Tensión entre China y Japón: Beijing usa los minerales críticos como arma de presión contra TokioLa primera ministra Sanae Takaichi enfrenta una campaña de coerción económica sin precedentes desde Beijing, que ha cortado el suministro de tungsteno, tierras raras y magnetos estratégicos para forzar una retractación sobre Taiwán que Tokio se niega a dar

Desde comienzos de 2026, las exportaciones chinas de algunas formas intermedias de tungsteno a Japón cayeron a cero y no se han recuperado. Las de disprosio y terbio —metales esenciales para fabricar imanes de alto rendimiento usados en vehículos eléctricos— también se detuvieron en octubre de 2025 y no han vuelto a fluir. Los envíos de itrio, empleado en pantallas LED y equipos de semiconductores, se redujeron al 1,13% del volumen total del año anterior. No se trata de una suspensión repentina: es una restricción calibrada, diseñada para infligir daño económico concreto sin provocar una reacción diplomática en cadena que involucre a Washington.

El origen de la crisis se remonta a noviembre de 2025, cuando la primera ministra japonesa Sanae Takaichi declaró ante el Parlamento que una invasión china de Taiwán constituiría “una situación que amenaza la supervivencia de Japón”, con el potencial de activar el derecho de autodefensa colectiva y una respuesta militar nipona. Beijing reaccionó con furia. En los días siguientes, China denunció las declaraciones ante Naciones Unidas, canceló vuelos a Japón, reimplantó la prohibición de importar productos del mar japoneses y advirtió a sus ciudadanos contra viajar o estudiar en el país. En enero de 2026, el Ministerio de Comercio chino emitió una directiva que prohibió con efecto inmediato la exportación de bienes de doble uso —con aplicaciones civiles y militares— a usuarios o fines que pudieran “mejorar las capacidades militares de Japón”. En febrero, Beijing publicó dos listas con 40 empresas japonesas sometidas a restricciones adicionales.

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La estrategia guarda un paralelismo evidente con la crisis de 2010, cuando China impuso un embargo de hecho sobre las exportaciones de tierras raras a Japón tras un incidente marítimo en las islas Senkaku/Diaoyu. Aquella crisis y las restricciones de esa época recordaron a Tokio su exposición estructural, aunque la dependencia de China en tierras raras se redujo del 90% de entonces a alrededor del 65% en la actualidad. Esta vez, el bloqueo es más selectivo pero potencialmente más duradero, porque está anclado a una exigencia política —la retractación de Takaichi— que la primera ministra rechaza.

Fotografía de archivo en la que se registró a un grupo de trabajadores de la automotriz japonesa Toyota, al ensamblar un automóvil en una línea de montaje de la fábrica de Miyawaka, en Fukoka (Japón). EFE/Kimimasa Mayama

Las consecuencias industriales ya son palpables. El tungsteno es un material indispensable para las herramientas de precisión que usan las plantas automotrices, un sector que representa alrededor del 10% del PIB de Japón. Masayoshi Matsumoto, presidente y director ejecutivo de Sumitomo Electric Industries, una de las principales empresas compradoras de tungsteno, advirtió en una exposición industrial en Beijing que si la situación se prolonga, “definitivamente va a causar problemas para la manufactura japonesa”, según declaraciones recogidas por Bloomberg. Para paliar el corte, tanto Sumitomo Electric como Mitsubishi Materials han incrementado el uso de material reciclado como materia prima. Mitsubishi Materials opera actualmente con un 70% de insumos reciclados y aspira a alcanzar el 100% antes de 2030.

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La dependencia estructural de Japón respecto a China es el vector de vulnerabilidad que Beijing explota: según datos de la Organización de Japón para la Seguridad de Metales y Energía, el país dependía de China para aproximadamente el 70% de sus importaciones de tierras raras a 2024. En minerales específicos como el disprosio y el terbio, esa dependencia era prácticamente total. China controla alrededor del 70% de la producción mundial minada de tierras raras y más del 90% del proceso de refinación y la fabricación de imanes permanentes. Tokio redujo su exposición mediante acuerdos con proveedores en Australia y Canadá y el desarrollo de tecnologías de sustitución, pero los cuellos de botella en los eslabones intermedios de la cadena permanecen.

La respuesta diplomática de Tokio ha sido deliberadamente mesurada. Japón se unió al compromiso del Grupo de los Siete de reducir la dependencia de cualquier país en tierras raras a menos del 60% para 2030, y el gobierno estudia medidas de reciclaje, precios de reserva y ajustes comerciales. Pero el canal bilateral está prácticamente clausurado: el embajador japonés en Beijing ha solicitado en reiteradas oportunidades reuniones con funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores chino sin obtener respuesta, según fuentes citadas por Bloomberg bajo condición de anonimato.

El bloqueo no es total. Algunos minerales refinados y tierras raras ligeras siguen fluyendo en menores cantidades, y esa gradación parece deliberada: la ambigüedad estratégica de las medidas chinas parece calculada para presionar a Takaichi hacia una postura más conciliadora sin llegar al punto de ruptura que obligaría a Washington a intervenir. Para la industria japonesa, la pregunta no es si el daño es real —lo es— sino si Tokio puede sostener la brecha en el suministro el tiempo suficiente para que la diversificación, acelerada por la propia crisis, compense las pérdidas. Por ahora, los dos países se comunican más a través de las estadísticas de exportación que a través de sus diplomáticos.

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