El nombre “Irán” aparece apenas tres veces en el informe sobre la Estrategia de Seguridad Nacional, difundido por la Casa Blanca a fines del año pasado. Se lo incluye en una lista de ocho conflictos que, según el texto, alcanzaron “una paz sin precedentes”, atribuida a la “capacidad negociadora” de Donald Trump. Entre esos conflictos figura el Irán-Israel. Además, se menciona a Irán para señalar que las operaciones militares de Israel y los Estados Unidos de junio de 2025 “degradaron significativamente el programa nuclear” iraní.
Hace apenas unos meses, Washington no veía motivo de preocupación respecto de la capacidad nuclear de Irán. Sin embargo, todo cambió dramáticamente el sábado 28 de febrero: EE.UU. e Israel lanzaron una nueva operación militar contra objetivos del complejo nuclear y militar, así como contra las principales autoridades iraníes. La iniciativa, admitió el secretario de Estado Marco Rubio, fue de Israel. El ataque provocó la muerte del líder supremo Alí Jamenei.
Entramos en la segunda semana de la guerra en Oriente Medio, en un escenario de alta incertidumbre. Jamenei fue reemplazado por su hijo Mojtaba como líder político y espiritual de los iraníes. Estados Unidos investiga si, tal como todo indica, un misil Tomahawk de su armada impactó contra una escuela de niñas en el sur de Teherán, causando 168 muertos. Los mercados comenzaron a inquietarse ayer temprano en Asia y, como se temía, el petróleo siguió escalando hasta superar los US$ 100 el barril, con impacto en la economía global.
En ese clima convulsionado, Trump intentó transmitir calma y dijo a la cadena CBS que la guerra estaba “prácticamente terminada”, marcando el inicio de una cadena de contradicciones sobre el final del conflicto que se leen en todas las crónicas. Los mercados reaccionaron en línea con la declaración optimista de Trump y cerraron al alza.
De las numerosas declaraciones de Trump en una rueda de prensa en Florida nos interesa especialmente la que aludió a los ataques de Irán contra países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, vecinos estratégicos en el frágil equilibrio de poder regional. El magnate afirmó que consideraba “muy tonta, estúpida” la agresión del régimen iraní contra naciones que son “mayormente neutrales” o “al menos no iban a involucrarse” en el conflicto. Son países que, pese a albergar bases militares estadounidenses desde hace años, no han mostrado intención de comprometerse en la guerra.
Esa aclaración de Trump invita a cuestionar las declaraciones de Javier Milei, ayer, en una casa de estudios judía en Nueva York, en el marco de su 16º viaje a los Estados Unidos. Ante una audiencia de unos 500 estudiantes judíos ortodoxos reunidos en la Universidad Yeshiva, Milei habló de la guerra en Oriente Medio y no dudó en afirmar: “Vamos a ganar”. Fue título de todos los diarios de la Argentina.

El presidente de la Nación es el responsable último de la política exterior de la Argentina. Para decidir cuenta con un cuerpo permanente de funcionarios del Servicio Exterior de la Nación, encargado de representar y proteger los intereses del país. El ministro de Relaciones Exteriores es su principal autoridad en la materia.
Milei está en los Estados Unidos desde el sábado. Participó en Florida en un encuentro organizado por Trump con presidentes de países latinoamericanos alineados con su administración, entre los que sobresale Argentina como principal economía (es la tercera de la región, detrás de Brasil y México). El Presidente hoy abrirá la Semana Argentina en Nueva York, un road show organizado por la embajada en Washington para atraer inversiones y fomentar el comercio.
A Milei lo acompaña buena parte del Gobierno. Está el canciller Pablo Quirno, economista que se desempeñó al frente de la secretaría de Finanzas hasta antes de ocupar el Ministerio. Su condición de economista no lo exime de su responsabilidad en la conducción de las relaciones exteriores, ni mucho menos en la de aconsejar acertadamente al Presidente. Quirno proviene de una familia patricia: por vía materna desciende de Carlos María de Alvear, héroe de la Independencia, y tiene una larga trayectoria en la diplomacia.
Economista fue, igualmente, Domingo Cavallo, canciller cuando en septiembre de 1990 anunció el envío de naves argentinas al Golfo Pérsico, en el marco de una coalición internacional liderada por Washington que liberó Kuwait tras la invasión del Irak de Saddam Hussein. Gobernaba Carlos Menem y fue la primera manifestación trascendente de lo que más tarde se llamarían “relaciones carnales” (sintagma que la historia le atribuye al recordado Guido Di Tella, pero que en realidad fue una ocurrencia del teórico de las Relaciones Internacionales Carlos Escudé).
Todos sabemos cómo acabó esa historia.
Desde el comienzo de su gestión, Milei estableció una “alianza estratégica” con Estados Unidos y con Israel. Esa “alianza” se ha ido configurando en otros términos en lo que respecta a la situación en Oriente Medio.
Durante el conflicto bélico del año pasado en esa región, el Presidente calificó a Irán como “enemigo de la Argentina”, al responsabilizar a la teocracia persa por los atentados contra la embajada de Israel de 1992 y contra la AMIA, de 1994, como concluyó la Justicia argentina. Ayer, en la Universidad Yeshiva, el Presidente repitió esa caracterización, pero dio un paso más: cuando Milei afirma “vamos a ganar”, parece haber asumido que está en guerra con Irán.
¿Por su afinidad con Trump y el premier israelí Benjamin Netanyahu, Milei ha declarado una guerra de carácter personal? ¿O ha decidido que la Argentina está en guerra?
Sabemos que el Presidente se mueve con un aparato que supera todo lo conocido en el país en materia de seguridad. Parece lo apropiado. Pero ¿están dadas las condiciones en la Argentina para que Milei haga este tipo de exhibiciones ideológicas temerarias?
ML

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