Dante Gebel vivió 72 horas frenéticas en el país. Llegó el martes 21; protagonizó varios cafés con políticos, empresarios, sindicalistas y periodistas; concedió un par de entrevistas y tuvo algún breve momento de relax con amigos. El viernes 24, al cierre de esta edición, regresaba a su residencia en California.
Fue el desembarco en Argentina del posible candidato a presidente. No confirmó que se lanzará, pero avisó que está en la vuelta previa: “Me gustaría intentarlo”, dice. Mientras tanto, un equipo de personas poco vinculadas entre sí organiza un operativo de clamor que él deja crecer. En julio, después del Mundial, hará pública su decisión.
Candidato vacío.
No existe un armado claro alrededor de Gebel. Ni siquiera hay una línea discursiva definida que lo respalde. No tomó posiciones sobre las cuestiones políticas más elementales del país. Por ahora es sólo una cáscara. Un nombre.
Eso quedó en evidencia en sus primeras declaraciones mediáticas. “No soy pastor. No soy político”, dijo en una entrevista con Luis Novaresio. Y cuando el periodista le preguntó si estaba más cerca de Cristina Kirchner o de Javier Milei, sostuvo: “De ninguno. Y eso no es ser tibio”.
Sólo ofrece una referencia política cuando le insisten. Dice ser amigo de Nayib Bukele, el presidente de El Salvador. Pero asegura que no está a favor de la “mano dura” que fue el emblema de la gestión del político y empresario salvadoreño. Conclusión: la suya es una propuesta de centroderecha.
Tampoco tiene definiciones económicas claras. Confirma que está armando un equipo para diagramar un plan, pero aún no hay ningún economista reconocido como referencia.
Su equipo actúa desde las sombras y está compuesto por sindicalistas, empresarios, dirigentes políticos y religiosos. En la entrevista en América dio alguna pista sobre quienes trabajan en su campaña prematura: “Son de todos los sectores. Algunos están en funciones y no quiero comprometerlos”, indicó. Y completó: “Tenemos gente del viejo peronismo, del PRO, de la UCEDE y de la Union Cívica Radical. Vamos a gestionar a partir de la integridad, sino cumplen los valores morales, van a ser eyectados”.
Los armadores de su campaña también se encargaron de completar los casilleros de la intensa agenda que desplegó en Buenos Aires. No todo contacto fue exitoso: muchos políticos rechazaron la propuesta. Un gobernador del centro del país recibió la invitación para reunirse con Gebel de parte de un diputado por la Ciudad y le respondió: “Mira, todavía no sé ni qué piensa”, para declinar la oferta. “Además no es el momento”, completó. Solo un mandatario provincial tuvo contacto: el cordobés Martín Llaryora.
En construcción.
El operativo de clamor incluyó la colocación de carteles en Capital con su cara, los colores celeste y blanco y un eslogan grandilocuente: “Argentina te necesita”.
El espacio en el que trabajan se llama Consolidación Argentina. Es la multisectorial que viene construyendo una estructura para contener al candidato y armando actos incluso sin él, por si finalmente Gebel se decide a dar el paso.
En privado, asegura que su familia no quiere que se meta, pero que cree que es lo correcto. En público, agrega: “Estoy en una lucha con mi deber cívico. Tengo la vida resuelta. Buscar reconocimiento en política es una falacia”, dice. Y sigue: “Si no me meto… ¿no será que esa omisión hace que sigan en el poder los canallas, esos que por default están ahí?”.
Su candidatura se va a construir desde el evangelismo, es su fuerte. Pero asegura que no quiere llevar el evangelismo a la política. Además, tiene que despegarse un poco para crecer.
De todos modos, para fin de año organiza un evento en River que llamará Superclásico de la juventud. Incluso sueña con llenar dos estadios, algo impensado para cualquier político en la actualidad.
Gebel juega al misterio, pero tiene claro el objetivo: “Todavía no”, dice cuando lo apuran. Sólo es cuestión de tiempo.


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