Hace unos 22.000 años, un oso pardo recorría los territorios que hoy conforman Portugal. Sus huesos, recuperados en cuevas de Cadaval, permiten estimar que ese ejemplar alcanzó alrededor de 385 kilogramos, uno de los mayores pesos documentados en el registro fósil europeo para la especie.
Los osos pardos ibéricos actuales pesan en torno a 144 kilogramos los machos y 102 kilogramos las hembras, una reducción superior al 40% respecto de sus antepasados del Pleistoceno. Un trabajo liderado por Darío Estraviz-López, paleontólogo de la NOVA School of Science and Technology de Portugal, atribuye ese cambio a transformaciones ambientales y a presión humana acumulada durante milenios.
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El estudio, publicado en Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, se basa en el análisis de más de 500 fósiles procedentes de seis yacimientos portugueses: la Gruta da Furninha (Peniche), la Gruta das Fontainhas (Cadaval), Serra de Molianos (Alcobaça), la Gruta do Caldeirão (Tomar), la Gruta do Escoural (Montemor-o-Novo) y la Gruta da Oliveira (Torres Novas). A partir de mediciones morfométricas y estimaciones de masa corporal, el equipo reconstruyó cómo evolucionó la especie durante decenas de miles de años.

La ausencia del oso de las cavernas en Portugal
Cuando se estudia la fauna del Pleistoceno europeo, el oso de las cavernas (Ursus spelaeus) ocupa un lugar central: fue un animal de grandes dimensiones que pobló numerosas cuevas del continente antes de extinguirse hace unos 24.000 años. El estudio confirma que, pese a décadas de excavaciones, no existe evidencia de que esta especie llegara a establecer poblaciones estables en territorio portugués.
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Según explicó Estraviz-López en declaraciones recogidas por Phys.org, los osos de las cavernas requerían cavidades mucho más amplias para hibernar y los mismos linajes maternos regresaban a las mismas cuevas durante miles de años, lo que habría impedido su expansión hacia el extremo occidental de la península.
Ante esa ausencia, los osos pardos ocuparon el espacio ecológico vacante que en otras regiones del continente estaba cubierto por esa especie. Los ejemplares de la Gruta da Furninha, con una antigüedad de alrededor de 80.000 años, presentaban una robustez ósea que recuerda a la del oso de las cavernas. Los investigadores interpretan esa convergencia morfológica como consecuencia de haber asumido ese papel sin competencia.
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La reducción de tamaño y la presión humana
El trabajo identifica una tendencia: a lo largo del tiempo, el oso pardo ibérico fue perdiendo masa corporal de forma sostenida. Durante el Holoceno temprano, entre hace 12.000 y 8.000 años, los machos de la zona noroccidental de España pesaban en torno a 260 kilogramos.
El comunicado institucional de la NOVA School of Science and Technology señala que esta reducción está asociada a la presión humana y a la alteración de los hábitats. El mecanismo que proponen los investigadores no es una caza directa e intensiva, sino un proceso prolongado y difuso.
“Esta presión prolongada pudo haber eliminado desproporcionadamente a los individuos más grandes y audaces, favoreciendo a los osos más pequeños“, afirmó Ana García-Vázquez, bióloga y coautora del estudio en la Universidad de Bucarest.
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El proceso habría avanzado por etapas: primero, las poblaciones humanas comenzaron a compartir cuevas con los osos; después, la agricultura y la deforestación fragmentaron sus territorios; finalmente, la caza con armas de fuego aceleró el declive.
Qué hipótesis siguen abiertas
Los autores comparan esta dinámica con el fenómeno documentado en elefantes modernos que nacen sin colmillos como respuesta evolutiva a siglos de presión cazadora. García-Vázquez añadió una cautela: los osos del Pleistoceno y los actuales podrían no pertenecer a la misma población, y la dieta también pudo influir, dado que los osos con alimentación más carnívora tienden a mayor masa corporal.
El análisis de ADN antiguo y los estudios de isótopos estables podrán aportar respuestas más precisas. El equipo también considera prioritarias nuevas dataciones radiométricas para precisar la historia evolutiva de la especie.
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El aporte del estudio para la conservación
El estudio también plantea la utilidad de la paleontología para la conservación actual. Los osos pardos desempeñan funciones ecológicas de amplio alcance: regulan las poblaciones de ciervos y jabalíes, aprovechan carroñas y participan en la dispersión de semillas. “Una sola deposición de un oso puede contener más de 70.000 semillas“, precisó Estraviz-López.
El oso pardo se extinguió en Portugal en el siglo XIX a causa de la actividad humana, según el comunicado. Comprender cómo los gigantes ibéricos del Pleistoceno se transformaron en los supervivientes actuales es, según Estraviz-López, la mejor guía disponible para proteger a los que aún quedan.
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