Qué es la curaduría y por qué no tiene nada que ver con la decoraciónAdélia Borges y Ana Elena Mallet explican que elegir objetos para un espacio implica investigación, criterio ético y una lectura de la cultura material que el gusto personal no puede reemplazar

La curaduría en el diseño dejó de nombrar una tarea reservada a museos y galerías para describir una práctica que atraviesa objetos, espacios y experiencias cotidianas. Según AD Latinoamérica, revista internacional dedicada a la arquitectura y diseño de interiores, esa expansión también multiplicó las confusiones sobre lo que significa curar.

La pieza publicada por el medio citado parte de una escena diaria: una silla, un hotel, una galería o una feria de diseño existen dentro de un sistema de decisiones, vínculos y criterios que alguien seleccionó y puso en relación. Desde ahí, el texto busca precisar por qué la curaduría no equivale a una simple elección de objetos o contenidos.

PUBLICIDAD

Para Adélia Borges, periodista, curadora de exposiciones de diseño y doctora honoris causa por la Universidad Estatal Paulista, primera mujer en recibir ese título en la institución y una de las dos únicas personas reconocidas en el área del diseño en Brasil, la necesidad de esta práctica nace del exceso de información y de la naturalización del diseño en la vida diaria.

Oficina con escritorio de madera, dos sillas, estantería con libros y objetos, lámparas, una alfombra y un cuadro grande con figura femenina.

“El papel de la curaduría es aumentar la percepción consciente de las personas sobre la presencia del diseño en su vida cotidiana”, afirmó.

Borges plantea una diferencia de base entre arte y diseño. Mientras el arte suele asociarse con museos y galerías, el diseño acompaña la rutina desde que una persona se despierta hasta que vuelve a dormir, en objetos tan corrientes como un cepillo de dientes, una llave de agua o un colchón.

PUBLICIDAD

Desde esa mirada, la primera tarea curatorial no consiste en escoger piezas, sino en sacar al diseño de ese fondo casi invisible en el que suele operar. Solo así, sostiene el artículo, puede distinguirse qué objetos mejoran la vida de las personas y cuáles no aportan nada, una percepción que después orienta lo que se adquiere y se conserva.

Una mesa consola oscura sostiene jarrones negros, una lámpara blanca, un cuenco gris y figuras de madera, frente a un cuadro abstracto rojo en una pared beige, con una silla y una alfombra.

Frente a la idea extendida de que un curador elige lo que le parece atractivo, la curadora mexicana Ana Elena Mallet, especialista en diseño moderno y contemporáneo latinoamericano, reconocida por su trabajo curatorial para el Museum of Modern Art de Nueva York, desplaza el centro de atención hacia los vínculos que revelan los objetos. “La curaduría es una herramienta para hacer visibles las relaciones”.

Su planteamiento parte de que ningún objeto existe aislado. Una silla, una cerámica, un textil o un edificio condensan tramas culturales, económicas y sociales, y el trabajo del curador consiste en investigar esos contextos, identificar conexiones entre autores, materiales y territorios, definir un concepto y decidir qué historias merecen ser contadas.

En ese punto, Borges introduce una diferencia entre un curador y quien apenas compone una selección comercial. La distinción, según recoge el medio, está en sostener una visión de mundo con una investigación amplia y rigurosa, sin limitarse a lo que el mercado ya visibiliza o a lo que recibe atención pública.

Vista de un salón moderno con un sofá beige, mesa de centro de madera, y una consola con esculturas y un cuadro abstracto en la pared.

Ese criterio incorpora también una dimensión ética. Para Borges, curar implica elegir objetos producidos de forma sustentable, justa para quien los fabrica y arraigada en el territorio de cada diseñador; de ahí su definición: “La calidad de un curador está no solo en lo que selecciona, sino también en lo que decide dejar fuera”.

El texto describe luego cómo esa práctica se desplazó desde las instituciones culturales hacia otros ámbitos. Hoy aparece en hoteles, ferias, restaurantes, marcas, desarrollos inmobiliarios y proyectos de arquitectura e interiorismo; son un movimiento que Mallet entiende como parte de la evolución del propio diseño.

La especialista lo formula así: “Los museos siguen siendo fundamentales para la investigación y la construcción de conocimiento, pero hoy las conversaciones sobre diseño suceden en muchos otros lugares”. A la vez, advierte que el valor de la curaduría no reside en montar escenarios atractivos, sino en generar contexto, establecer conexiones y proponer una lectura crítica.

Pasillo moderno con pared de madera laminada, dos bancos grises, gran ventanal central a árboles exteriores y un cuadro oscuro en pared derecha.

Esa expansión modifica también la práctica de arquitectos e interioristas. Proyectar un espacio ya no supone solo resolver una estética, sino seleccionar materiales, artistas, oficios y marcas que dialoguen entre sí para construir una narrativa.

Mallet sitúa esa discusión en América Latina y subraya la densidad histórica de sus objetos.

“En América Latina hemos heredado historias complejas y profundamente entrelazadas. Durante mucho tiempo, el diseño fue leído desde perspectivas que privilegiaban los grandes nombres o las influencias internacionales. Sin embargo, cuando observamos con atención, descubrimos que detrás de cada objeto existe una conversación entre industrias, talleres, artesanos, arquitectos, diseñadores y comunidades. La curaduría puede reunir esas voces y construir relatos más amplios”.

Hombre sentado en un escritorio rojo con un monitor, un portátil y una lámpara. Detrás, un cuadro abstracto y una lámpara de techo. Alfombra y paredes blancas.

La curadora amplía esa idea con una lectura de la cultura material como vía para entender a la sociedad. “No me interesa presentar el diseño como una sucesión de piezas excepcionales, sino como una forma de entender cómo una sociedad imagina y construye su entorno. En ese sentido, la cultura material se convierte en una herramienta para leer nuestra historia. Los objetos nos hablan de aspiraciones, de contradicciones, de formas de habitar y de maneras de relacionarnos con el mundo”.

A partir de las miradas de ambas especialistas, el artículo ordena un proceso curatorial en varias etapas. Primero aparece la investigación de contexto; después, la identificación de relaciones entre autores, materiales, técnicas y comunidades; luego, la definición de un concepto o relato; más tarde, un criterio ético y territorial; y, al final, la decisión sobre lo que queda fuera.

Escritorio de madera ovalado, silla con tapizado color crema, lámpara de pie, alfombra de piel de vaca, cuadro abstracto, dos esculturas de madera, libro abierto y jarrón.

El texto remarca que ninguna de esas fases es prescindible y que su omisión separa una selección comercial de un proceso curatorial propiamente dicho. En esa lógica, el recorte no es un gesto secundario, sino una de las operaciones que fijan el rigor del resultado.

La reflexión final de AD Latinoamérica vuelve a los objetos que permanecen en la vida doméstica y a las historias que activan. Curar, bajo esa premisa, supone elegir aquello que guarda una relación con la propia memoria y con la manera en que una sociedad imagina, produce y habita su entorno.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *