En Juan Nepomuceno Fernández, una localidad ubicada al norte del partido bonaerense de Necochea, una familia de productores asegura que los ataques de pumas sobre sus animales se volvieron cada vez más frecuentes y que las distintas medidas que implementaron hasta el momento no consiguieron resolver el problema. Viviana Galli, productora y prestadora de servicios rurales, relató que la situación afecta especialmente al campo de sus padres, Mario y Susana, donde en los últimos años sufrieron reiteradas pérdidas de ovejas y corderos, al punto que los ataques diezmaron la majada y prácticamente eliminaron la producción. Piden una solución urgente.
Según contó en una entrevista con LA NACION, la presencia de estos animales no se limitaría a esa localidad. A partir de que comenzó a difundir los episodios de ataques, dijo haber recibido testimonios de distintos puntos del país y, particularmente, de varias localidades del sudeste bonaerense. “Se han visto en mi pueblo, en Tandil, en Balcarce, en San Cayetano, Orense, Tres Arroyos. La verdad es que en toda la zona”, señaló.
Galli explicó que la familia advierte la presencia de pumas desde hace por lo menos tres o cuatro años, aunque sostuvo que en el último tiempo los episodios se hicieron más intensos. Incluso recordó que el año pasado, cuando llegó junto con su marido al campo al atardecer, se encontró con cinco ejemplares juntos.

“Es tremendo, hay mucha cantidad”, dijo. Para la productora, la preocupación dejó de estar vinculada únicamente con los avistamientos y pasó a concentrarse en las pérdidas productivas. Según detalló, su padre tenía 16 corderos y en esta campaña perdió 15, mientras que el establecimiento, que llegó a tener más de un centenar de ovejas, hoy tendría apenas unas 30. En total, el año pasado a Mario y Susana les mataron alrededor de 30 corderos y a sus tíos, que tienen un campo lindero, unos 40. “En una zona de pocas hectáreas donde estamos todos van más de 100 animales, porque somos todos vecinos”, afirmó.
“El año pasado, mi papá se quedó sin corderos y este año va para lo mismo. O sea, no podés agrandar la majada porque te la dejan sin animales”, expresó.
La situación, según relató, se repite en otros establecimientos vecinos a la familia. Mencionó el caso de Gustavo Martínez, un productor ubicado a unos seis kilómetros de Nicanor Olivera, exestación La Dulce, quien decidió encerrar las ovejas después de sufrir ataques, pero luego habría comenzado a perder terneros.

“A nosotros nos empezó a pasar lo mismo. Encerramos las ovejas y fueron por los terneros”, reprodujo Galli sobre lo que le contó el productor. Según indicó, en ese establecimiento habrían muerto seis terneros, mientras que otros vecinos registraron pérdidas de potrillos.
También señaló que, durante esta campaña, en otro campo vecino donde ya habían construido una estructura de protección murieron 14 corderos y cuatro borregas. A sus tíos, agregó, les mataron un ternero de aproximadamente 170 kilos, que encontraron parcialmente comido.
Para intentar proteger las majadas, los productores comenzaron a construir lo que Galli denominó “jaulones”, es decir, estructuras de tejido de más de tres metros de altura y cubiertas con techo donde las ovejas son encerradas al caer la tarde.
Según explicó, inicialmente habían probado con cerramientos más bajos, pero no alcanzaron. “A dos metros y pico los pumas entraban adentro y se llevaban por arriba las ovejas”, contó.

En uno de los campos vecinos, agregó, la tranquera del recinto apareció arañada y rayada del lado exterior. “Se ve que los mismos animales quieren entrar, como que quieren romper la madera”, relató.
La familia de Galli también probó otras alternativas. La productora contó que participó de una charla de Fauna Silvestre en Balcarce, donde les recomendaron colocar luces, utilizar sonidos, radios y recurrir a animales que pudieran actuar como defensa de la majada, como burros. Sin embargo, han atacado a los burros. “Ponele luces: ya le pusimos. Comprá una burra: ya tenemos. Ponele música, radio, sonido: todo se probó”, enumeró, indignada.
Según sostuvo, hasta ahora los jaulones son la alternativa que mejores resultados les dio, aunque planteó que encerrar las ovejas tampoco soluciona el problema de fondo. “Bárbaro, encerramos las ovejas, ¿y después? Porque los animales van a seguir comiendo”, advirtió.

Ese es, precisamente, uno de los principales temores de los productores: que, al quedar las ovejas fuera de alcance, los ataques se trasladen hacia animales de mayor porte. “Ahora, cuando encerremos las ovejas, seguramente van a ir por los terneros. Y vos no podés encerrar un lote de vacas, ponerlas bajo techo o meterlas en un galpón”, señaló.
Galli también cuestionó algunas de las recomendaciones que, según dijo, recibieron durante encuentros vinculados con el manejo de fauna silvestre. Recordó que les plantearon la posibilidad de mantener corredores de vegetación natural que permitieran a los pumas desplazarse hacia cursos de agua y conservar presas silvestres, como las vizcachas.

La productora explicó que el establecimiento de su padre tiene unas 100 hectáreas y planteó que destinar superficie productiva a ese tipo de alternativas podría resultar difícil para explotaciones de esa escala. “Si le hace un camino de pasto silvestre, le pone vizcachas… ¿el campo es para eso? No estaría criando más animales, no podría sembrar pastura para darle de comer a los animales”, sostuvo.

Aclaró, sin embargo, que no está a favor de matar a los pumas, pero reclamó que se encuentre una alternativa que contemple tanto la conservación de la fauna como la realidad productiva. “No es solamente mirar y decir: ‘Bueno, salvemos y cuidemos’. Yo no estoy a favor de matarlos, pero alguna medida hay que tomar”, afirmó.
Más allá del impacto productivo, Galli dijo que la preocupación comenzó a modificar incluso la vida de quienes viven y trabajan en el campo. Pocos días atrás observaron un ejemplar que, por su tamaño, interpretaron como un macho adulto. También contó que su hijo, mientras cosechaba en Orense, vio salir un puma delante de la máquina alrededor de las cuatro de la tarde. “Eso es lo que nos asusta”, agregó.

Para Galli, esto cambió la percepción de seguridad que históricamente tuvo la familia dentro del establecimiento. “En el campo no estás acostumbrado a andar armado ni a andar mirando para atrás. Estás en el campo: libertad absoluta, paz, tranquilidad. Pero hoy sentís ladrar al perro y te das vuelta; sentís un alboroto de gallinas y mirás, porque no sabés de dónde puede venir”, describió.
Por último, destacó que este problema también pone en discusión las posibilidades de sostener sistemas productivos pequeños y medianos productores, particularmente aquellos que combinan la agricultura con cría de animales en pequeñas hectáreas.

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