En la cima del mundo, el tiempo no se mide en horas sino en respiraciones: un error mínimo, una espera de más o la falla de un tanque de oxígeno pueden convertir la llegada a la cumbre en una cuenta regresiva. El riesgo se hizo evidente cuando Purnima Shrestha se quedó sin suministro al alcanzar el Everest y, según la BBC, el desperfecto de su último tanque desató el pánico tras una subida de 13 horas.
Por encima de 8.000 metros, en la llamada zona de la muerte, la presión atmosférica desciende hasta un punto en el que el cuerpo apenas puede captar oxígeno y suele necesitar suministro suplementario para sostener funciones básicas. Sin ese apoyo, los síntomas graves del mal de altura pueden aparecer en unos 30 minutos y llegar a ser mortales, de acuerdo con el doctor Nima Namgyal Sherpa, quien lo explicó a la BBC.
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“En ese momento me di cuenta: No es seguro permanecer aquí ni un segundo más”, relató Shrestha a BBC. La escaladora recordó que, pese a haber coronado el Everest cinco veces, aquella vez solo pensaba en salir con vida.
Qué es la “zona de la muerte” y por qué el cuerpo no se adapta
La zona de la muerte se ubica a más de 8.000 metros sobre el nivel del mar y obliga a los escaladores a depender de oxígeno suplementario.
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Desde que comenzaron los registros en la década de 1920, más de 300 personas murieron al intentar ascender el Everest. En la temporada más reciente, que terminó en mayo, al menos cinco perdieron la vida, según informó el medio.

A medida que aumenta la altitud, la presión atmosférica baja y los pulmones captan menos oxígeno. Por debajo de esa altura el organismo suele adaptarse con respiración más rápida y profunda, aumento de la frecuencia cardíaca y supresión del sistema digestivo. Ese margen desaparece en la zona de la muerte: allí, los escaladores respiran cerca de un tercio del oxígeno disponible al nivel del mar.
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Según los expertos citados por la BBC, un escalador sano puede resistir entre 16 y 20 horas con oxígeno suplementario antes de que el cuerpo colapse. Esa estimación marca el límite fisiológico de una altitud donde cada minuto cuenta.
Los síntomas más graves en la zona de la muerte
En la parte alta del Everest, la temperatura puede caer hasta -40℃ (-40℉) y los vientos extremos agravan la exposición. Una de las consecuencias más frecuentes del frío es la congelación.
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En ese sentido, el Dr. Nima Namgyal Sherpa explicó que: “Cuando la temperatura corporal central desciende, se activa el mecanismo de defensa del cuerpo y la sangre se redirige de las manos y las piernas a los órganos internos. Debido a la falta de oxígeno, las células del cuerpo comienzan a morir”.
La congelación puede causar piel dura y helada, hinchazón, pérdida de sensibilidad y ampollas con sangre o líquido claro o lechoso. En fases avanzadas, la piel se vuelve negra y dura por necrosis, y algunos casos exigen amputación.
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Los dolores de cabeza también son habituales entre quienes suben al Everest. La fuente los vinculó a la deshidratación y a la menor oxigenación en los vasos sanguíneos del cerebro.
La altitud, además, puede provocar edema pulmonar de gran altitud (EPGA), un cuadro que puede ser mortal si no se trata. Entre sus síntomas figuran mucosidad rosada y espumosa, taquicardia y coloración azulada de la piel, los labios o las uñas.
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Quienes presentan señales de EPGA deben bajar cuanto antes y recibir oxígeno suplementario. El riesgo alcanza también a personas nacidas en altura.
Nima Namgyal Sherpa, criado en Khumjung, una aldea situada a unos 4.000 metros, contó a BBC que subió al Everest en 2013 para conocer esos efectos en primera persona. “Si bien tenemos la ventaja genética de haber nacido y crecido a gran altitud, esto solo facilita la adaptación. En general, el esfuerzo físico es duro para todos”, afirmó.
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Confusión y alucinaciones a gran altitud
Los escaladores con menos experiencia suelen aclimatarse para soportar la zona de la muerte con ascensos por etapas, de modo que el organismo se adapte de forma gradual a la altitud. Aun así, Nima advirtió en la BBC que, en el tramo final hacia la cumbre, también quienes acumulan años en la montaña pueden enfrentar complicaciones severas.
Entre ellas figura el edema cerebral de altura (ECA), una variante poco frecuente pero grave del mal de altura, caracterizada por la inflamación del cerebro. La presión dentro del cráneo puede derivar en confusión, dificultad para hablar, pérdida de coordinación y alucinaciones.
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“A menudo oímos en las montañas que algún escalador extranjero o sherpa ha perdido la cordura repentinamente a gran altitud”, comentó el doctor Nima, en referencia a guías de montaña que trabajan en la ruta.
“En estas situaciones, los escaladores pueden agitarse mucho y volverse irracionales, a veces soltándose de las cuerdas fijas y, en muchos casos, cayendo al vacío y muriendo”.
La masificación y los límites del rescate en el Everest
A la amenaza fisiológica se suma la concentración de escaladores en puntos clave del trayecto. Shrestha vio desde la cumbre a una multitud reunida en el Escalón de Hillary, un tramo rocoso de 12 metros que solo permite el paso de una persona a la vez.
Las demoras elevan el riesgo de agotar el oxígeno antes de completar la subida o iniciar el descenso. Shrestha recordó incluso la súplica de otro sherpa que temía no regresar con vida junto a su familia.
La junta de turismo de Nepal informó que más de 1.000 personas alcanzaron la cumbre esta temporada, la más concurrida de la historia. Esa cifra reavivó el debate sobre la capacidad de carga del Everest y la seguridad en la montaña.
Las opciones de rescate también tienen un techo. Aunque un piloto francés logró posar un helicóptero en la cima en 2005, la mayoría de las misiones no supera los 6.500 metros.
Según explicó Nima Namgyal Sherpa a BBC, los equipos de socorro cuentan con recursos limitados para estabilizar a un paciente a gran altitud y suelen usar oxígeno como primera medida. Añadió que emplean pocos medicamentos para cuadros como el edema cerebral de gran altitud o analgésicos antiinflamatorios para la congelación, porque en ese entorno extremo las posibilidades de respuesta son muy bajas.
El especialista advirtió además que cada intento de auxilio en la zona de la muerte expone también la vida de quien acude al rescate. Shrestha logró bajar porque un sherpa local compartió con ella el oxígeno que le quedaba y otros compañeros la apoyaron más abajo.
Incluso para quienes conocen la montaña y han regresado varias veces, entrar en esa franja extrema deja una impresión persistente: cada respiración puede convertirse en una lucha por seguir con vida.

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