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  • Síndrome de agosto 2019: cómo la crisis marcó la campaña y redefinió el mapa político

    Síndrome de agosto 2019: cómo la crisis marcó la campaña y redefinió el mapa político

    El lunes 12 de agosto de 2015 quedó marcado en la memoria como “el día de la mayor pérdida de valor de la historia argentina”. Las acciones de las empresas nacionales se desplomaron más del 60% en Wall Street; en el Merval retrocedieron un 33% en términos reales y el peso se devaluó un 23% frente al dólar. Ese recuerdo se reactivó tras la derrota de LLA en las elecciones bonaerenses de septiembre pasado, y solo fue contenido por el anuncio del Tesoro norteamericano de un préstamo de 20 mil millones de dólares y por la promesa de “lo que fuera necesario” (whatever it takes).

    Las posibilidades de que, en agosto del año próximo, Estados Unidos repita un salvataje semejante son inciertas; en cambio, es más probable que se reactiven los mismos temores de los mercados financieros ante el mero riesgo de una eventual derrota del Gobierno. Si la alternancia es la base de todo sistema democrático, el problema central de la economía argentina es la inconsistencia intertemporal de sus políticas macroeconómicas básicas.

    El anuncio del “salariazo” de Menem en su campaña dinamitó la ya muy fragilizada economía de Alfonsín. De la Rúa, para suceder a Menem, tuvo que prometer la continuidad de la Convertibilidad. Kirchner, para ganar por primera vez en 2003, anunció que mantendría al entonces ministro de Economía Roberto Lavagna. El regreso de Cristina Kirchner como candidata a vicepresidente provocó la citada hecatombe que sufrió Macri el lunes 12 de agosto tras su derrota en las PASO. Y el anuncio de campaña de Milei sobre la dolarización de la economía potenció la aceleración inflacionaria del gobierno de Alberto Fernández. De cara a 2027, ni siquiera hace falta una profecía autocumplida: parte de la renovación de la deuda en pesos del gobierno de Milei se fijó con vencimiento previo al cambio de gobierno, justamente para cubrirse de ese riesgo.

    Lo que Milei llama “efecto kuka” atraviesa las cuatro décadas de nuestra recuperación democrática y, en realidad, consiste en un empeoramiento asociado al cambio de gobierno, salvo cuando el candidato de la oposición se compromete a garantizar la continuidad de los aciertos económicos de su competidor o cuando la reelección del oficialismo resulta segura.

    ¿Qué hacer entonces? Hay dos opciones: colaboración o aniquilamiento.

    Aniquilamiento. El gobierno de Milei apuesta a asociar al candidato peronista al caos económico para generar temor entre los votantes, que podrían optar por no elegirlo ante el riesgo de convertirse en víctimas de un descalabro económico; ese voto por miedo fue con el que el Gobierno logró imponerse en las elecciones de octubre pasado.

    Paralelamente, un candidato kirchnerista podría considerar que le conviene que LLA instale la idea del “cuco kuka”, un fantasma peronista desestabilizador: así Milei se estaría disparando un tiro en el pie, porque las consecuencias del caos económico las sufriría antes de las elecciones el propio gobierno de LLA, facilitando y no dificultando el ascenso de la oposición frente a un oficialismo cuya economía ya está en caos y cuyos votantes no tienen nada que perder.

    Alentar la polarización mediante escenarios apocalípticos para cosechar adhesiones es un arma de doble filo: funciona en el presente, pero es una bomba de tiempo segura para estallar en el futuro.

    Colaboración. Un ideal, probablemente utópico, sería que los candidatos con posibilidades reales firmaran un compromiso para mantener ciertos lineamientos macroeconómicos básicos: una suerte de Pacto de La Moncloa concentrado en un puñado de compromisos económicos; o, como hicieron en Israel en los años 80 con éxito, que todos los partidos acordaran medidas para ordenar la economía y erradicar la inflación.

    Otra alternativa sería que, antes de las PASO en 2027, oficialismo y oposición votaran por unanimidad un presidente del Banco Central que, con acuerdo del Senado (el último así designado fue hace más de una década), pudiera atravesar el mandato del presidente electo más allá del partido que ganase, garantizando estabilidad e independencia frente al Poder Ejecutivo.

    La colaboración cobra sentido cuando ambos sectores en pugna descubren que la aniquilación del oponente equivale a la propia autodestrucción: la disuasión nuclear mutua que inhibió durante décadas el uso de armas atómicas entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética.

    Mañana PERFIL publica un extenso reportaje al economista Emilio Ocampo, director del Centro de Estudios de Historia Económica de la Universidad del CEMA y autor, entre otros libros, de Dolarización: una solución para la Argentina y Argentina dolarizada. Para Ocampo, la única “vacuna” contra la volatilidad monetaria ante cada cambio de gobierno es que no dispongamos de moneda propia, y lo expone con argumentos que merecen ser analizados.

    En su visión predomina más el historiador que el economista: proyecta lo que en el mundo anglosajón se denomina “dependencia de la trayectoria” (path dependency), esa idea de “lo que ha sido será” que llevó a Zaratustra, según Nietzsche, a asumir la dificultad de torcer el rumbo de un destino cimentado por el pasado.

    Los antecedentes de la economía argentina, desde Alfonsín hasta la fecha, son una evidencia de esa “dependencia de la trayectoria”; sin embargo, el Brasil de poco más de veinte años atrás mostró pruebas comparables y logró romper con la aparente inevitabilidad de la repetición.

    Allí la clave fue que un presidente como Lula —siendo un líder sindical combativo y representante de un partido más a la izquierda que el peronismo— supo romper con “el pasado me condena” y puso al frente del Banco Central a un economista opositor, diputado del partido de Fernando Cardoso, expresidente mundial del Banco de Boston con sede en Estados Unidos, Henrique Meirelles.

    Algo similar sucedió con la Concertación de centroizquierda en Chile tras la salida de la dictadura, que mantuvo las bases macroeconómicas legadas por Pinochet. Y en Uruguay, donde el Frente Amplio llevó a la presidencia a un exguerrillero como Pepe Mujica, éste ofreció a su rival en la interna, el economista conservador Danilo Astori, sumarse como vicepresidente de su gobierno.

    Siguiendo esos ejemplos, el candidato del peronismo podría anticipar la designación de un presidente del Banco Central y/o de un ministro de Economía que otorguen tranquilidad a los mercados.

    En cualquiera de los casos, el síndrome de agosto de 2019 plantea un desafío para nuestro sistema político.

  • Día 820: Entre Messi, Trump y el auge del fanatismo K-libertario

    Día 820: Entre Messi, Trump y el auge del fanatismo K-libertario

    Miguel Ángel Pichetto es un invitado habitual de este programa y, podríamos decir, un amigo de la casa. No obstante, creemos que se equivoca al pretender sumar al kirchnerismo a un frente anti Javier Milei. Se podría pensar que el kirchnerismo está introduciendo cambios positivos —que ahora Cristina Kirchner defiende el equilibrio fiscal— y que esas modificaciones son necesarias para ganar; pero un hecho que podría parecer menor, incluso anecdótico, demuestra que el kirchnerismo sigue igual que siempre y, quizás, aún más sectario y electoralmente inconveniente para derrotar a Milei. Ese hecho involucra a una de las personas más populares del mundo: Lionel Messi.

    Messi, tras la consagración de su equipo, el Inter de Miami, en la MLS Cup 2025, fue invitado a un acto en la Casa Blanca y posó en una foto con el presidente de ese país, Donald Trump. Este encuentro ocurrió luego de que el presidente de Estados Unidos iniciara una guerra con Irán y ordenara bombardear Teherán, provocando la muerte de miles de personas.

    En las redes circularon todo tipo de acusaciones contra el ídolo, y figuras ligadas al espacio kirchnerista lo tildaron de ultraderecha. Incluso aparecieron posteos que afirman que Messi “no es nuestro”. No sabemos con certeza qué piensa Messi: pudo haber acudido por pedido del club; también puede compartir ideas con Trump, algo que ocurre entre millones de personas en todo el mundo, incluidos artistas, intelectuales e ídolos de distintas disciplinas.

    En política no tiene mucho sentido enojarse con la realidad. La extrema derecha existe porque millones de personas comparten, en parte, el pensamiento de esos líderes. Y si tanta gente sostiene ciertas posiciones, hay que buscar las razones: es posible que no sean correctas, pero para transformar la realidad desde la política primero hay que comprenderla. Acusar moralmente a quienes no coinciden con uno no suele convencerlos. Por otro lado, se comparó a Messi con Diego Maradona, quien expresaba posturas cercanas al peronismo y se reunió con líderes como Fidel Castro y Hugo Chávez en actos políticos.

    Salvando las distancias en la magnitud del daño que causan las guerras, Castro y Chávez también cometieron atropellos moralmente espantosos. Castro envió a homosexuales a campos de trabajos forzados al considerarlos “desviados” de la revolución y encarceló a miles de opositores, muchos de ellos de izquierda, que discrepaban del rumbo del régimen.

    Chávez, por su parte, también mandó a la cárcel a personas cuyo único “delito” fue pensar distinto y hacer política opositora. Además, existen críticas a Maradona como persona: si una de las críticas a Messi es que se reunió con Trump en el contexto de la guerra y en medio de denuncias vinculadas al caso Epstein, de Maradona existe la acusación de Mavys Álvarez, una joven cubana que sostiene que tuvo relaciones con él cuando era menor.

    Con todo esto, ¿qué queremos decir? Básicamente dos cosas. Primero: la visión política que divide el mundo entre buenos y malos desde una moral absoluta es equivocada y, cuando quienes se consideran “malos” son mayoría, además es —como se dice en la jerga militante— piantavotos. Acusar moralmente a la mayoría en lugar de intentar persuadirla solo aleja. Y segundo: la afirmación de que Messi hizo algo reprobable y Maradona actuó correctamente también es discutible.

    Una discusión que comenzó en redes se convirtió en un debate público seguido por millones y, probablemente, en un síntoma del error del progresismo-kirchnerista, que sigue reproduciendo una de las claves de la fortaleza de la extrema derecha. Para el kirchnerismo hay una verdad simple y evidente: ellos son los buenos y la derecha es la mala. Esa idea, infantil y claramente insuficiente para explicar la complejidad de la política mundial —y menos aún para resolver los problemas del país— forma parte de una estrategia política.

    Hemos hablado muchas veces de la forma de construir poder en el populismo descrita por Ernesto Laclau: atribuir todos los problemas a un enemigo construido discursivamente y durante el mismo proceso atribuir las soluciones a un “nosotros” también construido por conceptos y narrativas. Así surge un pueblo encarnado por su líder —Cristina— y un rival compuesto por la derecha, los medios hegemónicos y el imperialismo, todos unidos contra el pueblo.

    Para Laclau, la clave es unir todas las demandas sociales y convertirlas en consignas de lucha política contra ese enemigo construido. Los derechos de los trabajadores, de las mujeres, de la comunidad LGBTQ y de otros colectivos oprimidos son presentados como bloqueados por la derecha, porque supuestamente busca un país para pocos o protege intereses egoístas. Como decía Oscar Wilde, la verdad rara vez es simple y casi nunca es pura: ni todo el pueblo tiene las mismas demandas, ni Cristina o los dirigentes kirchneristas siempre las representan, ni toda la derecha se opone sistemáticamente a los avances sociales.

    No obstante, en el progresismo global y en el kirchnerismo en particular, quien no comparta su visión de la realidad está equivocado o es parte de “los malos”. El progresismo habla desde una superioridad moral. La realidad indica que el mundo dejó de pensar mayoritariamente como ellos: hoy la mayoría no necesariamente se identifica con esas posiciones. Aun así, ellos siguen igual. Por eso se acusa a Messi de las peores barbaridades y se lo contrapone a Maradona, que sí mantenía una cercanía con el peronismo.

    Como señalamos en otra columna, en esta guerra no hay “bando de los buenos”. Si Trump resulta indefendible, también lo es el régimen iraní, que reprimió y encarceló a miles que protestaron contra un orden que restringe los derechos de las mujeres y la diversidad sexual. Es un conflicto complejo y asumir el fortalecimiento de cualquiera de los polos iría en contra de los valores democráticos que, al menos desde este programa, consideramos deseables.

    Por un lado, Trump simboliza una erosión de la democracia norteamericana y respalda regímenes autoritarios como el de Arabia Saudita y otros. Además, el fortalecimiento de una potencia que decide el destino de gobiernos ajenos implicaría una severa pérdida de soberanía para países como el nuestro, sin capacidad militar para defenderse.

    Por el otro, un fortalecimiento de Irán representa la expansión de regímenes totalitarios donde la población vive sometida a leyes religiosas interpretadas por unos pocos. El gobierno iraní financia grupos terroristas y existen indicios que lo señalan como responsable del atentado a la AMIA.

    En otra arista, y casi como espejo de la disputa sobre Messi, ayer fue 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y el gobierno de Milei difundió un video que es una muestra explícita de populismo: presentó las políticas de género y diversidad impulsadas desde el Estado como un “negocio” que benefició solo a un reducido grupo militante. La causa del feminismo incluye muchos sectores; la gran mayoría de las activistas no percibe salario alguno del Estado, y la actuación del Ministerio de la Mujer puede gustar más o menos, pero no constituyó un robo ni un desfalco: tenía escaso presupuesto y, entre los 19 ministerios de la gestión anterior, ocupaba el puesto 17 en asignación de recursos.

    Mientras tanto, la violencia de género sigue cobrándose más de una vida femenina por día en nuestro país. Las redes de trata desaparecen miles de chicas y el aborto clandestino —algo que afortunadamente pasó a ser menos frecuente— había provocado la muerte de cientos de mujeres. Es decir: la problemática de género existe y merece tratamiento. Acusar a todas las activistas feministas de buscar un rédito económico con el Estado es una burda simplificación.

    Como se ve, kirchneristas y libertarios tienen una forma idéntica de construcción política. Ambos están demasiado ocupados en enojarse con la realidad y rehúsan intentar convencer a la sociedad para transformarla. El kirchnerismo creció en los primeros veinte años del siglo XXI, en sintonía con un espíritu de época que hoy cambió. Ya no resulta evidente ser progresista; comenzó a resultar obvio ser de derecha, y la condena moral del otro solo los encierra en espacios cada vez más reducidos.

    El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, dijo que en el kirchnerismo impera la lógica de obediencia o traición. Probablemente ese sea el mismo fenómeno que se expresó en esta discusión en redes: si el mundo se divide entre buenos y malos, cualquier disidencia es vista como un paso hacia el otro bando.

    Hay además otro fenómeno: la intención de quienes critican a Messi es, en muchos casos, “cancelarlo“. La cultura de la cancelación se consolidó en la última década como uno de los fenómenos sociopolíticos más divisivos de la era digital, convirtiendo prácticas de justicia social en mecanismos de vigilancia colectiva que operan fuera de los marcos institucionales.

    En su núcleo, la cancelación consiste en retirar masiva y rápidamente el apoyo financiero, social o reputacional a figuras públicas o a individuos anónimos tras la expresión de opiniones o la realización de actos considerados ofensivos o inaceptables según los estándares éticos de un sector social.

    Este proceso, catalizado por las redes sociales, permite que una denuncia se viralice en segundos y genere una presión asfixiante sobre empresas, universidades y organismos culturales para que corten vínculos con el señalado, a menudo antes de que exista una investigación formal o un espacio para el descargo.

    Sus defensores la presentan como una herramienta democratizadora que da voz a grupos históricamente silenciados para exigir rendición de cuentas; sus críticos advierten que degeneró en una suerte de puritanismo secular y en un obstáculo grave para la libertad de expresión. La dinámica no solo busca señalar un error, sino despojar al individuo de su plataforma y de su capacidad de participar en la vida pública, estableciendo un precedente donde la redención parece imposible y el castigo, perpetuo.

    Especialistas señalan como problema central la desproporcionalidad entre la falta y la sanción, sumada a la ausencia de debido proceso, lo que acerca estas prácticas a linchamientos públicos de épocas premodernas, ahora amplificados por algoritmos que premian la indignación moral como moneda de cambio para el compromiso de los usuarios.

    En ese contexto, la esfera pública se fragmenta en cámaras de eco donde el disenso se castiga con el ostracismo, promoviendo una autocensura preventiva que empobrece el debate intelectual. Autores como Mark Fisher, en su célebre ensayo “Salir del Castillo de los Vampiros”, ya advertían que ciertos sectores de la izquierda habían adoptado una configuración basada en la culpa y el resentimiento, donde la solidaridad de clase fue reemplazada por una vigilancia moralista que busca excomulgar a quien no se ajusta a una ortodoxia rígida.

    Fisher sostenía que ese ambiente no construye poder político, sino que lo fragmenta, dando lugar a un sistema de castas morales donde la pureza es la meta. Por su parte, la filósofa Judith Butler, a pesar de su vínculo con teorías que nutren el activismo identitario, ha manifestado preocupación por cómo la cultura de la cancelación puede derivar en punitivismo que ignora la complejidad humana y la posibilidad de transformación.

    Butler advierte que el deseo de destruir al otro en nombre de la justicia a menudo encubre una pulsión destructiva que no resuelve las desigualdades estructurales. Asimismo, el lingüista Noam Chomsky fue uno de los firmantes de la conocida “Carta sobre la Justicia y el Debate Abierto” publicada en Harper’s Magazine en 2020, donde se alertaba sobre el debilitamiento de las normas del debate abierto y de la tolerancia a la diferencia en favor de un conformismo ideológico.

    En esa misiva se señalaba que la tendencia a imponer represalias rápidas y severas ante supuestas transgresiones termina restringiendo lo que se puede decir sin miedo a perder el sustento o la posición social. Para Chomsky, el libre intercambio de ideas es el único mecanismo capaz de confrontar los malos argumentos, y la censura, incluso cuando parte de sectores progresistas, termina fortaleciendo a movimientos reaccionarios al validar sus denuncias sobre el autoritarismo de la corrección política.

    En línea con esto, el psicólogo social Jonathan Haidt analizó el fenómeno desde la fragilidad cognitiva de las nuevas generaciones, sosteniendo que la cultura de la cancelación genera entornos de seguridad emocional que obstaculizan el desarrollo del pensamiento crítico y la resiliencia, transformando campus universitarios en lugares donde las ideas contrarias se perciben como agresiones.

    Para Haidt, equiparar palabras con violencia es una distorsión que justifica la supresión de la libertad de cátedra y del debate plural. El peligro último de la cancelación es instaurar una hegemonía del pensamiento único donde la duda y la matización desaparecen ante la urgencia de la condena. Al eliminar el espacio para el error y el aprendizaje, se clausura la posibilidad de un progreso social genuino, que requiere necesariamente la fricción entre visiones opuestas.

    La velocidad de la “justicia digital” no permite analizar la intención ni el contexto, factores que autores como Yascha Mounk consideran esenciales para distinguir entre un error comunicativo y una postura de odio sistémico. Sin esas distinciones, la conversación pública se vuelve un campo minado donde el miedo a la represalia prevalece sobre la búsqueda de la verdad, y donde la identidad del emisor pesa más que la validez del argumento.

    Así, la cancelación aparece como una paradoja: nace del anhelo de justicia, pero puede terminar minando los cimientos de la convivencia democrática al reemplazar el diálogo por el silencio impuesto y la razón por la furia de la multitud digital.

    Tanto en su forma populista de construir poder como en la cultura de la cancelación que la acompaña, kirchnerismo y libertarios son primos hermanos. Construyen políticamente de forma idéntica, aunque con contenidos opuestos: ambos dividen el mundo entre buenos y malos, ambos interpretan cualquier crítica como traición y ambos practican el escrache en internet para destruir reputaciones.

    Esto lleva a una implicancia política central de cara a las elecciones del 2027. Si Raúl Alfonsín ganó uniendo a adversarios bajo la noción del “pacto sindical-militar”, que denunciaba acuerdos entre parte del sindicalismo peronista y la dictadura —una tesis que mezcló verdades parciales y simplificaciones—, Milei, a su manera, hizo algo parecido al confluir las dos polarizaciones de 2023, el kirchnerismo y Cambiemos, y presentarse como único representante del futuro. Quien quiera vencer a Milei en 2027 deberá lograr separar al kirchnerismo y construir una coalición que instale la idea de que los “nuevos dos demonios” son el fanatismo de Milei y el del kirchnerismo, posicionándose como el representante de la racionalidad.

    A su modo, la disputa del kirchnerismo contra Messi y la de Milei contra el feminismo —como en el video difundido ayer, Día de la Mujer— son la misma cara de una misma lógica: catequizan todo desde una perspectiva fanática y reducen la realidad a buenos y malos; ambos transforman su moral en un instrumento de cancelación del otro. El liderazgo sincretista que surja tendrá que desfanatizar, descancelar y unir.

    Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi

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