Política y memoria: los secretos que una ciudad turca esconde entre ruinas e islas

En la costa del Egeo turco, Eski Foça se presenta como un refugio donde historia y mito conviven, alejado del bullicio contemporáneo. El ambiente de la ciudad guarda las huellas del paso de civilizaciones como los griegos jónicos, persas, genoveses y otomanos, y mantiene rasgos tradicionales, según informó CNN.

La localidad reúne miles de años de historia, leyendas mitológicas como la de las sirenas, paisajes naturales y una vida cotidiana marcada por costumbres propias, lo que atrae tanto a quienes buscan tranquilidad como a quienes se interesan por la cultura local de Turquía.

Fundada por los jonios bajo el nombre de Phocaea, la ciudad fue un importante enclave griego en la costa turca desde el siglo IX a.C. Prosperó gracias al comercio y a su flota naval antes de ser conquistada por persas, genoveses y, finalmente, por los otomanos en el siglo XV. Oğuzhan Çakırefe, director de cultura y asuntos sociales del municipio, señaló que la presencia de esas culturas dejó una huella profunda, preservada por políticas de construcción restrictivas que han mantenido la identidad pesquera y el perfil original de la ciudad.

El entorno de Eski Foça está formado por una bahía amplia, dos puertos naturales y un cinturón de seis islas deshabitadas conocidas como las Foça Adalar. Entre las formaciones volcánicas de la zona se hallan las denominadas Rocas de las Sirenas, lugares identificados en la tradición local como los escenarios homéricos donde las míticas sirenas intentaban atraer a los marineros.

Orhan Boğaç, capitán de barco de segunda generación, acompaña a los visitantes hacia estas islas y describe la tradición: “La isla más grande, Orak, es donde las sirenas cantaban. Eran criaturas que combinaban cabeza de mujer y cuerpo de ave. Según el relato, utilizaban su canto para seducir a quienes navegaban y con alas originaban tormentas que provocaban naufragios”, relató. Algunos viajeros aseguran que el viento entre las rocas sugiere esos cantos.

Junto a la leyenda, el nombre de la ciudad proviene de un animal: la foca monje del Mediterráneo. Esta especie en peligro de extinción, presente únicamente en costas de Turquía, Grecia y noroeste de África, habita en cuevas cercanas, apartadas de la actividad humana. Según Boğaç, los avistamientos son muy poco frecuentes debido a las medidas de protección. En la cultura local, la figura de la foca mantiene vínculos tanto con relatos griegos como con tradiciones célticas y nórdicas.

Hasta principios del siglo XX, Eski Foça fue un lugar de convivencia pluricultural. Çakırefe explicó a CNN que griegos, turcos, levantinos y familias judías compartían la ciudad, impulsando el comercio de uvas y alumbre dentro del Imperio Otomano. Ese equilibrio se rompió tras el intercambio de población grecoturco de 1923, que desplazó a los habitantes según su origen.

Boğaç cuenta que su familia resultó directamente impactada por ese proceso histórico: “Soy nieto de una familia que llegó a Eski Foça desde Myrina, en la isla griega de Lemnos, en 1924 durante el intercambio”, declaró al medio.

El siguiente gran cambio llegó en la década de 1950, cuando se inauguró el primer complejo vacacional francés en la zona. Al principio, los turistas procedían sobre todo de Francia, Noruega, Dinamarca y los Países Bajos; hoy la mayoría llega desde Esmirna y otras regiones de Turquía, atraídos por la calma y las costumbres locales.

La vida cotidiana en Eski Foça conserva prácticas históricas. Los domingos, el mercado local Yeryüzü Pazarı reúne a residentes y visitantes en torno a mermeladas, aceites de oliva y productos frescos. La arquitectura destaca en calles flanqueadas por antiguas casas griegas de piedra, hoy convertidas en boutiques y cafeterías.

Al atardecer, las mesas del Kavala Bistro Wine Bar, instalado en una vivienda del siglo XIX, reciben a los comensales. Más entrada la noche, las cenas de mariscos junto al mar siguen siendo una costumbre habitual, seguidas de paseos hasta la fortaleza Beş Kapılar, de origen genovés y restaurada por los otomanos en el siglo XVII.

Eski Foça también conserva relatos locales contemporáneos. Çakırefe, músico de formación y vecino de la ciudad, contó a CNN la historia de una joven que aguardaba sentada sobre una roca negra a su amado, enviado lejos. La joven murió en la espera; como homenaje, los vecinos fragmentaron la piedra y repartieron los trozos por la ciudad para que, según la tradición, quien los pise no abandone el lugar y así evitar una separación similar.

Nadie conoce la ubicación exacta de esos fragmentos, pero el peso de las historias locales influye tanto en quienes visitan Eski Foça como en quienes deciden quedarse, perpetuando un vínculo particular con la ciudad.

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