El calendario peronista guarda simetrías perfectas y dolorosas. Un 26 de julio de 1949, Eva Perón se paraba frente a más de 1.500 mujeres en el Teatro Nacional Cervantes, para parir la organización política femenina más grande de la historia del continente. Exactamente tres años después, otro 26 de julio, el locutor Jorge Rossi paralizaba al país al anunciar que, a las 20:25, la «Abanderada de los Humildes» entraba en la inmortalidad. La historia de una fecha que condensa el nacimiento del poder político de las trabajadoras y el mito eterno de su conductora.
El 26 de julio de 1949 fue martes. El invierno porteño ardía por dentro en el Teatro Cervantes, donde las luces por una vez no iluminaban una obra de ficción, sino una transformación irreversible. Aquel día Evita parió el Partido Peronista Femenino (PPF), un hito inédito a nivel mundial: una estructura independiente de la rama masculina y de la sindical del movimiento, que garantizaba que el 33% de los cargos políticos del peronismo fueran ocupados por mujeres.

Rodeada de maestras, dactilógrafas, enfermeras y amas de casa llegadas desde los rincones más postergados del mapa, Evita tomó el micrófono y su voz retumbó en la acústica del Cervantes. «Compañeras delegadas: por primera vez en nuestro país, en América, la inmensa mayoría de las mujeres de una nación, por no decir la totalidad, están representadas en una asamblea efectivamente nacional e indudablemente democrática, para trazarse sus propios caminos. No seamos como los partidos tradicionales… Hagamos una organización que sea un hogar de solidaridad, un brazo de la ayuda social, una escuela de civismo y un templo de lealtad a la causa del pueblo.»
Ya se había conquistado el voto femenino en 1947, pero Evita sabía que el padrón electoral no bastaba si las mujeres no construían su propia herramienta de poder: «Nuestra misión no es conseguir votos; nuestra misión es despertar conciencias, organizar a las mujeres de la patria para que defiendan sus derechos y los de sus hijos al lado de sus hombres”.
Los testimonios de entonces describen al Partido Peronista Femenino como un aluvión de mujeres guiadas por una mística rigurosa impuesta por la impronta de su lideresa. En su primera reunión, la misma Evita eligió a 23 delegadas censistas. Las miró a los ojos y les dio una orden clara: recorrer el país, pueblo por pueblo, rancho por rancho. Tenían que censar a cada mujer en condiciones de votar y abrir Unidades Básicas Femeninas que funcionaran, además, como receptores de las necesidades elementales para convertirlas rápidamente en soluciones.

Organizar el peronismo siempre fue un oxímoron, una contradicción biológica similar a querer encerrar a la pampa en una maceta. Evita encaró ese desafío con devoción mientras los opositores de la época -que todavía miraban el fenómeno sin entenderlo- creían que el movimiento se disolvería en sus propias internas.
Las delegadas censistas eran un ejército de mujeres armadas con máquinas de escribir que salieron a patear el barro de cada rincón del país, a desafiar a los sectores más conservadores y hasta la incomprensión de muchos de sus propios hogares. El resultado fue una organización colosal que llegó a contar con más de 3.000 unidades básicas en todo el territorio nacional.
El peronismo creaba así una estructura autónoma para las mujeres, una audacia táctica nacida de la convicción íntima de Evita: «Pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres. Allí está la causa de mi decisión de organizar el partido femenino por fuera de la organización política de los hombres».
El Partido Peronista Femenino nunca se presentó a elecciones con boleta propia, sino que integró el movimiento de forma orgánica y aportó sus propias candidatas dentro de las listas unificadas.
El gran debut electoral del PPF fue en las elecciones presidenciales del 11 de noviembre de 1951, donde las mujeres votaron por primera vez. El partido volcó toda su maquinaria militante para apoyar la reelección de la fórmula integrada por Juan Domingo Perón y Hortensio Quijano. El resultado fue que ingresaron al Congreso de la Nación 26 diputadas y 6 senadoras del Partido Peronista Femenino.
Tres años después, la inmortalidad

El 26 de julio de 1952 también fue martes. Exactamente tres años después de aquella epopeya organizativa que representó la fundación del Partido Peronista Femenino, la actividad de las unidades básicas se detuvo en seco. El cáncer apagaba la vida de Eva Perón a sus 33 años. El dolor popular inundó las calles bajo una llovizna persistente, mientras millones de mujeres lloraban a quien les había entregado la dignidad de ser y sentirse ciudadanas.
La paradoja quedó sellada en la historia: la misma fecha del almanaque unió el día del despliegue masivo del poder político de las mujeres con el paso a la inmortalidad de su máxima referente.
Hoy, las Unidades Básicas Femeninas ya no existen bajo ese formato, pero el eco del 26 de julio sigue resonando allí donde las trabajadoras se organizan para disputar el presente. Evita no dejó un recuerdo que aun emociona, dejó también un método de construcción popular y una certeza sin tiempo: la política pertenece a los pueblos, o no pertenece a nadie.

Las guardianas del censo
El Partido Peronista Femenino se construyó sobre las espaldas de militantes que unían saberes profesionales con una profunda inserción popular. Entre ellas, fueron clave las 23 Delegadas Censistas elegidas por Evita. Se citan como ejemplo a diez de aquellas mujeres fundamentales que respondieron a la convocatoria de Evita en el Teatro Cervantes:
Juana Larrauri: reconocida cantante de tango de la época («La alondra de Evita»). Fue nombrada delegada censista en Entre Ríos, donde caminó el territorio durante cuatro años, convirtiéndose luego en una de las primeras senadoras nacionales del país.
Ana Carmen Macri: empleada pública y secretaria personal de Evita en el hogar de tránsito de la Fundación Eva Perón. Como delegada censista, organizó la estructura del partido en Tucumán y Santa Fe antes de asumir como diputada nacional.
Elsa Chamorro Alamán: docente de profesión. Fue designada como la primera delegada censista en la provincia de Córdoba, donde montó una gigantesca red de Unidades Básicas sorteando la resistencia de los sectores más conservadores de la provincia.
Ilda Leonor Pineda: trabajadora textil y ferviente militante sindical. Su liderazgo territorial en el conurbano bonaerense la llevó a ser secretaria general del PPF y senadora nacional en representación de la provincia de Buenos Aires.
Elvira Rodríguez Leonardi: maestra rural nacida en Córdoba. Aportó su experiencia pedagógica para la formación política y la «enseñanza del voto» de las mujeres en el interior profundo, llegando luego a la Cámara de Senadores de la Nación.
Elena Di Girolamo: correntina de la ciudad de Mercedes, e hija de un jefe de estación ferroviaria. Tuvo a su cargo la articulación del Partido en el litoral, enfocándose en las demandas de las familias obreras y rurales.
Susana Correché: abogada y docente pampeana. Defensora legal y asesora del gremio de los trabajadores salineros. Fue elegida convencional constituyente y luego senadora por la entonces provincia Eva Perón.
Hilda Nélida Castañeira: dirigente social de origen humilde en el norte del país. Fue la delegada censista asignada a la provincia de Salta, encargada de recorrer a caballo y a pie las zonas rurales más postergadas del noroeste.
María del Carmen Casco: enfermera y partera. Militante social incansable del noreste argentino, coordinó la asistencia sanitaria del PPF y se convirtió en la primera senadora nacional por la provincia de Chaco.
María Rosa Calviño: intelectual y cuadro político de la Capital Federal. Con un perfil fuertemente urbano, organizó los centros de empadronamiento de las trabajadoras de fábricas y oficinas porteñas, llegando también al Senado.


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