Gerardo Bartolomé, de crear un gigante en el negocio de la soja a construir una escuela para 225 chicos: “Tenemos dos países”

Todo empezó con una conversación en un semáforo de San Isidro. Gerardo Bartolomé, fundador de Don Mario, la empresa que dio origen al grupo semillero GDM, conoció allí a Salvador, un hombre que pedía ayuda en una esquina y cuya historia terminó acercándolo a la realidad de las familias vulnerables de un barrio de Tigre. Aquella relación, que comenzó hace 12 años, derivó en un proyecto educativo que el empresario impulsó junto con su esposa, Marcela: la construcción de una escuela primaria que hoy tiene 225 alumnos. Durante una charla en el Rotary Club de Buenos Aires, Bartolomé relató esa experiencia y también dejó varios reclamos para el sector que conoce desde hace más de cuatro décadas: pidió eliminar las retenciones, a las que definió como “una mochila que se le da al sector”, y advirtió que la Argentina pierde oportunidades de inversión en el desarrollo de semillas por la falta de protección de la propiedad intelectual.

Bartolomé y su esposa, Marcela, impulsaron la construcción de una escuela primaria en el barrio Ricardo Rojas, en Tigre, que hoy tiene 225 alumnos
Bartolomé y su esposa, Marcela, impulsaron la construcción de una escuela primaria en el barrio Ricardo Rojas, en Tigre, que hoy tiene 225 alumnosRotary

Bartolomé fundó Don Mario en 1982, en Chacabuco, y dio origen a GDM, una multinacional argentina líder mundial en genética de soja. Según la compañía, el 45% de la soja que se siembra en el mundo tiene genética desarrollada por el grupo, que emplea a unos 4500 trabajadores. Hace cuatro años, su hijo Ignacio asumió la conducción.

Durante el encuentro, sin embargo, Bartolomé eligió hablar de las dificultades que enfrentan muchas familias argentinas y de cómo comenzó a involucrarse en un proyecto educativo en Tigre. “Tenemos dos países, un país como este y otro país donde nuestra gente la pasa mal, sufre, no tiene acceso a un montón de recursos”.

El comienzo

La historia comenzó en la esquina de Centenario y Diego Palma, en San Isidro, donde habitualmente veía a Salvador, un hombre que había trabajado como camionero y pedía ayuda en los semáforos. “Nos cautivó con su sonrisa, con su forma de hablar, por sus consejos”, recordó. Tanto disfrutaba conversar con él que, según contó, trataba de que el semáforo estuviera en rojo para compartir unos minutos de charla. “Hasta que un día digo, ¿por qué no estaciono y me pongo a hablar con Salvador?”, relató. Con el tiempo, junto con su esposa, Marcela, decidió visitar a la familia de Salvador en el barrio Ricardo Rojas, en Tigre. Allí conocieron a su hija y sus cinco nietos, que vivían en condiciones precarias, sin servicios básicos y con problemas de escolaridad y adicciones.

A partir de esa relación conocieron al padre Jaime Morea, párroco de la iglesia San Juan Bautista y responsable del colegio San Pedro Claver, que entonces tenía jardín de infantes y secundaria. “Realmente con Marcela nos conmovió profundamente la obra de Jaime”, contó. Cuando se enteraron de que se vendía un terreno lindero al establecimiento, decidieron impulsar la construcción de una escuela primaria. “No podemos no hacer un colegio primario en ese lugar”, recordó sobre aquella decisión, que vinculó con su intención de “devolver a la sociedad todo lo que la sociedad nos dio a nosotros”. Recordó que ambos estudiaron en universidades públicas y que recibieron un gran apoyo de la comunidad de Chacabuco cuando comenzaron con Don Mario.

Actualmente, la primaria tiene 225 alumnos hasta tercer grado y se encuentra en proceso de ampliación para incorporar cuarto, quinto y sexto. “La educación es el primer paso”, sostuvo Bartolomé, convencido de que es fundamental para que las personas más vulnerables puedan acceder a mejores oportunidades. También destacó la satisfacción que les genera ver el progreso de los alumnos. “Nos llena de felicidad ver a los chicos”, expresó. Para el empresario, el siguiente paso es el empleo formal, que permite contar con una obra social, acceder a créditos y tener mayores posibilidades de progreso.

La experiencia también le dejó una enseñanza que resumió con una frase del padre Morea. “Uno a uno con amor”, fue la respuesta que recibió del sacerdote cuando le preguntó cómo se podía ayudar a las personas más vulnerables. Bartolomé vinculó ese compromiso con su propia trayectoria empresarial. “Nos fue bien en la compañía, nos fue bien también por mérito de la sociedad”, expresó. Por eso, explicó que su intención es “aportar un granito de arena para poder tener un país que sea más justo, más equilibrado y que todos tengamos la oportunidad de educarnos, de crecer”.

El empresario durante su exposición en el Rotary Club de Buenos Aires, donde habló de su compromiso social y reclamó una reducción de las retenciones y mayor protección para la propiedad intelectual de las semillas
El empresario durante su exposición en el Rotary Club de Buenos Aires, donde habló de su compromiso social y reclamó una reducción de las retenciones y mayor protección para la propiedad intelectual de las semillasRotary

Los reclamos para el agro

Durante el encuentro, Bartolomé también se refirió a los problemas que enfrenta el sector agropecuario. Advirtió que las retenciones frenan las inversiones y sostuvo que la Argentina tiene posibilidades de aumentar tanto la superficie cultivada como los rendimientos, pero necesita mejores condiciones para hacerlo. “Hoy sufre el sector con las retenciones”, afirmó. En particular, mencionó el caso de la soja y señaló: “Nos parece que es una mochila que se le da al sector”. Según explicó, sin ese impuesto, el interior del país podría recibir más inversiones en maquinaria, servicios y camiones. Cuando le preguntaron qué necesita el campo para fortalecerse, respondió: “Yo diría primero libertad”, y volvió a reclamar una eliminación de los derechos de exportación.

Bartolomé también advirtió que la Argentina pierde oportunidades de inversión en el desarrollo de nuevas semillas por la falta de protección de la propiedad intelectual. “La Argentina está sufriendo eso”, afirmó al comparar la situación con Brasil, donde, según explicó, hay alrededor de 15 programas de mejoramiento genético, frente a los cinco o seis que tenía la Argentina algunos años atrás. Atribuyó esa diferencia a que en el país vecino “hay más respeto por la propiedad intelectual” y sostuvo que la situación local les quita a las empresas “un retorno que les permitiría invertir más”.

Sus declaraciones se producen en medio de las negociaciones entre el Gobierno, la industria semillera y las entidades agropecuarias para actualizar la ley de semillas, vigente desde 1973. Uno de los puntos de discusión es la posible adhesión al tratado internacional UPOV-91, un convenio internacional que amplía la protección de los derechos de quienes desarrollan nuevas variedades. Mientras las empresas impulsan una mayor protección, las entidades rurales plantean reparos a ese convenio.

El empresario también reclamó más inversiones para industrializar los granos y producir derivados como bioetanol y biodiésel. En ese sentido, insistió en la importancia de “no exportar los granos tal cual se cosechan a nivel del agricultor”. Además, destacó los avances en edición génica, biotecnología e inteligencia artificial y consideró necesario actualizar los programas de estudio de agronomía.

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