Un caso de violencia sexual que conmocionó a Francia salió a la luz cuando Gisèle Pélicot decidió abandonar el anonimato y contar públicamente el infierno que vivió durante años, víctima de su esposo Dominique Pélicot y de decenas de hombres. Su determinación, plasmada en un proceso judicial sin precedentes, convirtió su historia en un referente internacional de denuncia y encendió el debate sobre justicia y dignidad en Francia.
Gisèle sufrió violaciones organizadas por su marido durante casi una década. Al revelar su identidad y comparecer en un juicio en el que decenas de acusados enfrentaron cargos, su testimonio cobró centralidad en la discusión sobre la violencia sexual y los derechos de las víctimas en Francia.
Mazan, la intervención policial y el anonimato en los primeros pasos del caso marcaron un antes y un después, articulando la experiencia personal con el avance judicial y la cobertura mediática del proceso.
Antes de los hechos, llevaba una vida tranquila en el sureste de Francia, tras haberse jubilado. “Era una mujer que se retiró a los 60 años, después de trabajar toda la vida y criar a mis hijos. Siempre fui muy activa y pensaba pasar el final de mis días felizmente junto al señor Pélicot”, relató al podcast The Interview de The New York Times.
Nunca sintió que había algo anormal. “Jamás había sospechado nada malo de mi esposo en cincuenta años de matrimonio. Eso es lo más aterrador”.
El primer indicio apareció cuando su marido reconoció haber tomado imágenes en un supermercado: lo sorprendieron grabando en secreto bajo las polleras de mujeres en un comercio cercano a su casa en el sureste de Francia. “Cuando me contó lo que había hecho, no lo podía creer. Nunca mostró nada extraño en tantos años, ni bromas, ni gestos indebidos. Le pregunté: ¿Por qué hiciste eso? Me dijo que le serviría de lección y que no volvería a repetirlo”.
Dos meses después, la policía los citó. Pélicot recordó el desconcierto: “Pensé que era por esas fotos en la tienda. El interrogatorio inició como algo rutinario, hasta que me preguntaron si practicaba intercambio de parejas. No entendía nada”.
Luego le mostraron imágenes en las que no se reconocía. “No me reconocí en la foto. Estaba junto a un hombre desconocido que me violaba. Creí que era un error, que sin mis gafas veía mal”. Los agentes le dijeron que era su habitación y que habían registrado su casa. “Supe que Dominique estaba bajo custodia y que no regresaría conmigo”.
Le comunicaron que había sido víctima de cerca de 200 violaciones. “Detuvieron a 53 individuos. Después supe que unos 20 o 30 no fueron arrestados. Solo quería regresar a casa; era demasiado para asimilar”.
La magnitud de los abusos superó lo imaginable. Las pruebas de la investigación incluían videos y elementos materiales. “Cuando vi los videos y la brutalidad con que actuaban esos hombres, noté que ni siquiera había compasión. Yo estaba totalmente inconsciente; era como ver a una mujer muerta en su cama y nadie mostraba piedad”.
El daño fue, además de físico, profundamente psicológico. “En algunos momentos pensaba que todo era irreal, que no podía ser cierto. Llegué a disociarme de lo que veía. Pedí un vaso de agua porque no podía hablar y solo quería huir de allí”.
Contar con pruebas facilitó el proceso judicial, aunque ella reflexionó sobre quienes no las tienen. “Tuve la suerte de contar con pruebas, con imágenes. No tengo recuerdos, y eso me ha ayudado a reconstruirme. Pero pienso en quienes sí recuerdan; para ellos debe ser aún más difícil cuando los casos se archivan por falta de pruebas”.
Aunque la ley francesa protege el anonimato de las víctimas, ella decidió renunciar a ese derecho. “Tardé cuatro años en llegar a esa decisión. Al principio quería el juicio a puertas cerradas, pero mi hija me convenció de que el secreto solo beneficiaba a los culpables. Comprendí que cargar con la vergüenza es una doble condena”.
El día del juicio mantuvo esa postura. “Mis abogados defendieron mi deseo de que la audiencia fuera pública. Sentí las miradas de los acusados sobre mí; me trataron de cómplice y mujer que otorgó permiso. Aun así, me mantuve firme hasta el final, sin bajar la mirada”.
También tuvo que enfrentarse a familiares de los acusados. “Vi cómo las madres defendían a sus hijos asegurando que eran incapaces de hacer algo así, sin mirar siquiera en mi dirección. Esa actitud resulta hiriente”.
A pesar de todo, la solidaridad de otras mujeres fue determinante. “Cada mañana veía a mujeres esperando bajo la lluvia para ingresar a la audiencia. Me conmovía y me daba fuerza. Recibí miles de cartas desde todo el mundo, muchas de mujeres que veían en mi caso el reflejo de su propio dolor. Me agradecían por haber hablado”.
La justicia francesa, a través del tribunal de Avignon, condenó a Dominique Pélicot a 20 años de prisión, la pena máxima, y declaró culpables al resto de los acusados. “Para mí, se hizo justicia. No importaba la duración exacta de las penas; lo esencial era el reconocimiento de la culpa”.
Sin embargo, no todas las personas involucradas fueron identificadas, lo que deja una sensación de incertidumbre. “He pensado que podía cruzarme con alguno de los agresores que nunca fueron identificados. Antes me inquietaba más; hoy, menos”.
El nombre de Gisèle Pélicot se convirtió en emblema de la lucha contra la violencia sexual y en un ejemplo de cómo la declaración pública puede transformar el dolor en búsqueda de justicia. “Asumir lo vivido y reconstruirme ha sido posible. Camino, hago ciclismo, y disfruto la vida a mis 73 años”, compartió.
También afirmó que su mayor suerte fue poder seguir viviendo y disfrutar. Para muchas víctimas ese horizonte aún resulta lejano, pero en su testimonio encontraron fuerza y esperanza.

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