales en Guaymallén, Mendoza, para reestructurar y concentrar la producción de los caldos Knorr en su planta de Pilar.

A este enfriamiento se le suma una discusión central: el aumento de la mora financiera. En el sistema bancario tradicional, la morosidad en préstamos a familias y tarjetas se ubica en un elevado 14,2%. Sin embargo, en el ecosistema no bancario —FinTech, billeteras virtuales y créditos para la compra de electrodomésticos en cuotas— la mora trepa a un alarmante 34,3%.

Existe hoy un fuerte malestar de los bancos hacia las empresas de financiamiento directo. Los banqueros argumentan que el alto costo financiero de estos préstamos contamina a los usuarios y que, por regulaciones del Banco Central, un cliente que entra en mora con una plataforma de electrodomésticos debe ser reportado negativamente por el banco, distorsionando los índices del sistema. Mientras tanto, desde el Gobierno sostienen que se trata de un “problema entre privados” e insisten en que la morosidad está bajando.

Segmento Financiero Porcentaje de Morosidad
Bancos Tradicionales 14,2%
FinTech y Comercio (Cuotas) 34,3%

Paralelamente, la presión fiscal ahoga a los contribuyentes. Como expuso el economista Nadin Argañarás (IARAF) en el reciente foro de Democracia y Desarrollo, el argentino promedio soporta una carga tributaria legal del 48%, un nivel equiparable al de países nórdicos como Suecia, pero sin los mismos servicios públicos ni la perspectiva de una corrección en el corto plazo.

Analistas económicos como Pablo Wende o Ezequiel Burgo coinciden en señalar un escenario extraño: un Gobierno con metas fiscales y monetarias ordenadas, que muestra el respaldo del FMI y sectores primarios (energía, minería, campo) con proyección, pero que no logra consolidar la confianza de los inversores ni trasladar ese saneamiento a la calle.

Citando al economista Miguel Ángel Broda, la caída del salario real de las familias (luego de descontar gastos fijos y servicios) fue del 9,5% entre noviembre de 2023 y mayo de este año, llegando a casi un 18% si se ajusta por la actualización de canastas del INDEC. Puesto en términos llanos: la capacidad de consumo de la gente se ha resentido sensiblemente.

Aquí es donde aparece la clásica teoría política que le he leído en su momento a Henry Kissinger: los ciclos económicos son mucho más lentos en ofrecer resultados que los ciclos políticos.

Javier Milei ha decidido encarar la gestión como un Ulises moderno, “atado al mástil” para no ceder ante los cantos de sirena del gasto público ni alterar el rumbo del modelo. El problema es que el timing electoral de medio término obliga a someter el programa a las urnas cuando la sociedad aún no percibe la mejora.

Historias recientes lo demuestran: en 2011 el salario real subió y Cristina Kirchner ganó; en 2019 el salario cayó y Mauricio Macri perdió. Las variables económicas que hoy crecen explican apenas una porción acotada del PBI y requieren maduración de largo plazo, mientras que los sectores resentidos golpean de lleno en los centros urbanos más poblados, como el conurbano bonaerense.

Si en los próximos meses la mejora no llega al bolsillo del ciudadano de a pie, la incertidumbre financiera continuará escalando y el mercado empezará a dudar de la gobernabilidad y la reelección del presidente. Este es el mapa de situación de la economía argentina.

MEG

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