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  • Otario que andas penando: controversia política y repercusión pública por frases de un dirigente

    Otario que andas penando: controversia política y repercusión pública por frases de un dirigente

    ¡Los Baby Boomers contraatacan! Conspiran en hospitales: analizan sangre, orina, colesterol y hasta el tamaño de la próstata; consultan la historia clínica y ejercen presión en la batalla cultural. Ven que los “gilitos” embanderados se tambalean. El “malevo” arruga. Un par de “tauras” ligeros le encriptaron el bolso. El “careta” está de Adorni. Las “minitas” le huyen. Hasta los perros fieles “chumban” porque no tira un hueso. Ese muchacho pretencioso, “engrupido”, sólo porque la suerte quiso ponerle a Massa enfrente y vive en el primer piso de un “palacete” central, no evita que tengan motivos los “cabreados”.

    Hay demasiado maltrato hacia las nuevas generaciones. No tanto hacia la X, los criados bajo el horror de la dictadura: a ellos les cuesta más adaptarse a la transición tecnológica y suelen aclarar que “entonces no había internet” cuando magnifican el riesgo o añaden drama al relato apasionado de un viaje mochilero por el sur. Recuerdan que alguno del grupo “era un plomo”, o que se les daba bien “chapar” en la carpa, cuando todo “entraba como piña”.

    El conflicto serio es con los atrevidos de la Y y también con los pibes de la Z: presumidos millennials y centennials, nativos de fines del siglo pasado que entraron de apuro en el XXI. “Tipo que”, “olvídate”, “o sea”: están “al palo”, viven “a mil”. Temen “detonar”, que la jerga digital se los “lleve puestos”. Nada de Facebook. Poco “mándame un mail”, mejor whatsapp. Menos “tiktokear”, más “escrolear” en Instagram. De la nada, aparece un “banner”, un “backup” o el advertencia de “guarda que te pueden hackear, abuelo”.

    Ya nace la Generación Alfa: viene con IA, “prompts” sugeridos, chip cerebral incorporado, aritos “blutu”, micrófono anillado a la nariz y visión “Var” que te cancela la jugada cuando metés mano indebida. ¿Qué mínima oportunidad de intervención lingüística en la conversación pública le queda entonces a los orinados por la regadera del tiempo? Catapultar con el último aliento palabras como piedras hacia los bastiones del poder se transforma en un reclamo agónico. Los que perdieron años matándose entre sí para imponer sistemas autoritarios y criminales valoran, por fin, la convivencia democrática en un país posible: un sueño que la Justicia puede ayudar a hacer realidad.

    Así como persiste desde hace un siglo el “chabón” —heredero del inocente “chambón” o “boncha”, que todavía le cabe a cualquiera—, perduran también el “choreo”, el “curro”, el “tongo”, los “malandras” y “las mecheras” que se “afanaron” la guita de todos. “Cagadores” que dejaron en la miseria a millones. Existe una reserva léxica amplia y pertinente para nombrar a tanto “garca” preso o entobillado: agravios sonoros que no dejan dudas y que aplican a exfuncionarios condenados, procesados, imputados o todavía impunes como Martín Insaurralde.

    En cualquier caso, esos términos suelen sonar más precisos que los de uso habitual. Tomemos el trato popular a Milei: ¿qué se dice de él en reuniones cotidianas, familiares, de amigos, en los bares, en ciertos medios o en canales de streaming con panelistas y en redes sociales? La lista corta va de un extremo a otro según el sesgo ideológico o partidario de quien opina: psicópata, paranoico, fanático, loco, desquiciado, idiota, inútil, gorila; hasta león, genio, elegido, sabio, héroe, capo, animal, líder de las Fuerzas del Cielo. Según dónde y cuándo se lo escuche, esos calificativos parecen encajar. Mirados con distancia, se nota que no: le quedan grandes o chicos.

    ¿Qué tal, entonces, un simple “otario”? Pensalo, con un tanguito de fondo: otario que andas penando, versión Julio Sosa.

    Si un influencer veterano logra imponerlo, meterla en el “chamuyo” cotidiano, quizás la palabra suene como nueva. Quién te dice: detrás de esa pueden colarse varias antes de que el “bobo” diga que ya es hora de partir, cuando “manyes” a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar. Entonces te acordarás de este otario que un día, cansado, se puso a ladrar.

    “Yira, yira”, viejito meado, todavía queda.

    *Escritor y periodista.