
El papa León XIV dio su primer discurso oficial en el país en el Palacio Libertad este domingo por la tarde. El evento sirvió como la recepción institucional principal de su visita apostólica a la Argentina.
El encuentro se produjo inmediatamente después de la reunión privada que el pontífice mantuvo con el presidente Javier Milei en la Casa Rosada y de haber recibido las llaves de la ciudad de manos del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. Fue un acto multipartidario que congregó en un salón colmado a todo el arco político y social de la Argentina: estuvieron presentes ministros del gabinete, legisladores de, gobernadores, jueces, empresarios, diplomáticos y el expresidente Mauricio Macri.
PUBLICIDAD
Antes de las palabras del papa, el presidente Milei pronunció un breve mensaje de bienvenida en el que destacó la unidad nacional lograda para el evento y recordó especialmente al fallecido papa Francisco como “el argentino más importante de la historia”.
El discurso completo de León XIV
Señor presidente de la República, distinguidas autoridades y miembros del cuerpo diplomático, señoras y señores, me alegra profundamente encontrarme hoy en esta querida tierra argentina. Agradezco, señor presidente, las cordiales palabras que ha tenido a bien dirigirme y la acogida que, por medio de usted, me brinda su pueblo. Saludo también a los miembros del cuerpo diplomático y a las demás autoridades aquí presentes y extiendo con afecto mi saludo a todos los argentinos. He venido como sucesor del apóstol Pedro y por ello como pastor. Deseo encontrarme con la Iglesia que peregrina en esta tierra y dirigirme asimismo a toda la nación y a quienes han recibido la tarea de servirla. La Iglesia acompaña la vida de los pueblos desde la misión que le ha sido confiada. Por eso, también ante quienes ejercen responsabilidades públicas, desea ofrecer una palabra inspirada en el Evangelio y orientada a custodiar la dignidad de cada persona, la concordia y el bien común.
PUBLICIDAD
Mi llegada a esta tierra tiene para mí un significado particular. Durante doce años la Iglesia universal escuchó la voz de un pontífice argentino que llevó consigo en la memoria y en el corazón. Llevó consigo en la memoria y en el corazón los lugares, las personas y la fe que aquí recibió. Hoy, al sucederle en el ministerio petrino, recorro en cierto modo el camino inverso y vengo a la patria donde el papa Francisco comenzó una historia que después habría de entrelazarse con toda la Iglesia. Acercarme a la tierra en la que él creció es también acercarme a una historia mucho más amplia, hecha de generaciones de hombres y mujeres que antes y después de él han recibido esta patria y han dejado en ella algo de sí mismos. Algunos nacieron aquí, otros llegaron desde lejos y encontraron un hogar. Otros pertenecen a pueblos originarios cuya presencia precede al nacimiento de la nación. De ese encuentro entre procedencias y experiencias diversas fue tomando forma con el paso del tiempo un pueblo que ha sabido abrir sus puertas, hacer espacio a quien llegaba y conservar, aun en medio de momentos difíciles, una notable capacidad para levantarse y seguir hacia adelante. Todos han contribuido a la Argentina que hoy tengo la alegría de visitar. Ninguna generación comienza la patria desde cero. La recibe. La recibe en una lengua y en unos vínculos que la preceden, en instituciones que otros fundaron y en bienes que fueron creciendo gracias al trabajo de muchos. La historia guarda motivos de gratitud y también recuerdos dolorosos.
A cada generación corresponde discernir aquello que merece ser conservado, afrontar las consecuencias injustas del pasado y acrecentar el patrimonio material y espiritual común. La patria que hoy está en manos de ustedes será mañana la herencia de otros. La cultura ofrece algunas de las manifestaciones más características de esa herencia. Argentina ha sabido expresarse con una voz reconocible mucho más allá de sus fronteras. En el Martín Fierro de José Hernández, en las páginas de Jorge Luis Borges y de tantos escritores que han enriquecido la lengua española con acentos rioplatenses. En el tango, nacido del encuentro de barrios, puertos y procedencias diversas. De igual forma lo ha hecho en la música y las tradiciones del interior, en el teatro y también en gestos cotidianos tan sencillos como el mate compartido, que convierte una pausa en ocasión de conversación y cercanía. Son expresiones distintas de una misma memoria colectiva recibida de generaciones anteriores y confiada también a la creatividad de quienes vienen después. En esa herencia se encuentra profundamente arraigada la fe cristiana. Su huella atraviesa la memoria de la nación y permanece viva en innumerables argentinos que han encontrado en el Evangelio una fuente de sentido, esperanza y fraternidad. Compartir una misma herencia exige también aprender a convivir, aun cuando existan diferencias de pensamiento. La historia enseña cuánto puede crecer un pueblo cuando sus diferencias se convierten en ocasión de diálogo y encuentro. Por eso, la democracia pertenece también a esa herencia que debe ser custodiada. Elegir a los propios gobernantes mediante el sufragio, participar en la vida pública, expresar con libertad las propias convicciones, confiar en la ley y reconocer en las instituciones un espacio común son bienes que se afianzan con el tiempo y que cada generación está llamada a cuidar y fortalecer. La democracia se fortalece también en la manera cotidiana de actuar en la vida pública, en la disposición a escuchar, en el cuidado de la palabra, en la búsqueda paciente de acuerdos y en la capacidad de reconocer en quien piensa de manera distinta a un compatriota con quien se comparte un mismo destino. De ese modo, se forja una confianza que permite a una sociedad afrontar sus diferencias sin perder la conciencia de aquello que la mantiene unida. A quienes han recibido responsabilidades públicas les corresponde una tarea especialmente exigente. La autoridad alcanza su sentido más alto cuando se ejerce como servicio, cuando sabe mirar más allá de lo inmediato y cuando pone sus capacidades al cuidado de aquello que pertenece a todos. Quien ejerce la autoridad tiene también el deber de actuar con prudencia, reconocer los límites del poder. Reconocer los límites del poder que le ha sido confiado y orientar sus decisiones hacia el bien de toda la comunidad. El bien común al que sirve la autoridad debe poder percibirse también en las condiciones concretas de la vida cotidiana.
PUBLICIDAD
La familia, célula básica de la sociedad, ocupa aquí un lugar esencial. En ella, cada persona aprende a descubrir que su vida está unida a la de otros y que también es responsable de ellos. En el hogar se nos enseña a cuidar al débil, a perdonar, a compartir y a permanecer junto a quien necesita ayuda. Y allí también muchos hombres y mujeres reciben las primeras semillas de la fe. Por ello, una de las condiciones más elementales es poder vivir del propio trabajo. Esta tierra conoce bien el valor del esfuerzo de quienes se ganan la vida en el campo y en las ciudades, en los talleres, en las escuelas y en los hospitales, de quienes emprenden y de quienes cada día sostienen sus hogares. El trabajo permite a una persona sustentar a los suyos, desarrollar sus capacidades y saberse partícipe de la construcción de la patria. Por eso, corresponde favorecer cuanto abra oportunidades, estimule la iniciativa privada y permita que el crecimiento alcance también a quienes encuentran mayores dificultades. Pienso de manera particular en las familias que llevan sobre sí el peso de la incertidumbre, en quienes buscan trabajo, en los ancianos que han contribuido durante años a construir la sociedad. Y en quienes, aun trabajando, tienen dificultades para cubrir las necesidades de su hogar. La economía debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de la economía. Argentina posee muchos recursos humanos. Hacer fructificar esa riqueza en beneficio de todos exige prestar particular atención a los jóvenes. De las oportunidades que encuentren hoy dependerá en buena medida que puedan desarrollar aquí sus proyectos de vida. Una nación debe preguntarse seriamente en qué ha fallado cuando sus jóvenes deben abandonar su tierra para realizar sus sueños. Crear las condiciones para que puedan proyectar libremente su vida en Argentina exige robustecer de manera particular la educación, la formación profesional, la universidad y la investigación. A lo largo de su historia, esta nación ha procurado extender la instrucción a sectores cada vez más amplios de la sociedad. Gracias a ese esfuerzo, generaciones de argentinos han podido cultivar sus capacidades y contribuir al desarrollo del país desde los más diversos oficios y profesiones. Preservar y fortalecer esta vocación educativa exige ofrecer a los jóvenes una formación que les permita descubrir sus talentos, desarrollarlos y ponerlos al servicio de los demás.
Esta tarea requiere también confiar en los jóvenes, reconocer su capacidad de iniciativa y abrir espacios donde puedan aportar sus ideas y asumir responsabilidades. La nación necesita contar desde ahora con su inteligencia, su creatividad y su participación. Ese horizonte suscita otra pregunta: ¿qué lugar ocupan en nuestras decisiones quienes todavía no han nacido?
PUBLICIDAD
Antes de preguntarnos qué mundo les dejaremos, debemos reconocer su dignidad. Nuestra responsabilidad hacia las generaciones venideras comienza por acoger la vida desde sus primeros instantes. Y custodiarla hasta su término natural. La misma dignidad reclama especial atención en la enfermedad, la dependencia y la discapacidad.
También entonces corresponde cuidar, aliviar el sufrimiento, acompañar y hacer sentir a cada persona que su vida conserva siempre un valor que ninguna circunstancia puede disminuir. Esa responsabilidad para con el género humano se refiere también al cuidado de la tierra. Argentina ha sido bendecida por Dios con una extraordinaria riqueza natural. Sus campos, sus reservas de agua, sus fuentes de energía, sus minerales y la diversidad de sus ecosistemas ofrecen amplias posibilidades de desarrollo. Una ecología auténticamente humana sabe unir el cuidado de la creación al de las personas, procurando que el aprovechamiento de estos recursos contribuya al bienestar de las comunidades y preserve las condiciones que hacen posible la vida y el trabajo de sus territorios.
PUBLICIDAD
Los rápidos avances tecnológicos abren a su vez posibilidades que hace pocos años apenas podían imaginarse. Plantean también interrogantes de gran alcance, especialmente en relación con la inteligencia artificial. La medicina, la educación, la producción y la investigación cuentan hoy con instrumentos capaces de transformar profundamente la vida humana. Estos avances exigen considerar las consecuencias de su aplicación y las responsabilidades de quienes deciden cómo utilizarlos. El desarrollo tecnológico necesita una conciencia ética a su altura. Muchas de esas responsabilidades exceden el ámbito de un solo Estado. Los grandes ríos unen territorios, los ecosistemas se prolongan de un país a otro. La energía, los alimentos, el conocimiento y los movimientos de las personas crean vínculos que desbordan las fronteras. Pensar el futuro de Argentina lleva también, por ello, a mirar hacia los pueblos con los que comparte este continente. América del Sur posee una gran riqueza humana y natural, y sus pueblos comparten lazos históricos y tradiciones culturales que ofrecen un amplio campo para la cooperación. Argentina puede contribuir a ese esfuerzo con su experiencia y sus capacidades. Fortalecer los espacios de encuentro y de colaboración es una manera de asumir juntos las responsabilidades que ningún país puede afrontar por separado. Esa cooperación resulta igualmente necesaria frente a graves amenazas: el crimen organizado, las redes de trata de personas, el tráfico de armas y drogas, así como la corrupción, dañan la convivencia, alimentan la violencia y desvían recursos necesarios para el bien común. Frente a esas realidades, son indispensables la acción coordinada entre los Estados y la solidez de las instituciones. Esa solidez depende también de la integridad personal de quienes han recibido la responsabilidad de gobernar, pues la corrupción erosiona la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.

Ese esfuerzo común encuentra una de sus expresiones más altas en el servicio a la paz. Los legítimos intereses de cada nación han de defenderse mediante el diálogo, el respeto al derecho y la búsqueda perseverante de acuerdos. América del Sur ha sabido encontrar, en momentos difíciles de su historia, caminos de negociación y entendimiento para superar graves tensiones. Argentina está llamada a preservar esta voluntad de diálogo y contribuir a que siga dando frutos. A esta responsabilidad común quiere colaborar también la Iglesia. Su presencia en Argentina forma parte de una historia que se extiende por toda América. Durante siglos, la Iglesia ha acompañado a los pueblos del continente anunciando el Evangelio y celebrando la fe, educando, atendiendo a los enfermos, permaneciendo junto a los pobres, acompañando a las familias y promoviendo la paz y la reconciliación. Esa misión nace del amor de Cristo, que derramó su sangre por todos y continúa hoy en las parroquias y comunidades llamadas a mantener abiertas sus puertas para que cada persona pueda encontrar en ellas acogida y cercanía. Expresa en pocas palabras la invitación universal del Evangelio, que alcanza a cada persona y la llama al encuentro con Cristo y a la conversión. De esa acogida nace también el envío. Vayan y anuncien. Ese mandato sigue dando fruto en las escuelas y universidades, en las iniciativas sociales y en el testimonio cotidiano de tantos hombres y mujeres que ponen su fe al servicio de los demás. Hay bienes que una sociedad necesita y que ninguna política pública puede producir por sí sola. La confianza, el perdón, la disposición a servir y la conciencia de que la propia vida tiene un sentido que supera el éxito o la utilidad, se cultivan en la conciencia personal y en la vida de las familias y las comunidades. La fe alimenta y sostiene estos bienes. Por ello, la Iglesia desea permanecer cerca de la nación argentina, vivir la caridad compartiendo sus cargas y sus alegrías y ofrecerle la esperanza que nace del Evangelio.
PUBLICIDAD
Al mirar el camino recorrido por esta nación, vuelve la imagen que ha acompañado estas palabras. Cada generación recibe una patria que otros han puesto en sus manos. Durante un tiempo le corresponde habitarla, servirla y hacerla crecer. Después deberá entregarla. Sí, como cantaba Gardel, es un soplo la vida, pero perdura el bien. Perdura el bien que cada generación haya sabido custodiar y transmitir. Y la fe nos invita a mirar todavía más lejos hacia la felicidad eterna a la que Dios nos llama. Queridos argentinos, en sus manos descansa hoy una parte importante de esa responsabilidad. El extraordinario patrimonio que poseen les permite mirar el futuro con confianza. Corresponde ahora hacer fructificar cuanto han recibido y mantener vivo aquel propósito de constituir la unión nacional proclamado en el preámbulo de su constitución. Que quienes vengan después reciban una patria unida a la altura de su historia y de las posibilidades que encierra. Mi pensamiento se dirige finalmente a Nuestra Señora de Luján, custodia silenciosa de su memoria. Ante su imagen han acudido generación tras generación, madres y padres, trabajadores, jóvenes y ancianos de todos los rincones del país, llevando consigo las preocupaciones y las esperanzas de su tiempo. A esas oraciones quiero unir hoy también la mía y deseo hacerlo con las palabras que el papa Francisco pronunció pensando en ustedes. Que el Señor los haga crecer como pueblo. Se lo pido al Señor de corazón, por intercesión de María Santísima de Luján, que ella siga velando por esta tierra, cuide de cada uno de sus hijos y los mantenga siempre cerca de Jesús. Que Dios bendiga a Argentina y a todos sus habitantes. Muchas gracias.

Leave a Reply