Javier Milei celebra un sinfín de éxitos, pero ahora pide “paciencia”. A su habitual discurso rico en promesas, autoelogios y agravios le sumó altas dosis de un dramatismo imaginario. Denuncia que sufrió “siete intentos de golpes de Estado”, “actos de terrorismo en la calle” y una oleada de miles de extranjeros que quisieron entrar al país “para dinamitar el modelo argentino”. El viernes, en París, hasta se permitió llorar por los seres queridos que padecen por apoyarlo. Entre gritos y lágrimas construye una épica del asedio, pero no logra acallar un eco de resignación.
El presente no es lo que imaginó. Después del triunfo electoral de 2025, Milei se propuso en lo inmediato terminar con la inflación, acelerar el crecimiento económico y desplegar un paquete de reformas que hicieran irreversible el giro liberal y aperturista. Iba a ser, como decía en privado, “el fin de la Argentina peronista”. Algo salió mal.
Un combo de actividad estancada, precios que no terminan de estabilizarse y merma del empleo formal empujó la “era dorada” que anuncia el credo libertario a un horizonte lejano, condicionada a la reelección en 2027. El Gobierno desistió de formar un oficialismo operativo y depende de un juego constante de transacciones con aliados intermitentes. Y el peronismo, que viene de la lona, empieza a mover una maquinaria oxidada que pese a todo subsiste como el principal canal del descontento social.
Es un partido desarticulado, con el liderazgo vacante, incapaz de explicarse incluso a sí mismo el fracaso del gobierno de Alberto Fernández. Retiene, sin embargo, el instinto de poder: un sexto sentido para reagruparse cuando el rival de turno se muestra vulnerable.

“Esta economía no reelige y Milei no va a cambiar”. Con variaciones mínimas, la frase se repite en boca de Axel Kicillof, el peronista que más avanzó en el esbozo de una candidatura; de Sergio Massa, activo de nuevo en la construcción de una alternativa de poder; y de Cristina Kirchner, que pelea por retener capacidad de influencia pese al límite político y anímico que le impone la prisión domiciliaria.

Puede ser un exceso de confianza: las encuestas muestran que Milei mantiene números competitivos y se ubica en casi cualquier escenario por encima de sus rivales. Pero su intención de voto se aleja del umbral mágico del 40% que le permitiría soñar con la reelección en primera vuelta, y el rechazo se consolida bien por encima del 50%.
El desafío más urgente del peronismo consiste en evitar que el Gobierno le quite las elecciones primarias pagadas y reguladas por el Estado, la herramienta que le permitiría resolver sin sangre los rencores internos acumulados y consagrar a un candidato único contra Milei.

La persecución de ese objetivo ordena la conducta de todos los fragmentos del peronismo. La batalla por ganar la agenda legislativa con discusiones sensibles, como el financiamiento para el área de Discapacidad y la ayuda a los deudores morosos, apunta sobre todo a entorpecer el intento definitivo del mileísmo de sancionar la reforma política que incluye la eliminación (o la suspensión al menos) de las PASO.
El fallo de la Corte que convalidó la derogación de la ley de tierras productivas le dio otro estandarte a la oposición. De inmediato se activaron todas las terminales peronistas para pedir una sesión especial en la Cámara de Diputados con la intención de voltear el decreto 70/2023, que incluía aquella medida ahora revalidada por la Justicia. Fijaron fecha para el jueves 15.
Hoy faltan como mínimo 14 votos para alcanzar el quorum y arrancar ese debate. Pero la sola posibilidad de una derrota tan medular como sería la caída del decreto que inició las desregulaciones de Milei puso en guardia al Gobierno.
“Si hacemos caer el decreto, será un tremendo éxito político. Igual el objetivo principal es subirle el precio al Gobierno en la negociación con los aliados a los que les está pidiendo apoyar la reforma política”, explica uno de los armadores nacionales del kirchnerismo.
En busca de un blindaje
Frente al reagrupamiento opositor, la Casa Rosada ensaya una diplomacia de urgencia. El jefe de Gabinete, Diego Santilli, viajó a París con 13 gobernadores a los que esperaba arrancarles el compromiso de apoyar la cancelación de las PASO. La necesidad de defender el crucial decreto 70 estalló cuando ya estaban en Francia. El problema es que cada ayuda tiene un precio y, en pleno ajuste, lo que hay para repartir resulta escaso. A Karina Milei vuelven a reprocharle en voz baja la decisión de no avalar un acuerdo macro con los potenciales aliados después de ganar las elecciones de mitad de mandato. Eran los días en que soñaba con pintar todo el país de violeta.
Fuentes de la Casa Rosada sugieren que el oficialismo tiene ya un blindaje suficiente para salvar la vigencia de las medidas fundacionales de Milei. La reforma política, en cambio, parece tan trabada como antes de volar a Europa.
Massa y Máximo Kirchner se encargaron, por separado, de transmitir a los gobernadores de origen peronista que ir contra las PASO sería considerado como una declaración de guerra. Se traduciría en hostilidad electoral en sus territorios, donde La Libertad Avanza no cede en la intención de desbancarlos. Un peronismo dividido queda más cerca de la derrota. Lo saben el salteño Gustavo Sáenz y el catamarqueño Raúl Jalil, que recorrieron los salones parisinos con el gabinete libertario, y el tucumano Osvaldo Jaldo, que se quedó en casa, pero suele aportarle votos al Gobierno cuando los necesita.
Al cordobés Martín Llaryora, que envió a París a su vice, lo cortejan para que retome el vínculo con el peronismo nacional, del que la filial de su provincia se desenganchó hace décadas. Aprovechan el riesgo cierto de que los libertarios, unidos al Pro y al radicalismo, lo desplacen del poder. Las opciones de reelección del gobernador podrían peligrar si el peronismo va partido, con Natalia de la Sota como alternativa.
El eventual retorno del justicialismo cordobés es uno de los objetivos de la agrupación que coordinan Juan Manuel Olmos, Victoria Tolosa Paz y Guillermo Michel, en busca de una demorada renovación de líderes e ideas. Muchos tildan a ese sector de “massismo blue” y tal vez tengan razón. La ambición de Massa por una segunda oportunidad presidencial sigue viva, cuentan quienes lo tratan. Aspira a articular una opción de “centro popular” que compita en internas contra Kicillof. Un peronismo que defienda el orden fiscal y proponga mano firme con el delito.
Cristina Kirchner deja hacer. Su hijo Máximo intenta explicarse ante audiencias a las que parecía despreciar. El jefe de La Cámpora recorre el país con la bandera de la candidatura prohibida de su madre y se reúne con dirigentes que no integran su facción. Quiere mantener la llama viva en las encuestas para llegar fuerte al día de las definiciones. “Hace seis meses ella parecía resignada a que Milei sería reelegido. Y tendía a competir solo con los propios, para dejar en claro cuánto vale su nombre. Hoy trabaja para la unidad, aunque no perdone a Kicillof ni le apasione un peronismo como el que proponen los que se dicen renovadores”, dice un dirigente que la ha tratado en las últimas semanas.

Cerca de Kicillof suponen que el kirchnerismo terminará por unírsele. Imaginan un reencuentro con Cristina sobre el filo del calendario electoral si las encuestas lo consagran como el challenger de Milei. Al gobernador le suma ser la contracara del modelo. Le divirtió que Luis Caputo lo tildara de “anticristo”.
Juan Grabois le disputa el papel de némesis de Milei. “A loco, loco y medio”, bautizó su lógica después de captar la atención con insultos y tono pendenciero en una comisión de la Cámara de Diputados. Su conducta despertó la indignación de diputados libertarios que tan a menudo justifican los agravios presidenciales con el argumento de que “Javier es así, auténtico”. Hay autenticidades y autenticidades.

Disco rayado
Milei alienta con sus palabras y sus actos la reagrupación peronista. “Si los argentinos quieren vivir en un país próspero y acompañan las ideas de la libertad, bueno, vamos a enfrentarnos a los mejores cuatro años de la historia argentina. Si los argentinos deciden otra cosa, pagarán las consecuencias por elegir el camino de la decadencia”, dijo el miércoles en el Coloquio de IDEA.
La posibilidad de perder sirve de excusa ante un presente peor del esperado, pero se convierte en una trampa de la que elige no salir. ¿Necesita ganar primero para que lleguen las inversiones y crezca la economía, o necesita que el plan funcione para ganar en 2027?

El disco rayado de la victimización le sirvió en el pasado. El 18 de agosto de 2025, en Tucumán, ofreció una frase casi idéntica sobre lo que podría pasar en las legislativas: “Frente a un año electoral los inversores tampoco quieren invertir hasta que no se despeje el horizonte. Si los argentinos quieren volver al populismo salvaje, OK. La sociedad si elige suicidarse, elige suicidarse”. Ese día dijo que “octubre va a ser el puntapié del inicio del siglo dorado de la Argentina”.
Otra frase de Milei: “Si ganamos las elecciones se desploma el riesgo país y las tasas de crecimiento van a ser el 7 al 8% anual”. Trivia: ¿cuándo la dijo, ahora o hace un año? Correcto, las dos veces.
El paraíso se mudó a 2028 y por eso desempolvó la palabra “paciencia”, que sería redundante si realmente creyera en los números que desgrana a diario sobre el crecimiento exponencial de la actividad, el consumo récord y el empleo boyante.
En la Casa Rosada saben que una economía débil erosiona el respaldo político de la gestión libertaria y que el miedo al regreso del peronismo hace subir el riesgo país, lo que encarece el financiamiento que el programa necesita para transitar con éxito el 2027. Vigorizar la economía y fortalecer su coalición política parece imperioso: para recuperar la confianza, no alcanza con exhibir que enfrente está el demonio.
En París, Milei fue obediente con el pedido de su hermana de tratar con deferencia a los 13 gobernadores. Habló con ellos en una ronda de unos 20 minutos. Nadie tuvo la cortesía de incluir sillas. Algo es algo: en la Argentina Week de Nueva York no les había dedicado ni un saludo a los que viajaron hasta allá. “Este es el germen de la alianza electoral. Tenemos que pulirla y presentarla como tal ante los mercados y la gente”, dice una fuente karinista que volvió con optimismo de la excursión francesa.
A la par, Milei se mostró otra vez intolerante con cualquier forma de disidencia. Es un presidente algorítmico que usa la palabra para conseguir impacto y generar estímulos, sobre todo entre los que piensan como él. Se deja llevar por la violencia verbal, la exageración y las teorías conspirativas. Sus seguidores lo alimentan con señalamientos de enemigos o traidores, a menudo con falsedades. Lanzan tuits como anzuelos para que el gran pez pique y los reproduzca en su cuenta con apostillas de su sello: “basuras humanas” o “no odiamos lo suficiente a los periodistas”. El summum de ese torneo de obsecuencia es conseguir el elogio definitivo: “masterclass”. Hay gente que llegó a diputado nacional con esos pobres triunfos pasajeros del scroll infinito.
¿Se creerá el eco de su burbuja? Acaso sean distracciones mientras hace efecto la receta económica que aplica. La oposición denuncia que busca ganar tiempo como hizo con la ofensiva malvinera y sospecha que esa estrategia tendrá nuevos capítulos, como reabrir el debate por el aborto en coincidencia con la visita papal de noviembre.
El riesgo que corre es regalarle al peronismo algo que le cuesta conseguir por sí mismo: un motivo para dejar de pelearse. No sea cosa que, entre insultos, complots ilusorios y pronósticos fallidos, el presidente que soñaba con el fin de la Argentina peronista se convierta en su gran ordenador.
































