La planificación de una operación de escolta de Estados Unidos en el Estrecho de Ormuz aparece como una de las misiones navales más riesgosas de las últimas décadas, por la conjunción de tácticas asimétricas iraníes, la posible utilización de minas, lanchas rápidas y misiles, y la incertidumbre sobre el efecto real que tendría la protección militar en la reactivación del tráfico petrolero en uno de los corredores energéticos más sensibles del mundo.
Según el contralmirante retirado Mark Montgomery, ex comandante de un grupo de ataque de portaaviones estadounidense, la formación de un convoy actual probablemente incluiría dos destructores —cada uno con alrededor de 310 marineros— escoltando entre dos y cuatro petroleros.
Un buque cisterna comercial podría encabezar la columna debido a su doble casco y mayor resistencia ante explosiones de minas, mientras los destructores aportarían defensa contra misiles y drones, capacidades antisubmarinas y funciones antiminas limitadas.
Las naves se separarían en intervalos de 2,4 a 3,2 kilómetros, y la disposición táctica se adaptaría para reducir puntos ciegos y reforzar la protección frente a posibles ataques desde la costa iraní.
Montgomery explicó a The Financial Times que combinaría buques mercantes y de guerra en la formación, orientando a estos últimos hacia la costa iraní para evitar que algún petrolero quede entre una amenaza iraní y un buque de guerra estadounidense.
La amenaza más inmediata y difícil de neutralizar son las lanchas rápidas iraníes, que pueden operar cargadas de explosivos como embarcaciones suicidas; por su pequeño tamaño y gran cantidad, se esconden en túneles, hangares, garajes o ensenadas disimuladas a lo largo del litoral iraní.
El almirante retirado James Stavridis, quien comandó buques de guerra estadounidenses en el Golfo, señaló: “Debido a su pequeño tamaño y gran número, pueden estar dispersas y probablemente se encuentren en túneles, grandes garajes, hangares y aparcamientos. No están alineadas ordenadamente en filas en campo abierto, esperando el impacto de una bomba”. El vicealmirante retirado John Miller, ex comandante de las fuerzas navales estadounidenses en Oriente Medio, advirtió que esta dispersión constituye “un problema que realmente debemos afrontar”, y enfatizó que la localización y el seguimiento de estos botes exigirían un gran esfuerzo de vigilancia e inteligencia.
La defensa estadounidense contempla el empleo de aviones A-10 Warthog para detectar y destruir esas embarcaciones. No obstante, exfuncionarios citados por The Financial Times admitieron que es difícil verificar si se han eliminado suficientes unidades como para garantizar la seguridad de los convoyes.
A los destructores se sumaría el apoyo aéreo de cazas F-15, F-16 y F-18, equipados con misiles para enfrentar eventuales ataques coordinados de drones iraníes.
Estados Unidos mantiene 14 destructores desplegados en la región, seis de los cuales integran grupos de ataque de portaaviones con obligaciones adicionales. De una flota de aproximadamente 74 destructores estadounidenses, solo un tercio está desplegado mundialmente en este momento; otro tercio se prepara para futuras misiones y el resto permanece en mantenimiento. Según un ex funcionario de defensa, “en este momento, no hay mucha flexibilidad para enviar muchos más buques a esa misión”.
La viabilidad de la operación también depende de la llegada del USS Tripoli, un buque de asalto anfibio con 2.200 infantes de marina que viene desde Japón; su arribo se espera para fines de la próxima semana, según Mark Cancian, exfuncionario del Pentágono y miembro del Center for Strategic and International Studies.
El éxito de la operación está asimismo condicionado por las capacidades y limitaciones de los dragaminas estadounidenses, que abrirían paso limpiando el área. Al carecer de sistemas integrados de defensa aérea de alto nivel, necesitarían escolta propia. En los últimos días, las fuerzas estadounidenses atacaron buques minadores, fábricas y depósitos iraníes y, el martes, lanzaron bombas antibúnker de 2.268 kg sobre posiciones costeras con misiles de crucero antibuque.
Donald Trump declaró en redes sociales el martes: “Ya no ‘necesitamos’ ni deseamos la asistencia de los países de la OTAN; ¡NUNCA LA NECESITAMOS!”, pese a haber solicitado previamente su apoyo. No obstante, la ayuda internacional parece limitada y los planes aliados europeos solo consideran una posible intervención en una fase posterior al conflicto, lo que aumenta la probabilidad de que Estados Unidos enfrente en solitario la maniobra de escolta.
El inicio de escoltas navales no asegura la reactivación del transporte comercial. Un asesor del sector marítimo resumió la escasa expectativa con la frase: “No conozco a nadie que cuente con ello”. El riesgo elevado, junto a las primas de seguro extraordinarias que deben pagar los buques, influye en las decisiones comerciales más que la protección militar. Evangelos Marinakis, naviero griego, afirmó: “Hemos dejado claro a todas las partes que, a menos que veamos avances significativos en cuanto a una escolta militar creíble, no consideraremos operar en la zona”.
El episodio más grave entre operaciones previas ocurrió en 1988, durante la escolta del USS Samuel B. Roberts: una mina iraní dañó gravemente el buque, abrió un agujero de casi tres metros en el casco y provocó un incendio a bordo, con diez marineros heridos.
Hoy ese suceso lo recuerdan los planificadores navales estadounidenses como un ejemplo de los riesgos militares y políticos. Ex altos funcionarios de defensa dijeron a The Financial Times que el nivel de amenaza en la región continúa siendo demasiado elevado.
La vulnerabilidad estructural de los buques estadounidenses frente al armamento asimétrico iraní, junto con la multiplicidad de drones, misiles y embarcaciones suicidas no tripuladas, dificulta evaluar las condiciones de seguridad.
El ex funcionario de defensa citado destacó: “Los altos mandos militares han estado diciendo que las condiciones no son las adecuadas para iniciar una operación de escolta en este momento”. Para un eventual lanzamiento formal de la misión, “mayores garantías” serían necesarias respecto a que las amenazas de Irán estén “básicamente neutralizadas o destruidas”.
Si los comandantes estadounidenses estiman que la capacidad ofensiva iraní ha quedado en niveles “tolerables”, la operación podría ponerse en marcha, aunque siguen existiendo dudas sobre su eficacia y su repercusión en el mercado global de hidrocarburos.
El precedente más inmediato de una operación similar data de julio de 1987, cuando cinco buques de guerra y dos mercantes —incluido el petrolero Bridgeton— integraron el primer convoy estadounidense para escoltar naves a través del Estrecho de Ormuz.
Ese convoy sufrió el impacto de una mina iraní que abrió un agujero en el casco del Bridgeton; pese a ello la nave continuó su travesía y, de hecho, actuó como dragaminas improvisado para el resto de los buques. Las escoltas posteriores transcurrieron sin mayores incidentes hasta que, en la vigésima quinta misión, el destructor USS Samuel B. Roberts fue alcanzado y debió ser reparado antes de volver al servicio.

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