Esposas ucranianas, columna de resistencia: el esfuerzo político y social que sostiene la guerra

Mientras miles de hombres ucranianos combaten desde hace años lejos de casa, sus esposas cargan con el peso creciente de la guerra: trabajan, cuidan a los hijos y se esfuerzan por mantener vivas las relaciones con sus parejas pese a la distancia y al agotamiento.

“Aunque no soy soldado, realmente no me siento como una civil”, dice Viktoria Grishchuk, de 38 años, a EFE. Esta madre de dos hijos, que vive en un pueblo cerca de Leópolis, en el oeste de Ucrania, asegura que su vida dio un vuelco cuando su marido Serguí se alistó en el ejército ucraniano hace cuatro años, poco después del inicio de la invasión a gran escala de Rusia.

Con la importante reforma de su casa paralizada por la ausencia de Serguí, habla desde una sala de una escuela local donde voluntarios como ella se reúnen a tejer redes de camuflaje que ayudan a los soldados ucranianos a ocultar sus posiciones y su equipo frente a los drones rusos.

Sin otros familiares cerca, le ha sido difícil conciliar su trabajo —primero en el sector de tecnologías de la información y luego como organizadora de proyectos educativos para chicas adolescentes— con la crianza de su hija Yaroslava, de 7 años, y de su hijo Vladislav, de 12.

Sus ingresos resultan vitales para el presupuesto familiar, porque su marido destina gran parte de su sueldo en el ejército a cubrir las necesidades de su unidad.

“Mi carrera habría sido muy diferente sin la guerra”, afirma Viktoria, y señala que ha tenido que renunciar a oportunidades de viajar por trabajo y organizar su agenda al minuto en función de las necesidades de sus hijos.

Si no tuviera hijos que cuidar, Viktoria probablemente se habría alistado en el ejército para convertirse en una de las 55.000 mujeres que sirven, como voluntarias, junto a cientos de miles de hombres.

“Para mí sería más natural luchar”, admite, y describe a Serguí como “la persona más amable” que conoce.

En todos estos años, el tiempo que Serguí —electricista antes de la guerra y ahora ingeniero de drones— ha pasado en casa se cuenta en semanas.

Su vida familiar se ha “detenido” tras 19 años juntos, dice Viktoria. Serguí, que antes era su mayor apoyo, a quien podía acudir en busca de consejo en cualquier momento, ahora suele estar ocupado hasta bien entrada la noche.

Aún así, se esfuerzan por mantenerse lo más conectados posible.

Cada mañana, Viktoria envía un saludo a su marido a través de Signal, la única aplicación de mensajería permitida en los teléfonos de los soldados. Una confirmación de lectura, un emoji o una breve respuesta bastan para calmar, al menos momentáneamente, su ansiedad por la seguridad de su marido en medio de la constante amenaza de los ataques rusos.

Las conversaciones ocasionales, que ambos mantienen pese al agotamiento acumulado, a veces dan lugar a momentos entrañables, como cuando Serguí toca la guitarra desde su refugio subterráneo por teléfono.

Cuando Serguí disfruta de un permiso excepcional en casa, encargarse de sus hijos para darle un respiro a Viktoria suele ser el mayor regalo que puede hacerle.

A Viktoria le duele que Serguí se pierda tantos momentos de la vida de sus hijos, y a menudo tiene que actuar como intermediaria entre ellos.

“Lo que necesita después de meses en el frente es tranquilidad y silencio”, explica. “Olvida que los niños son ruidosos por naturaleza, mientras que ellos necesitan su atención y no entienden por qué su padre puede estar tan distante”.

Junto con otras esposas de soldados ucranianos, aboga por la introducción de una duración fija del servicio militar, argumentando que hay suficientes hombres en el país para sustituir a sus maridos, agotados tras años de lucha.

La distancia y la falta de comunicación destrozan a muchas familias, pero para Viktoria el servicio de su marido solo refuerza el sentido de los valores comunes.

El hecho de que Serguí decidiera alistarse cuando podría haber intentado eludir el servicio demuestra que ella no tomó una decisión equivocada al formar una familia con él, compartió Viktoria.

“A veces es difícil, pero al menos no tenemos nada de qué avergonzarnos”, subrayó.

(con información de EFE)

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