Durante las últimas décadas Irán invirtió miles de millones de dólares en la formación de combatientes extranjeros y en la creación de una red de milicias aliadas en Irak, preparadas para responder ante una amenaza directa contra la República Islámica. Sin embargo, tras una semana de guerra declarada por Estados Unidos e Israel contra Irán, esos grupos paramilitares, como el liderado por “A.J.”, permanecen a la espera de órdenes concretas desde Teherán, órdenes que hasta el momento no han llegado.
La falta de una movilización masiva de las milicias proiraníes en suelo iraquí marca un giro respecto de la estrategia regional de Irán. Aunque algunas facciones han reivindicado ataques con drones y misiles contra bases estadounidenses y objetivos en la región, funcionarios kurdos sostienen que la mayoría de esos incidentes fueron ejecutados directamente por fuerzas iraníes. La etiqueta “Resistencia Islámica de Irak”, que diversos militantes han usado para adjudicarse más de dos docenas de ataques recientes, no ha generado daños de relevancia y, en varios casos, ni siquiera existen pruebas verificables de los hechos.
A.J., comandante de una de estas milicias chiíes en el sur de Irak, dice a Reuters que, aun si Irán ordenara una ofensiva, apenas dos o tres de los numerosos grupos respaldados actuarían realmente. “La mayoría ya no son confiables”, declaró a Reuters. En su opinión, varias de estas agrupaciones priorizan hoy intereses políticos y económicos propios por sobre el enfrentamiento militar abierto con Occidente.
La capacidad operativa de las milicias proiraníes en Irak se ha visto mermada por distintos factores. Fuentes consultadas por Reuters —entre ellas miembros de milicias, funcionarios iraquíes y occidentales, y expertos en la región— coinciden en que los años de asesinatos selectivos de líderes, la pérdida de rutas seguras para el traslado de armas y la conversión de comandantes en figuras políticas o empresarios han debilitado el eje de alianzas que construyó Irán. Gareth Stansfield, profesor de política de Medio Oriente en la Universidad de Exeter, señaló que muchos líderes prefieren evitar sanciones personales y mantener acceso a servicios y educación en el extranjero para sus familias.
Aun así, fuentes de seguridad iraquíes advierten que una ofensiva a gran escala de las milicias podría estallar si el conflicto se prolonga, si se percibe un ataque estadounidense-israelí contra los chiíes en general, o si grupos kurdos apoyados por Estados Unidos atacan a Irán. No obstante, los recursos armamentísticos de estas agrupaciones están desactualizados y no han recibido nuevos suministros desde la última confrontación con Israel.
Durante el reciente ataque al líder supremo iraní, Ali Khamenei, fallecido en un bombardeo, no se registraron reacciones inmediatas por parte de las milicias iraquíes. En Bagdad, miles de simpatizantes chiíes intentaron acercarse a la Zona Verde, donde se ubica la embajada estadounidense, pero la policía los dispersó. Ninguno de los líderes más reconocidos de las milicias proiraníes estuvo presente, y las declaraciones públicas se limitaron a llamados simbólicos, como el de Qais al-Khazali, sin convocatorias a la acción armada.
El auge de las milicias chiíes en Irak se remonta a la invasión estadounidense de 2003 y se consolidó tras la derrota del Estado Islámico en 2017, lo que les permitió ocupar escaños parlamentarios y controlar organizaciones como las Fuerzas de Movilización Popular, financiadas con más de $3.000 millones anuales del Estado iraquí. Sin embargo, la dinámica cambió tras el ataque a la embajada estadounidense en 2019 y el asesinato en 2020 de Qassem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní. Su reemplazante, Esmail Ghaani, no logró ejercer el mismo liderazgo, lo que provocó una pérdida de cohesión entre las milicias.
Tras la muerte de Soleimani, Hezbollah libanés asumió un rol coordinador, pero el asesinato de su líder, Hassan Nasrallah, en 2024, debilitó aún más el eje proiraní. Las milicias iraquíes limitaron su accionar a Irak y Teherán, dejando de operar en Líbano y Siria por el riesgo de infiltración y ataques israelíes. La caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria, reemplazado por Ahmed al-Sharaa en 2025, supuso la pérdida de una vía crucial para el movimiento de armas y combatientes, obligando a los grupos proiraníes a replegarse.
La transformación de varios líderes de milicias en empresarios y políticos ha moderado su retórica antiestadounidense y reducido su disposición al enfrentamiento armado, según fuentes políticas iraquíes y occidentales. Algunos han iniciado contactos con funcionarios europeos y estadounidenses para preservar su influencia y evitar sanciones. Al mismo tiempo, Irán ha recurrido a intermediarios para obtener recursos económicos mediante operaciones en efectivo y contrabando de petróleo, aunque las sanciones han limitado esos flujos.
Pese a la presión militar y las sanciones, la posibilidad de que las milicias chiíes en Irak retomen un papel activo depende de factores religiosos y sectarios. Un ataque contra lugares sagrados o contra la comunidad chií podría volver a unir a estas facciones en defensa de su fe, según líderes religiosos y políticos en Bagdad. “Esperamos la paz, pero si llega la confrontación estamos listos”, afirmó el jeque Karim al-Saidi.
Por ahora, la estructura regional de alianzas de Irán permanece fragmentada: la mayoría de sus antiguos aliados en Irak priorizan la supervivencia política y económica por sobre la confrontación directa, y solo unas pocas facciones mantienen una lealtad activa a Teherán.
(Con información de Reuters)
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