A tres meses de la prohibición de redes sociales para menores de 16 años en Australia, sigue abierto el debate sobre su eficacia real. El gobierno presenta la eliminación de millones de cuentas como un logro técnico, mientras que especialistas advierten que todavía es prematuro evaluar su impacto en la salud mental juvenil. Al mismo tiempo, países como el Reino Unido discuten si deben imitar esta medida restrictiva en un escenario lleno de dudas sobre su efectividad, su cumplimiento y la capacidad de adaptación de los adolescentes.
Según informó el primer ministro Anthony Albanese al diario británico The Guardian, tras la entrada en vigor de la prohibición en diciembre de 2025, 4,7 millones de cuentas australianas fueron eliminadas de plataformas como TikTok, YouTube, Instagram, Facebook y Twitch. Ese número refleja el nivel de cumplimiento técnico alcanzado en los primeros días, un aspecto que Albanese considera clave para calificar la medida como exitosa.
El gobierno australiano exigió a diez plataformas digitales bloquear el acceso y registrar la baja de cuentas de usuarios menores de 16 años. Lograr la colaboración efectiva de esos gigantes tecnológicos se considera un desafío; sin embargo, ese indicador aún no muestra cambios concretos en el bienestar psicológico de la juventud.
La comisionada de eSafety Julie Inman Grant anunció la puesta en marcha de una evaluación longitudinal para medir los efectos reales de la restricción. El estudio abarcará a más de 4.000 niños y familias durante al menos dos años e incluirá encuestas, seguimiento voluntario del uso de teléfonos inteligentes y recopilación de datos sobre hábitos digitales.
El proyecto de investigación reunirá también información externa —resultados escolares, datos de salud y estadísticas de prescripción de medicamentos— con el fin de analizar múltiples dimensiones. Inman Grant precisó al medio británico: “La evaluación explorará una amplia gama de resultados, incluidos el bienestar infantil y la salud mental, la exposición a riesgos y daños en línea, y los patrones de uso de redes sociales y hábitos digitales”.
La publicación progresiva de los primeros hallazgos empezará antes de fin de año; hasta entonces, cualquier afirmación sobre el éxito o el fracaso del veto se basa en percepciones no verificadas.
En los centros de Headspace, la principal organización benéfica de salud mental juvenil de Australia, alrededor de uno de cada diez adolescentes que buscan apoyo mencionan la prohibición de redes sociales como motivo de consulta, según relata la asesora clínica nacional Caroline Thain.
Los testimonios recogidos muestran una respuesta juvenil heterogénea. Una parte importante ha hallado vías para eludir la restricción, creando cuentas nuevas en plataformas bloqueadas o usando aplicaciones no incluidas en la prohibición. Sarai Ades, adolescente de 14 años, señaló: “Tengo cuentas nuevas en TikTok y Snapchat. Instagram todavía no ha detectado que mi cuenta antigua es de una menor de edad. Fue mucho más fácil de lo esperado”.
Uno de los casos citados ilustra una reacción colectiva: un grupo de adolescentes decidió consensuar un traslado desde Snapchat (incluida en la prohibición) hacia WhatsApp, que por ahora no está restringida.
En contraste, otros jóvenes aseguran que la experiencia provocó una reflexión sobre el rol de las redes sociales. Grace Guo, también de 14 años, expresó: ‘La prohibición me hizo dar cuenta de que a veces dependemos demasiado de las redes sociales y existen otras formas de comunicarse y entretenerse‘.
Thain advierte que el impacto del veto depende de si el entorno social del adolescente —amigos próximos, hermanos mayores— permanece o no en las plataformas. Según la asesora, “sabemos que algunos jóvenes han encontrado maneras de esquivar la prohibición. Esto puede verse muy diferente en cada familia o grupo de pares, pero aún no tenemos una evaluación completa de ese fenómeno porque no se ha analizado toda la información disponible”, afirmó.
El autor Jonathan Haidt, promotor de la restricción y autor de The Anxious Generation, sostuvo en declaraciones al pódcast tecnológico Hard Fork de The New York Times que el éxito del modelo australiano debe medirse en el mediano plazo: “Si nada cambia en cinco años respecto a la mejora de la salud mental de los adolescentes australianos, entonces mi campaña para restringir el acceso quedaría refutada”. Haidt agregó que se requiere un cumplimiento de al menos el 70% de la población juvenil para que se puedan esperar efectos palpables.
Por ahora, la Oficina de eSafety evalúa el compromiso de las plataformas con la aplicación efectiva del veto y el grado de elusión entre los jóvenes. No hay información pública sobre posibles sanciones a las tecnológicas que incumplan los términos.
Thain recomendó a los gobiernos que estudian replicar la experiencia australiana no subestimar a los adolescentes: “Considérenlos como expertos en su propia vida e inclúyanlos en cada fase del proceso si van a implementar este tipo de políticas”. Y concluyó: “Que nadie piense por un momento que, por ser padres, saben más, porque no han crecido con estas herramientas en su entorno cotidiano”.

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