08 Ago, 2026 01:32 a. m. EST
Durante buena parte de la etapa hiper-globalizadora, las empresas se preocupaban poco por el devenir del Estado. Se enfocaban centralmente en los menesteres corporativos, como las finanzas, minimizar los costos, ampliar la escala y acceder a mercados internacionales. La geopolítica casi no existía en su lenguaje y la geografía importaba, sólo como variable del costo logístico. Todo eso cambió drásticamente a partir de la última década. Comprar hoy un insumo no garantiza disponerlo más adelante, o inversamente, no poder sustituirlo. Se puede incorporar un equipo para crear valor y posteriormente podrían ser bloqueados sus repuestos por criterios de seguridad nacional. Demasiadas incertidumbres.
Hoy las empresas se ven obligadas a asumir que en el mundo actual existe el riesgo geopolítico. El cambio continuo de aranceles, la falta de reglas en el comercio internacional, las sanciones recíprocas por motivos ajenos a la racionalidad económica, regulaciones de todo tipo, restricciones de capital, cambios continuos del precio de la energía y sus correlaciones con los precios de las commodities, cadenas de suministros poco estables, acciones ideológicas de funcionarios, y otras, son varias de las incertidumbres que provienen del uso discrecional de los instrumentos de poder, ejercido por las principales potencias del mundo. Los conflictos se derraman hacia los mercados, la tecnología, las finanzas, las inversiones, las cadenas de valor, la infraestructura y la logística global. El Foro Económico Mundial así lo reconoce, indicando que la confrontación geopolítica es el principal riesgo global para 2026, con un umbral de al menos 5 años más.
Los Estados utilizan instrumentos comerciales, financieros, tecnológicos y regulatorios para obtener resultados estratégicos. En los últimos años los cambios de tarifas y aranceles han sido el principal factor de incertidumbre de corto plazo. Los aranceles suelen proteger sectores industriales, lo cual puede modificar algunas cadenas de abastecimiento; los subsidios atraen industrias e inversiones, redefinen localizaciones y producen precios dumping en algunas exportaciones; las sanciones segmentan mercados; los controles de exportación alteran proveedores y alteran la frontera tecnológica; las reglas sobre inversión extranjera introducen prioridades geopolíticas, favoreciendo o castigando emprendimientos.
La competencia tecnológica es un factor que crea inestabilidad en el mediano y largo plazo, particularmente en el campo de la Inteligencia Artificial, porque involucra grandes inversiones, provisión de recursos estratégicos y fuentes de energía, lo cual enlaza todo: política industrial, seguridad nacional, infraestructura y comercio internacional. La competencia entre EEUU y China determina controles sobre chips, software, datos o propiedad intelectual, que redirigen inversiones y dividen arquitecturas tecnológicas.
Todas estas alteraciones no significan una ruptura completa del comercio. En realidad, el volumen comercial mundial sigue siendo alto, pero aumenta mucho su complejidad, lo cual favorece a una concentración empresarial, ya que las más pequeñas o medianas pueden no saber cómo aprovechar las grietas favorables o llegar tarde para realizar los cambios necesarios, por no disponer del faro geopolítico que las guíe en tanta incertidumbre global.
La geopolítica ya no es una variable marginal; pasa al centro de la escena corporativa, porque incide crecientemente sobre el riesgo empresario, la arquitectura del comercio global, el desarrollo tecnológico y la asignación internacional de capital, lo cual modifica el costo del capital, los márgenes de ganancia, o el valor de las acciones, y obliga a las empresas a analizar sus respectivas opciones estratégicas en sus futuros planes de negocios.
La geometría de la globalización se ha desplazado de lo financiero hacia la geopolítica. Los flujos productivos y comerciales se mantienen, pero se reorganizan alrededor de afinidades políticas, terceros países y nuevas plataformas productivas. Las cadenas globales de valor se relocalizan, previo a un análisis bien complejo. La dependencia de fuentes “amigas” pero excesivamente concentradas es también un riesgo de provisión a largo plazo. Relocalizaciones demasiado diversificadas tienen problemas de economías de escala y de costos, de especialización y de aprendizaje. Las autarquías tampoco son soluciones para la mayoría de los casos. Las opciones son siempre críticas, de no rápida implementación y necesitan vigilancia permanente.
Según la OCDE, un 30% de las exportaciones mundiales está muy concentrada en pocos actores, y estima que una relocalización amplia podría reducir el comercio mundial en un 20% y el PIB real global en un 5%, aunque probablemente no mejoraría demasiado la estabilidad; es decir, en la mayoría de las economías seguiría la volatilidad general.
El interés empresarial argentino por los temas políticos estratégicos o la geopolítica es bastante limitado y solo alcanza al seguimiento de guerras lejanas; hay pocos estudios prospectivos que profundicen diversas opciones que podrían aportar ideas tendientes a lograr una mayor potenciación de la Argentina, los que beneficiaría a toda la comunidad, con mayor cantidad y calidad de empleos. Cada empresa no puede anticipar cada acontecimiento internacional, pero debería poder reconocer aquellos factores que podrían alterar su trayectoria económica, construir escenarios posibles y establecer respuestas alternativas.
Argentina tiene activos estratégicos importantes, pero carece de un plan estratégico. Como la expansión de la IA incrementa la demanda de energía, infraestructura y materiales, se abren oportunidades para países capaces de negociar favorablemente sus recursos competitivos y aquellos países que tengan proyectos nacionales maduros y cierta autonomía estratégica, seguramente tendrán mayores posibilidades de éxito para su favorecer su desarrollo nacional. Somos fuertes proveedores de energía, petróleo y gas, cobre, litio, infraestructura, agroindustria y servicios basados en conocimiento, cuya demanda global depende cada vez más de decisiones estatales externas y de la seguridad de abastecimiento.
Pero Argentina participa principalmente como proveedora de recursos e insumos (primarios) más que como un nodo integrado de manufactura y servicios complejos en cadenas de valor globales. Puede verse con claridad en el caso de los minerales críticos. Más del 60% de las exportaciones de litio son productos sin procesar o con refinación básica. El desarrollo nacional no se mide por cuánto capital puede atraer, sino qué posición ocupará dentro de las cadenas: exportar gas, litio, cobre o alimentos genera divisas, pero desarrollar ingeniería, proveedores, infraestructura, tecnología y servicios asociados multiplica el impacto sobre la productividad.
Para llegar a ese punto debemos tener un plan estratégico que ordene el espacio y la economía nacional; y que aporte seriedad y seguridad en el cumplimiento de lo pactado. La función del Estado (no ideológico ni burocrático) es, en estos tiempos, más importante que otros anteriores. En lugar de regalar o nuestras riquezas, deberíamos “licitar” quienes son los inversores que nos dejen el mayor beneficio nacional (por ejemplo, en proveedores nacionales, en capacitar a personal argentino en nuevas tecnologías, en la instalación de fábricas o centros donde se agregue valor a lo extraído, en redes de infraestructura, ferrocarriles, rutas, satélites).
Tampoco debemos dejar que los contratos se resuelvan en sedes judiciales extranjeras (NYC o Londres), que colocan a los inversores extranjeros por sobre las empresas argentinas y donde siempre perdemos. Eso requiere otra Justicia argentina, más seria. Estas licitaciones de inversión deberían prever ganancias razonables para las partes, lejanas a las exenciones desproporcionadas que actualmente se ofrecen en el RIGI o super RIGI. Esto sólo puede lograrse cuando la estabilidad política sea la norma, la que sólo podrá lograrse a través de un gran debate político nacional.
La geopolítica es un tema central en el mundo y los Estados nacionales son los que conducen estos procesos. Es inconcebible sostener la política actual que produce la degradación de las principales fortalezas del Estado Nacional. Debe evitarse la continuación de la actual acción destructora interna o del accionar de lobbies extranjeros que pretenden privatizar las decisiones soberanas del estado argentino. Además, la adhesión incondicional a otros Estados es incompatible con las necesidades de la construcción de una política internacional que tienda a lograr una mayor autonomía estratégica, como aspiran lograr todos los países del mundo.
En el escenario global actual, los Estados Nacionales fuertes, no burocráticos, con claridad estratégica, y capacidades de sostener políticas soberanas, son la clave para maniobrar y sobrevivir en las turbulentas aguas del desorden mundial. Eso se logra cuando nos sentamos alrededor de la mesa de las negociaciones, y no ser uno de los platos que se comen en la misma.