Gobierno y oposición discuten medidas para impedir que el Mar del Norte recupere su pasado de depredadores

Hace unos 5 millones de años, el actual Mar del Norte fue escenario de encuentros entre tiburones gigantes y ballenas, donde se registraron episodios de depredación y carroñeo.

El hallazgo de cráneos fósiles de cetáceos con fragmentos de dientes de tiburón incrustados, publicado en la revista científica Acta Palaeontologica Polonica, aporta una de las pruebas más directas de estas interacciones en el antiguo mar europeo. Los restos, hallados en la Formación Kattendijk, un yacimiento fósil, muestran una dinámica muy distinta a la que hoy caracteriza esas aguas.

Se recuperaron dos cráneos fosilizados de ballenas en yacimientos de Bélgica, ambos con trozos de dientes de tiburón incrustados en el hueso. Este descubrimiento va más allá de las marcas de mordedura habituales y constituye una “huella dactilar” del depredador, que permite reconstruir, con precisión, episodios concretos entre tiburones y cetáceos.

El primer cráneo pertenece a una pequeña ballena franca primitiva, de menos de cinco metros de longitud; el segundo corresponde a un pariente de las actuales belugas. Ambos vivían en un ecosistema marino que ya no existe.

El análisis de los fósiles documenta cómo distintas especies de tiburón interactuaron con, al menos, dos tipos de ballenas. En el caso de la ballena franca, el diente incrustado pertenece a un tiburón de seis branquias, una especie que todavía existe aunque con una distribución distinta. Las marcas en el hueso indican que ese tiburón se alimentó de un cadáver flotante, probablemente boca arriba, en un patrón carroñero similar al observado en tiburones modernos.

En cambio, el cráneo del pariente de la beluga presenta señales mucho más agresivas, concentradas en la región frontal y asociadas a un posible intento de decapitación o desmembramiento por parte de un gran tiburón lamniforme identificado como Carcharodon plicatilis, un pariente extinto del gran tiburón blanco.

Durante décadas esos fósiles permanecieron en colecciones científicas sin revelar su verdadero potencial. Solo con la aplicación de tomografía computarizada (micro-CT) el equipo liderado por el paleontólogo belga Olivier Lambert pudo examinar el interior del hueso sin causarle daño.

Gracias a esa técnica se identificaron con claridad los fragmentos de dientes de tiburón, rotos durante el ataque y atrapados en el hueso de las ballenas. Esto permitió distinguir episodios de carroñeo de ataques activos, aportando detalles inéditos sobre la relación entre estos grandes animales marinos.

La diferencia esencial entre los dos cráneos analizados radica en el tipo de interacción: el primero ilustra un episodio de carroñeo, en el que el tiburón se alimentó de un animal ya muerto; el segundo muestra un ataque directo y violento, posiblemente coordinado, contra un individuo vivo.

Estos hallazgos sugieren que los encuentros entre tiburones y ballenas no seguían un único patrón, sino que variaban según la especie y la situación, reflejando estrategias de supervivencia diversas en el ecosistema marino del Plioceno.

Hoy resulta difícil imaginar encuentros de este tipo en el Mar del Norte. Hace entre 5 y 4 millones de años esas aguas eran más cálidas y alojaban una mayor biodiversidad, incluidos grandes tiburones depredadores y una fauna de cetáceos más abundante.

En la actualidad ni el tiburón de seis branquias ni los grandes lamniformes dominan la región, consecuencia de la evolución de los ecosistemas marinos, los cambios en la disponibilidad de presas y el enfriamiento progresivo del océano respecto a épocas pasadas.

El estudio plantea preguntas sobre el presente y el futuro del Mar del Norte. Si cambios ambientales pasados —como el enfriamiento global, la redistribución de nutrientes marinos y la variación de corrientes oceánicas— alteraron la distribución de grandes depredadores, fenómenos análogos podrían ocurrir hoy con el calentamiento global y la redistribución de especies ligada a la actividad humana y al aumento de las temperaturas oceánicas.

Los científicos plantean que el Mar del Norte podría volver a albergar grandes tiburones si las temperaturas y las poblaciones de presas modifican su equilibrio, lo que evidencia que los ecosistemas marinos se transforman constantemente y que la relación entre depredadores y presas sigue siendo un eje central de esa dinámica.

En paleontología es común hallar huesos con marcas de mordeduras, pero localizar fragmentos de dientes de tiburón incrustados directamente en el hueso es excepcional. Este tipo de evidencia permite reconstruir interacciones entre especies con un grado de precisión poco frecuente, identificando tanto al depredador como a la presa.

Los dos cráneos fosilizados de ballenas del Plioceno representan verdaderas “instantáneas” de dramas ocurridos hace millones de años y ofrecen una ventana singular al pasado, cuando el norte de Europa estaba habitado por tiburones gigantes y ballenas.

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