Análisis. ¿A quién le grita Milei?

El sistema político sigue invertebrado. La organización política que conocimos a partir del conflicto con el campo, organizada en dos bloques, hasta las elecciones del 2021, se descalabró. Habrá que ver cuánto tuvo que ver la pandemia en los estados de ánimo que llevaron a ese descalabro. Pero lo cierto es que uno busca objetos que estaban y hoy no están más. Y el cerebro trata de registrar objetos nuevos que no termina de interpretar. Es por lo tanto muy difícil hacer predicciones electorales para el año que viene si uno mira la oferta: si uno mira el menú que ofrece la clase política para satisfacer al electorado. Para competir por el poder.

El peronismo está en una crisis con varios niveles. Por un lado, hay una crisis dentro del kirchnerismo, nada menos que en el conurbano bonaerense, que fue la principal plataforma de poder de esa minoría dominante dentro del peronismo durante más de 20 años. Ahí está el conflicto inesperado entre Axel Kicillof y Cristina Kirchner. La expresidenta que sigue, aún desde la prohibición de competir electoralmente, dominando la estructura kirchnerista y por lo tanto ejerciendo una influencia, menos determinante que la tradicional pero todavía muy condicionante, sobre el comportamiento de todo el peronismo.

Pero hay otra dimensión en la crisis del peronismo que no tiene nada que ver con el fenómeno más importante, que es el kirchnerismo. Tiene que ver con el despliegue territorial de ese partido, que se ha ido reduciendo. Probablemente sea el síntoma más importante de esta crisis peronista, que es una de las más graves desde 1983. Cuando Cristina Kirchner reeligió con el 54% de los votos en 2011, la acompañaban 20 gobernadores peronistas. Hoy hay sólo nueve, de los cuales siete perdieron las elecciones parlamentarias del año pasado. Esa es la crisis del peronismo que algunos intentan superar con movimientos de renovación y ahí tenemos a Juan Manuel Olmos en la Capital Federal, a Victoria Tolosa Paz en la provincia de Buenos Aires, Guillermo Michel en Entre Ríos, la ascendente Natalia De La Sota en Córdoba. No sabemos qué destino tendrá esa renovación frente a un kirchnerismo que sigue siendo muy influyente.

El Pro también está desarticulado de quienes eran sus aliados: el radicalismo y la Coalición Cívica. También desarticulado interiormente, con dirigentes que han sido capturados por Javier Milei de manera más o menos explícita. Algunos se fueron con el Presidente, como el caso de la senadora Patricia Bullrich. Otros están sirviendo a Milei desde una identidad confusa, como el jefe de Gabinete Diego Santilli o Cristian Ritondo. Esto sin ir a la larga lista de dirigentes de La Libertad Avanza (LLA) que fueron funcionarios de Mauricio Macri. Con mayor o menor compromiso partidario, empezando nada menos que con el ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, el canciller, Pablo Quirno, el presidente del Banco Central, Santiago Bausili o el ministro de Modernización, Federico Sturzenegger.

También está en problemas el propio oficialismo: en la medida en que declina la adhesión a Milei en las encuestas, se va instalando dentro de LLA una incógnita respecto a si está tan asegurada la reelección del Presidente. Esa duda aparece a pesar de que Milei cuenta con un activo muy importante en política. Un activo con el que contó en su momento Cristina Kirchner. Consiste en poner en la góndola de la política un producto nítido. Que puede tener más o menos adhesión, puede ser más o menos discutible o repudiable, pero se entiende qué es, qué ofrece. La oposición a Milei parece estar todavía en una Torre de Babel que no encuentra las palabras para enfrentar a esta experiencia que tiene al primer mandatario como líder.

Por lo tanto, como es muy difícil descifrar la oferta de un sistema tan desarticulado lo que nos queda para entender lo que puede llegar a pasar es analizar la demanda. Ver cuáles son las expectativas, los estados de ánimo, los comportamientos: las modificaciones de la sociedad frente a la política. Qué es lo que esa sociedad pretende frente a la dirigencia. Y ahí nos encontramos con un fenómeno muy importante, que es una transformación muy lenta de la sociedad. Un cambio que tiene que ver con el empobrecimiento de los argentinos y que rige en profundidad la política.

Es imposible entender la política de los últimos 30 años sin ver este fenómeno que ayer fue representado en un artículo de LA NACION, escrito por el consultor Guillermo Oliveto, quien se encarga de analizar los comportamientos de la sociedad a través del consumo y los ingresos. Los modos de vida. Oliveto presenta un gráfico que muestra cómo está hoy la pirámide social. Allí nos habla del miedo a caer de clase social. En el segundo trimestre de 2026, el segmento de la clase alta, que es el grupo de gente que tiene un ingreso promedio del total familiar de $14.000.000. Para pertenecer a esa clase social, que es el 5% de la Argentina, una crema muy acomodada, excepcional; allí hay que tener un ingreso mensual promedio de $9.000.000. Después está la clase media alta, representada por el 17% del país, cuyo ingreso promedio es de $6.500.000, con un piso de $4.500.000. Sigue la clase media baja, que integra el 26% y que tiene ingreso promedio del total familiar de $3.000.000, con un piso de $2.500.000. En otro escalón está la clase baja que, aclara Oliveto, no es gente pobre, representada por el 30%, cuyo ingreso total familiar es de $2.500.000, y un piso promedio de $1.500.000. En esa cifra queda establecida la línea de pobreza. Por debajo de ese $1.500.000 estamos en la pobreza, que afecta al 22% de los hogares. El ingreso promedio familiar es de un millón de pesos por mes.

Es muy revelador comparar esta pirámide con la que presentó Oliveto en junio del año pasado. En la actualidad, para ser de clase alta se necesita un ingreso familiar de $14.000.000, tres millones más que a mediados de 2025. El piso del segmento más privilegiado era entonces de $6.500.000 y ahora son nueve millones. Pero la clave de esta comparación es mirar la clase baja superior, que todavía no es pobre. Ese segmento el año pasado estaba en un 26% y ahora en 30%. Eso es lo que cambió. Porque la pobreza disminuyó: pasó del 26% al 22%. ¿Cómo se interpreta la disminución de los más pobres y el aumento de los que son clase media baja sin ser pobres? Mediante el ascenso de la clase baja a la clase baja superior por dos razones. La política antiinflacionaria, que en un país donde muchísima gente, probablemente nueve millones de personas, no tiene un sindicato que les defienda el salario porque están fuera del mercado laboral formal, se convierte en la mejor política social. Y la otra razón es el descenso de gente de clases superiores a la clase media baja: hay un movimiento dentro de estos números.

Esto es importante porque mueve la política y presenta una imagen de la Argentina, que es una imagen bastante estable, lamentablemente. Pero que nos cuesta asimilar, sobre todo porque es perturbadora y dolorosa: es la imagen de un país que se ha convertido en una máquina de generación de pobreza. Hay que buscar mucho y aún así resulta muy difícil de encontrar en el mundo un país que hoy tenga más pobres que hace 25 años. Es casi imposible encontrarlo en América Latina. Por ejemplo, la pobreza en Perú tiene alzas y bajas. Pero si miramos el 2024 contra el 2010 hay un descenso nítido. En Brasil, el descenso es más notorio: hoy es de 20,6% y estaba en 32% en 2010. En Uruguay es estable cayendo: 5,9%. Y en Chile también, drásticamente cayó, donde en 2010 estaba la pobreza por encima del 20% y hoy es de 4,5%, aún habiendo atravesado distintos tipos de gobiernos. Es decir, la pobreza es una enfermedad que se va volviendo antigua. Otra cuestión es la desigualdad. Pero en la región hubo un avance muy notorio en términos de combates exitosos a la pobreza. En la Argentina no. Hoy, proporcionalmente, tenemos más pobres que los que teníamos hace 25 años.

El nivel de integración social se ha vuelto más lamentable. Si nos remontamos al año 1973, el Índice de Gini, que mide el nivel de desigualdad que hay entre los ingresos de los más ricos y los ingresos de los más pobres, era de tres puntos. Para hacerlo más comprensible: en el ‘73, los niveles de desigualdad de la Argentina eran los de Francia de aquel momento. Hoy son los de un Perú que, es cierto, mejoró bastante, pero que sigue siendo un país extraordinariamente desigual. En esa dirección fue caminando la Argentina.

Si miramos el sistema previsional, saliendo de la cámara lenta, y vemos lo que pasa en este momento, entre febrero y mayo se perdieron en el mercado formal 89.000 puestos de trabajo. También resulta interesante recordar la comparación con los otros países de la región. Porque la dramatización, la campaña que hace Milei y su Gobierno a favor del ajuste tiene un efecto visual que deja la impresión de que todos los dramas sociales comenzaron con el Presidente, cuando con él, muy probablemente se estén agravando. Muy probablemente la Argentina que salga de la gestión libertaria va a ser más desigual que la que estábamos acostumbrados a vivir. Pero no es un invento de Milei este proceso de deterioro.

Más allá de la destrucción de esos 89.000 puestos laborales, también aumenta el mercado informal o el cuentapropismo. Este fenómeno, que tiene que ver con el achicamiento todavía más intenso de lo que se conocía tradicionalmente como la sociedad salarial a un país con mayor informalidad, y con trabajos de menos calidad, aunque sean en blanco, está modelando la agenda de las elecciones del año que viene. Y esto se advierte en distintas dimensiones, por ejemplo que muchos economistas ortodoxos, que están acostumbrados a hablar a fondos de inversión y bancos empiezan a tratar cada vez más el deterioro sociolaboral. Porque en ese problema, aparece luego la disminución del consumo, la caída de la recaudación, y de allí nuevamente al problema fiscal, que es el que Milei quiere corregir.

Miguel Kiguel es uno de esos economistas. Según su último informe de Econviews, en el primer trimestre de este año hubo una desocupación del 108%, que se compensa con monotributistas. Kiguel y su equipo se tomaron el trabajo de hacer una investigación que, como toda aproximación, es imperfecta, sobre las búsquedas en Google.

Allí compararon, por un lado, búsquedas en plataformas -como Rappi, Pedidos Ya y Uber- y cuentapropistas registrados en la encuesta permanente de hogares que hace el Indec. Así, registraron que hay una relación bastante directa entre los que buscan trabajo en las plataformas y el aumento de los cuentapropistas. Pero hay una característica: en el último tramo medido por las búsquedas en Google hay una caída. ¿Se da porque se frenó ese proceso de transferencia del empleo formal a este nuevo tipo, que es de más baja calidad? ¿O sucede que el mercado ya está saturado y no absorbe más gente? Se va pintando una nueva Argentina, en cámara lenta. El aumento de este tipo de empleo empezó en 2022.

Otro fenómeno revelador es el de gente que cocina para vender la comida y, eventualmente, trasladarla, es decir, una modalidad precaria de delivery. En el primer trimestre de 2023, esas personas eran 82.000 y, hoy, son 190.000, según el Indec. Esto es importante por el impacto en la configuración social en general y por la repercusión fiscal. En la medida en la que se achica el universo del empleo formal y de calidad -representados por sindicatos que han perdido enorme poder en la Argentina-, este fenómeno impacta en el sistema previsional porque un monotributista cubre, con lo que aporta, el 3% de una jubilación promedio, mientras que un trabajador formal cubre el 31%. Si uno achica el número de los formales y agranda el de monotributistas, se va a generar un déficit mayor y va a haber menos financiamiento.

Es un problema grave porque las jubilaciones son el corazón del problema fiscal en la Argentina. Algunos creen que no hay salida para cualquier reforma, como la que lleva adelante Milei, si no se toca el sistema previsional. Y otros piensan que el Ejecutivo va a terminar tocándolo -y que el Presidente lo analiza para un segundo mandato- y se va a requerir una nueva Corte Suprema que defienda al gobierno que toque de las cautelares que va a generar ese tipo de reformas. Es un problema muy complejo que se alimenta básicamente con este cambio en el perfil del tipo de trabajador que hay en la Argentina.

Cuesta ajustar la cabeza a esta nueva realidad de pauperización, que tiene un efecto emocional sobre la política: en muchos países, entre ellos la Argentina, hay excluidos. Incluso en los países más ricos. Se trata de gente que está afuera del sistema y no puede acceder al bienestar como correspondería. En general, cada vez son menos, porque se tiende a achicar el nivel de pobreza. Sin embargo, en muy pocos países hay, además de excluidos, expulsados. Es una peculiaridad de la Argentina. Es gente que estuvo y ya no está dentro del sistema, que mentalmente se siente con derecho a determinado acceso a la salud o la educación, y ya no lo tiene. Probablemente se crio en una familia que estaba en esa pirámide por encima de donde está hoy.

Los que estudian los programas de estabilización observan que uno de sus efectos es que la inflación disimula el lugar que uno ocupa en la sociedad, desde el punto de vista de la escala social. Baja el agua y pareciera que se tomara una foto y se descubriera que uno está más abajo de lo que estaba cuando empezó la película. Eso genera un resentimiento. La política logra en este caso meterse en serio en la vida de las personas. Se trata de gente que tiene que cambiar a sus hijos a un colegio más barato, probablemente de menor calidad. Lo mismo sucede con las universidades y con los planes de las obras sociales.

Esto sucede a lo largo de bastante tiempo. La gente va pasando de la clase media a la clase media baja. Probablemente no toca fondo pero cambia notoriamente su nivel de vida y eso inspira los sentimientos que genera la política hoy en mucha gente.

En la última encuesta de Hugo Haime se reflejó que creció la bronca. El 40% de la gente se dice “triste y desanimada”, mientras que el 38% con “bronca”. De esta manera queda en evidencia que el problema de la representación -la relación entre esa gente y los dirigentes, de los que espera una solución para su estilo de vida- empieza a ser conflictiva.

Hubo estados de ánimo que condujeron a Milei. El Presidente se mostraba enfurecido y muchos se sentían representados con él por su bronca. En ese momento conectaba muy bien, hoy en día no sabemos si puede hacerlo.

Según la encuesta de Haime, el 34% de los consultados dice que quiere mantener este modelo, un número alto teniendo en cuenta los resultados en términos de ingresos y salario real. Por otro lado, un 65% quiere cambiarlo. El 11% considera que hay que mantener el modelo como está; un 22% haría algunas modificaciones; el 23% lo cambiaría manteniendo algunas cosas; y el 42% -que coincide con el número de los que no votaron a Milei- lo cambiaría totalmente.

Si uno mira la contraposición entre el 34% que quiere mantener el modelo y el 65% que no, puede sacar una conclusión apresurada: el que gane la próxima elección va a tener que cambiar de cuajo la política económica. Si se generara esa presunción, los inversores temerían involucrarse con el país.

Sin embargo, Haime preguntó qué cosas habría que mantener de la política del Gobierno y un 55% coincidió en la inflación baja y controlada. Esa es la prioridad. El 33% respondió “que no haya piquetes en las calles” y el 32% el “control de los planes sociales”. Luego aparecen el dólar, la apertura económica, el superávit fiscal y otros puntos que se asemejan al votante de Milei.

Daría la impresión que, de acuerdo a todas las encuestas, la inflación baja y el control de la calle son los dos méritos que más se les reconocen al gobierno de Milei.

Haime descubrió que el 81% de los que creen que hay que mantener el modelo considera que lo más importante es la inflación, mientras que, de los que plantean que habría que sostenerlo con algunas modificaciones, el 70% coincide en esa prioridad. A su vez, de los que dicen que hay que cambiarlo, el 60% de los que sostienen que hay que mantenerlo con algunos cambios cree que lo más importante es la baja de la inflación y, de los que proponen un nuevo sistema en su totalidad, el 37% tiene esa postura. Ahí hay un activo que explica por qué la obsesión de Milei con ese asunto.

Se puede empezar a entender por qué el Presidente todavía está dispuesto a sacrificar otras variables de este experimento económico con tal de que la inflación no se dispare. Puede ser la respuesta para los que dicen que un leve aumento inflacionario podría dar más dinamismo.

En una encuesta de Pulsar, que lidera Augusto Reina, se preguntó con qué partido o espacio político simpatizan más los argentinos y quedó registrado que, en 2023, el 37% no se identificaba con ninguno. Ahí estuvo el triunfo de Milei. Ahora, en 2024 se redujo al 25% pero subió al 35% en 2025 y al 42% en 2026. Está creciendo ese número.

El universo de los que no se identifican con nadie puede hacer caer en la trampa a muchos políticos porque daría la impresión de que, entonces, ese grupo está en el centro ideológico. Los investigadores de Pulsar, en cambio, sostienen que no hay que caer en esa suposición, sino que esa gente no necesariamente quiere algo en el medio. Ahí hay gente de izquierda que no quiere al kirchnerismo y gente de derecha que no simpatiza con Milei. Por eso no es fácil encontrar a algún candidato que los conquiste. Es gente que sigue ideologizada pero no tiene pertenencia ni filiación. No renunciaron a un punto de vista para ver la realidad. No hay homogeneidad.

El Gobierno mira el desencanto y balbucea algunas respuestas en la medida en que se lo permite el dogma de Milei: mantener la inflación a raya por medio de una política monetaria restrictiva que esté acompañada por una política fiscal de ajuste.

Este domingo, Jorge Liotti publicó una columna en LA NACION en la que explicó lo que intenta, con mucha timidez, hacer el Ministerio de Economía para reactivar la economía y reducir la insatisfacción de los que no creen en el modelo.

La primera iniciativa del Gobierno es estudiar un piso salarial para asistir a la clase media baja. La base que quiere poner es de $1.000.070, cuando la línea de la pobreza es de $1.500.000. Además, es confuso porque, si bien hacemos la comparación entre personas y hogares, lo que le entraría en los bolsillos a los argentinos en el caso de la mínima es alrededor de 860 mil.

El Gobierno no quiere dar esa orden, sino inducir a través de las paritarias. Pero ya interviene más expresamente en el mercado del salario. Propondría a quienes les cueste pagar el sueldo por las cargas sociales, que completen con una suma no remunerativa, es decir, “un poco en negro”, pero que figure en el ingreso, hasta llegar a un sueldo bruto de $1.000.070. Eso está pensado para la construcción, maestranza y determinados niveles bajos del sector de la salud.

Otra iniciativa que fue muy divulgada la semana pasada fue la de fondear a los bancos, ofrecerles dinero a través de licitaciones y que accedan a fondos de la Anses -por medio del Fondo de Garantía de Sustentabilidad- para que den créditos para la primera vivienda, con una tasa que debe ser UVA más 7,5%. Es una novedad interesantísima porque estamos hablando del gobierno de Milei, hiperliberal austríaco, que permite que Luis Caputo intervenga sobre la tasa de interés y oriente el crédito hacia un sector determinado.

Frente a la necesidad electoral y el clima social que se está generando, empieza a haber algunas licencias poéticas en la política del Gobierno frente al mercado. Sin embargo, no debe sorprender ya que ha mostrado pragmatismo más allá del discurso de Milei respecto al mercado de cambios, que sigue intervenido.

El Gobierno negó por completo tener algo que ver con el mundo de los endeudados, ese gran problema de los que cubren gastos con la tarjeta para llegar a fin de mes o los que quedaron colgados del pincel por la suba de las tasas de interés. El Banco Central llegó al final al tema y lanzó recomendaciones antes de solicitar un crédito y respuestas a qué es un préstamo personal y qué variables analizar.

Detrás no solamente está el haber ingresado de manera incorrecta al haber seguido señales que el mismo Gobierno emitía, sino un problema de educación financiera que lleva a la gente, sobre todo a los más humildes, a no tener noción de cuánto están pagando o van a terminar pagando.

Se va generando una discusión interesante aún dentro del mismo Gobierno. Patricia Bullrich, que suele ser una voz disidente en determinados temas de la agenda oficial, le dijo a Milei en una reunión de gabinete que deberían mirar el tema de los endeudados porque esa gente está destinando al pago de la deuda un dinero que le resta al consumo. A lo mejor, si se atiende ese problema de alguna manera, se puede hacer que se deriven algunos fondos al consumo y haya mayor actividad. En el Ejecutivo saben muy bien que Milei está preocupado porque los resultados que él esperaba llegan más tarde o no llegan.

Se va generando una agenda y un temario para la elección presidencial, que tienen que ver con los cambios de paladar de la gente y que las preocupaciones ya no son las mismas de antes. La inflación emerge como algo ya conquistado que debe mantenerse y que se espera que el próximo gobierno conserve, pero la gente quiere que, además, se le den otras cosas. Los que sostienen a Milei quieren el mismo modelo con más trabajo.

Estas cuestiones llevan a que se discuta la política industrial, aunque al Gobierno no le guste esa palabra. Sostiene que no existe una política productiva, sino que la debe fijar el mercado. Sin embargo, existe el RIGI, donde a determinados sectores, como minería, petróleo y gas se les dan determinadas ventajas impositivas que a otros no.

El Gobierno elige determinados sectores para favorecer y parece dirigista. Acá también es pragmático y no se aferra a los manuales de la escuela austríaca. Hay una novedad: la administración chavista de Venezuela, a cargo de Delcy Rodríguez, llegó a un acuerdo con Donald Trump para promover a las empresas estadounidenses de petróleo. Ese RIGI del chavismo es curioso porque cobra regalías del 16%, mientras que la Argentina cobra el 12%.

En Venezuela, el impuesto a las ganancias se aplica en 34% y en la Argentina en 24%. La cuestión radica en que, con estos números, las empresas van a ese país; Trump lo firmó. Algún día quizás se discutirá si el gobierno de Milei no fue muy concesivo para conseguir inversiones que probablemente en algunos sectores -como la minería- vendrían igual. No hay muchos lugares en el mundo con litio y tierras raras. Para el año que viene empieza la discusión del modelo productivo.

Frente a todo este panorama, que implica una sociedad que se va empobreciendo y cambiando su perfil socioeconómico, la vieja promesa argentina del progreso individual. que trajo tantos inmigrantes. ya no se cumple, sino que ocurre la contrapromesa: hijos que viven peor que sus padres y tienen menos acceso que ellos a los bienes. Ante eso, hay un programa de ajuste y estabilización que siempre tiene este tipo de costos, y un Gobierno que intenta dar una respuesta, aunque sea tímida.

Pero Milei sigue defendiendo su modelo e insulta a los que sugieren cosas que hace el ministro Caputo. Con las actitudes de hoy, dos años atrás, el ministro hubiese sido un “mandril”, ya que interviene la tasa de interés para facilitar el mercado hipotecario.

¿Por qué hace eso Milei? ¿Porque es un dogmático y no ve la realidad, o hay una lógica detrás de esa crueldad? Daría la impresión de que al Presidente le preocupa un problema: el déficit. El financiamiento tal vez lo lleve, de un modo u otro, a tener que emitir un bono para poder pagar la deuda del año que viene, lo que el Gobierno se viene resistiendo a hacer. No logra que el sector financiero le baje la tasa de interés. A esa gente le habla. Para ellos grita e insulta Milei, que está pensando en un problema central de su gobierno: el problema fiscal no está resuelto y posiblemente vaya a tener que pedirle plata a ese sistema financiero que le pide sangre, sudor y lágrimas, para que él pueda garantizar que los bonos se paguen.

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