Recientemente me tocó participar, en representación de Maizar, de un congreso del agro, el Global Agribusiness Forum 2026, en la ciudad de Sorriso, en el estado brasileño de Mato Grosso. Todavía no salgo de mi asombro.
Situado en el centro-oeste de Brasil, a casi 1800 kilómetros de los puertos del Atlántico, Mato Grosso fue hasta la década del ’90 uno de los estados más pobres de un Brasil que, además, estaba lejos de ser la potencia que es hoy. Esa brutal distancia de los puertos, así como de los grandes centros de consumo del país, hacía poco sustentable la producción agropecuaria en la región.
Hoy, Mato Grosso tiene uno de los mayores PBI per cápita del país, solo detrás del Distrito Federal y de San Pablo, según los datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) de 2023. Y todo gracias al desarrollo agropecuario: en menos de 30 años, el sector logró adaptarse a las circunstancias geográficas, crear un sistema de transformación local y convertir al estado en el principal productor de soja, maíz, algodón y carne bovina de Brasil. Mato Grosso produce más de 52 millones de toneladas de soja -más que la Argentina-, y casi 60 millones de toneladas de maíz -casi lo mismo que nuestro país-.

Estos granos permitieron desarrollar la ganadería bovina: los más de 32 millones de cabezas que suma hoy la unidad federativa de Mato Grosso la convierten en la de mayor stock bovino del país. Además, produce más de 2,5 millones de toneladas de algodón, el 74% del total de Brasil, lo que ayudó al país a convertirse en tercer productor mundial de este cultivo, detrás de India y China, superando a Estados Unidos. Y todo este desarrollo se hizo manteniendo el 61% del territorio con vegetación nativa, con una de las legislaciones más estrictas del mundo en materia ambiental.
¿Cómo hizo Mato Grosso para desarrollarse en ese aislamiento logístico? Básicamente, intensificando la producción y transformándola localmente. Organizaron un sistema productivo que tiene dos y hasta tres cosechas por año, en el que cultivan soja, maíz y poroto en la misma campaña. Y, frente a la insostenibilidad del traslado de granos a los puertos, desarrollaron la transformación del maíz y la soja en biocombustibles y carne.
A los costados de las rutas se ven desde lejos las megaplantas de etanol que aparecen como hongos gigantes. El subproducto del etanol de maíz, la burlanda, se aprovecha para engordar ganado, al punto que hoy gran parte de la hacienda de otros estados se lleva a terminar a feedlots de Mato Grosso. Y toda esta alta demanda interna de maíz y soja hace que los granos logren el mismo precio del puerto, ahorrándose enormes costos de flete.
En esta ocasión pude visitar plantas de cerdos. Una de ellas tiene 17.000 madres, está en proceso de aumentar a 40.000, utiliza todos los desechos de los animales para fertilizar mediante riego (fertirriego) los campos donde producen los granos, y tiene un frigorífico propio.
Sorriso, así como Sinop, son ciudades que no existían en la década del ’80. Hoy superan, respectivamente, los 130.000 y 220.000 habitantes, con pleno empleo; incluso, falta mano de obra para el enorme desarrollo de infraestructura, con hospitales, rutas, autopistas… Es impresionante el crecimiento y bienestar que se ve en las ciudades. Para los próximos ocho años, Mato Grosso proyecta incrementar la producción más de 35%. Todo esto, insisto, en un estado alejadísimo de los puertos y unos de los más pobres hace tres décadas.

Estando frente a ese desarrollo se me hizo inevitable la comparación. Hace tres décadas, la Argentina picaba en punta con el sistema de siembra directa y la introducción de la soja RR, que permitió expandir rápidamente el cultivo que terminó salvando al país tras la profundísima crisis de 2001. Pero ese desarrollo inicial se vio “castigado” con sucesivos aumentos de retenciones hasta la famosa resolución 125, con la que el gobierno de entonces terminó de quebrar la relación con la principal fuente de divisas del país, el agro.
Otro tanto ocurrió con la carne vacuna argentina, que desde el siglo pasado contaba con un gran prestigio internacional: tras el boom de exportaciones de 2005, una conjunción de retenciones, permisos de exportación, encajes, precios máximos y demás medidas contrarias al comercio redujo la rentabilidad a un nivel insostenible: el rodeo argentino se contrajo un 20% y nunca se recuperó del todo.
Así, en las últimas dos décadas, la producción de soja y carne en la Argentina entraron en un estancamiento. Mientras tanto, Brasil, que en vez de enemigos construyó políticas públicas, triplicó su producción de soja, y aumentó su rodeo bovino en unos 40 millones de cabezas, un 20%.
No creo que lo útil sea lamentar lo perdido estos últimos años en la Argentina, sino aprender del ejemplo de Mato Grosso y que empecemos a desarrollar un modelo similar. En el congreso de Sorriso estaban presentes todos los actores: productores (todos brasileños, son ellos mismos los que invierten), técnicos, intendentes, el gobernador, alineados con un proyecto para seguir creciendo y generando arraigo. En vez de enfrascarse en discusiones, se pusieron a ver cómo adaptar el sistema productivo, y crearon otra realidad.

Sería bueno que en la Argentina dejemos de dar vueltas sobre la importancia de la transformación en origen: sus beneficios son evidentes. Si Mato Grosso hizo semejante desarrollo a casi 2000 kilómetros de los puertos, ¿por qué no podemos hacerlo nosotros? Ojalá abandonemos las discusiones estériles y nos dediquemos a lograr un crecimiento con arraigo similar en nuestro interior agropecuario, que haga que en los próximos 20 años el PBI de las provincias más alejadas llegue a lo más alto del país. Es posible, solo hay que abocarse en serio a lograrlo.
El autor es presidente de Maizar

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