El referente social y diputado nacional de Fuerza Patria, Juan Grabois, presentó su lectura de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, publicada este lunes y dedicada a la custodia de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial (IA). El documento, firmado el 15 de mayo —135.° aniversario de la Rerum Novarum de León XIII— fue presentado en persona por el pontífice en el Vaticano, un gesto sin precedentes en la historia papal.
Grabois organizó su análisis en torno a tres ejes simbólicos que, a su juicio, iluminan el sentido profundo del texto: el nombre del papa, el título de la encíclica y una metáfora bíblica que atraviesa el documento. Lejos de ser un tratado técnico sobre algoritmos o sistemas de cómputo, Magnifica Humanitas se ocupa del ser humano —hombre, mujer, niños y niñas— ante la transformación que la revolución digital ya impone en la vida cotidiana.
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El primero de esos símbolos remite a la historia de la doctrina social de la Iglesia. Al elegir el nombre León XIV, el papa Robert Prevost estableció un vínculo directo con León XIII, quien en 1891 respondió a las condiciones de explotación de la primera Revolución Industrial con la Rerum Novarum, cuyo subtítulo era “Sobre la situación de la clase trabajadora”. Grabois evocó la película de Charles Chaplin para retratar aquella época: jornadas de dieciséis horas, ausencia de salario justo, falta de vivienda y prohibición de organizarse sindicalmente. La encíclica de entonces fue una crítica a la revolución técnica sin revolución humana. La de ahora, señaló Grabois, busca hacer algo en paralelo ante las “cosas nuevas” —rerum novarum— del siglo XXI, con la IA como fenómeno central.
El segundo símbolo es el título mismo. Magnifica Humanitas remite al Magnificat, la oración de María en la que la grandeza de Dios se manifiesta en el enaltecimiento de los humildes y en el freno a quienes ostentan el poder. Para Grabois, esa referencia encierra una intención crítica frente a los actores que concentran el poder tecnológico: “poderes que pueden ser estatales, pero sobre todo supraestatales o paraestatales, que han concentrado un poder pocas veces visto para influir en nuestra conducta, nuestros deseos y para realizar un extractivismo de nuestra personalidad más íntima”, afirmó. La encíclica, en ese sentido, describe la tecnología como algo que “no es neutral, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”.
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La tercera clave simbólica es una metáfora bíblica que León XIV despliega a lo largo del texto: la contraposición entre la torre de Babel y la reconstrucción de los muros de Jerusalén por Nehemías. La torre representa la soberbia que construye para dominar, sin reparar en los trabajadores que la levantan —presumiblemente esclavos, apuntó Grabois— ni en los peligros que esa construcción entraña para la humanidad. Los muros de Nehemías, en cambio, se distribuyen entre familias, se levantan de forma comunitaria y no separan: cuidan. “Hay que ver cómo estás construyendo, qué estás construyendo”, resumió Grabois al parafrasear al pontífice, y trasladó esa imagen a realidades concretas: cooperativas, viviendas sociales, organización barrial, reforma agraria.

Esa idea de construcción comunitaria se conecta, en la lectura de Grabois, con el capítulo cuarto de la encíclica, dedicado a custodiar lo humano en la transformación digital. León XIV identifica allí tres dimensiones bajo amenaza. La primera es la verdad: el papa advierte sobre formas de desinformación que ya superan la mera posverdad. La segunda es la dignidad del trabajo: el texto señala el riesgo de desempleo masivo y denuncia “varias formas de servidumbre directamente ligadas a la economía digital”. La tercera es la libertad: el pontífice alerta sobre la dependencia de los dispositivos digitales y su incidencia en la autonomía de las personas.
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Sobre la concentración del poder tecnológico, la encíclica es explícita al afirmar que “no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos” y que el criterio rector no puede ser el lucro, sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos. Grabois interpretó ese pasaje como una llamada a recuperar la regulación pública sobre la IA, algo que el propio texto exige al señalar que “es necesario establecer marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, educación de los usuarios y una política que no renuncie a su tarea”.
El análisis de Grabois también se detuvo en los cinco principios de la doctrina social de la Iglesia que la encíclica reactualiza: bien común, destino universal de los bienes, solidaridad, subsidiariedad y justicia social. Al referirse a la subsidiariedad, el dirigente social defendió las mediaciones colectivas —sindicatos, movimientos populares, organizaciones de base— frente al uso del término “intermediación” como descalificación. La encíclica respalda esa postura al sostener que la comunidad organizada tiene un valor intrínseco allí donde el mercado no llega y el Estado no está.
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Sobre la guerra y la IA, Grabois señaló que León XIV condena la posibilidad de delegar decisiones letales a sistemas autónomos y declara que la teoría de la “guerra justa” ha quedado obsoleta. La encíclica afirma que “no es lícito confiar decisiones letales o de otro modo irreversibles a sistemas artificiales” y reclama un marco internacional para frenar la carrera armamentística tecnológica.
La educación digital ocupa también un espacio propio en el documento. El papa propone educar en el “ayuno de la IA” y llama a las escuelas a ser espacios de relaciones que la tecnología no puede proporcionar. Grabois retomó ese punto para exigir políticas públicas de educación digital integral que aborden fenómenos como el grooming, las apuestas en línea de menores y la adicción a las pantallas, y advirtió que la ausencia de esas políticas genera, en palabras de la encíclica, un daño permanente en la libertad de los más jóvenes.
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