Kaktovik, una pequeña aldea del Ártico en el extremo norte de Alaska, busca revitalizar el turismo de osos polares tras años de restricciones y desafíos. El pueblo aspira a reactivar esta fuente de ingresos, pero también procura resguardar tanto el entorno natural como el modo de vida de la comunidad.
Cada fin de verano, los grandes osos blancos se congregan junto a Kaktovik, la única población establecida en el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico. Los animales llegan para alimentarse de los restos de ballena que dejan los cazadores y esperan que el frío intenso congele el mar. Este fenómeno llegó a atraer a 1.000 turistas cada año bajo la idea del “último chance” para ver a estos animales antes de que el cambio climático los lleve a la extinción.
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El auge y caída del turismo polar
La pandemia de COVID-19 y una orden federal que prohibió los paseos en barco para avistar osos pusieron freno casi total al turismo en la zona. Las autoridades estadounidenses justificaron la medida por la saturación de visitantes y el desborde de actividades en el pequeño pueblo. Ahora, los líderes de Kaktovik esperan nuevas reglas que permitan reactivar el turismo, estimado en millones de dólares, siempre que puedan establecer pautas para proteger el entorno y la propia comunidad.
“Vemos claramente el beneficio del turismo”, afirmó Charles Lampe, presidente de la Kaktovik Inupiat Corporation, propietaria de 373 kilómetros cuadrados de tierras, a The Associated Press. Y agregó: “La cuestión es que no puede gestionarse como antes”.
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En los años 80, cualquier habitante del pueblo con una embarcación y conocimientos locales llevaba visitantes a observar osos por las islas planas y sin árboles que rodean la costa, o mientras estos desgarraban los restos de ballenas cazadas para subsistencia. Todo cambió a partir de 2008, cuando el gobierno federal declaró a los osos polares especie amenazada. El inusitado interés de los turistas coincidió con el rápido deshielo que pone en jaque la supervivencia de estos animales.

El auge atrajo a grandes operadores externos y turistas llegados desde ciudades lejanas, especialmente durante las 6 semanas de temporada que concentran la mayor afluencia. Pronto, los negocios locales sufrieron por la competencia de empresas ajenas que trasladaban visitantes directamente desde Fairbanks o Anchorage en vuelos diarios, dejando a los hoteles y restaurantes de Kaktovik al margen de muchos ingresos previstos.
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La congestión aérea fue tal que residentes y turistas competían por los mismos vuelos, obstaculizando a veces el acceso de los locales a citas médicas y obligándolos a gastar en costosos alojamientos cuando no conseguían regresar en el día. La saturación tensionó la convivencia y forzó a muchos habitantes a replantearse la manera de recibir forasteros.
El impacto comunitario y regulatorio
En 2021, la administración federal, responsable de la gestión de los osos polares, suspendió los paseos en barco por preocupación ante la alteración del comportamiento de los animales y la sobrecarga sufrida por el pueblo. Desde entonces, Kaktovik negocia directamente con el U.S. Fish and Wildlife Service la posible reactivación del turismo en condiciones que garanticen tanto la seguridad de los visitantes como la preservación de la fauna y el respeto por la población local.
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Uno de los cambios que proponen los líderes locales es fijar un límite al tiempo que las embarcaciones pueden permanecer cerca de los osos. Demasiado contacto hace que los animales se habitúen a la presencia humana, lo que eleva el riesgo cuando los osos merodean por la aldea en busca de comida.
Durante el pico del turismo, las patrullas que ahuyentan a los osos se vieron obligadas a aumentar sus intervenciones: antes rara vez era necesario sacrificar a un ejemplar, pero la presión turística llevó a matar 3 o 4 osos por año, según Lampe. La situación escaló al punto de poner en peligro la seguridad vecinal: en 2023, una mujer de 24 años y su hijo de un año murieron en un ataque de oso en la localidad de Wales, en el remoto oeste de Estados Unidos. Fue el primer ataque mortal en treinta años en el único estado del país donde habita esta especie.
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De acuerdo con Lampe, tras la suspensión de los paseos, los osos parecen haber recuperado parte del temor a los seres humanos, lo que disminuye el riesgo de incursiones peligrosas dentro del pueblo.
El turismo del oso polar coincide con la temporada de caza tradicional de ballena de Kaktovik. Cuando los equipos logran capturar una ballena, la carne se corta en la playa y la comunidad suele invitar a los visitantes a observar o incluso colaborar, aunque el tomar fotos sin permiso se percibe como una falta de respeto hacia la cultura local.
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Nuevas reglas y expectativas para el turismo
Sherry Rupert, directora ejecutiva de la American Indigenous Tourism Association, sugiere que Kaktovik debería promocionarse como una experiencia de dos o tres días, en la que los visitantes puedan comprender y valorar el modo de vida de la comunidad.
“Las comunidades nativas que realmente desean recibir turistas quieren que la gente venga, aprenda y se marche con un conocimiento mayor sobre nuestro pueblo, nuestra cultura y nuestro modo de vida”, señaló Rupert.
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Entre los viajeros que han elegido Kaktovik destacan Roger y Sonia MacKertich, de Australia, quienes viajaron en septiembre de 2019 buscando el lugar ideal para observar osos polares en libertad. Durante su estadía, participaron en visitas guiadas por ancianos y adquirieron artesanías locales. Roger MacKertich, fotógrafo profesional de naturaleza, relata que la mejor experiencia fueron los paseos en barco: los osos se mostraron indiferentes ante la presencia humana. “Eso es casi tan bueno como se puede esperar”, concluyó.


















