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  • Milei esgrime el fantasma del golpe en su apogeo político

    Milei esgrime el fantasma del golpe en su apogeo político

    Le resta un diciembre más y otro ocurrente stand up para abrir las sesiones en marzo próximo. Ha consumido ya más de la mitad del mandato constitucional, pese a los Quintela y a la legión de presumidos pochocleros que fantaseaban con su destitución. Más aún: Javier Milei se alimenta de ese mínimo residuo de intriga para convertirse en un forzudo político, cuando muchos no le concedían tal categoría y lo reducían a un insolente petimetre de la economía que leía libros de secta. Supo capitalizar la sensación conspirativa —esa aparente fragilidad— denunciando golpes de Estado fantasmales, maniobras de mercado y operaciones de inteligencia para derrocarlo; muchos, por ejemplo el año pasado, ni siquiera advirtieron que esas presuntas confabulaciones ocurrían. Ahora, como en su último discurso legislativo, el Presidente vuelve a anunciar por televisión en una emisora afín nombres y apellidos de empresarios, intereses mediáticos y personajes de alta y baja estofa, incluso cercanos a su propia vicepresidenta, cuya respuesta tan rígida invita a tomársela en serio. Si lo del golpe nunca pareció verosímil, tampoco se podía prever que el Gobierno sacaría tanto rédito político de esa estrategia imaginativa que recurre a los desorientados que aún hablan de voltearlo. Un crack Milei en ese terreno: si fuera fútbol, estaría para la Premier League.

    Nunca estuvo Milei más poderoso desde que asumió, al menos en el Congreso. Y justo apela a denunciar el golpismo como herramienta de campaña cuando su círculo áulico ya planifica la reelección para 2027. “Lo tiran abajo o se reinventa”: al menos así parece la extraña combinación. Aunque piensa en un segundo mandato, advierte que no lo llevarán al precipicio como a Fernando de la Rúa, reconociendo que las personalidades y las circunstancias son distintas. Datos: 1) no tiene una fronda en su propio partido dispuesta a voltearlo; 2) la oposición en la provincia de Buenos Aires y el peronismo ni siquiera conciben promover levantamientos sociales o tomas de supermercados como antaño; 3) algunos empresarios reclaman una mejora del tipo de cambio del 15% y cierto gradualismo en la apertura comercial; en el 2000 exigieron y obtuvieron una brutal infradevaluación acompañada de leyes que beneficiaron a influyentes medios. Hoy el círculo rojo parece sin voz: apela a la retórica estatista de que las importaciones destruyen empleo y omite que, en casos como el del aluminio o el acero de India y China, esos competidores sacan ventaja porque no afrontan costos energéticos que aquí sí resultan determinantes. Como cuarta distinción hay que subrayar la escasa proyección política de la heredera forzada, Victoria Villarruel, que en política pesa mucho menos que físicamente. Para colmo, el Gobierno se hace favores clave: despidió a quienes desde la IGJ investigaban al ambicioso tándem Tapia-Toviggino y, de paso, cortó el hilo que podría llevar la Justicia hasta el prócer provincial que los protege: el senador Gerardo Zamora, amo de Santiago del Estero. Aunque suele hablar solo en las sesiones, Zamora puede jactarse de contar con varias voces propias en el Congreso, dos más en la Cámara alta además de la suya. Esas voces son, en realidad, votos y Milei necesita apenas uno más en ese cuerpo para actuar a piacere: sometido a juicio político, podría transformarse en motor de una reforma constitucional, si así lo deseara.

    Quizá así debe interpretarse la sucesión en el Ministerio de Justicia con la llegada de Juan Bautista Mahiques, cuya primera decisión fue desalojar a quienes celebraban apuntando al dúo de la AFA y, seguramente, a la extensión obligada de Zamora, cuya provincia descubrió una cantera futbolística de poder inconcebible. Desde el fabuloso estadio hasta las competencias: un fenómeno inédito, sin antecedentes en la FIFA. Otro detalle del cambio ministerial: Mahiques reemplazó a Cúneo Libarona —desde hace meses apartado de la función— y, en particular, desplazó a su segundo, quien se suponía heredero, Sebastián Amerio, uno de los brazos del asesor monotributista de Milei, Santiago Caputo.

    La medida provocó conmoción dentro del llamado triángulo de hierro, porque hasta entonces solo habían sido apartados personales vinculados a Karina, cuyos integrantes ya podrían haber formado un sindicato en la sombra con Posse, Catalán, Reidel, Francos y el propio Cúneo Libarona. Éste, por el estrés vinculado a Caputo, llegó a perder más de catorce kilos en el cargo (descartado hace dos meses, viajó unos días a Punta del Este y regresó al gimnasio que había abandonado al asumir). Varios de esos nombres, indignados y renunciantes, figuran como marcas en el revólver de Caputo, una Magnum 44 que lo convirtió en una suerte de Clint Eastwood interpretando a Harry el Sucio.

    Pero nunca a Caputo le había tocado dirigir un ala de tal trascendencia, y ese malestar personal se notó en la jura de Mahiques cuando, impertérrito y de escasa cortesía, apenas respondió al beso de Karina para luego abrazarse largo y emocionado con el Presidente, gesto en el que Milei pareció musitar: “Mi más sentido pésame”. Para salvar la honra del tirador, Caputo pidió la Procuración del Tesoro para Amerio, licencia que fue concedida. Bonito escritorio y edificio: por allí pasaron el silencioso cristinista Carlos Zannini y el todoterreno judicial Rodolfo Barra.

    Denunciando golpes, Milei viajó a los Estados Unidos y dejó el cargo a Villarruel, de manera casi análoga a cómo Néstor Kirchner actuaba con Daniel Scioli, a quien ni siquiera saludaba en la escalerilla del avión al regresar de sus viajes. Simbólico el pase. El Presidente jugará en la liga mayor de Donald Trump, compartirá una semana con empresarios argentinos a quienes reprocha sus avivadas y picardías sin límites y, de paso, visitará la tumba del jefe Lubavitch como si fuera un rito anual o una visita de buena suerte.

    Finalmente regresará vía Chile para la asunción de José Antonio Kast, un dirigente de orientación conservadora. Se supone que en el viaje emitirá alguna referencia sobre la convulsión bélica en Medio Oriente y reafirmará su apoyo irrestricto a la campaña napoleónica de su colega norteamericano, que un pensador calificó como “la hegemonía depredadora”, ensayo imprescindible de Stephen M. Walt publicado en Foreign Affairs.