A comienzos de los años 2000, la Argentina y Brasil producían prácticamente la misma cantidad de granos, pero hoy el país vecino produce dos veces y media más y solo su cosecha de soja supera a toda la producción granaria argentina combinada. En los últimos 25 años, esa diferencia acumulada alcanzó 1550 millones de toneladas, el equivalente a unas 12 cosechas récord argentinas, valuadas en alrededor de US$476.000 millones. La expansión brasileña, además, no quedó limitada al campo: impulsó la producción de carnes, las exportaciones, el crecimiento de ciudades del interior y mejoras en distintos indicadores económicos y sociales.
Ese fue el eje que planteó Iván Ordóñez, economista especializado en agronegocios e investigador asociado del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), durante su participación en Negocios del Campo, evento organizado por LA NACION. A partir de la comparación entre ambos países, sostuvo que la experiencia brasileña muestra cómo el crecimiento agropecuario puede convertirse en un proyecto de desarrollo territorial y señaló que la Argentina tiene la oportunidad de pensar un esquema similar para la franja central del país, desde la Norpatagonia hasta Salta.
Según explicó, en las décadas de 1980 y 1990 la producción agrícola argentina crecía a un ritmo superior a la brasileña, pero esa tendencia se revirtió posteriormente. Ordóñez vinculó ese cambio, entre otros factores, con la implementación de retenciones en la Argentina y estimó que, durante los últimos 25 años, la brecha acumulada de producción entre ambos países alcanzó los 1550 millones de toneladas, un volumen que comparó con 12 cosechas récord argentinas y valuó en US$476.000 millones.

En su análisis, el salto brasileño se apoyó en una combinación de condiciones. Mencionó “el respeto al derecho de propiedad, la disponibilidad de tierras para expandir la frontera productiva, el financiamiento y una fuerte inversión tecnológica”. A eso sumó la estabilidad de determinadas reglas para el sector: destacó que, durante más de dos décadas, “Brasil no aplicó retenciones, prohibiciones de exportación ni desdoblamientos cambiarios como los que atravesó la Argentina”.

Esa diferencia, sostuvo, tuvo una consecuencia directa sobre la capacidad de reinversión. “El productor brasileño de soja llegó a facturar, en promedio y por hectárea, más del doble que su par argentino”, señaló. Esa mayor disponibilidad de recursos se tradujo, según los datos presentados, en una multiplicación por ocho de la inversión en agroquímicos y en una duplicación de la dosis de fertilizantes por hectárea. Al mismo tiempo, Brasil, que anteriormente se ubicaba por debajo de la Argentina en los niveles de productividad de soja y maíz, terminó superándola.
El crecimiento brasileño, sin embargo, no respondió de la misma manera en todos los cultivos. En soja, explicó Ordóñez, la producción actual es “casi 12 veces superior a la de la década de 1980″. Es decir, alrededor de un 34% de ese incremento provino de mejoras de productividad y entre 65% y 66%, de la expansión del área sembrada. En maíz ocurrió prácticamente lo contrario: el 65% del crecimiento se explicó por una mayor productividad y solo el 35% por el aumento de superficie.

Para el economista, allí aparece otro elemento central del modelo brasileño como el aumento de la oferta de granos que permitió expandir de manera considerable la producción de proteínas animales. “En unas tres décadas, la producción de carne aviar se multiplicó por ocho, la porcina por cuatro y la vacuna por dos. Como resultado de esa expansión productiva, el PBI agropecuario brasileño se triplicó, mientras que el conjunto de la economía se duplicó. En dos de cada tres años del período analizado, agregó, el producto agropecuario creció más rápido que el PBI general”, destacó.
Ordóñez apuntó, además, a que el desarrollo agropecuario brasileño excedió largamente los límites de los establecimientos rurales. “El crecimiento de la producción incorporó amplias regiones del interior al comercio internacional. A comienzos de los años 2000, las exportaciones per cápita del centro de Brasil equivalían a apenas la mitad del promedio nacional; actualmente, duplican el promedio del país”, destacó.
En paralelo, sostuvo que esa expansión exportadora no deterioró el acceso de la población a los alimentos. De acuerdo con los indicadores que mostró, medidos en función del poder de compra del salario mínimo, se duplicó la cantidad de carne vacuna que puede adquirir un trabajador; la de carne aviar aumentó más de tres veces y la de cerdo, más de cuatro.
Pero uno de los efectos que Ordóñez puso especialmente en primer plano fue el crecimiento demográfico de las regiones vinculadas con los agronegocios. Según el estudio realizado por Cippec, los municipios agropecuarios de rápido crecimiento pasaron de albergar 19,5 millones de habitantes a 35,2 millones. El trabajo encontró, además, una correlación según la cual un aumento del 1% en las toneladas cosechadas estuvo asociado con un incremento del 0,71% de la población en los estados agropecuarios.

“El proceso de creación de riqueza en el mundo de los agronegocios atrajo población”, resumió. Ese fenómeno, explicó, dio lugar al crecimiento de capitales regionales, metrópolis y ciudades intermedias. Algunas localidades que hace tres décadas eran pequeñas se transformaron en centros urbanos comparables, por su tamaño, con Mar del Plata o Santa Fe, mientras que las denominadas “ciudades boom” llegaron a multiplicar por siete su población en 30 años. Ordóñez contrapuso esa dinámica con la de numerosas localidades rurales argentinas ubicadas sobre las rutas 5, 7 y 3, que desde hace décadas crecen a un ritmo inferior al promedio poblacional del país.
El proceso, agregó, también estuvo acompañado por indicadores de mejora social. “El PBI per cápita del centro brasileño, que en 2002 era 4% inferior al del sudeste industrial, actualmente es 11% superior”, dijo y sostuvo que esto se dio mientras la pobreza descendió más rápidamente en los estados de las regiones agrícolas que en el promedio brasileño y en el área industrial de San Pablo.
A eso se sumó una expansión de la formación profesional vinculada con la actividad. Según Ordóñez, los egresados universitarios crecieron más rápidamente en las tres regiones agropecuarias que en el resto del país, y las carreras relacionadas con el agro avanzaron incluso por encima del conjunto de las disciplinas universitarias. En la región central, ejemplificó, a mediados de los años noventa se recibían menos de 300 estudiantes por año en carreras agropecuarias y actualmente son más de 6000. “Fue una revolución que requirió de gente preparada trabajando para mejorar la productividad”, afirmó.

Leave a Reply