Bayt: el perverso sistema secreto que aún controla Irán y sus métodos de poder

Cuando las fuerzas norteamericanas e israelíes convirtieron en escombros el complejo del Bayt-e-Rahbari en Teherán, el 28 de febrero de 2026, pareció que el corazón del régimen iraní había sido destruido. Con el edificio falleció el Ayatollah Alí Khamenei, Líder Supremo de la República Islámica durante 36 años. Sin embargo, el régimen no colapsó: designó un sucesor y mantiene en funcionamiento su aparato represivo. No se trataba solo de un búnker: el Bayt-e-Rahbari es una red. Y esa red sigue operando.

Se alzaba en pleno corazón de Teherán

Desde hace más de tres décadas, el Bayt-e-Rahbari (en farsi, “Casa del Líder Supremo”) es la institución más poderosa de Irán, aunque permanece desconocida para la mayoría fuera de los círculos de análisis especializados.

Saeid Golkar y Kasra Aarabi, investigadores de la organización estadounidense United Against Nuclear Iran (UANI), publicaron el primer estudio académico exhaustivo en inglés sobre esa estructura, basado en fuentes primarias en persa obtenidas desde el interior del régimen. Su conclusión es tajante: el Bayt es “el sistema nervioso secreto de la República Islámica”.

Según la investigación, el Bayt, bajo dominio de Alí Khamenei, llegó a tener más de 4.000 empleados en su núcleo central y otros 40 mil representantes distribuidos por todo el aparato estatal iraní. Cada ministerio cuenta con su contraparte en el Bayt: una oficina paralela con autoridad efectiva para supervisar, bloquear o redirigir decisiones.

El análisis del think tank estadounidense Council on Foreign Relations (CFR) confirma esa interpretación: son las estructuras del Bayt, y no los órganos formales del Estado, las que aseguran que la autoridad del Líder Supremo se ejerza en la práctica, aun cuando él esté físicamente ausente.

En el islam chiita, el Bayt es la oficina que un gran clérigo —un marja— establece para gestionar sus pronunciamientos religiosos y atender a sus fieles. Por tradición, los hijos del clérigo suelen administrar esa oficina. Según Neil MacFarquhar en el NYT, cuando Khomeini murió en 1989, su Bayt era modesto: apenas unas pocas docenas de personas.

Ali Khamenei lo heredó con un problema estructural grave: a diferencia de su predecesor, no era reconocido como marja por la jerarquía clerical de Qom y muchos lo miraban con escepticismo religioso. Su respuesta fue construir poder institucional donde le faltaba autoridad espiritual. Apenas dos meses después de asumir, reconfiguró su Bayt, nombrando clérigos con perfiles de seguridad y militares en lugar de religiosos. “El Bayt se transformó en un gigante político, paralelo a los tres poderes del Estado y a la burocracia estatal”, documentaron Golkar y Aarabi.

El resultado fue un aparato de control sin precedentes. El Bayt no solo supervisa al gobierno electo: controla los seminarios religiosos de Qom mediante un consejo que el ayatollah integraba personalmente, designa representantes en cada universidad del país para monitorear a docentes y alumnos, y, a través de sus ramas militares, administra los ascensos de todos los oficiales por encima del rango de brigadier.

El perfil más revelador dentro del Bayt es el de Mojtaba Khamenei, segundo hijo del abatido Líder Supremo y hoy su sucesor. Golkar y Aarabi lo describen en su informe como alguien que ya ejercía funciones de “mini Líder Supremo” dentro del Bayt años antes de serlo formalmente.

Un cable diplomático estadounidense del año 2008, filtrado por la plataforma internacional de filtraciones WikiLeaks, lo identificaba con precisión: “Mojtaba también tiene, según los reportes, un rol central de supervisión de ‘todos’ los asuntos políticos y de seguridad manejados por la oficina del Líder Supremo”.

Otro cable de la misma serie lo definió con una frase que quedó como marca registrada entre los analistas del régimen: “El poder detrás del turbante”. Mojtaba Khamenei comandaba, de hecho, la red conocida como el Anillo Habib —integrada por miembros de su antiguo batallón de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI)—, que operaba como brazo informal de inteligencia del Bayt.

Los episodios documentados son numerosos. En 2005, el candidato presidencial Mehdi Karroubi acusó a Mojtaba de haber fabricado la victoria electoral de Mahmoud Ahmadinejad. En 2009, según el estudio de United Against Nuclear Iran, coordinó personalmente con comandantes de la Guardia Revolucionaria la represión de los manifestantes de la Revolución Verde, decidiendo desde el Bayt cómo la Guardia aplastaría las protestas en las calles. Y en 2015, ordenó al presidente del Parlamento que ratificara el acuerdo nuclear en apenas 20 minutos…

Quizá el aspecto menos visible —y más determinante— del Bayt es su control sobre la economía. La estructura no actúa mediante ministerios formales, sino a través de una constelación de fundaciones paraestatales conocidas como bonyads, que responden directamente al Líder Supremo y no al gobierno electo.

La más relevante es Setad, creada en 1989 para administrar propiedades “abandonadas” tras la revolución. Una investigación de la agencia Reuters, de hace más de una década, estimó en aproximadamente USD 95.000 millones sus activos, obtenidos sistemáticamente mediante órdenes judiciales que confiscaban propiedades de quienes habían huido del país.

La segunda gran pieza es la Bonyad-e Mostazafan (BMEE). El Tesoro de Estados Unidos, al sancionarla en 2020, la describió como un conglomerado con 160 subsidiarias que abarcan aerolíneas, cadenas hoteleras, industria automotriz, banca, medios y energía. Una tercera entidad, Astan-e Quds Razavi —custodia del santuario del Imam Reza en Mashhad— controla más de 70 empresas y fue sancionada por el Tesoro en enero de 2021.

Para entender la República Islámica sin perderse en su complejidad, conviene imaginarla como tres capas superpuestas.

La primera es el Estado formal, lo que aparece en los noticieros: un presidente electo, un Parlamento de 290 escaños, un poder judicial. Pezeshkian conversa con los ministros, el Majlis vota presupuestos y los jueces dictan sentencias. Sin embargo, ninguna de estas instituciones posee poder autónomo real.

La segunda capa es el Estado clerical, que condiciona todo: el Líder Supremo vitalicio, la Asamblea de Expertos que lo elige y la Guardia Revolucionaria que ejecuta su voluntad coercitiva. El Líder controla las fuerzas armadas, el CGRI, la policía y los medios; su autoridad está consagrada en el artículo 110 de la Constitución.

La tercera capa es el Bayt-e-Rahbari, que atraviesa todo lo anterior. Son sus decenas de miles de hombres los que garantizan que cada decisión importante sea consistente con la voluntad del Líder: desde un contrato petrolero hasta el resultado de una elección presidencial.

“El Líder Supremo de hoy ya no es solo un hombre; está representado a través de una institución omnipresente que consolida el poder, gestiona la sucesión y garantiza la continuidad”, explican Golkar y Aarabi.

Desde Occidente, la ecuación se complejiza tras la eliminación del ayatollah: el objetivo real pasó a ser debilitar al Bayt como institución y no solamente destruir sus figuras visibles.

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