Aristóteles decía que todos estamos de acuerdo en que buscamos la felicidad, pero luego diferimos en cómo alcanzarla, sobre qué medidas tomar para que nuestra vida y las de los demás sean mejores. Además, en Ética a Nicómaco dice que no hay tampoco acuerdo en qué significa la felicidad para cada uno. En el peronismo empieza a haber un acuerdo en qué sería la felicidad, pero todavía parece no haber ninguna idea en cómo alcanzarla y aún menos en quién sería el encargado de conducir ese proceso.
Hay un avance en el qué porque es difícil encontrar peronistas que defiendan la emisión monetaria como solución a las demandas sociales y hay una revalorización del equilibrio fiscal. Más o menos, todos coinciden en que hay que intentar tener un programa de desarrollo industrial con sensibilidad social y equilibrio fiscal, lo dicen todos. Esto es una suerte de intento de síntesis superadora entre la última experiencia peronista del Frente de Todos y el gobierno de Javier Milei.
Ahora, no hay muchas ideas o definiciones claras sobre cómo hacerlo. Esto es importante porque probablemente gran parte de lo novedoso de la campaña de Javier Milei que lo terminó llevando a la presidencia fue que efectivamente habló del cómo, la dolarización y el cierre del Banco Central. Luego todo fue mentira, pero gran parte de la sociedad vio que había un cómo resolver los problemas.
Y subsiste un gran divisor de aguas que hace que todo lo aprendido de los errores del pasado caiga en saco roto. Un gran “cómo” divergente. Es la visión sobre la deuda, que para una parte del peronismo deber y tener deuda externa es ser esclavo y asimilan al endeudamiento a una dominación militar que debe ser repelida y rechazada; mientras que para otros la deuda bien utilizada es una herramienta para anticipar desarrollo.
Si uno piensa en el movimiento peronista en su conjunto, hay ocho sectores. El kirchnerismo, el kicillofismo, el Frente Renovador de Sergio Massa, el cordobesismo, el sector de centro encabezado por Juan Manuel Olmos y Tolosa Paz, le podríamos decir que es el neoalbertismo, los peronismos provinciales como el tucumano, el salteño, el catamarqueño. Además hay que sumar a Patria Grande de Juan Grabois y Principios y Valores de Guillermo Moreno. Realmente, se transformó en una diáspora con un núcleo muy opositor al gobierno de Milei y otros que tienen más o menos distancia de los libertarios, para terminar con el gobernador Sáenz y el tucumano Jaldo, que ayer le dieron quórum al Gobierno para que vote la eliminación de los subsidios al gas en localidades de 15 provincias y en general ayudan al Gobierno a cambio de ayudas y contraprestaciones económicas para sus provincias.
Por otro lado, el martes pasado, se realizó el Congreso Nacional del Partido Justicialista y funcionó como un intento de ordenamiento administrativo y político en un momento de profunda fragmentación interna. Durante la sesión mixta, que combinó presencialidad en la sede de Matheu con participación virtual, el peronismo priorizó la regularización de sus estados contables y balances para desactivar las amenazas de intervención judicial que sobrevuelan la estructura nacional. La resolución más significativa en el plano territorial fue la designación de nuevos normalizadores para los distritos de Jujuy y Salta, con el objetivo explícito de frenar el desplazamiento de las autoridades afines al kirchnerismo y pactar elecciones internas antes de finalizar el año, enfrentando así la influencia de los gobernadores locales que mantienen vínculos con el oficialismo nacional.
En términos políticos, el cónclave operó como una confluencia temporal entre sectores que hoy caminan por senderos separados. Dirigentes vinculados al nuevo espacio federal liderado por Juan Manuel Olmos, Guillermo Michel y otros referentes provinciales se sentaron en el mismo ámbito con el núcleo duro que responde a la conducción de Cristina Kirchner. A pesar de que estas facciones mantienen estrategias y programas políticos distintos, durante el Congreso se evitó la ruptura, priorizando la preservación de la herramienta partidaria por encima de los matices ideológicos. Un dato central que surgió del debate fue la fuerte coincidencia entre la mayoría de los congresales sobre la necesidad de recurrir a las PASO o mecanismos de internas abiertas para definir las candidaturas de 2027. Se instaló la premisa de que los liderazgos no pueden imponerse por consenso en la superestructura, sino que deben legitimarse a través del voto popular en las urnas, rechazando la idea de una candidatura única prefabricada.
Aunque la voz del kirchnerismo más cerrado estuvo presente a través de figuras como Oscar Parrilli, quien insistió en la tesis de la proscripción de la expresidenta, el tono general del encuentro fue sorprendentemente diverso. Se registraron cuestionamientos internos de peso, como el planteo del PJ de San Luis que exigió una conducción colegiada al considerar agotada la legitimidad de la actual mesa directiva, aunque esta demanda no fue tratada en el recinto. En definitiva, el Congreso no resolvió los conflictos de fondo que atraviesan al movimiento, pero sirvió como un freno defensivo ante la justicia electoral y como una reafirmación de que, ante la crisis actual, el peronismo busca proyectarse hacia las próximas elecciones nacionales mediante un esquema de competencia interna que permita ensanchar su base de sustentación.
Además, durante este mes surgió una de las novedades más interesantes en el peronismo, el surgimiento de un peronismo de centro en Parque Norte: ni kirchnerista ni kicillofista.
El encuentro realizado en Parque Norte a principios de mayo, motorizado por figuras como Juan Manuel Olmos, Victoria Tolosa Paz y Guillermo Michel, marcó un intento significativo por reconfigurar el tablero del peronismo desde una lógica de centro y vocación federal. Con una convocatoria que reunió a cerca de 4.000 dirigentes, incluyendo intendentes, cuadros técnicos y referentes provinciales, el evento se posicionó no como una ruptura orgánica con el conjunto de Unión por la Patria, sino como un espacio de diagnóstico y construcción de una narrativa alternativa que busca superar lo que muchos de sus participantes consideran el agotamiento del esquema liderado desde el Instituto Patria. La premisa central del encuentro fue la necesidad de pasar de una lógica de resistencia defensiva a la elaboración de un programa productivo que interpele a los sectores medios, a las pymes y a las provincias, distanciándose del kirchnerismo que, a juicio de los organizadores, ha perdido la capacidad de seducir a las mayorías fuera de su núcleo duro.
La arquitectura del cónclave reflejó una estrategia de descentralización: se evitó el verticalismo tradicional en favor de mesas de debate temáticas sobre desarrollo, producción e inclusión, subrayando una vocación de horizontalidad que busca integrar a intendentes y gobernadores con mayor peso decisorio. A pesar de los intentos de los organizadores por marcar una identidad de centro, el encuentro no derivó en una separación legislativa ni en una confrontación abierta, manteniendo la unidad operativa necesaria para sostener la oposición frente al gobierno de Javier Milei en el Congreso. Sin embargo, el mensaje político fue claro: el peronismo debe ensanchar sus fronteras y modernizar su discurso si pretende recuperar centralidad electoral en 2027. La reunión funcionó como un ejercicio de demostración de músculo político, enviando una señal tanto al oficialismo como a la cúpula del PJ tradicional sobre la existencia de un sector que, aun reconociéndose parte de la historia del movimiento, no está dispuesto a aceptar una conducción que limite la discusión de nuevas ideas. El desafío que enfrenta este espacio es lograr consolidar esa estructura sin caer en la fragmentación, en un contexto donde el peronismo aún debate si debe mantener la unidad bajo una conducción única o si ha llegado el momento de permitir que diversas corrientes compitan para legitimarse en las urnas, priorizando el pragmatismo de gestión por sobre la retórica de barricada. Este encuentro en Parque Norte, por tanto, debe leerse como la cristalización de una inquietud compartida por quienes creen que, sin una reingeniería profunda y una apertura hacia nuevos liderazgos territoriales, el peronismo corre el riesgo de quedar estancado en un lugar marginal de la política nacional.
Toda esta diáspora del peronismo y en términos del comienzo de esta columna, no estar de acuerdo ni en el qué, ni en el cómo, ni en el quién, ¿se debe a que Cristina Kirchner está presa?
Bueno, este es un planteo atendible, pero probablemente el problema provenga de antes. Cristina eligió a Daniel Scioli que hoy es funcionario de Milei y perdió la elección con Macri; eligió a Alberto Fernández que tuvo un gobierno que estuvo por debajo de las expectativas y al que ella misma criticó y luego a Sergio Massa que también perdió las elecciones. Estas derrotas y particularmente el gobierno fallido del Frente de Todos debilitó su liderazgo y no hay quien llene ese hueco de liderazgo.
Ahora, si Cristina hubiese acertado en todo y además estuviera presa, también habría una crisis interna en el peronismo. ¿Por qué? Por la naturaleza de su liderazgo.
El gran problema del liderazgo carismático radica en su capacidad para movilizar, ordenar y sintetizar conflictos durante la etapa fundacional de un movimiento, mientras que, paradójicamente, obstaculiza la fase posterior: la transformación de esa energía política en instituciones estables y en una élite dirigente capaz de trascender al fundador. Max Weber definió este carisma como una forma de autoridad basada en la percepción de cualidades extraordinarias, donde la obediencia no emana de reglas impersonales o de la tradición, sino de una creencia profunda en la excepcionalidad del individuo. Esta dinámica genera una tensión fundamental, ya que la institucionalización exige reglas claras, mientras que el carisma requiere una excepcionalidad permanente; si el sistema se burocratiza demasiado, el líder pierde su aura de unicidad, pero si depende exclusivamente de él, la estructura se torna inherentemente frágil. Weber denominó a este desafío la rutinización del carisma, un proceso de transición donde muchos movimientos fracasan históricamente al no lograr consolidar estructuras permanentes.
Existen mecanismos precisos mediante los cuales este tipo de liderazgo bloquea el surgimiento de sucesores, comenzando por la concentración simbólica absoluta, donde el líder absorbe la identidad del movimiento, la legitimidad moral y el vínculo emocional con las bases, reduciendo a cualquier dirigente secundario a un intérprete menor, una tendencia visible en casos como los de Perón o Chávez. A esto se suma una desconfianza sistemática hacia figuras autónomas, que lleva a los líderes a rotar a sus colaboradores, evitar la consolidación de segundas líneas y fomentar una competencia interna que, si bien preserva el control inmediato, impide la reproducción natural del liderazgo.
Asimismo, estos líderes suelen debilitar las instituciones deliberadamente, prefiriendo relaciones directas con el pueblo y lealtades personales sobre la estructura de partidos, cuadros técnicos o mecanismos formales de sucesión. Esta personalización extrema de la política fomenta la idea de que el líder es irrepetible y que su figura es la única capaz de representar verdaderamente al pueblo, una narrativa que fortalece al dirigente en vida pero sentencia al movimiento a la fragmentación tras su partida, ya que el sucesor hereda el aparato pero no la legitimidad afectiva. Frente a este fenómeno, el éxito histórico de figuras como George Washington, Nelson Mandela o Deng Xiaoping, quienes priorizaron el fortalecimiento de reglas institucionales, el retiro a tiempo o la promoción de liderazgos colectivos, demuestra que el test definitivo de un gran líder no reside solo en la conquista del poder, sino en la capacidad de diseñar un sistema que funcione con eficacia y estabilidad una vez que él ya no esté presente.
Cristina lógicamente es una líder carismática y ahora está poniendo todo su empeño en bloquear el desarrollo del liderazgo de Axel Kicillof. Aún no quedan claras las reales diferencias para este bloqueo, pero últimamente se empezaron a fabricar. Según el kirchnerismo, Kicillof no defiende tanto el pedido de libertad para la expresidenta y esto sería imperdonable. Vamos a ver la foto que se viralizó en estos días.

Para quienes nos escuchan por Radio Perfil y Radio Jai contamos que se ve una foto con varios carteles que dicen “Axel o Milei” y está tapada por una inscripción que dice “Cristina Libre”.
En política rara vez las cosas tienen un significado directo. Marx decía que la política es un teatro de máscaras en el que cada cual esconde sus verdaderos intereses detrás de una formulación más aceptable. Cuando el kirchnerismo le grita “Cristina libre” a Kicillof le está queriendo decir “Cristina conducción”. Luego, si hay que utilizar la campaña para concientizar sobre la libertad o no de la expresidenta y hacer el indulto o no después, es un tema táctico que conociendo la voluntad de llegar al poder de Cristina, puede discutirse. Lo que Cristina no tolera es que Kicillof y, gracias a su desafío, ahora todo el resto de tribus peronistas desafíen su liderazgo.
Entonces, lejos de buscar un “cómo”, Cristina está enfrascada en un “quién” liderará ese proceso de supuesta reconstrucción del país, de ese supuesto “qué”. Ese “quién” es ella misma, cosa que no tiene el acuerdo del resto de las tribus, prácticamente todas piensan lo mismo. La lapicera de Cristina se terminó.
Esta falta de un “cómo” hace que Milei avance en el Congreso. Más allá del incremento de los diputados obtenidos por la última elección, Milei suma los apoyos de Sáenz, Jaldo y otros mandatarios provinciales de tradición peronista porque cada uno de ellos está pensando en su propia supervivencia, no hay proyecto de país y en ese sentido tampoco hay ideas que puedan hacer más tolerable el ajuste de Milei, Unión por la Patria ha servido solo como freno a Milei, no como una alternativa.
Frente al argumento de la restricción presupuestaria de Milei, no hay una respuesta convincente que ordene a la tropa peronista y menos aún a la opositora.
Esto es una verdadera lástima porque el país tiene margen para discutir los “cómos”. Vaca Muerta y la minería darán un ingreso de divisas que permiten ordenar el país y rollear la deuda, ganando tiempo para iniciar un plan de desarrollo. Cómo hacerlo es probablemente una de las discusiones más interesantes de los últimos años, pero tal como lo dice Aristóteles, ponernos de acuerdo en esto, es lo más difícil.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
MV/LT

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