Los cruzados de la tierra prometida

Joaquín Benegas Lynch se paró en el recinto del Senado y llamó “ignorantes” a los mismos senadores que un rato antes le habían votado media sanción a su gobierno. No fue un exabrupto. Fue el manual libertario en acción: toda derrota se traduce, al instante, en prueba de pureza. Perdimos porque el resto es tibio. Perdimos porque no entienden. Perdimos porque tenemos razón y el mundo, como siempre, todavía no está a la altura. No la vieron venir, no la ven todavía. Es la lógica del fundamentalista, del cruzado por una causa siempre superior.

Aunque conviene no usar la palabra “cruzados” a la ligera. El cruzado es un señor que emergió en 1095, Alta Edad Media, cuando el papa Urbano II convocó a marchar sobre Jerusalén. Cruzada religiosa, sí. Pero también válvula de escape para una nobleza guerrera que Europa ya no sabía dónde meter. La Cuarta Cruzada, en 1204, es el capítulo que más se acerca a los tiros en el pie a los que se acostumbraron ya los libertarios. La Cuarta Cruzada arrancó para liberar Tierra Santa. Pero jamás llegó. Terminó saqueando Constantinopla, la capital cristiana aliada, porque las deudas con Venecia, donde estaban los financistas del mundo conocido, pesaban más que el objetivo declarado.

Los cruzados no traicionaron nada. Simplemente no supieron medir el costo de sus propias convicciones.

El proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada llegó al recinto con media sanción. Pero llegó desguazado. Como se sabe, el Gobierno tuvo que amputar los dos capítulos que de verdad le importaban a Federico Sturzenegger, el mayor de los cruzados: ampliar el límite de venta de tierras a extranjeros al 25% de la superficie total y reformar la ley de manejo del fuego, esa que de paso habilitaba vender tierras quemadas por incendiarios (o a veces por causas naturales) en busca de envilecer el precio de la hectárea.

Para Federico el Coloso (así lo llamó el Presidente) fueron meses de bandera doctrinaria tirados a la basura en una noche de impotencia dentro del Congreso, y de furia y represión fuera de él. Pero esta vez la derrota no vino del kirchnerismo. Vino de los propios aliados: los gobernadores Gustavo Sáenz (Salta), Osvaldo Jaldo (Tucumán) y Rolando Figueroa (Neuquén) le bajaron el pulgar a la senadora Bullrich cuando parecía que tenía todo cerrado.

Ese es el dato incómodo. La derrota salió de adentro. El “grupo de los 44”, ese Frankenstein de radicales, macristas y provinciales que la jefa del bloque oficialista en el Senado arma llamada por llamada, chat por chat, se parece cada vez más a la Armada Brancaleone: la tropa de cruzados medievales, desprolija, torpe y heterogénea de la comedia italiana de Mario Monicelli protagonizada por Vittorio Gassman (1966), más movida por el interés, la codicia y la supervivencia que por la fe (o la convicción política); pero que igual logra llegar a destino: le presta músculo a Milei, aunque no se convierte en secta ni comulga con su fe.

Sturzenegger, ya perdido, tuiteó que había que “elegir entre el miedo y la prosperidad”. Benegas Lynch redobló la apuesta y llamó “ignorantes” a los tibios que empezaron a temer el escarnio del pueblo en sus provincias.

Vale repasar un poco los antecedentes del derrotado, porque no es la primera vez. A los 35 años, Sturzenegger fue el arquitecto técnico del megacanje de 2001. Cavallo lo vendió como hazaña financiera. Fue durante la presidencia de Fernando de la Rúa (uno de los condimentos del estallido de diciembre de ese año) y reestructuró cerca de 30.000 millones de dólares de deuda pública. Las tasas de interés y la capitalización de intereses llevaron el costo total que todos pagamos a unos 50 mil millones. Millón más, millón menos.

El actual Coloso terminó procesado. Años después lo sobreseyeron. Volvió en 2015 al Banco Central de Macri. Se fue en 2018, en plena corrida, con una montaña de Lebacs que terminaría en default. Del megacanje al Banco Central y de ahí al Ministerio de Desregulación de Milei hay una línea recta.

Bullrich jugó otro juego, y no habría que confundirlo con el de sus colegas. No le interesa la pureza del capítulo de tierras. Le interesa la aritmética de los 44. Negoció puerta por puerta. Sacó los capítulos que hacían volar la sesión. Consiguió la media sanción que el resto del gabinete estuvo a punto de incendiar por una “convicción”. Su apuesta es de largo plazo: ser la garante de la gobernabilidad mientras Sturzenegger y Benegas Lynch se quedan con el verso épico y, de paso, con la factura de cada exabrupto. Pero cada vez que un aliado se va del chat dando un portazo, el capital que se erosiona es el de ella.

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