El primer ministro Benjamín Netanyahu llegó a estas elecciones después de la mayor catástrofe de seguridad de la historia de Israel, con guerras en varios frentes, una sociedad exhausta y una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad. Sin embargo, volvió a ocupar el centro de la disputa política. Con casi 19 años acumulados al frente del Gobierno, en distintos períodos, sigue siendo el dirigente alrededor del cual se organiza buena parte de la política israelí.
Las proyecciones electorales apuntan a que su coalición perdería la mayoría parlamentaria, pero sus adversarios no consiguieron construir una alternativa capaz de desplazarlo. El resultado expone una característica central de su liderazgo: la capacidad de resistir crisis que habrían puesto en jaque a otros dirigentes. El desgaste existe, pero hasta ahora no alcanza para desarticular el entramado político que sostiene su poder.
El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 parecía haber comprometido definitivamente su futuro. La masacre expuso fallas profundas de inteligencia y defensa y puso en cuestión la doctrina de seguridad sobre la que Netanyahu había construido su legitimidad. Investigaciones periodísticas recientes revelaron que autoridades egipcias habían advertido sobre un posible ataque. El mandatario negó haber recibido esas advertencias y atribuyó las fallas a los organismos de seguridad. La responsabilidad política por lo ocurrido sigue siendo uno de los principales puntos de conflicto.
La disputa por el poder en Israel
Durante años, el primer ministro se presentó como el dirigente capaz de garantizar la seguridad de Israel. El 7 de octubre demolió esa promesa, pero la respuesta militar posterior modificó las prioridades de una parte del electorado. La capacidad de golpear a sus adversarios y recuperar la iniciativa regional volvió a ocupar un lugar central en la evaluación de su liderazgo. Para sus partidarios, Netanyahu conserva experiencia y credenciales de seguridad que sus rivales difícilmente pueden igualar.
La guerra en Gaza muestra los límites de esa estrategia. La devastación del territorio palestino, las decenas de miles de muertos y el deterioro de la posición internacional de Israel elevaron los costos de la ofensiva. Sin embargo, el Gobierno no parece haber priorizado la construcción de un orden político palestino autónomo y estable. Su estrategia ha mantenido como objetivos centrales la seguridad bajo control israelí y la eliminación de Hamás como fuerza militar y de gobierno, sin una solución política duradera para el territorio.
Al mismo tiempo, la expansión de los asentamientos en Cisjordania y el respaldo de los socios ultranacionalistas de Netanyahu a la anexión de territorio palestino reducen todavía más el espacio para una solución de dos Estados. La guerra no solo representa un problema militar sino que también favorece una transformación territorial que dificulta la soberanía palestina. El costo internacional es creciente, pero el Gobierno conserva apoyo interno entre sectores que consideran prioritario impedir nuevas amenazas contra Israel y respaldan el endurecimiento de la política hacia los palestinos.
La confrontación con Irán reforzó esa lógica, aunque sus resultados están lejos de resolver el problema estratégico. Los ataques estadounidenses e israelíes degradaron capacidades militares y eliminaron figuras centrales del régimen, pero Teherán conservó recursos para responder y prolongar el conflicto. La guerra se convirtió en un enfrentamiento de desgaste, con consecuencias para la seguridad regional, los mercados energéticos y la estabilidad de los países del Golfo. Netanyahu puede reivindicar los golpes militares, pero no ha conseguido eliminar la amenaza que justifica su estrategia.
La relación con Donald Trump añade otra pieza a su poder. Nueve días antes de las elecciones, el presidente estadounidense respaldó explícitamente su reelección. Lo calificó como un “gran primer ministro guerrero” y un socio para la paz en la lucha contra Irán. También sostuvo que, con otro líder israelí, Estados Unidos tendría que afrontar esa tarea por su cuenta. El mensaje reforzó la imagen de Netanyahu como un aliado indispensable de Washington frente a Teherán.
Ese apoyo también tiene una dimensión estratégica. Trump necesita un interlocutor regional capaz de coordinar decisiones militares, pero sus prioridades no coinciden necesariamente con las de Netanyahu. La Casa Blanca puede buscar acuerdos que reduzcan los costos de la guerra, mientras el primer ministro necesita evitar que una negociación limite sus objetivos. La relación ofrece respaldo y capacidad de acción, aunque también crea una dependencia de las decisiones de Washington.
Con el escrutinio todavía incompleto, las proyecciones situaban al bloque de Netanyahu en 53 escaños, frente a 48 de la oposición encabezada por Gadi Eisenkot. La Knéset, el Parlamento unicameral de Israel, tiene 120 bancas y se necesitan 61 para formar gobierno. Como ninguno de los dos bloques alcanza esa cifra, las negociaciones poselectorales serán clave para definir quién logra formar una mayoría.
Los partidos árabes, que representan a cerca del 21 por ciento de la población israelí, podrían obtener 19 escaños, una cifra histórica que los convierte en actores decisivos. Sin embargo, aunque la oposición necesita su respaldo para construir una mayoría, varios de sus dirigentes rechazan gobernar con ellos. La falta de consenso constituye una de las principales ventajas de Netanyahu. Sus adversarios coinciden en la necesidad de desplazarlo, pero no logran ponerse de acuerdo sobre cómo hacerlo.
Esa resistencia tiene un costo político: parte del electorado judío considera incompatible una alianza con los partidos árabes, y varios dirigentes opositores temen pagar un precio electoral por aceptarla. Mientras tanto, Netanyahu aprovecha ese rechazo para presentar cualquier acuerdo como una amenaza a la identidad nacional y profundizar las divisiones que dificultan la construcción de una mayoría alternativa.
De todos modos, el desgaste del primer ministro no ha desaparecido. Las demandas de una investigación estatal sobre los fallos del 7 de octubre, su juicio por corrupción, la violencia de los colonos y el conflicto por las exenciones militares de los ultraortodoxos siguen erosionando su legitimidad. La ultraderecha religiosa le aporta los votos necesarios para sostener su proyecto, pero también condiciona su política hacia los palestinos y dificulta los acuerdos con sectores más moderados.
Una coalición más amplia reduciría su dependencia de la ultraderecha, aunque lo obligaría a negociar con dirigentes que hicieron campaña para desplazarlo. Si las conversaciones fracasan, el bloqueo institucional podría prolongarse y mantenerlo como primer ministro en funciones. Pero ninguno de esos escenarios resolvería las fracturas sociales ni las contradicciones de una estrategia que combina superioridad militar, expansión territorial y ausencia de un horizonte político para los palestinos.
El resultado estas elecciones 2026 expone las contradicciones de la política israelí: Netanyahu perdió fuerza, pero sigue en el centro del poder, mientras la oposición no consigue acordar cómo desplazarlo. Sin mayoría parlamentaria, su continuidad dependerá de unas negociaciones cuyo desenlace sigue abierto. Por ahora, la división de sus adversarios continúa siendo su principal ventaja.


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