Entre los numerosos debates históricos entre periodistas y analistas hay uno que siempre vuelve: ¿hasta qué punto merece investigarse la vida privada de dirigentes y funcionarios? ¿En qué medida lo que hacen en su hogar explica o condiciona lo que hacen en la esfera pública? Aunque esa polémica tiene siglos y sigue lejos de cerrarse, el caso de Javier Milei podría marcar un antes y un después: con el libertario resulta evidente el impacto de su biografía en su carrera política e incluso en el rumbo de su Gobierno. Especialmente en lo relativo a sus perros. No es exagerado sostener que resulta imposible comprender el fenómeno sin comprender antes el vínculo singular que el economista tuvo con “su verdadero y más grande amor”, con quien lo aventuró “a los límites de lo imposible y más allá también”, ese ser por el que, el día que se le prendió fuego el departamento, estuvo literalmente dispuesto a morir: Conan.
Esta revista ya contó esa historia en más de una ocasión. El perro, adoptado por Milei en 2004, le representó una contención que hasta entonces no había conocido. Perseguido por los fantasmas de una infancia violenta —entre golpes del padre y bullying escolar— el economista forjó con el animal una relación singular. El amor que no había hallado en amigos ni en las parejas que jamás tuvo lo volcó en el can. Tan intensa fue esa unión que ni siquiera la muerte la separó: cuando el perro entró en la última etapa de su vida, Milei ordenó extraerle una célula, el inicio de un proceso que en 2018 terminó con la llegada desde Estados Unidos de cinco clones de Conan —50 mil dólares de por medio—. En octubre del año anterior, su tan querido compañero había fallecido.
¿Por qué importa esta historia? No sólo porque revela el modo en que la soledad marcó a fuego a quien hoy dirige los destinos del país —un dirigente que tiene la violencia y la invitación al odio como ejes de su discurso—, sino porque, sin la muerte del animal, Milei no habría llegado a la Presidencia. No es una metáfora: el fallecimiento de Conan fue la puerta de entrada al mundo esotérico para el libertario, un recorrido que, entre médiums y hechiceros, culminó en la conversación que el economista dice haber mantenido con Dios durante la cuarentena de 2020; en esa charla, según su relato, Dios le profetizó que sería Presidente y le ordenó convertirse en candidato. Hasta entonces, Milei nunca había hecho política y juraba que no se metería en ese barro que tanto detestaba.
Resulta imposible comprender al Presidente sin su vínculo con Conan, y resulta igualmente imposible entender su Gobierno sin tener en cuenta el peso del esoterismo y de lo no terrenal. Alguien que lo sabe bien es Santiago Caputo: cuando este medio estaba por publicar una tapa que contaba que el Presidente sólo tenía cuatro clones de Conan viviendo con él en Olivos —y que al quinto, con el que decía jugar, lo imaginaba—, Caputo advirtió a la revista que “publicar eso sería una declaración de guerra”. Días después, Milei proclamó que quería que Perfil quebrase, dando inicio formal a las hostilidades del Gobierno contra esa editorial, que hoy enfrenta cinco juicios promovidos por el Ejecutivo. Los perros y el esoterismo son ejes centrales de este oficialismo; tanto es así que, tras aquella publicación, Milei modificó por decreto la ley de acceso a la información pública para evitar preguntas incómodas. Ni siquiera los más allegados al Presidente se atreven a indagar: es el tema tabú por excelencia en el círculo rojo. Todos saben que el libertario marca a quienes se animan a investigar o preguntar sobre esto.
Ese misterio volverá a crecer: uno de los perros de Milei falleció.
Luto. El libertario lo llamó Robert, en homenaje al economista Robert Lucas. Como prueba, un chat del propio Milei que figura en el libro “Las fuerzas del cielo” (Editorial Planeta) muestra que, para su dueño, el animal ocupaba un lugar especial: dentro de ese consejo de asesores esotérico-perruno que afirmaba tener, Robert tenía la función de “ver sus fallas y contenerlo emocionalmente a la vez que pelea contra la oscuridad”.

Para mediados de febrero estaba por cumplir ocho años —el tope de vida estimado para perros clonados—. El animal arrastraba un tumor difícil de operar, y Javier conocía los riesgos cuando decidió someterlo a una cirugía en la clínica Burgess, en San Isidro. El perro sobrevivió a la intervención, pero murió en la recuperación en menos de 48 horas. ¿Será reemplazado por otro clon? Como contó este medio, en abril del año pasado el Presidente volvió a clonar a Conan y, tras pagar 50 mil dólares, llegó “Junior”.

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