Las nuevas investigaciones sobre el Antiguo Testamento descartaron la autoría única de Moisés y desmintieron siglos de tradición religiosa. Estudios lingüísticos e históricos, recogidos por la revista National Geographic, muestran que el texto es el resultado de la colaboración y reescritura de múltiples autores y escuelas durante varios siglos en los antiguos reinos de Judá e Israel.
Expertos señalan que el Antiguo Testamento fue redactado por distintos equipos de escribas y sacerdotes entre los siglos diez y cuatro a. C. Estas agrupaciones, denominadas corrientes yahvista, elohísta, sacerdotal y deuteronomista, crearon, editaron y fusionaron relatos en contextos históricos y culturales diversos, especialmente durante el exilio en Babilonia y bajo la influencia de figuras como Esdras.
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La atribución tradicional de la Torá —compuesta por Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio— a Moisés coexistió durante siglos con dudas textuales y narrativas. Algunos pasajes, como la narración de la muerte de Moisés y ciertas afirmaciones sobre su carácter, dificultan sostener esa autoría. Además, varias historias se repiten con diferencias notables, lo que sugiere la presencia de diferentes versiones y autores.

La identificación de repeticiones, divergencias y estilos narrativos distintos en los textos permitió a la comunidad académica iniciar una revisión. Según la revista National Geographic, a lo largo del Pentateuco se detectan episodios duplicados, como el pacto de Abraham o el relato del Diluvio, narrados con matices y detalles diferentes.
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El estudio del hebreo original ayudó a apoyar la idea de que hay fragmentos escritos en diferentes etapas, con un lenguaje que va de arcaico a moderno, lo que muestra una evolución gradual del texto.
Identificación de estilos y versiones en el Antiguo Testamento
Ya desde el siglo XVII, la crítica textual y los progresos filológicos se robustecieron en la hipótesis documental. Esta teoría, aún vigente, sostiene que en los primeros cinco libros de la Biblia pueden distinguirse varias corrientes narrativas independientes, originadas en diferentes épocas y lugares. Estudios pioneros de Thomas Hobbes, Jean Astruc, Eichhorn y Wellhausen permitieron clasificar las fuentes que existen detrás del texto bíblico.
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De acuerdo con la revista National Geographic, la corriente yahvista se caracteriza por emplear el nombre Yahvéh y situar los relatos en Jerusalén y Judea, con protagonismo de las tribus del sur.
Por el contrario, la corriente elohísta utiliza el nombre Elohim y ubica los episodios en el reino de Israel, resaltando tradiciones y lugares propios de esa región. Ambos estilos relatan episodios comunes, pero presentan diferencias en personajes, ubicación —por ejemplo, los nombres Horeb y Sinaí— y elementos culturales.
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Aunque el fondo de las narraciones es semejante, cada versión presenta variaciones lingüísticas y asigna diferentes grados de importancia a determinadas tribus y figuras históricas.
Las corrientes yahvista, elohísta, sacerdotal y deuteronomista

La corriente yahvista surgió en torno a los siglos diez y nueve a. C., asociada con la élite religiosa del templo de Jerusalén en el reino de Judá. En paralelo, la corriente elohísta tomó forma en el reino de Israel durante el siglo IX a. C., reflejando costumbres, liderazgo y referencias geográficas propias del norte.
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Ambas líneas convivieron hasta que la caída del reino de Israel ante los asirios en 722 a. C. desplazó a parte de su población, que llevó sus textos sagrados a Judá. Esto favoreció la integración de relatos distintos. Un editor anónimo, según opinión generalizada, utilizó la versión yahvista como base y fusionó ambas tradiciones en un nuevo relato unificado para toda la comunidad israelita.
Entre los siglos VI y V a. C., la corriente Sacerdotal añadió nuevas secciones al conjunto, centradas en normas rituales, la figura de Aarón y la organización del culto en el templo de Jerusalén. Esta fuente emplea también el nombre Elohim, reflejando adaptaciones a las tradiciones previas. Su énfasis principal reside en la pureza, la ley y las prerrogativas de la institución sacerdotal.
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La última incorporación significativa es la que corresponde a la corriente deuteronomista, que surgió a partir del descubrimiento de un texto legal en ocasión de la reforma religiosa impulsada por el rey Josías en el año 622 a. C.
Este fragmento, identificado como Deuteronomio, insistía en la centralización del culto en Jerusalén y la obediencia a una única ley. Presentado como discurso pronunciado por Moisés, fue adoptado por toda la comunidad y se agregó como normativa suplementaria al corpus anterior.
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Edición, fusión y canonización del Antiguo Testamento
La destrucción de Jerusalén por el ejército babilonio en 586 a. C. y el posterior exilio marcaron una etapa en la conservación y recopilación de las tradiciones hebreas. Tras el retorno, bajo dominio persa, la integración final de los textos estuvo liderada por figuras como Esdras, sacerdote y escriba experto en la Ley y funcionario del rey persa Artajerjes. Según la revista National Geographic, Esdras desempeñó un papel al organizar y difundir la versión definitiva de la Torá.

La fecha exacta de su intervención —alrededor del 457 a.C. o durante el gobierno de Artajerjes II— sigue siendo materia de debate, pero se reconoce que su función como compilador permitió coordinar y consolidar las diversas fuentes en un solo libro.
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Desde ese momento, el canon hebreo continuó creciendo con la integración de libros históricos, proféticos y poéticos, formando el núcleo del Antiguo Testamento cristiano. Así, los textos actuales surgen tras siglos de redacción, debate e integración de multiplicidad de tradiciones.
Al regresar a Jerusalén tras el exilio, la comunidad asistió a la lectura pública de la ley unificada. Esdras presentó el nuevo libro ante la asamblea, simbolizando la cohesión de las tradiciones dispersas en una ceremonia que dio nueva identidad colectiva al pueblo hebreo.

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