—En “The Shallows” usted sostiene que el entorno digital tiende a debilitar la concentración prolongada y la lectura profunda, ¿qué cambios observa en nuestra forma de leer y pensar y hacia dónde cree que se dirige esa transformación?
—Escribí The Shallows en 2010. Mi tesis es que la tecnología —el hecho de estar permanentemente en línea— nos condiciona a pensar de modo disperso. Hoy tenemos que procesar grandes cantidades de información procedente de fuentes muy diversas y hacerlo a gran velocidad, de modo que terminamos entrenándonos en el pensamiento superficial para seguir el flujo. Esos procesos se han intensificado en los 16 años desde entonces: al pasar de laptops y computadoras de escritorio a teléfonos móviles y al expandirse las redes sociales, la tecnología ha privilegiado ráfagas breves y superpuestas de información. En suma, hemos construido un entorno que recompensa lo superficial y deja escaso espacio para un pensamiento más profundo, reflexivo y contemplativo.
—Usted ha argumentado que el cerebro humano se adapta a los medios que utiliza. ¿Cómo interviene la neuroplasticidad en los cambios cognitivos asociados al uso intensivo de internet?
—Nuestra mente es maleable a lo largo de toda la vida; eso es la neuroplasticidad. El cerebro se adapta físicamente al entorno en que piensa: optimiza su funcionamiento según aquello a lo que prestamos atención. Al habituarnos a internet, las redes sociales y los teléfonos, entrenamos al cerebro para absorber fragmentos de información con rapidez, y por eso deja de ejercitar el pensamiento concentrado. Los seres humanos somos distraíbles por naturaleza y hay que entrenar la atención; si no lo hacemos, las conexiones sinápticas que sostienen la concentración se debilitan y se refuerzan las que favorecen un pensamiento veloz pero superficial.
—La cultura del libro estuvo asociada durante siglos a prácticas como la lectura prolongada, la concentración y la construcción de argumentos complejos. En el ecosistema digital caracterizado por fragmentación, velocidad y “multitasking” ¿qué tipo de mente cree que se está formando?
—No creo que estemos formando una mente literaria. Durante casi 500 años el libro impreso fue el medio principal: una página presenta texto sin distracciones y actuaba como un escudo frente al ruido del entorno. La pantalla, en cambio, no aísla; es una máquina de distracción: feeds, botones, aplicaciones y constantes interrupciones. Hemos sustituido una tecnología de concentración y enfoque —la página impresa— por otra que fragmenta y fomenta el pensamiento caótico. Ese cambio no es menor: altera la forma en que la mente procesa la información y está influyendo en la cultura y en las actividades intelectuales contemporáneas.
—Daniel Kahneman mostró que el pensamiento reflexivo depende de condiciones cognitivas muy específicas: tiempo, concentración y continuidad. Si el entorno digital tiende a erosionar esas condiciones, ¿cómo cambia la manera en que las sociedades piensan colectivamente?
—Kahneman distingue entre dos modos de pensar: uno rápido e instintivo y otro lento, deliberado y que requiere tiempo y continuidad. Si el entorno digital erosiona esas condiciones, la sociedad retrocede hacia el pensamiento instantáneo: más sesgado, menos racional y menos reflexivo. Colectivamente, eso se traduce en mayor tribalismo, más vulnerabilidad a prejuicios y una menor capacidad para la deliberación y la razonabilidad.

—En el ecosistema digital la atención se ha convertido en un recurso económico disputado por las plataformas. ¿Qué consecuencias tiene vivir en un entorno diseñado para capturar continuamente nuestra atención?
—La disputa por la atención existe desde siempre en los medios, pero nunca habíamos tenido un sistema tan invasivo como las redes sociales, que nos acompañan todo el día. A diferencia de la televisión o el periódico, que ocupan momentos del día, los dispositivos móviles mantienen la presencia digital permanente y ceden paulatinamente el control de nuestra atención a empresas y algoritmos. La pregunta fundamental es: ¿soy yo quien decide a qué prestar atención o son la tecnología y las empresas las que la determinan? Si respondemos con honestidad, vemos el enorme poder que esas compañías ejercen al alimentarnos con flujos constantes de información que guían nuestra mirada en lugar de permitirnos gobernar nuestra propia mente.
—Si durante siglos el conocimiento dependía en gran medida de la memoria, hoy parece depender cada vez más de la posibilidad de acceso inmediato a la información. ¿Cómo transforma esto la relación entre memoria, conocimiento y pensamiento?
—Siempre hubo pros y contras entre confiar en la memoria biológica o en tecnologías externas como libros o computadoras; el acceso a acervos ajenos es uno de los fundamentos de la civilización. El problema surge cuando delegamos la memoria sin pasar por la consolidación que requieren los procesos cerebrales: perdemos las conexiones y asociaciones que se forman al memorizar hechos y experiencias. El verdadero poder del pensamiento no es solo el acceso inmediato a datos —algo en lo que internet destaca— sino la capacidad de tejer asociaciones complejas entre esos datos, lo que aporta contexto, creatividad y crítica. Si externalizamos la memoria, ganamos acceso superficial a información aislada, pero perdemos la riqueza contextual que sostiene el conocimiento profundo.
—Muchos lectores describen hoy una creciente dificultad para sostener la atención en textos largos. Más allá de la experiencia individual, ¿cree que estamos ante una transformación cultural más profunda en la forma de leer?
—Sí, creo que es una transformación cultural profunda. Partí de mi propia experiencia: como escritor y usuario frecuente de la web noté que me costaba concentrarme en libros y artículos largos. Pasar mucho tiempo en ese entorno digital me entrenó para no fijarme y para absorber información rápidamente. Para cultivar la lectura profunda hace falta concentrarse en un texto complejo durante periodos largos; si uno salta constantemente entre fragmentos, emails y mensajes, nunca se aprovecha el potencial de la lectura sostenida. No solo leemos menos en profundidad que hace décadas, sino que corremos el riesgo de perder la habilidad misma de sumergirnos en lecturas prolongadas, una dimensión clave de la cultura intelectual.
—Gran parte de la cultura intelectual moderna se construyó alrededor de libros y textos extensos capaces de desarrollar argumentos complejos. En un ecosistema dominado por fragmentos informativos, ¿cómo se reorganiza hoy esa cultura?
—La autoridad informativa tiende a recaer hoy en quienes captan la atención rápidamente y logran viralidad. Ese contenido suele ser emotivo, exagerado o extremo, y por eso privilegiamos el gancho inmediato —un título sensacional o una imagen intensa— por encima de argumentos profundos y razonados. En consecuencia, el sistema mediático actual recompensa con frecuencia el espectáculo más que la razón y la discreción.
—En lugar de desaparecer, ¿podría el libro adquirir un nuevo valor cultural precisamente porque ofrece algo que el ecosistema digital no reproduce: una experiencia de atención sostenida?
—El libro puede adquirir un valor distinto: no necesariamente como forma dominante de transmisión cultural, pero sí como refugio frente al flujo dominante de las pantallas. Mucha gente percibe que pierde algo al estar constantemente distraída y busca en la lectura o en formatos analógicos una forma de escapar. Eso es positivo, pero también subraya el cambio cultural que hemos vivido: que un sector opte por experiencias contemplativas no impide que los medios digitales continúen imponiéndose como canal cultural principal.
—La cultura del libro no solo organizó la lectura, también estructuró instituciones como la universidad, el ensayo o la crítica intelectual. ¿Qué ocurre con esas formas culturales en un entorno dominado por flujos digitales de información?
—Es cada vez más difícil lograr que los estudiantes ejerciten formas concentradas y atentas de lectura y estudio. Muchos docentes —y hablo desde mi experiencia en Estados Unidos, aunque es un fenómeno global— saben que el libro compite por la atención con las apps del teléfono y, por eso, adaptan métodos y expectativas: reducen exigencias de lectura tranquila y aceptan el nuevo entorno de distracción. Todos nos adaptamos: docentes, estudiantes y sistemas educativos. Podemos volvolarnos muy hábiles en absorber y transmitir información con rapidez, pero a costa de perder la profundidad que, tradicionalmente, se consideraba central en una educación verdaderamente formadora.

—Escuché una frase suya que dice que Google nos vuelve más estúpidos. Creo que esto podría extenderse a las redes sociales. ¿Podrías compartir con nuestra audiencia tu idea de que este tipo de herramientas nos vuelve más estúpidos?
—Cuando llegaron Google e internet, y más tarde las redes sociales, se pensó que más información y más conexiones nos harían más inteligentes y sociales. Sin embargo, sostengo que ocurrió lo contrario: la sobrecarga informativa nos ha hecho más distraídos, superficiales y menos capaces de abordar cuestiones complejas. De igual modo, las redes sociales han erosionado ciertas habilidades sociales al convertirnos en productores constantes de contenido y en gestores permanentes de nuestra propia apariencia pública. En resumen, la abundancia de información y estímulos nos vuelve pensadores más superficiales —más estúpidos, si queremos ser directos— y reduce nuestra habilidad para relacionarnos con profundidad.
—La inteligencia artificial generativa ha comenzado a producir textos, imágenes y conocimiento de manera automatizada. ¿Cree que esta nueva etapa de automatización puede transformar también la forma en que las sociedades producen y transmiten conocimiento?
—Aún no sabemos cómo evolucionará la IA generativa ni cuáles serán sus consecuencias finales, pero ya está cambiando dos actividades centrales: la lectura y la escritura. Hoy podés introducir un libro o un artículo en un chatbot y obtener un resumen rápido; y podés pedirle a ChatGPT, Claude, Gemini, Copilot u otros que redacten por vos. Eso plantea una decisión crucial: ¿valoramos lo suficiente la lectura y la escritura como prácticas intelectuales para asumir la responsabilidad de realizarlas nosotros mismos, o las delegamos a máquinas? Temo que, como con internet y los smartphones, elegiremos el camino de menor resistencia y usaremos la IA para leer y escribir, perdiendo una fuente esencial de profundidad intelectual y de riqueza personal.
—Buena parte de la conversación pública contemporánea se trasladó a las plataformas digitales. Durante mucho tiempo los diarios canalizaban ese intercambio a través de secciones como las cartas de lectores, que implicaban un proceso editorial de selección y jerarquización. Con las versiones online y la posibilidad de comentar directamente los artículos publicados, esa mediación prácticamente desapareció. ¿Cómo cree que esta mediación tecnológica está transformando la esfera pública contemporánea?
—Al principio pensamos que internet eliminaba la mediación editorial y abría la voz a todos, pero lo que ocurrió fue un cambio de mediadores: los editores fueron sustituidos por algoritmos que deciden qué mostrar entre miles de millones de mensajes. Aunque el viejo sistema no era perfecto, imponía cierto orden y control de calidad; los algoritmos, en cambio, tienden a enfatizar extremismo, superficialidad y mensajes emotivos que apelan a sesgos. En la práctica, nos hemos sometido a una mediación nueva y mucho más poderosa —la de Meta, Google, X y otras plataformas— que, con frecuencia, resulta más dañina para el discurso público que los antiguos mediadores.
—En “The Glass Cage” usted advierte que cuando delegamos demasiadas tareas en sistemas automatizados corremos el riesgo de perder habilidades. En campos como la aviación o la medicina se ha estudiado un fenómeno conocido como “automation complacency”: cuando los sistemas automatizados funcionan durante mucho tiempo sin fallas, los humanos tienden a confiar tanto en ellos que pierden la capacidad de intervenir críticamente cuando algo sale mal. ¿Ve un riesgo similar en la relación cotidiana que estamos desarrollando con los sistemas digitales y los algoritmos?
—La automatización es beneficiosa cuando delegamos tareas que ya dominamos, porque eso nos permite desarrollar habilidades superiores. El problema surge con la complacencia: si dependés tanto del sistema que no practicas ni mantienes tus propias capacidades, cuando algo falla no podés intervenir. Lo vemos en pilotos que confían en el piloto automático y pierden conciencia situacional, o en médicos que delegan en lecturas automatizadas. Con la IA ocurre lo mismo a un nivel intelectual: si confiamos en sistemas para informarnos, escribir y pensar, dejamos de cuestionar y perdemos la capacidad crítica. Por eso es esencial entender los límites de la automatización y no delegar íntegramente el pensamiento en la máquina.
—En “Superbloom” usted sugiere que el aumento de las tecnologías de comunicación no necesariamente produce mayor comprensión entre las personas. ¿Por qué la comunicación permanente puede generar, en algunos casos, el efecto contrario?
—En The Shallows y The Glass Cage abordé cómo la distracción y la automatización erosionan el pensamiento profundo; en Superbloom me ocupo de los efectos sociales y políticos de la saturación informativa. Pensábamos que democratizar la expresión reforzaría la democracia, pero con frecuencia sucede lo contrario: la lógica de la atención premia mensajes emocionales y rápidos, lo que favorece cultos a la personalidad y candidatos que operan como influencers. Eso desplaza la deliberación reflexiva que sería la mejor guía para elegir representantes y enfrentar problemas complejos.
—Las redes sociales tienden a amplificar emociones rápidas como la indignación, el miedo o la ansiedad. ¿Qué efectos tiene esa dinámica en la conversación pública? Podría ser, al mismo tiempo, algo similar a lo que produjo la radio en los años 30 en Alemania con el surgimiento de Hitler.
—El caso de la década de 1930 es ilustrativo: los nazis tomaron el control de la radio y distribuyeron receptores baratos sintonizados con emisiones oficiales. Cualquier medio nuevo puede servir para desafiar al poder o para reforzarlo si quienes detentan el poder lo controlan; la radio y la televisión ya lo demostraron, y hoy internet y las redes sociales repiten esa dualidad. Pueden facilitar la disidencia, pero también convertirse en máquinas de propaganda cuando son apropiadas por fuerzas políticas.
—El psicólogo social Jonathan Haidt ha vinculado el uso intensivo de redes sociales con el aumento de ansiedad y polarización entre los jóvenes. ¿Cómo interpreta ese fenómeno desde su análisis de la cultura digital?
—Haidt y otros estudios indican que, especialmente para los jóvenes, el entorno de las redes puede ser desorientador y agravar problemas de identidad y salud mental. Eso plantea preguntas serias sobre la conveniencia de que los adolescentes tengan smartphones o cuentas en redes, o de si los teléfonos deberían permitirse en las escuelas. Las redes empujan a presentarse permanentemente ante los demás y a convertir la vida en contenido, lo que genera ansiedad social. Los datos sobre mayor soledad, depresión y ansiedad en jóvenes son preocupantes y reflejan un impacto que también se extiende a los adultos.
—En “Superbloom” usted escribe que, frente a la saturación comunicativa del mundo digital, “necesitamos practicar más actos deliberados de excomunicación”. ¿Qué significa exactamente esa idea y qué tipo de relación con la tecnología propone?
—En Superbloom propongo actos deliberados de “excomunicación”: retirarse de la exposición continua del mundo digital. La tecnología nos distancia del mundo físico y sensorial, y eso empobrece la vida. Excomunicarse implica pasar buena parte del día sin pantallas, redes ni teléfonos, y restablecer una interacción sensorialmente rica con personas y cosas reales. Es un retiro intencional que permite vivir de forma más plena que el refugio constante en el mundo espejo creado por las pantallas.
—La expansión de las tecnologías digitales multiplicó las formas de conexión entre las personas, pero en paralelo muchos estudios registran un aumento de la soledad. ¿Cómo interpreta esa paradoja?
—La paradoja surge porque sustituir la interacción presencial por la mediada reduce la satisfacción. Podemos estar en contacto con más gente y socializar todo el tiempo, pero la interacción por pantalla es una sombra de la experiencia cara a cara: falta lenguaje corporal, matices y atención plena. Esa diferencia explica por qué, aun conectados permanentemente, muchas personas se sienten más aisladas.
—A lo largo de la historia, tecnologías como la imprenta o el telégrafo, la radio en la década de los 30 como hablábamos recién, no solo ampliaron la circulación de información, sino que transformaron profundamente la cultura y la organización social. ¿La revolución digital representa una ruptura comparable o introduce un tipo de transformación cualitativamente distinto?
—La llegada de la radio y la televisión fue un cambio dramático; la revolución digital no es necesariamente más radical, pero sí comparable en magnitud. La diferencia clave es que hoy la comunicación masiva se personaliza: grandes empresas como Google o Meta producen contenidos masivos que, gracias a los algoritmos, se adaptan a cada individuo. Ya no compartimos experiencias mediáticas comunes; cada persona recibe una versión distinta, cuidadosamente diseñada para captar su atención. Es otra transformación mediática muy grande, con efectos dramáticos pero diferentes a los de hace un siglo.
—En “Superbloom” usted examina la historia de las tecnologías de comunicación. ¿Qué patrones se repiten cuando aparece un nuevo medio y reconfigura la vida social?
—Un patrón recurrente es que las consecuencias no deseadas suelen superar a las previstas. La gente imaginó usos distintos para tecnologías previas y la realidad fue otra. Con la IA y otras herramientas sucede lo mismo: esperamos soluciones técnicas a problemas sociales y a menudo obtenemos efectos contrarios. La lección es mantener escepticismo: no significa rechazar la tecnología, sino usarla con disciplina, preguntarnos para qué sirve realmente y someter su adopción a evaluación institucional y política.
—En “The Big Switch” usted compara la revolución digital con la electrificación de la industria: un momento en que la energía dejó de generarse localmente y pasó a distribuirse a través de grandes redes. Cuando la computación adopta esa misma lógica de infraestructura, ¿qué cambia en la economía, el poder tecnológico y la cultura?
—La analogía con la electrificación muestra cómo una infraestructura compartida centraliza el poder. La computación en la nube ha desplazado capacidades antes locales hacia centros de datos controlados por gigantes tecnológicos. Eso transforma la dinámica del poder: en vez de descentralizar el control sobre la información, la infraestructura en nube ha concentrado poder económico e informacional en manos de unos pocos operadores que influyen en la política, la vida social y la circulación del conocimiento.
—Pero en relación con esto, internet nació como una red descentralizada, pero el poder digital se ha concentrado en unas pocas plataformas capaces de organizar la información, la comunicación y la atención de miles de millones de personas. ¿Qué consecuencias culturales y políticas tiene esa concentración?
—Económicamente, ha intensificado la centralización y la acumulación de riqueza; en Estados Unidos observamos una concentración de poder y riqueza que recuerda a fines del siglo XIX. Personas con enorme capital —Elon Musk, Jeff Bezos, Sam Altman— han visto que su riqueza les otorga influencia política. Está surgiendo una nueva clase tecnocrática que ejerce poder sobre la política y la vida cotidiana. Históricamente, esas concentraciones suelen provocar reacciones y demandas de cambio; no me sorprendería que ocurriera lo mismo ahora.
—El investigador bielorruso Evgeny Morozov ha criticado lo que llama el “solucionismo tecnológico”: la tendencia, muy presente en Silicon Valley, a tratar problemas sociales complejos como si fueran simplemente problemas técnicos que pueden resolverse con una aplicación o un algoritmo. ¿Comparte ese diagnóstico sobre la cultura tecnológica contemporánea?
—Comparto la crítica de Morozov: el solucionismo es real y peligroso. La idea de que los tecnólogos resolverán con más tecnología todos los problemas que genera la tecnología soslaya la necesidad de instituciones políticas y sociales que evalúen y regulen. Delegar decisiones sociales a ingenieros sin contexto cultural suele agravar los problemas. Necesitamos que las instituciones democráticas formen parte de la evaluación y el diseño de soluciones tecnológicas.
—Silicon Valley siempre promovió la idea de que la tecnología ampliaría automáticamente la libertad, la creatividad y la democracia. A la luz de lo que vemos hoy, ¿qué aspectos de esa narrativa le parecen más problemáticos?
—El error fue confundir una propiedad técnica con un resultado social. Pensamos que la descentralización técnica de la red se traduciría en descentralización y democratización social; en cambio, la realidad ha sido la concentración de poder informativo y económico en pocas empresas. Esa vasta red global, en lugar de dispersar el control, ha favorecido la creación de monopolios informativos con un poder enorme sobre el flujo de información. No deberíamos confundir las características técnicas con las consecuencias sociales.
Producción: Sol Bacigalupo.






