
Los negocios pueden nacer de cualquier idea o situación. Una planilla de Excel mal aprovechada, la muerte de dos mascotas o una cosecha de choclos, pueden ser el punto de partida para empresas de éxito. Lo que tienen en común es que, en algún momento, alguien identificó un problema, encontró una forma de resolverlo y decidió emprender.
En Argentina de los últimos años, con su cóctel habitual de inflación, inestabilidad y consumo volátil, tres emprendimientos lograron no solo sobrevivir sino escalar:
- una plataforma de gestión para pyme que ya tiene 50 clientes en todo el país,
- una marca de alimento natural para mascotas que obtuvo una habilitación sanitaria única en el rubro, y
- una empresa de congelados que construyó un modelo de expansión desde cero y hoy factura USD 6 millones al año. Tres historias distintas, un mismo punto de partida: una idea con los pies en la tierra.
El campeón de robótica que digitalizó las pyme
Matías Armani tenía 13 años cuando empezó a ir todos los sábados a un curso de robótica y programación en Mendoza. Tres años después se consagró Campeón Nacional de Robótica tras ganar la instancia local, la regional en La Pampa y la final en Buenos Aires. Ese recorrido anticipó su forma de encarar los desafíos: preparación sistemática, objetivos concretos, ejecución por etapas.
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Matías Armani anticipó su forma de encarar los desafíos: preparación sistemática, objetivos concretos, ejecución por etapas
A los 20 años, ya estudiando ingeniería mecatrónica en la Universidad Nacional de Cuyo, fue a visitar la fábrica de Innamorato, una heladería con siete sucursales en Mendoza, para ver si podía mejorar algún proceso. Lo que encontró fue que el 97% de la gestión se hacía en planillas de Excel o a mano. Empezó a desarrollar un sistema de gestión desde cero. Después habló con otras empresas y se dio cuenta de que el panorama era casi idéntico en todas partes.

De ahí nació devFactory, una plataforma de gestión integral para pymes que funciona por suscripción mensual, al estilo Netflix. El sistema unifica en un solo lugar la cadena completa del negocio: materia prima, stock, producción, ventas, facturación, recursos humanos y marketing.
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La diferencia con los ERP tradicionales, orientados a perfiles técnicos o de gestión, es que el emprendimiento fue diseñado para que cualquier empleado pueda incorporarla sin capacitación compleja. A eso se suma una capa de inteligencia artificial que permite consultar datos y generar reportes operativos, incluso a través de un audio enviado por WhatsApp.
La plataforma arrancó con tres clientes y hoy tiene 50 en todo el país, principalmente en: Mendoza, Buenos Aires, Salta, Córdoba, Tucumán, Santa Fe y Río Negro. Los rubros son variados -alimentos, retail, textil, industria- y el único sector que queda afuera por el momento es el de servicios. Entre los suscriptores hay jugueterías, fábricas de pastas, bodegas, colchonerías, pet shops y fabricantes de ropa. El límite en general es de empresas de hasta 150 empleados.
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El crecimiento también se aceleró en otro frente: devFactory integró su plataforma con WhatsApp (Meta), Tienda Nube y Mercado Libre, incorporó seis empleados y completó una ronda de financiamiento con sus propios clientes, que aportaron capital en función de la confianza acumulada en la plataforma.
Completó una ronda de financiamiento con sus propios clientes, que aportaron capital en función de la confianza acumulada en la plataforma
El 2025 fue, además, un año de reconocimientos externos: Armani ganó el concurso Naves Argentina, obtuvo el Premio Joven Empresario Mendocino, fue reconocido por la legislatura provincial y quedó seleccionado para los programas de Endeavor y HIT. También fue becado para estudiar seis meses en Corea del Sur.
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El plan proyecta llegar a 100 clientes en seis meses y alcanzar los USD 300.000 de facturación anual en 2027. La empresa se encuentra, según Armani, “en el punto de funcionamiento para poder iniciar en breve una ronda de inversión” que le permita acelerar el crecimiento y expandirse a Chile, Colombia y México.
La pregunta que nadie se hacía sobre lo que comen las mascotas
Luther y Mambo eran los perros de Gonzalo Benoit. Ambos murieron de cáncer. Fue en ese momento cuando Benoit y los otros fundadores de lo que luego sería Kalbby empezaron a hacerse una pregunta que la industria no se estaba haciendo: ¿qué estaban comiendo los perros y gatos todos los días?
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El diagnóstico que encontraron era claro. Mientras en la alimentación humana crecía el cuestionamiento a los ultraprocesados y ganaban terreno las opciones más naturales, la comida para mascotas seguía sin cambios, basada casi exclusivamente en productos industriales de alta intervención. El alimento balanceado tradicional dominaba el mercado de manera casi absoluta.
Mientras en la alimentación humana crecía el cuestionamiento a los ultraprocesados y ganaban terreno las opciones más naturales, la comida para mascotas seguía sin cambios
Así nació la idea: salir al mercado con recetas naturales formuladas para perros y gatos, elaboradas con carne muscular, órganos, huesos carnosos molidos y vegetales, presentadas en porciones congeladas listas para servir.
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El sistema de packaging está pensado para que las porciones se almacenen en cualquier freezer doméstico y se usen de forma ordenada: cajas de 3 kg con 24 porciones de 125 gramos para perros, y bolsas de 1 kg con porciones de 70 gramos para gatos.

Según sus dueños, lo que distingue al emprendimiento dentro del segmento de alimentación natural es la habilitación. La empresa es la única en el país autorizada por el Senasa para producir alimento BARF -sigla en inglés de alimentación cruda biológicamente apropiada- para perros y gatos. Eso significa que sus procesos, operación y producto están auditados y validados por el organismo sanitario oficial, con trazabilidad y controles en cada etapa de la cadena.
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La inversión inicial para construir la infraestructura fue de aproximadamente un millón de dólares, destinada a maquinaria, instalaciones y procesos.
“No venimos a imponer una forma de alimentar, sino a abrir una conversación que durante años no existió y a ofrecer una alternativa real para quienes quieren elegir. Queremos generar un cambio cultural en la manera en la que alimentamos a nuestras mascotas”, comentó Benoit.
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Queremos generar un cambio cultural en la manera en la que alimentamos a nuestras mascotas (Benoit)
El nicho que ocupa Kalbby es todavía chico en términos de penetración de mercado, pero está en expansión. La tendencia de humanización de las mascotas, es decir, la disposición de los dueños a tomar decisiones de consumo para sus animales con criterios similares a los que aplican para sí mismos viene creciendo de forma sostenida en Argentina y en el mundo.
Del campo al freezer: cómo se construye un negocio desde cero dos veces
Walter Giaccaglia creció en Del Carril, un pueblo de mil habitantes en el partido bonaerense de Saladillo. Sus primeros ingresos llegaron juntando choclos en el campo durante su adolescencia. A los 22 años se mudó a Buenos Aires para estudiar Marketing. Lo que vino después fue un recorrido que incluyó agencias de autos -donde llegó a dormir en un sillón de la oficina-, el taller de acolchados de una tía y, eventualmente, el negocio de la publicidad en vía pública, donde escaló hasta manejar alrededor de 4.000 carteles. En 1999 vendió esa compañía.

El camino hacia los alimentos congelados llegó en 2018, cuando identificó una empresa del sector con problemas financieros y estructurales. El modelo original estaba basado en franquicias, pero carecía de la logística, el stock y la infraestructura de frío necesarios para sostenerlo.
“Primero tuvimos que poner todo en orden”, resumió Giaccaglia sobre su diagnóstico inicial. Invirtió USD 250.000 para reestructurar la operación y tomó una decisión que iba en contra del diseño original del negocio: pausar las franquicias y abrir locales propios en Vicente López, La Lucila y Olivos. El objetivo era construir un modelo probado antes de volver a expandirse.
Tomó una decisión que iba en contra del diseño original del negocio: pausar las franquicias y abrir locales propios en Vicente López, La Lucila y Olivos. El objetivo era construir un modelo probado antes de volver a expandirse
La pandemia fue, para Qüem, un acelerador. El consumo de alimentos listos o fáciles de preparar creció de forma sostenida y Giaccaglia apostó a que esa demanda se iba a mantener. Invirtió en ampliar la planta de producción.
En 2021, en medio de la expansión, recibió un diagnóstico grave que requirió quimioterapia y una operación compleja. “Pensé que ahora sí había llegado al final de la historia”, dijo sobre ese momento. Al año siguiente, tras recibir el alta, tomó otra decisión que volvió a cambiar el rumbo del negocio: “Decidimos comprarle a mi socio su parte y empezar este proyecto como una estructura familiar”. Su hijo Matías volvió de Colombia para hacerse cargo de la gestión operativa.
Hoy Qüem tiene siete locales propios y 10 franquicias, pero el motor de crecimiento más activo es el sistema de corners: freezers instalados en comercios de cercanía, con mercadería entregada en muchos casos en consignació, lo que permite escalar sin los costos fijos de un local tradicional. La proyección es llegar a 100 corners operativos durante este año.

El portafolio supera los 350 productos, aunque la estrategia en el punto de venta se concentra en alrededor de 50 de alta rotación. La mitad son marca propia -frutas, verduras, rebozados, guarniciones, chipas, pizzas, tartas- y el resto son marcas distribuidas.
Ahora el dinero ya no era lo importante. Lo que importa realmente es formar parte de un grupo de personas que pasamos por cosas duras y que podemos aportar valor por todo lo aprendido (Giaccaglia)
La facturación anual ronda los USD 6 millones y la mirada hacia adelante incluye robotización de la planta, inteligencia artificial en los procesos y tiendas inteligentes sin personal, actualmente en fase piloto en barrios cerrados. También avanza una línea gourmet llamada Orígenes, diseñada para integrar a productores regionales que habitualmente no tienen acceso a las grandes superficies de comercialización.
“Ahora el dinero ya no era lo importante. Lo que importa realmente es formar parte de un grupo de personas que pasamos por cosas duras y que podemos aportar valor por todo lo aprendido”, reflexionó Giaccaglia.

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