La Uzi se convirtió en una de las armas más famosas del siglo XX. La Argentina también desarrolló su propio subfusil, pero su historia es mucho menos conocida: el FMK-3, diseñado y fabricado en Rosario, fue producido por decenas de miles de unidades, llegó a la guerra de Malvinas y todavía permanece en los arsenales de algunas fuerzas casi medio siglo después de su creación.
El proyecto nació a mediados de los años 70, cuando las Fuerzas Armadas argentinas buscaban resolver un problema que no era exclusivamente militar. El país había acumulado una gran variedad de subfusiles de diferentes épocas y diseños, algo que complicaba la capacitación del personal, el mantenimiento y la logística. La respuesta fue desarrollar un modelo nacional que pudiera unificar parte de ese armamento y fabricarse en cantidad.
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La tarea quedó en manos de la Fábrica Militar de Armas Portátiles Domingo Matheu, en Rosario. Durante su columna en Infobae al Mediodía, Andrei Serbin Pont reconstruyó la historia del arma y explicó que aquella diversidad había generado una verdadera “ensalada logística”, con diferentes manuales, cargadores y necesidades de mantenimiento según el modelo utilizado.
Un diseño argentino con influencia de la Uzi
Argentina ya tenía experiencia en la fabricación de subfusiles. Antes del FMK-3 habían sido desarrollados modelos como las Halcón, las MEM y las Ballester-Rigaud, mientras que después de la Segunda Guerra Mundial se produjeron también las PAM-1 y PAM-2, derivadas de la estadounidense M3A1 y adaptadas al calibre 9 milímetros.
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Para la década de 1970, sin embargo, la industria internacional había avanzado hacia diseños más simples y económicos de fabricar. El uso de metales estampados había permitido reducir costos y acelerar la producción, y esa lógica también estuvo presente en el nuevo proyecto argentino.
Los ingenieros de la fábrica rosarina tomaron como referencia algunos de los subfusiles más influyentes de la época, entre ellos los CZ 23 y CZ 25, de origen checoslovaco, y la Uzi israelí. Esa influencia puede verse en dos características del FMK-3: el cargador colocado dentro de la empuñadura y el sistema de cerrojo telescópico, que contribuía a mantener un arma compacta.
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El resultado fue un subfusil de 9 milímetros, con culata extensible y una concepción deliberadamente sencilla. La prioridad no era crear un diseño revolucionario, sino contar con un arma funcional, resistente y relativamente económica para equipar a las fuerzas argentinas. “Eran armas que estaban pensadas en torno a barato y funcional”, resumió Serbin Pont.

La producción comenzó alrededor de 1974-1975 y el Ejército Argentino se convirtió en uno de sus principales usuarios. Con el tiempo, el modelo también se incorporó a fuerzas de seguridad y policías.
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Del taller de Rosario a Malvinas
El FMK-3 tuvo su bautismo de fuego en uno de los episodios centrales de la historia argentina reciente. En 1982, durante la guerra de Malvinas, efectivos argentinos utilizaron el subfusil y existen numerosas fotografías del conflicto en las que puede identificarse el modelo.
Para entonces, el FMK-3 llevaba pocos años en producción y representaba una de las apuestas más recientes de la industria militar nacional. “Terminan teniendo un rol súper importante durante la guerra de Malvinas. Hay un montón de imágenes de esta guerra”, explicó Serbin Pont.
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La producción continuó durante más de una década después de la guerra y finalizó en 1993. Las estimaciones más difundidas ubican la fabricación en torno de las 30.000 o 31.000 unidades, aunque no existe un registro definitivo que permita establecer con precisión la cifra total.
La dificultad para reconstruir el número de ejemplares también refleja los problemas documentales que existen alrededor de parte de la producción de la industria militar argentina. Aun así, el volumen permite dimensionar el alcance que tuvo el proyecto: no fue un desarrollo experimental, sino un arma fabricada en cantidades importantes y utilizada durante décadas.
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El FMK-3 también llegó al exterior
La historia del subfusil no terminó en los arsenales argentinos. Parte de la producción fue utilizada fuera del país y se identificaron ejemplares en Uruguay, Bolivia, El Salvador y Guatemala, según detalló Serbin Pont.
El vínculo con Uruguay se inscribió, además, dentro de una relación más amplia con la industria de defensa argentina. “Uruguay siempre ha sido un cliente de Fabricaciones Militares”, explicó, que recordó también la presencia de fusiles FAL de fabricación argentina en las fuerzas uruguayas.
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El recorrido internacional del FMK-3 tuvo otros capítulos más difíciles de reconstruir. Serbin Pont mencionó también su presencia entre fuerzas croatas y señaló que parte del armamento argentino circuló hacia el exterior durante períodos en los que las transferencias no siempre se realizaron por canales legales.
Así, un arma pensada originalmente para ordenar y modernizar el equipamiento de las fuerzas argentinas terminó teniendo una vida internacional bastante más amplia de la que podría suponerse por su origen.
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Medio siglo después, una tecnología que quedó atrás
La paradoja del FMK-3 aparece cuando se lo mira desde el presente. El arma dejó de fabricarse en 1993, pero algunos ejemplares todavía permanecen en inventarios de fuerzas argentinas. Es decir, un diseño nacido a mediados de los años 70 continúa formando parte del equipamiento disponible en 2026.

Para Serbin Pont, la longevidad del modelo ya no puede confundirse con vigencia tecnológica. El desarrollo fue pensado para las necesidades de otra época y, aunque su sencillez contribuyó a prolongar su vida útil, el paso de las décadas dejó al diseño muy por detrás de las alternativas actuales.
“Estamos en el año 2026. Es tecnología ampliamente desfasada. Están todas recontrabaqueteadas”, afirmó. Por eso, planteó que las Fuerzas Armadas y de seguridad que todavía conservan estas armas deberían evaluar su reemplazo.
El FMK-3 nunca alcanzó la fama internacional de la Uzi ni se transformó en un ícono de la cultura popular. Su importancia fue más silenciosa: fue un desarrollo de la industria militar argentina que nació para resolver un problema concreto, se fabricó por decenas de miles, llegó a Malvinas, cruzó las fronteras y permaneció durante décadas en servicio.
Medio siglo después de su aparición, su historia funciona también como el registro de una época en la que la Argentina todavía tenía la capacidad de diseñar y producir localmente una parte importante del armamento de sus fuerzas. Una capacidad que dejó marcas concretas en sus arsenales y que, en el caso del FMK-3, todavía puede verse en algunas armas que esperan su reemplazo.
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