El presidente de Israel, Isaac Herzog, abogó el jueves por un acuerdo de paz con Arabia Saudita en una entrevista emitida por la cadena estatal saudí Al Arabiya, en una aparición poco habitual que refleja el interés de ambas partes en el diálogo pero que contrasta con el punto muerto de las negociaciones de fondo.
“La paz entre Israel y Arabia Saudita es mi sueño. Siento el mayor respeto por el príncipe heredero Mohamed bin Salman”, declaró Herzog desde Jerusalén, en referencia al líder de facto del reino. “Lo que más deseamos en Israel es ver un acercamiento entre ambos países”, añadió.
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La entrevista tiene un valor simbólico considerable: Al Arabiya es el principal canal informativo del Estado saudí, y cualquier aparición de un dirigente israelí en sus pantallas implica una tolerancia tácita de Riad hacia el mensaje. Sin embargo, Herzog ocupa un cargo en gran medida ceremonial. El poder ejecutivo real lo concentra el primer ministro, Benjamin Netanyahu, cuyo gobierno mantiene posiciones que hacen prácticamente inviable la condición central que Arabia Saudita ha impuesto: el avance hacia un Estado palestino independiente.
Arabia Saudita se había acercado a Israel en 2023 con conversaciones preliminares, pero retiró esos contactos tras el ataque de Hamas contra territorio israelí el 7 de octubre de ese año, que desencadenó la guerra en Gaza. Desde entonces, Riad ha reiterado que no reconocerá al Estado israelí sin un proceso creíble e irreversible hacia la independencia palestina. La guerra en el enclave sigue cobrando vidas: según el Ministerio de Salud de Gaza —cuyos datos son considerados fiables por la ONU—, más de 58.000 palestinos han muerto desde el inicio del conflicto.
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El trasfondo de la entrevista es el de los Acuerdos de Abraham, el marco de normalización árabe-israelí impulsado en 2020 durante el primer mandato de Donald Trump. Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán normalizaron entonces sus relaciones con Israel. Arabia Saudita, custodio de La Meca y Medina y el país árabe de mayor peso geopolítico e islámico, nunca se incorporó. Su eventual adhesión ha sido descrita por funcionarios estadounidenses como la “joya de la corona” de la arquitectura regional que Washington aspira a consolidar.
La administración Trump ha presionado a Riad para que se sume. En mayo de 2026, tras una llamada del presidente en la que instó a varios países de la región a unirse “de inmediato” a los acuerdos, una fuente saudí reiteró que la condición innegociable es una “vía irreversible” hacia la independencia palestina. La posición del gabinete de Netanyahu es la contraria: el Knesset ha rechazado formalmente la solución de dos Estados y los socios de ultraderecha de la coalición se oponen a cualquier concesión en esa dirección.
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El entorno interno saudí añade otro obstáculo. Una encuesta publicada en agosto de 2025 por el Washington Institute for Near East Policy reveló que el 99% de los ciudadanos saudíes considera la normalización con Israel un paso negativo, frente al 41% que en 2020 veía los Acuerdos de Abraham como un avance positivo. El propio Mohamed bin Salman reconoció ante congresistas estadounidenses en 2024 que sus gestiones al respecto habían puesto en riesgo su vida, y que cualquier acuerdo requería un respaldo interno que solo podía construirse sobre “un camino real” hacia el Estado palestino.
Las palabras de Herzog en Al Arabiya expresan una voluntad política que existe en el plano declarativo pero que choca con la aritmética de la coalición gobernante israelí. La distancia entre el deseo del presidente —figura que en Israel representa la unidad nacional más que el poder ejecutivo— y la capacidad real del gobierno para satisfacer las condiciones saudíes define el horizonte de una normalización que, por ahora, no tiene fecha.
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