Cuando desde algunos análisis económicos y políticos se coloca al agro como uno de los sectores estrella del “modelo Milei” parece no tomarse en cuenta ciertos datos. Al mismo tiempo, desde las usinas oficiales se sobreactúan las cifras que indican variaciones positivas. No se trata de elegir la parte vacía del vaso para forzar la interpretación de la realidad, pero sí de no caer en exageraciones.
Esta semana, por ejemplo, la Bolsa de Cereales de Buenos Aires dio a conocer el informe precampaña de soja para el ciclo 2026/27. Allí se estima un incremento del área sembrada con la oleaginosa de 1,2% respecto del ciclo pasado, con una superficie de 17 millones de hectáreas. Factores de precio, climáticos y de política económica son, según la entidad, los que llevarían a un incremento de 200.000 hectáreas de la oleaginosa en comparación con la campaña pasada.
Esos 17 millones de hectáreas se sitúan en la línea de la superficie del promedio de las últimas cinco campañas, explica el informe. En términos políticos, se podría afirmar que la soja no habrá durante el primer mandato de Javier Milei. Se trata del cultivo que genera la mayor cantidad de divisas por exportaciones no solo del agro sino también del país. Por supuesto, hay récord de cosecha de trigo, girasol y maíz, pero en la oleaginosa las cifras están diciendo que hay un estancamiento.

El Gobierno argumentará, con razón, que terminó con la brecha cambiaria exorbitante que rigió hasta diciembre de 2023, que no hay intervención en el comercio y que el primer mandato de Milei finalizará con retenciones más bajas que las que empezó y con un sendero de reducción ya anunciado. Esto, en el contexto de un esfuerzo por terminar con el déficit fiscal que ha carcomido durante décadas las bases de la macroeconomía. También dirá que prefiere ser modesto con la baja de los Derechos de Exportación (DEX) en vez de ser agresivo para que no le ocurra algo similar a lo que vivió el gobierno de Macri, que tuvo que volver a subirlas (aunque, también, con un sendero hacia la baja).
Sea que se considere o no el argumento del oficialismo, lo cierto es que es difícil concluir que el campo es el sector ganador del modelo si el principal producto no exhibe hasta ahora un crecimiento sólido. No se trata de ser pesimista, sino de no alejarse de la realidad.
Otro ejemplo reciente de por qué no es sencillo identificar al campo como sector estrella fue el último trabajo de Coninagro sobre economías regionales, en el que analiza 19 sectores del agro de acuerdo a parámetros como producción, mercado y evolución del negocio que transforma en la figura de un semáforo. Aunque incluye a sectores como granos y producción bovina, que habitualmente no se los toma como economías regionales, de 19 actividades del agro, sólo cuatro están en verde, seis están en amarillo y nueve, directamente, en rojo.
En verde están bovinos, ovinos, granos y miel; en amarillo, tabaco, peras y manzanas, aves, porcinos, papa y maní, y en rojo, yerba mate, arroz, vino y mosto, hortalizas, algodón, leche y mandioca, forestales y cítricos dulces. Estas dos últimas se sumaron al informe de agosto que toma datos de julio. Entre lo “amarillo” y lo “rojo” se trata de actividades de notable expansión territorial, ocupación de mano de obra y elaboración final. ¿Se puede decir que el “agro” es ganador si hay tantas actividades con dificultades?
“En la mayoría de estos sectores, el principal factor de deterioro se encuentra en el componente de negocio; los precios que reciben los productores se mantuvieron prácticamente estancados o crecieron por debajo de la inflación y, combinado con el aumento de los costos operativos, generando un deterioro de los márgenes en términos reales”, explica el trabajo de Coninagro.
Varios de los problemas que enfrentan estas actividades son los mismos que el Gobierno reconoce que se deben solucionar, como la elevada presión impositiva. Esta no solo alcanza al gobierno nacional sino a las provincias y a los municipios. En otros puntos, es menos enfático o ni siquiera los toma en cuenta, como las deficiencias de la infraestructura (rutas, transporte) que representan un costo extra. En un contexto global que parece favorable por el crecimiento de la demanda global de alimentos, pero al mismo tiempo es adverso para la apertura de mercados, por las tensiones geopolíticas, cada centímetro que se gane en competitividad debería ser aprovechado. Es mejor que apresurarse con los “boom” o “sectores estrella”.

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