La Roca de las Tres Ballenas y la política ambiental: cómo un ícono tailandés impulsa debate global

En el noreste de Tailandia, rodeada por extensos bosques protegidos, se alza la formación rocosa de Hin Sam Wan, conocida como la Roca de las Tres Ballenas. Este enclave, situado en la provincia de Bueng Kan —la más nueva del país—, atrae por su antigüedad de 75 millones de años y por la silueta de sus tres gigantescas moles de arenisca que, desde ciertos ángulos, parecen una familia de cetáceos sobre la cresta de una montaña.

Su nombre, tomado del tailandés y que significa exactamente “Roca de las Tres Ballenas”, forma parte del Parque Forestal Phu Sing, una amplia reserva que protege tanto la biodiversidad regional como este fenómeno geológico modelado por la erosión y los movimientos tectónicos durante millones de años.

Desde lo alto de las formaciones, los visitantes pueden contemplar el río Mekong, los bosques colindantes e incluso las montañas del distrito de Pakkading, en la República Democrática Popular Lao. En días despejados, el paisaje revela el carácter fronterizo y biogeográfico de Bueng Kan, provincia ubicada a 751 kilómetros de Bangkok.

Tras años de relativo anonimato internacional, la región vivió un crecimiento turístico; hoy existen rutas que promueven el turismo responsable dentro del enfoque impulsado por la agencia oficial de turismo de Tailandia (TAT) y su programa “7 Greens”, creado en 2011 para fomentar prácticas sostenibles, según National Geographic.

La agencia oficial de turismo de Tailandia (TAT) sostiene una gestión orientada a garantizar la conservación de estos paisajes y su disfrute por las generaciones futuras. Según la TAT, el objetivo es que los intereses ecológicos y la experiencia cultural prevalezcan por sobre la explotación masiva. En ese marco, la Roca de las Tres Ballenas se ajusta de modo ejemplar al planteamiento de sostenibilidad, ya que es uno de los destinos donde la actividad turística se desarrolla bajo estrictas pautas de bajo impacto.

Hin Sam Wan cuenta con una red de senderos que permite alcanzar las formaciones principales a pie, atravesando el Parque Forestal Phu Sing. De las tres “ballenas”, solo dos —las de mayor tamaño— están habilitadas al público; la más pequeña, conocida como la del “hijo”, permanece cerrada al acceso terrestre para preservar su integridad y el entorno inmediato.

La característica más notable de estas estructuras es su antigüedad: 75 millones de años, un período en el que los dinosaurios aún habitaban la Tierra. Integradas en una reserva forestal de amplia diversidad biológica, albergan especies endémicas de flora y fauna de la región nororiental de Tailandia, además de cascadas y miradores naturales. Al atardecer, los tonos anaranjados iluminan la extensa superficie arbórea, realzando la singularidad geológica y el atractivo paisajístico del sitio.

El nombre deriva de la forma alargada y redondeada de las rocas, esculpidas por el viento, la lluvia y las grietas naturales a lo largo del tiempo. Desde la cima de las “ballenas” se aprecia, además del río Mekong, vastas zonas de bosques protegidos y, en la lejanía, las montañas del país vecino. La sensación para quienes las visitan es la de estar suspendidos sobre la jungla, en un privilegiado punto de observación natural.

En Bueng Kan, los turistas tienen a su disposición nueve rutas de senderismo que atraviesan bosques, cruzan cascadas y permiten observar una amplia variedad de plantas y animales. Estas rutas están diseñadas para segmentar los flujos de visitantes y evitar la sobrecarga en puntos frágiles. La caminata hasta los bloques de arenisca resulta una forma ecológica y respetuosa de explorar los paisajes del noreste tailandés.

La mayoría de los viajeros dedica un día a explorar las formaciones, y muchos prolongan la visita hasta el atardecer para ver el sol ocultarse desde lo alto de la roca. Se recomienda llevar calzado apropiado y suficiente agua, pues los recorridos pueden ser largos y presentar tramos de exigencia física moderada. Desde la cima, el panorama ofrece vistas nítidas de la frontera natural entre Tailandia y la República Democrática Popular Lao, lo que subraya el carácter singular de la experiencia.

Además de las formaciones geológicas, el entorno cuenta con áreas de descanso y miradores, y brinda la oportunidad de conocer la labor de las comunidades locales y su vínculo con el uso sustentable del territorio.

Para quienes buscan adentrarse en la cultura del noreste tailandés, la visita al Life Community Museum en Bueng Kan resulta imprescindible. Este museo viviente fue fundado por una estilista gastronómica tailandesa, cuya familia vive en la propiedad, y funciona como un espacio de inmersión en el modo de vida Isan sin interferir en la cotidianidad de la comunidad. El proyecto involucra a 45 familias de la zona, que participan en su gestión y contenidos, promoviendo la transmisión respetuosa de su patrimonio.

El Life Community Museum ocupa 12 rai (casi cinco acres) y comprende una casa tradicional de arquitectura Isan, un mercado y un área dedicada al arte urbano, donde destacan representaciones del Naga, considerados espíritus guardianes del río Mekong. Los murales, pintados sobre láminas metálicas onduladas, se observan tanto en el museo como en algunos edificios aledaños y constituyen una de las facetas más singulares del arte popular local.

El mercado, que se organiza los sábados, permite a los visitantes adquirir productos elaborados por productores agrícolas, artesanos y artistas locales. Esta instancia favorece el diálogo directo entre quienes habitan la región y quienes la visitan, generando oportunidades de intercambio y reconocimiento mutuo.

Diversos relatos que los integrantes de la comunidad comparten al ofrecer sus productos aportan matices a la experiencia, la cual suele permanecer en la memoria de los viajeros una vez concluida la estadía.

La espiritualidad ocupa un lugar central en la identidad de Bueng Kan y en la cultura Isan. A poca distancia del museo, un templo local abrió sus puertas para compartir con los visitantes la dimensión espiritual de la región. Uno de sus espacios está dedicado a las artesanías de los budistas Isan, que a través de técnicas y motivos tradicionales representan el recorrido simbólico de la vida y la muerte según la cosmovisión local.

Este esfuerzo por compartir la cultura se vincula estrechamente con la filosofía de turismo responsable que promueve la TAT a través del programa “7 Greens”. Como parte de la política de preservación, la gestión del flujo de visitantes y la valorización de las prácticas comunitarias buscan asegurar que propuestas como el Life Community Museum o los senderos alrededor de la Roca de las Tres Ballenas se mantengan accesibles y conservadas para el futuro.

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