El regreso de Bolsonaro en Brasil

Hace un año, el bolsonarismo, el movimiento populista de derecha fundado por Jair Bolsonaro, expresidente de Brasil, estaba por el suelo. Bolsonaro había sido condenado a 27 años de prisión por conspirar para dar un golpe de Estado después de perder su intento de reelección frente a su némesis, Luiz Inácio Lula da Silva, en 2022. Las pruebas eran contundentes. Los investigadores encontraron borradores de decretos que habrían anulado las elecciones y declarado el estado de emergencia, además de un plan para asesinar a Lula —como se conoce al presidente— utilizando veneno. La condena de Bolsonaro despertó esperanzas de que su movimiento radical quedara sepultado y de que Brasil superara la polarización que lo ha afectado durante casi una década.

En cambio, el clan Bolsonaro parece encaminado a regresar. Incapaz de presentarse a elecciones, Bolsonaro eligió a su hijo mayor, Flávio, para enfrentarse a Lula en las elecciones generales de este mes. En la primera vuelta, el 4 de octubre, Flávio superó las expectativas, al obtener el 47% de los votos frente al 45% de Lula. Como ningún candidato obtuvo más de la mitad de los votos, la elección tendrá una segunda vuelta el 25 de octubre.

Todo apunta a una victoria de Flávio. Desde que Brasil volvió a la democracia en 1985, ningún candidato que haya perdido la primera vuelta ganó la segunda. Los otros candidatos de la contienda, que obtuvieron casi el 8% de los votos, se inclinan hacia la derecha. En Minas Gerais, el estado pendular más importante de Brasil y un indicador de las tendencias del país, Flávio ganó por cinco puntos porcentuales. El Partido Liberal de Bolsonaro más que duplicó sus bancas en el Senado, hasta llegar a 28 de 81. También consolidó su posición como el mayor partido de la Cámara Baja, notoriamente fragmentada. Casi ninguno de los aliados de Lula obtuvo nuevas bancas en el Senado o gobernaciones.

La noche fue un triunfo para el resto del clan Bolsonaro, un elenco de personajes propios de una telenovela. Michelle Bolsonaro, tercera esposa de Jair, cristiana evangélica temerosa de Dios y aficionada a la cirugía estética, se convertirá en senadora junto con Carlos Bolsonaro, el hermano del medio de Flávio. El hijo menor, Jair Renan, se convertirá en diputado federal. La principal propuesta de Flávio es indultar a su padre, que conspiró para dar un golpe de Estado y cumple su condena bajo arresto domiciliario debido a una antigua herida. También quiere indultar a su hermano, Eduardo, que vive exiliado en Texas. Eduardo fue condenado en ausencia a cuatro años de prisión por intentar influir indebidamente en el proceso contra su padre al presionar a Donald Trump para que aplicara sanciones contra los jueces que lo condenaron.

La votación estuvo marcada por un amplio desencanto. Los candidatos que encabezaban las preferencias no participaron de un solo debate televisivo. El interés por las elecciones fue bajo. Más de 33 millones de los 158 millones de electores habilitados no concurrieron a votar, la mayor abstención desde 1998. En las encuestas realizadas durante la semana de las elecciones, casi un tercio de los votantes dijo no saber por quién votaría. Frente a un centro de votación en un barrio acomodado de Río de Janeiro, un joven de 24 años, con rostro sombrío, describió las elecciones como de “ambiente funerario”. “Se trata de elegir el mal menor”, dijo su amigo, encogiéndose de hombros.

Comienza la introspección

Los brasileños se están cansando de Lula, que cumple su tercer mandato y tiene casi 81 años. Su Partido de los Trabajadores (PT) estuvo en el poder durante 18 de los últimos 24 años. Exdirigente sindical proveniente de las zonas pobres del interior de Brasil, Lula no logró conectar con los brasileños más jóvenes, especialmente con los hombres, que tienden a preferir los trabajos de plataformas digitales a los empleos sindicalizados y sueñan con ser emprendedores en lugar de depender de las ayudas del Gobierno. El PT todavía está marcado por dos enormes escándalos de corrupción que estallaron durante sus anteriores mandatos. Una de las investigaciones llevó a Lula a prisión por corrupción durante un año y medio, aunque sus condenas fueron anuladas en 2021.

Desde que salió de prisión, el círculo íntimo de Lula se redujo. Ahora está compuesto por personas que le dicen que sí y evitan transmitirle verdades incómodas. Sus subordinados lo elogian como el mayor estadista que haya tenido Brasil. Enumeran sus logros del pasado y su dura historia de vida, en la que pasó de su pueblo natal, afectado por el hambre, a la Presidencia. Pero durante la campaña ofreció poca visión de futuro. La desconexión quedó clara el domingo por la noche. “Confieso que pensé que ganaría en primera vuelta”, dijo Lula, pese a que todas las encuestas mostraban que habría una segunda vuelta reñida.

Lula también se vio perjudicado por el descontento con la economía. Muchos votantes no perdonaron al PT por la catastrófica recesión durante el gobierno de Dilma Rousseff, la sucesora que Lula eligió personalmente, a comienzos de la década de 2010. Durante el tercer mandato de Lula, las políticas de gasto excesivo del Gobierno provocaron una pérdida de credibilidad fiscal. Las tasas de interés se dispararon, elevando los costos de la deuda para los hogares, las empresas y el Gobierno. Prevalece una sensación de estancamiento, pese a las modestas mejoras reales de los ingresos y al desempleo en niveles mínimos históricos. “Un kilo de carne ya no vale un día de trabajo”, se queja Maria Moura, una ama de casa de 22 años de Vidigal, una favela de Río de Janeiro. “Las facturas solo suben y las deudas solo aumentan”.

Lula, que consiguió una ajustada victoria en 2022 frente a Bolsonaro padre, puede haber interpretado mal su mandato. “Los votantes de centro se sintieron traicionados por el PT”, dice Magno Karl, de Livres, un centro de estudios liberal de São Paulo. “Votaron a Lula en 2022 creyendo en la idea de una amplia coalición, pensando que el Gobierno gastaría menos, escucharía más a otros sectores de la sociedad y no demonizaría las críticas, pero eso no ocurrió”. Aunque algunos votantes de centro permanecieron con Lula, otros optaron por candidatos que buscaban alterar el resultado o se abstuvieron.

Un escándalo de corrupción de características turbias se cernió sobre las elecciones y alimentó el sentimiento contra el establishment. En el centro se encuentra Daniel Vorcaro, un banquero acusado de orquestar el mayor fraude bancario de la historia de Brasil. Se hizo conocido por organizar fiestas extravagantes a las que invitaba a modelos, prostitutas, los principales políticos del país y miembros de la Corte Suprema. (Vorcaro niega haber cometido irregularidades).

Aunque Lula no está directamente implicado en el escándalo, este lo salpicó, ya que está estrechamente vinculado con Alexandre de Moraes, un juez de la Corte Suprema relacionado con Vorcaro, que también supervisó el proceso contra Bolsonaro. Una encuesta realizada a mediados de septiembre reveló que los votantes eran más propensos a castigar a Lula que a Flávio por el escándalo de corrupción.

El rechazo a la Corte Suprema quedó claro durante la semana de las elecciones en Curitiba, capital de Paraná y bastión bolsonarista. Grandes carteles mostraban a los jueces vestidos como presos y detrás de las rejas, mientras que un montaje de muñecos vestidos como los magistrados los mostraba siendo linchados. Bolsonaro ahora tendrá los aliados suficientes en el Senado para formar la mayoría de dos tercios necesaria para iniciar un juicio político contra los jueces de la Corte Suprema.

Lula todavía tiene un estrecho camino hacia la victoria. Necesitaría aumentar la participación y atraer votos de los candidatos presidenciales más pequeños. Podría beneficiarse de las ventajas de ser oficialista mediante un aumento de las ayudas o la aprobación de proyectos populares antes de la segunda vuelta. Como el hombre que acumuló más votos en la historia de Brasil, todavía podría desafiar las probabilidades. Sin embargo, el camino es cuesta arriba.

El cambio parece más probable. “No me hago ilusiones de que no sea corrupto”, dice Ana-Maria, una empresaria de 65 años de São Paulo que votó por Flávio. “Pero no quiero seguir con lo que tenemos ahora”. Los votantes como ella podrían obtener algo más radical de lo que esperaban.

Corrección (5 de octubre de 2026): Una versión anterior de este artículo afirmaba incorrectamente que la abstención de votantes era la más alta desde el regreso de Brasil a la democracia. En realidad, es la tasa más alta desde 1998.

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