Un paramédico se inclina sobre un hombre tendido en una camilla mientras, a pocos metros, otro rescatista se arrodilla unos segundos para recuperar el aliento antes de volver al trabajo. Entre montañas de concreto, perros entrenados recorren los escombros en busca de señales de vida y chorros de agua intentan enfriar un edificio residencial parcialmente derrumbado. En medio de ese escenario, Mykyta observa su automóvil cubierto de polvo y ladrillos e intenta reconstruir la madrugada que dejó al menos 20 muertos y decenas de heridos en Kiev.
“Fue terrible. Estábamos en casa cuando avisaron que los misiles balísticos venían hacia la ciudad. Corrimos al pasillo para bajar al refugio, pero ya era demasiado tarde”, recuerda el vecino de 34 años. “Hubo un impacto, después otro, y la puerta de entrada salió volando del apartamento. Mi esposa y yo agarramos al perro y al gato y salimos corriendo”.
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Su historia se repite, con distintos matices, entre quienes lograron escapar apenas unos segundos antes de que el edificio residencial colapsara. Algunos salieron descalzos. Otros cargaban a sus hijos o a sus mascotas. Todos quedaron marcados por la misma sensación: haber sobrevivido por un instante.
Mientras los equipos de emergencia levantan bloques de hormigón uno por uno, el operativo se interrumpe cada tanto. Las máquinas se detienen, los rescatistas guardan silencio y los perros levantan la cabeza. Cualquier ruido puede significar que todavía hay alguien con vida bajo los escombros.
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A pocos metros, Yulia Boiko abraza a su hija Sofía. Las dos consiguieron salir antes del derrumbe y aún les cuesta procesar lo ocurrido.
“Tenía mucho miedo, pero gracias a Dios estamos vivas. Eso es lo más importante. Nunca pensamos que algo así pudiera pasar”, dice la mujer, todavía conmovida.
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Las escenas de angustia se multiplican alrededor del edificio residencial. Paramédicos inmovilizan a heridos tendidos sobre el pavimento, vecinos observan en silencio el trabajo de los rescatistas y familias enteras intentan reconocer sus pertenencias entre ventanas arrancadas, vehículos destruidos y montañas de ladrillos. Al fondo del complejo, un enorme cráter recuerda el punto exacto donde uno de los proyectiles impactó contra el suelo.
Nadia también logró ponerse a salvo por muy poco. Cuando comenzaron las alertas, corrió junto a su familia hacia el estacionamiento del edificio.
“Entramos corriendo y entonces escuchamos la explosión. Pudimos salvarnos, pero todo quedó destruido. No sé ni qué decir. Todavía hay gente atrapada bajo los escombros“, relata con la voz quebrada, mientras una mujer llora a pocos metros del lugar.
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Con el correr de las horas comenzaron a conocerse las dimensiones del ataque. El presidente Volodimir Zelensky había advertido desde Dublín que Rusia preparaba un bombardeo de gran escala y decidió acortar su visita para regresar a Ucrania. Poco después, la Fuerza Aérea ucraniana informó que las tropas de Vladimir Putin lanzaron 496 drones y 74 misiles, incluidos misiles balísticos. Aunque las defensas interceptaron la mayoría, varios lograron impactar en distintos puntos de Kiev.
Moscú aseguró que los ataques estaban dirigidos contra infraestructura militar, energética y aeródromos. Sin embargo, entre los objetivos alcanzados volvió a aparecer un edificio residencial donde, apenas unas horas antes, decenas de familias dormían.
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Cuando cae la tarde sobre Kiev, Mykyta sigue sin apartarse de las ruinas. Abraza a su perro mientras observa a los rescatistas trabajar entre montañas de concreto. Cada vez que las máquinas se detienen, el silencio vuelve a cubrir el lugar. Los vecinos contienen la respiración. En una ciudad acostumbrada al sonido de las sirenas, la esperanza todavía depende de escuchar una voz bajo los escombros.
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