ROSARIO.- A medida que crecen los programas de agricultura regenerativa, los mercados de carbono y las empresas que buscan conocer el impacto ambiental de la producción, aumenta la necesidad de contar con indicadores que permitan demostrar, con datos, cómo responde el suelo frente a distintas prácticas de manejo. La importancia de medir esos cambios fue, de hecho, uno de los temas que más se repitió en varias de las charlas del Congreso de Aapresid en esta ciudad, con el impulso de Expoagro.
En ese contexto, Cristine Morgan, investigadora del Soil Health Institute (SHI) de Estados Unidos, presentó en el evento una metodología desarrollada para medir la salud del suelo de manera simple, comparable y aplicable a gran escala. La expectativa que generó la charla fue tal que la sala se llenó y varios asistentes siguieron la exposición desde afuera.
“La salud del suelo tiene que ver con que el suelo funcione bien para hacer algo”, definió Morgan. Como física de suelos, explicó que su forma de entender esa salud parte del movimiento del agua: si al llover el agua se infiltra, a qué profundidad llega y si queda disponible para las raíces y los microorganismos o escurre por la superficie.
Para ilustrarlo, mostró dos lotes tras una lluvia. Uno estaba bajo labranza convencional, con erosión y costra superficial; el otro, bajo siembra directa con cultivos de cobertura, donde la cobertura favorecía la infiltración. Vinculó esa capacidad con la resiliencia climática: “Estamos experimentando períodos muy húmedos o muy secos, muy calurosos, muy fríos. Estos extremos se están volviendo mayores”, afirmó, y agregó que “es aún más importante cuidar nuestros suelos y hacer que los suelos nos cuiden a nosotros”.
Explicó que el SHI busca transformar el conocimiento académico en herramientas que cuantifiquen cómo las prácticas agrícolas construyen resiliencia, y que el punto de partida fue definir qué medir: “Lo que buscamos es una metodología científicamente creíble, accesible y comunicable”, dijo, útil para el productor —“porque es quien toma las decisiones”—, la cadena de suministro, las políticas públicas y los inversores.
Para eso, el SHI puso en marcha el Proyecto Norteamericano para Evaluar Mediciones de Salud del Suelo: un equipo de siete científicos recorrió 124 sitios de investigación de largo plazo en Canadá, Estados Unidos y México, todos con entre 15 y 20 años bajo distintos sistemas de manejo, y realizó más de 30 mediciones por sitio.
De ese trabajo surgió un conjunto reducido de indicadores recomendados: la concentración de carbono orgánico, la estabilidad de agregados, el potencial de mineralización de carbono y la capacidad de retención de agua disponible. Según Morgan, permiten evaluar actividad biológica, estructura del suelo, infiltración y disponibilidad de agua para los cultivos.
En un caso ilustrativo, mostró los valores promedio de esos indicadores en tres escenarios —línea de base, manejo con salud del suelo y suelo de referencia—. El carbono orgánico pasó de 0,8% a 1,7% y 2,2%; la estabilidad de agregados, de 0,21 a 0,36 y 0,49; y el potencial de mineralización de carbono, de 8 a 45 y 94. La capacidad de retención de agua disponible en los primeros 15 centímetros mostró un valor de referencia de 22,5 centímetros.
La elección no respondió solo a criterios científicos. También buscaban mediciones aplicables a gran escala. Morgan explicó que descartaron la densidad aparente, pese a considerarla una variable muy importante, porque “es una medición muy difícil de hacer bien, incluso si tenés un doctorado en física de suelos”. Esa complejidad, señaló, la vuelve poco práctica para utilizarla a nivel continental.
La estabilidad de agregados fue la que mejores resultados mostró y la definió como su favorita, porque refleja la respuesta del suelo frente a la erosión y la circulación del agua en el perfil. Entre cuatro metodologías comparadas, el método de la Universidad de Cornell fue el más preciso, pero los laboratorios comerciales no lo adoptaban por su demanda de tiempo y espacio.
Por eso el instituto impulsó SLAKES, una aplicación gratuita que mide la estabilidad de agregados por análisis de imágenes: se fotografían los agregados de suelo, se agrega agua y se vuelve a fotografiar diez minutos después. “La recomendamos porque cualquiera la puede usar. Necesitás un teléfono, algunos agregados de suelo, agua y algo donde apoyar el teléfono. Nuestro favorito es una lata de sopa”, contó Morgan. Relanzada en 2023 junto con la Universidad de Sídney, la app acumula más de 7000 descargas internacionales y fue usada en 23 publicaciones científicas en 12 países, incluida una investigación sobre oxisoles en Brasil.
El SHI entrega a cada productor un reporte que compara su lote con tres referencias: un suelo de alta calidad regional, el manejo habitual de la zona y el sistema evaluado. “Si podés medirlo, podés manejarlo”, resumió Morgan. El reporte incluye pH, conductividad eléctrica, textura, carbono orgánico, potencial de mineralización de carbono, densidad aparente, capacidad de retención de agua y reserva de carbono, medidos a dos profundidades.
El instituto también elabora reportes regionales para empresas de la cadena agroalimentaria interesadas en el estado de los suelos de sus zonas de abastecimiento. Hasta el momento, el trabajo alcanza unos 19 millones de acres [unos 7,7 millones de hectáreas] distribuidos en distintas regiones de Estados Unidos y Canadá.
Los resultados muestran que la respuesta del suelo depende del ambiente y del manejo: no todos los indicadores mejoran al mismo tiempo ni con la misma intensidad. En un análisis por regiones de Estados Unidos (Texas, Arkansas, Misisipi, Alabama, Georgia y las Carolinas) , la estabilidad de agregados fue la variable con mejoras estadísticamente significativas más consistentes cuando se incorporó menor labranza o cultivos de cobertura. En Canadá observaron una relación directa entre la mejora del suelo y una mayor cantidad de días con raíces vivas, gracias al trigo y los cultivos de cobertura en las rotaciones.
Morgan rechazó además la idea de resumir la salud del suelo en un único índice, un pedido frecuente desde distintos sectores. “Los suelos son multifuncionales”, dijo, y sostuvo que es más útil analizar por separado la captura de carbono, la infiltración, la actividad biológica y la resistencia a la sequía.
Como conclusión, sostuvo que el desafío ya no pasa solo por promover prácticas de manejo, sino por generar mediciones que demuestren qué cambios producen, con herramientas simples, comparables y relevantes tanto para quienes deciden en el lote como para las empresas y compradores.
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