Estudian a más de 180 kilómetros de sus casas y producen lo que comen todos los días

A 16 kilómetros del pueblo más cercano y con alumnos que llegan desde parajes rurales a más de 180 kilómetros, el Centro Educativo Rural Pilca Viejo, a 80 kilómetros de Bariloche, Río Negro, funciona casi como una pequeña comunidad en medio de la Patagonia. No hay mucho alrededor: caminos largos, distancias grandes y un entorno donde todo cuesta un poco más. En ese contexto, la escuela produce parte de los alimentos que consumen los propios alumnos mientras enseña con una lógica: hacer para aprender.

La escuela tiene apenas cuatro años y hoy cuenta con 85 estudiantes, de los cuales 45 viven de lunes a viernes en el predio. El resto viaja todos los días desde localidades cercanas. “Los chicos vienen de más de 23 parajes de Río Negro, sobre todo de la línea sur”, contó su director, Federico Mutti. “Son distancias muy largas. Para muchos, esta es la única opción de seguir estudiando”, agregó.

Muchos de esos estudiantes vienen de familias rurales y de escuelas hogar primarias. Para varios, esta es la única posibilidad de continuar con sus estudios secundarios. Durante la semana, la escuela funciona como mucho más que un espacio educativo: es también el lugar donde los alumnos comen, duermen y pasan la mayor parte de su tiempo. “Esto no es solo una escuela, es el lugar donde viven durante la semana”, explicó Mutti.

El Centro Educativo Rural Pilca Viejo
El Centro Educativo Rural Pilca Viejo

En ese contexto, donde todo está lejos y los recursos no sobran, surgió una idea que hoy es central en la vida de la escuela: producir sus propios alimentos. Mutti contó que primero fue a pequeña escala, con una huerta y un invernadero chico, más pensado como práctica educativa. Algo básico, vinculado a la producción de subsistencia. “Arrancamos con algo muy chico, más como experiencia para los chicos”, recordó. “Pero con el crecimiento del proyecto comenzó a aparecer la idea de ver cómo conseguir los recursos para armar un invernáculo más grande, donde no solo se pudiera enseñar, sino también producir y capacitar”, explicó.

En ese camino de buscar recursos dieron con el acompañamiento del gobierno de Río Negro. A través de la Secretaría de Agricultura que conduce Lucio Reinoso, el proyecto consiguió financiamiento para construir el nuevo invernadero, algo que hasta ese momento parecía difícil de lograr para la escala de la escuela. “Empezamos a golpear puertas y encontramos en la provincia la posibilidad de concretarlo”, dijo Mutti.

El apoyo permitió avanzar con una instalación de 600 metros cuadrados —15 por 40 metros—, equipada además con sistema de riego y pensada no solo para la enseñanza, sino también para la producción y la capacitación de otros productores de la zona.

Tomate, frutilla y verduras de hoja forman parte de la producción que los estudiantes destinan al consumo y a la elaboración de alimentos
Tomate, frutilla y verduras de hoja forman parte de la producción que los estudiantes destinan al consumo y a la elaboración de alimentos

Así nació el nuevo invernadero: una estructura de 600 metros cuadrados que, para una escuela de estas características, es grande. Pero además de su tamaño, lo importante es el uso que tiene. Hoy funciona como aula, como espacio productivo y también como lugar de prueba. Allí los estudiantes cultivan verduras, prueban distintas variedades, ven qué funciona mejor según el clima y las horas de luz, y toman decisiones en función de eso. “Acá no es solo teoría: lo que se ve en clase después se prueba”, explicó.

Durante el último verano, por ejemplo, lograron una buena producción de tomate y frutilla, además de verduras de hoja. Pero no se quedaron solo en la cosecha. “Le damos la vuelta de rosca con valor agregado. Hacemos salsa de tomate, ketchup, dulces, tomates en conserva”, detalló el director. “La idea es que los chicos vean todo el proceso, no solo producir”, agregó.

Además de producir, los alumnos elaboran salsas, dulces y conservas, sumando valor a lo que cultivan
Además de producir, los alumnos elaboran salsas, dulces y conservas, sumando valor a lo que cultivan

Parte de la producción se utiliza en la residencia —donde los alumnos comen todos los días— y otra parte se vende en circuitos locales. También hay articulación con el municipio para armar bolsones de alimentos. “Todo lo que producimos tiene un destino concreto”, señaló.

Parte de la producción se consume en la residencia y otra se comercializa en circuitos locales, en una lógica de cercanía
Parte de la producción se consume en la residencia y otra se comercializa en circuitos locales, en una lógica de cercanía

El enfoque, además, está puesto en prácticas sustentables. “Nuestra producción está orientada a la agroecología, buscando reducir al mínimo el uso de insumos químicos y trabajar más con compostaje y técnicas naturales”, señaló.

En el proceso intervienen distintas materias. No solo las más directamente vinculadas, como horticultura, sino también otras como química o biología, que aparecen en cada práctica. “Todos los saberes se ponen en marcha, manos a la obra, en un invernáculo de esta escala”, agregó.

El directivo resaltó que la experiencia también abre nuevas posibilidades para los estudiantes. Muchos provienen de familias rurales y encuentran en este tipo de producción una alternativa concreta. No necesariamente replicar algo igual, pero sí pensar en producir, en generar ingresos o en mejorar lo que ya hacen en sus casas. “Para los chicos que se interesan en esto, es imaginar que el día de mañana pueden tener su propio invernadero o trabajar en producciones similares”, explicó.

La escuela forma parte de la Fundación Cruzada Patagónica, con más de 40 años de trabajo en educación y desarrollo rural en la región. Pilca Viejo es la tercera escuela de la fundación y la primera en Río Negro, en una provincia donde hasta ahora no contaba con una propuesta de este tipo.

Se combina teoría y práctica
Se combina teoría y práctica

El proyecto se sostiene con un esquema mixto: los salarios docentes están cubiertos y parte de la alimentación también, mientras que la infraestructura, el crecimiento y las iniciativas productivas dependen en gran medida del acompañamiento de donantes. “Sin ese apoyo, sería muy difícil sostener este tipo de proyectos en lugares tan alejados”, expresó Mutti.

En una zona donde el clima y las distancias condicionan todo, el proyecto también cumple otro rol: generar conocimiento local. La escuela trabaja en identificar qué cultivos y qué variedades se adaptan mejor a ese entorno y, a partir de ahí, compartir esa información. “Queremos que sea un lugar de investigación y también de referencia para los productores de la zona”, señaló Mutti.

En ese camino, desde el gobierno provincial destacaron el impacto que puede tener este tipo de iniciativas en zonas alejadas. “La consolidación del invernadero inaugurado el año pasado en Pilca Viejo no es solo un avance en infraestructura, sino un pilar estratégico para la soberanía alimentaria de nuestra Región Sur. Nuestro horizonte es claro: queremos transitar del autoconsumo hacia una escala comercial de cercanía. Bajo el concepto de ‘Kilómetro Cero’, buscamos que lo que se consume en la estepa se produzca en la estepa, eliminando los costos logísticos que encarecen el producto y garantizando una frescura inigualable”, señaló el secretario de Agricultura Reinoso.

“Al final del día, el éxito de este proyecto se mide en la mesa de cada vecino; producir localmente es la vía más efectiva para diversificar y mejorar la dieta de los pobladores, asegurando acceso a alimentos saludables en una zona donde históricamente el clima ha sido un desafío, pero que hoy, con tecnología y capacitación, se vuelve tierra de oportunidades”, agregó.

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