A 50 años del inicio de la última dictadura cívico-militar, esta no es una marcha más. La consigna que atraviesa la jornada es clara: “Que digan dónde están”. Medio siglo después del golpe del24 de marzo de 1976, la pregunta por los desaparecidos sigue abierta y vuelve a ubicarse en el centro de la emblemática Plaza de Mayo.
Desde las 13, columnas provenientes de distintos puntos de la Ciudad de Buenos Aires avanzan y confluyen. Sobre Avenida de Mayo y Tacuarí se concentraron Abuelas de Plaza de Mayo, H.I.J.O.S, Nietos y centros de estudiantes secundarios. Los más jóvenes ocuparon un lugar central: buscan proyectar la memoria hacia las nuevas generaciones. También se sumaron facultades de la Universidad de Buenos Aires.
También se alzan las banderas de otros organismos: el CELS, las dos CTA, Encuentro Memoria, Verdad y Justicia, la UTEP junto a gremios de la CGT y muchos más. A la cabeza de la movilización, los tambores de La Chilinga marcaron el ritmo en una jornada atravesada además por el recuerdo de Daniel Buira, exbaterista de Los Piojos y creador de La Chilinga, fallecido días atrás. La gente espera la llegada de la histórica bandera de las Madres: paños azules con las fotos de los desaparecidos.
La organización de este 24 de marzo se preparó durante semanas en todo el país. Entre las iniciativas, se confeccionó una bandera de ocho cuadras con bordados colectivos. Además, los organismos propusieron que cada persona lleve la foto de un desaparecido con su nombre y la consigna central.
La plaza está enlodada y la gente se desplaza entre las columnas. Algunas personas se sientan en el borde de la fuente, con los pies en el agua. Hay vendedores ambulantes que circulan entre las columnas, banderas que flamean y jóvenes trepados para ver mejor el escenario.
—Mamá, ¿qué quiere decir eso? —pregunta un nene de unos ocho años al leer un cartel. —“Que florezcan pañuelos” quiere decir que cada vez seamos más —le responde su mamá.
Desde los parlantes, una voz repite: “Que nos digan dónde están”.
En el escenario montado detrás de la Pirámide de Mayo, integrantes de Nietes —nietos y nietas restituidos por Abuelas de Plaza de Mayo— ponen en palabras una de las heridas más profundas que dejó el terrorismo de Estado: “La dictadura nos robó de nuestras familias como un botín de guerra”.
También advierten sobre una deuda que sigue abierta: “Hoy nos falta encontrar alrededor de 300 nietas y nietos apropiados”. Y subrayan: “No podemos permitir que este delito se siga transmitiendo de generación en generación”.
El contexto político atraviesa la movilización. A 50 años del golpe, el reclamo por memoria, verdad y justicia se reactualiza frente al Gobierno de Javier Milei, que cuestionó las políticas de derechos humanos y volvió a hablar de “memoria completa”, además de sostener que el kirchnerismo instaló un “relato” sobre la dictadura. En ese marco, los organismos buscan reafirmar el consenso construido durante décadas en torno a los crímenes del terrorismo de Estado.
La plaza, mientras tanto, a las 17 sigue llenándose. Las columnas continúan llegando, los carteles se multiplican y los nombres siguen presentes.
El Concejo Deliberante de Bragado realizó este 24 de marzo una sesión especial para formalizar el traslado de un documento clave para la historia local: el expediente original de 425 folios que consigna la declaración de “persona no grata” a Christian Von Wernich en 1988. La iniciativa, impulsada por la concejal Marita Gelitti y por el presidente del cuerpo, Mauricio Yaffaldano, tuvo como objetivo preservar la documentación que testimonia cómo la comunidad rechazó de manera unánime la designación del represor como párroco de la iglesia Santa Rosa de Lima.
La carpeta, que desde ahora quedará alojada en el Archivo Histórico Municipal, reúne miles de firmas de vecinos, recortes periodísticos y adhesiones de legislaturas provinciales de todo el país. Según detalló Gelitti, el expediente se originó a partir de un pedido de la Comisión de Derechos Humanos local ante la llegada de Von Wernich, e incluye cartas de apoyo de las Madres de Plaza de Mayo y extractos de testimonios de la CONADEP que ya por entonces señalaban la participación del sacerdote en el aparato represivo de la dictadura.
Christian Von Wernich
Al respecto, una nota publicada por PERFIL el 23 de marzo recordó la trayectoria del polémico Von Wernich, quien fue el primer sacerdote católicocondenado por crímenes de lesa humanidaden Argentina. Allí se explicó que el ex capellán de la policía bonaerense actuó como colaborador y confesor del general Ramón Camps, y que tenía libre acceso a cinco centros clandestinos de detención donde utilizó su rol para presenciar torturas y presionar a los detenidos con el fin de obtener información.
El informe de PERFIL destacó testimonios estremecedores del juicio de 2007: sobrevivientes relataron que el cura les ofrecía “alivio espiritual” mientras ejercía presión psicológica para que confesaran y denunciaran a sus compañeros. Incluso el periodista Jacobo Timerman contó que Von Wernich estuvo presente mientras lo torturaban con picana eléctrica. Por esos hechos, el sacerdote fue condenado a una condena a cadena perpetua como coautor de siete homicidios, 42 secuestros y 30 casos de tortura, en lo que el tribunal consideró parte de un plan de genocidio.
Von Wernich fue sentenciado a cadena perpetua en 2007
Para Bragado, este expediente no es solo un conjunto de papeles: es el testimonio de las multitudinarias “marchas del silencio” que movilizaron al pueblo hace casi cuatro décadas. El presidente del Concejo, Mauricio Yaffaldano, aclaró que la elección de la fecha para la sesión especial no fue casual, sino que buscó subrayar un acto de valentía cívica. Durante el acto, ex ediles de 1988 aportaron sus recuerdos sobre aquel rechazo histórico que marcó un precedente de justicia social mucho antes de la condena judicial definitiva.
Finalmente, las autoridades confirmaron que, para facilitar la investigación de estudiantes y ciudadanos, el Concejo Deliberante conservó una copia digitalizada de todo el material. El original físico, con sus firmas y cartas manuscritas, pasó a ser desde hoy una pieza central del Archivo Municipal, para que las nuevas generaciones puedan consultar los detalles de uno de los mayores actos de repudio social contra el terrorismo de Estado en la provincia de Buenos Aires.
El refugio fallido en Bragado y la caída del cura
En 1988, Von Wernich intentó establecerse en Bragado tras ser separado como suboficial de la Policía Bonaerense. Sin embargo, la movilización vecinal encabezada por familiares de desaparecidos locales, entre ellos la madre de Cecilia Idiart, frustró sus planes. Aunque la Iglesia lo mantuvo en la parroquia local hasta 1996, la presión social sostenida lo empujó a una vida de aislamiento antes de su huida a Chile.
La condena a perpetua dictada por el Tribunal Federal Número 1 de La Plata en 2007 constituyó un precedente mundial. Los jueces Carlos Rozanski, Norberto Lorenzo y Horacio Insaurralde confirmaron que Von Wernich no solo fue un testigo silencioso, sino un “torturador y asesino” que utilizó los hábitos para garantizar la impunidad de los represores. Durante el proceso, sobrevivientes como Rubén Schell declararon que la “tortura moral” ejercida por el cura fue la más difícil de superar.
El traslado del expediente reivindicó la actuación de los concejales de la naciente democracia de 1988 que, pese a las presiones de entonces, votaron el rechazo al sacerdote. El acto de este martes en el Concejo Deliberante cerró un ciclo de 38 años, transformando un trámite administrativo en un monumento documental a la memoria colectiva de Bragado.
A los cuatro meses de embarazo, en febrero de 1977, Adriana Calvo de Laborde fue secuestrada en su casa de La Plata por un grupo de tareas de la última dictadura militar. En ese momento estaba con Santiago, su hijo de un año y medio. Días después, también fue secuestrado su esposo, Miguel Laborde. La subieron a uno de los vehículos que se convertirían en símbolo del terror represivo: un Ford Falcon verde.
Durante un traslado entre centros clandestinos en abril, vendada y bajo custodia, empezó el trabajo de parto. No hubo médicos ni condiciones mínimas y dio a luz en el asiento trasero de un auto, en cautiverio. La bebé sobrevivió y hoy es su hija menor, Teresa Laborde, docente universitaria de Historia del Arte y referente de derechos humanos.
La escena, reconstruida años más tarde en tribunales y evocada en la películaArgentina, 1985 (2022), se convirtió en uno de los relatos más impactantes del terrorismo de Estado en la Argentina. Adriana, física y docente en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata, fue una la primera de las sobrevivientes en declarar y en dar detalles sobre los centros clandestinos de detención.
Su testimonio fue clave en el trabajo de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) y en el Juicio a las Juntas. Como otros exdetenidos desaparecidos, aportó datos, nombres y circuitos que permitieron reconstruir un sistema que hasta entonces muchos negaban. “Sin la declaración de los sobrevivientes, las Madres y Abuelas seguirían siendo consideras unas locas”, sintetiza Teresa, en diálogo con PERFIL.
Adriana Calvo de Laborde
Ese entramado de memorias individuales que se entrecruzaron y se animaron a revelar lo vivido fue, para ella, el germen que comenzó a abrirse paso en democracia. Pero esa historia no quedó detenida en el pasado. A medio siglo del golpe de Estado de 1976, Laborde advierte sobre una nueva disputa: la del sentido de esa memoria: “Es como empezar de nuevo, por eso duelen tanto estos 50 años“.
En ese volver a empezar hay algo del recorrido de su propia madre, que tras salir del cautiverio visitó familias, reconstruyó historias y dio testimonio cuando todavía predominaban el miedo y el silencio. Hoy, Teresa continúa ese “trabajo de hormiga”: va a escuelas, da entrevistas y participa en espacios de memoria. Lo hace porque lo que está en juego no es solo el pasado, sino la forma en que se construye el presente.
Entrevista de PERFIL a Teresa Laborde
—¿En qué momento de tu vida tomaste dimensión real de toda esa historia? —Esa es una pregunta que me hacen mucho los chicos en secundaria. Como “¿a qué edad te enteraste?”, “¿cómo nací?”. Y no hubo una edad, fue paulatino. De chica ya sabía que algo tenía: pasé por varios médicos, tengo un problema en el oído izquierdo, tenía la espalda muy dobladay la bocame quedó un poco torcida. Era chica para operarme, tenía que hacer ejercicios, son secuelas que quedaron de aquello tan traumático.
Después fue más gráfico, antes de declarar. Un domingo, desayunando en la cama, mis viejos nos dijeron que tenían que hablar con nosotros. Ahí nos hablaron de “malos, malísimos” y nos contaron lo que les habían hecho. También le explicaron a mis hermanos que no los habían abandonado, o sea, que no se habían ido sin saludar a trabajar al exterior, como les habían dicho.
Mi hermano, que tenía un año y medio, vio cómo entraba la patota y se llevaban a mi mamá embarazada. Lo rescató una vecina del PH, Dolly, que le sacó al nene de los brazos a un militar. Se la jugó, lo agarró como si fuera una pelota y les decía “es mi nieto, es mi nieto, no tiene nada que ver”.
—¿Seguiste teniendo relación con esa vecina? —Mis papás nunca se exiliaron, como dice en la película (Argentina, 1985), pero nunca volvimos a La Plata. La casa la perdimos, porque bajo tortura hacían firmar cosas y además nos robaron todo.Nos fuimos a Mar del Plata, pero seguimos en contacto con Dolly. Con el tiempo y las redes sociales, su nieta se contactó conmigo y cada tanto hablamos.
Teresa Laborde en el estreno de Argentina, 1985
—¿Cómo fue la infancia en ese contexto? —Cuando empezó el proceso del juicio yo tenía más de seis años. Me acuerdo que mi hermana se puso muy mal, pensaba que iba a volver la patota. Mis viejos, ni bien salieron, fueron a ver a las familias de los compañeros que habían quedado en cautiverio. Eso era jugarse muchísimo.
Ni bien salieron fueron a ver a Beatriz, que ella sí fue mi “abuela del corazón”. Era la mamá de Patricia Uchansky, que es una compañera desaparecida que estuvo con mi mamá en todos los centros clandestinos de detención (La ex Brigada de Investigaciones, el Destacamento “Arana”, La Comisaría 5ta, el Pozo de Banfield) desde el primero hasta el último, no se conocían de nada y se encontraron ahí y se hicieron como hermanas porque estuvieron todo ese tiempo juntas.
La importancia que tienen en la historia los exdetenidos desaparecidos no está dimensionada. Ahí se cavaron la tumba, no todos tenían la fortaleza para presentarse a declarar. Muchos se fueron o no hablaron porque tenían miedo. Este grupo que pudo y que la CONADEP les pidió testimonio primero antes que el juicio, empezaron a juntarse después y a cruzar datos y a veces se reunían en casa.
—¿Cómo transcurrió la vida cotidiana con ese pasado? —Había amenazas. Una vez dejaron una valijita simulando ser un explosivo. Había aprietes, también amenazas de bomba cuando nos juntábamos los domingos a comer en familia. Pero yo era chica, estaba en los juegos. Escuchaba, pero también “fingía demencia”.
Memoria y presente
—Después de Argentina, 1985 se habló mucho de tu historia y la de tu madre. ¿Qué podés contarme de tu padre? — Mi papá es Miguel Ángel Laborde, Doctor en Química, profesor en la Universidad de La Plata y fue presidente del CONICET. Tiene 78 años y es de los científicos más reconocidos, desarrolló un método para obtener hidrógeno a partir de etanol e hizo una patente, que después adquirió con una empresa de España con un convenio.
Ese es mi papá, a quien también secuestraron. Los dos eran profesores, con mi mamá. Ninguno de los dos militaba en ningún partido político. Mi mamá sí había formado un pequeño grupo, con otra gente, para el gremio de docentes en la Facultad. El día que secuestraron a mi mamá, que estaba con mi hermano de año y medio y embarazada de seis meses de mí, él estaba trabajando. Le avisan que había entrado gente y se la habían llevado y él vuelve rapidísimo a casa y ve todo revuelto. Va a la comisaría a hacer la denuncia.
Ahí le dijeron que iban a investigar el tema, pero al final lo interceptaron días después cuando se subió a un colectivo; así, violentamente, en la vía pública. Junto con mi mamá estuvo detenido en la Comisaría 5ta de La Plata. Mi papá se quedó ahí todo el cautiverio y a mi mamá le hicieron un “tour” por los centros clandestinos.
Martina, Santiago y Teresa Laborde junto a su padre, Miguel Ángel Laborde
—¿Pensás que las nuevas generaciones están desconectadas de lo que pasó? —No tienen ni idea de muchas de las cosas que pasaron. No saben que todavía continúan los juicios contra los represores en la actualidad. Hay una metáfora en la película de Santiago Mitre, cuando el hijo de Julio Strassera le pregunta cómo le fue y, a pesar de que el fiscal dice “mal”, el nene se pone contento porque lee las condenas y le habían dado perpetua a [Jorge Rafael] Videla. Todos los demás, de las Juntas para abajo, no. Por esas cosas vino también la Ley de Punto Final.
Todo eso no lo saben los pibes, que hubo una Ley de Punto Final, no tienen idea de lo que es una Ley de Obediencia Debida. Pasó también que el tema de la transmisión del Golpe de Estado de 1976 se contó aislado de lo que pasó antes, que hubo otras dictaduras, y lo que pasó después.
Si vos le explicás a los pibes que [el exmédico de la Policía Bonaerense, José] Bergés le sacó la placenta a mi vieja a golpes, torturaba a embarazadas y a bebés, y les decís que siguió ejerciendo 25 años más como director de una clínica obstétrica en Quilmes, te abren los ojos así de grandes y no lo pueden creer. Y que “metían” picana a los detenidos hasta que dijeran “mi mamá es una puta y me la como doblada” y siguieron trabajando en la Policía después del Juicio a las Juntas, un poco pueden entender por qué la Policía los trata como los trata.
Ese hilo conductor, en general, no se hizo. Por supuesto que los sobrevivientes que yo conocía sí lo hicieron. Los escuché diciendo que “la impunidad trae más impunidad”. Y cuando mataron a Mariano Ferreira (2010) o a Luciano Arruga (2009), allá iban.
Por eso hablo de la importancia histórica de los sobrevivientes. Porque si no hubieran declarado en el juicio las Madreshubieran seguido siendo “unas locas“. Porque no tenían ninguna prueba, les hubieran seguido diciendo “que no estaban, que estaban desaparecidos, que se fueron del país“, qué se yo. Lo mismo para las Abuelas: “No está, es un nonato, me está hablando de un fantasma, señora“.
Ni se habló del plan económico: ese puente nunca se profundizó. Porque cuando empezó la última dictadura militar había un 4% depobreza y, ¿cuánta hay ahora? Ese plan que pagó el Plan Cóndor del Norte Global. De eso no se habla, recién ahora se están tratando de juzgar a los empresarios. Por ejemplo, Carlos Pedro Blaquier [investigado por La Noche del Apagón] murió impune.
—¿Cómo ves el debate público actual sobre la dictadura?
—Ya Javier Milei había vuelto a instalar la Teoría de los Dos Demonios en el debate presidencial de 2023. Yo ese día no podía ni dormir. Recuerdo que quise hasta demandarlo, llamé a varios abogados para ver si alguien me apoyaba aunque sea con una demanda, que le salga plata, que no le saliera gratis todo lo que estaba diciendo.
El presidente no tiene otra interpretación de la historia: lo que está haciendo es falsificar la historia y no lo podemos permitir, debería ser punible. Porque ahora cualquier cosa que subo a redes sociales, entre la cantidad de trolls, haters y gente de carne y hueso, que ya no puedo distinguir, me dicen “zurda de mierda, te tendrías que haber muerto en el Falcón, quese joda tu mamá por tirar bombas“, cualquier cosa dicen, inventan.
Hoy recibo mensajes de odio, cosas terribles. Ya sufrimos mucha violencia como para bancarnos esto. Me preocupa que quieran avanzar sobre los espacios de la Memoria. Van a terminar copando la ex ESMA, la muestra del Casino de los Oficiales, que además ya están amagando a hacerlo, y van a poner a los militares como héroes. No es que se van a ir a contar su historia a otro lugar, porque lo que quieren es borrar la nuestra.
Adriana Calvo de Laborde
—¿Y el rol de la política hoy, especialmente de la oposición? —No podemos quedarnos solo en el diagnóstico de la situación, sino estamos fritos. Otra cosa que tiene que parar es que no me importa a quién votaste, pero dejá de defender más tu casa política que la causa. Y esto se lo digo a los peronistas y kirchneristas, porque no es que tienen traidores en sus listas, sino que esto ya es reiterancia y reincidencia.
Siempre eligiendo el mal menor, siempre poniendo freno, yo no me olvido más. Porque en 1985 era chiquita, pero en 2006, cuando desapareció Jorge Julio López tenía 29 años, estaba por ser mamá, y nos pedían que no saliéramos con los tapones de punta por este caso en el juicio a Miguel Etchelotz porque “lo íbamos a enchastrar a Néstor [Kirchner]“. Decían que lo estaban buscando y era mentira… y encima después vino [César] Milani.
A tu mismo partido político le tenés que reclamar. Sino, vas a tener que dejar de lado un poquito el partido y ponerte por la causa, porque no vamos a ir a ningún lado. Se pelean entre ellos los peronistas, están mirando para otro lado. El peronismo aportó mucho históricamente, mucha historia, muchas experiencias para copiar. Pero hoy son parte del problema y no se quieren hacer cargo.
¿Te importa permanecer en la rosca o te importa realmente que vivamos todos con los derechos básicos cubiertos? Parece que les importa que no los toquen, que no se le metan, que no los auditen… porque si cae el compañero caemos todos… Bueno, por eso a mí los sobrevivientes me enseñaron que las causas por los derechos humanos tienen que ser apartidarias.
Basualdo sostuvo que uno de los aspectos centrales del período fue “una articulación militar-empresarial“, y explicó que esa relación se manifestó tanto en la incorporación de cuadros procedentes de grupos económicos en funciones clave del Estado como en los beneficios económicos otorgados a grandes empresas.
En esa línea, detalló que existieron múltiples mecanismos de transferencia de recursos desde el Estado hacia el capital concentrado, incluyendo programas de promoción industrial y la estatización de deudas privadas. Según la investigadora, estas políticas formaron parte de un proceso más amplio de transformación económica que implicó el tránsito de un modelo industrial sustitutivo a otro centrado en la valorización financiera.
La investigadora también remarcó que la represión tuvo un marcado componente de clase. Señaló que una proporción significativa de las víctimas eran trabajadores, especialmente quienes desempeñaban funciones de organización sindical en sus lugares de trabajo. “La ofensiva fue contra la clase trabajadora en su conjunto”, afirmó, subrayando el ataque a delegados y comisiones internas.
Consultada sobre la relación concreta entre empresas y represión, Basualdo describió casos documentados en investigaciones académicas y judiciales que muestran prácticas empresariales que incluyeron provisión de información, apoyo logístico, vehículos e incluso participación directa en secuestros. También mencionó la existencia de centros clandestinos de detención dentro de predios fabriles en algunos casos.
Entre los antecedentes judiciales, destacó el juicio a la empresa Ford, en el que se condenó a directivos por su participación en delitos de lesa humanidad, un proceso considerado pionero a nivel internacional por reconocer responsabilidades empresariales en el marco del terrorismo de Estado.
En relación con el impacto histórico del modelo instaurado durante la dictadura, Basualdo señaló que sus efectos se mantienen hasta hoy. Mencionó cambios estructurales en la legislación laboral, procesos de concentración económica y una reconfiguración del poder de determinados grupos económicos. En ese sentido, advirtió que muchos de esos actores continúan teniendo influencia en la actualidad.
Finalmente, la historiadora subrayó la importancia de abordar estos procesos desde una perspectiva histórica amplia, evitando interpretaciones lineales. Para Basualdo, el análisis del pasado reciente ayuda a comprender mejor las dinámicas actuales y los desafíos vinculados con la memoria, la economía y los derechos humanos.
En el ciclo “QR!” de Canal E, el conductor Pablo Caruso entrevistó a Sara Mrad, referente de Madres de Plaza de Mayo de Tucumán. Mrad analizó el presente de la organización y el rol de las nuevas generaciones en la continuidad de lalucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia.
Durante la entrevista, Mrad subrayó que, a pesar del paso del tiempo, las Madres conservan intacta su convicción. “Estamos disminuidas en número, pero no en entusiasmo ni en ganas”, afirmó, al referirse al proceso natural de envejecimiento de las integrantes.
Uno de los ejes centrales de la charla fue el vínculo con las nuevas generaciones. En ese sentido, Mrad destacó la importancia de transmitir la historia a jóvenes que, en muchos casos, no vivieron la dictadura pero se acercan a partir de la educación o del entorno familiar. “Para nosotros, lo más importante son los jóvenes”, sostuvo, y remarcó que la continuidad de la lucha depende de ese puente intergeneracional.
La referente también aludió al sentido histórico de las marchas de los jueves, retomando una consigna emblemática de Hebe de Bonafini. “La lucha de las Madres todos los jueves inicia una nueva posibilidad de generar acciones”, explicó, y añadió que cada movilización funciona como un punto de encuentro y una renovación del compromiso colectivo.
En otro tramo, Mrad ofreció una lectura política sobre la actualidad, vinculando el reclamo histórico con problemáticas del presente. En ese marco planteó que las luchas por la Memoria y la Justicia deben mantenerse activas frente a contextos que, según su visión, ponen en tensión consensos democráticos construidos en las últimas décadas.
Finalmente, insistió en que la vigencia del movimiento radica en sostener la participación social y el compromiso con los derechos humanos. Para Mrad, el desafío actual es que las nuevas generaciones no solo conozcan la historia, sino que también la incorporen como parte de una práctica activa en el presente.
Bajo el lema “Porque la memoria no se nos pasa, 50 gargantas en la Plaza”, la Plaza de Mayo volvió a ser este lunes el epicentro de la reflexión colectiva. La “Vigilia por la Identidad” se inició a las 16 como un espacio de encuentro para reivindicar a los 30.000 detenidos-desaparecidos a 50 años del golpe de Estado cívico-militar. La actividad, que combinó testimonios y expresiones artísticas, buscó mantener viva la memoria en vísperas de la gran marcha del martes.
La jornada musical reunió figuras de peso como el Indio Solari, León Gieco, Ricardo Mollo y Wos, y se sumaron bandas como La Delio Valdez, Las Pastillas del Abuelo y El Plan de la Mariposa. También estuvieron presentes Tete Iglesias de La Renga, Emiliano Brancciari, Peteco Carabajal y Willy Bronca. La diversidad de estilos marcó el ritmo de una tarde en la que la música se transformó en unaherramienta de lucha y resistencia cultural.
La Garganta Poderosa organizó la vigilia
La convocatoria no se limitó al escenario musical: también reunió a figuras del cine y la actuación como Natalia Oreiro, Cecilia Roth, Griselda Siciliani y la directora Lucrecia Martel. Desde el ámbito de la comunicación, periodistas y pensadores —Darío Sztajnszrajber, Gustavo Sylvestre, Julia Mengolini, Juan Amorín y Flavio Azzaro— aportaron sus miradas en distintos espacios de intercambio. La consigna en las redes fue clara: llegar al 24 de marzo con el grito de “Presentes, ahora y siempre”, replicado en todos los puntos de la ciudad.
El evento contó con el respaldo y acompañamiento de los principales organismos de derechos humanos, entre ellos Abuelas de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo, HIJOS, CELS y el SERPAJ. También se sumaron entidades internacionales y académicas como CLACSO y las fundaciones Rosa Luxemburgo, Heinrich Böll y Friedrich Ebert. Ese amplio arco de apoyo reafirmó el compromiso institucional y social con el proceso de Memoria, Verdad y Justicia en una fecha conmemorativa clave.
Hacia la noche, la Plaza seguía colmada de gente
Como cada año, la vigilia funcionó como el motor de arranque para la movilización del 24 de marzo, donde se espera una participación masiva con la presencia de organizaciones sociales y políticas. Las columnas comenzarán a concentrarse este martes desde las 14 en diversos puntos de la ciudad para confluir en el acto central. La jornada de hoy sirvió para calentar motores y dejó en claro que, a cinco décadas del horror, el reclamo por los derechos humanos sigue vigente y cuenta con un fuerte relevo generacional.
El rol de la cultura y la logística del 24
La presencia de figuras culturales en la plaza subrayó el papel del arte como vehículo para mantener viva la historia reciente. Para los organizadores, que 50 voces referentes se encontraran en este espacio permitió amplificar un mensaje que busca llegar a las juventudes que no vivieron la dictadura, pero que hoy enarbolan las mismas banderas. La vigilia, que se extenderá hasta la medianoche, cerrará con un clima de mística y preparación para la marcha del día siguiente.
Respecto a la movilización de mañana, el esquema logístico ya quedó definido con las organizaciones sociales y políticas que marcharán hacia la histórica plaza. El compromiso colectivo se sintió en cada charla y en cada canción de esta tarde, evidenciando que el 50° aniversario del golpe encontró a la sociedad argentina movilizada. La jornada de este lunes fue el testimonio vivo de una memoria que, según el lema del encuentro,“no se nos pasa”.
Finalmente, el acto central del martes pondrá el cierre a una semana de actividades conmemorativas en todo el país. Los organizadores de la vigilia destacaron que la gran afluencia de gente desde temprano vaticinó una de las marchas más importantes de los últimos años. Con la identidad como eje, la Plaza confirmó una vez más su rol como espacio de resguardo de la democracia y de recuerdo de quienes ya no están.
El 28 de abril de 1977, un grupo de mujeres se congregó por primera vez en la Plaza de Mayo para exigir la aparición con vida de sus hijos secuestrados. Debido al estado de sitio decretado por los golpistas, las fuerzas de seguridad les ordenaron circular, dando origen a las marchas alrededor de la Pirámide de Mayo.
El registro audiovisual de la cadena pública neerlandesa NOS inmortalizó el instante en que Marta Vásquez, Hebe de Bonafini y otras mujeres rompieron el silencio. Las cámaras extranjeras habían llegado al país por el próximo Mundial de Fútbol de 1978.
“Queremos saber dónde están nuestros hijos, nada más. No nos dicen nada”, exclamó una de las manifestantes frente al micrófono. La interpelación directa a los periodistas buscó visibilizar la desaparición forzada de personas ante la censura de la prensa local.
Las mujeres explicaron que agotaron las instancias legales ante el Ministerio del Interior y la Justicia. “Ya no sabemos a quién recurrir: consulados, embajadas, ministerios, iglesias, en todas partes se nos han cerrado las puertas“, sentenció otra madre ante el equipo televisivo.
La dictadura militar, encabezada por Jorge Rafael Videla, calificó inicialmente a estas mujeres como “las locas de la Plaza”. El video muestra la organización incipiente de quienes luego conformarían la Asociación Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas de Plaza de Mayo.
El material fílmico detalla el uso de pañuelos blancos en la cabeza, que originalmente eran pañales de tela de sus hijos. Ese símbolo las identificó durante la procesión religiosa a Luján y se transformó después en su distintivo internacional permanente.
“Por favor, somos todas madres de desaparecidos“, gritó una mujer a la cámara mientras sostenía una foto. La densidad de la protesta en ese momento histórico desafió el Decreto Ley 21.322 que prohibía cualquier actividad política o de protesta en la vía pública.
¿Qué impacto tuvo el testimonio de las Madres en la prensa internacional?
La difusión de esas imágenes en Europa y Estados Unidos provocó la primera presión diplomática sostenida contra el gobierno de facto. Los medios internacionales empezaron a emplear el término “desaparecido” sin las comillas que imponía la terminología oficial de la Junta Militar.
El registro de NOS permitió documentar que las Madres no pedían una mejora económica, sino el cumplimiento del habeas corpus. “Solamente queremos saber dónde están, vivos o muertos“, fue la frase que marcó el quiebre de la narrativa de “paz social” oficialista.
La filmación ocurrió meses antes del secuestro de las fundadoras en la Iglesia de la Santa Cruz. Entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977, un grupo de tareas liderado por Alfredo Astiz secuestró a Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco.
Cómo se organizaban las Madres de Plaza de Mayo en 1977
Las reuniones se celebraban en iglesias o plazas públicas de forma rotativa para evitar detenciones masivas. El video muestra la coordinación espontánea con la que rodeaban a los corresponsales extranjeros antes de que la Policía Federal Argentina interviniera y dispersara la concentración.
La táctica de “circular” impidió que las arrestaran por desacato a la prohibición de reuniones. “Nos dicen que no podemos estar paradas, entonces caminamos“, explicaron a los cronistas. Esa acción física de girar en sentido antihorario se repitió cada jueves a las 15:30 horas.
El documento audiovisual registró el clima de desesperación y la urgencia por contar con una lista de detenidos. Centros clandestinos de detención, como la ESMA o el Club Atlético, ya funcionaban a plena capacidad en el área urbana de la ciudad en 1977.
La presencia de cámaras impidió, en esa jornada, una represión violenta directa. No obstante, el archivo muestra la vigilancia de personal de civil que merodeaba la zona mientras las mujeres hablaban ante los lentes de la televisión europea.
“Nuestros hijos son jóvenes, trabajadores, estudiantes, no son delincuentes“, aclaró una de las protagonistas del video. Esta aclaración fáctica buscó rebatir la propaganda oficial que vinculaba a todo desaparecido con actividades de la lucha armada o el terrorismo.
El Gobierno nacional prepara un nuevo mensaje audiovisual para emitir este 24 de marzo, en el marco del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, con la intención de reforzar su lugar en la disputa histórica y cultural sobre la última dictadura. Es una estrategia que el oficialismo repite desde hace tres años y que busca imponer la noción de una “memoria completa” como eje de su relato.
Según informó la Agencia Noticias Argentinas, los equipos de comunicación de la Presidencia ultiman los detalles de una pieza audiovisual que será difundida en las próximas horas, cuyo contenido se mantiene en estricto secreto. La producción está a cargo del director nacional de Comunicación Digital, Juan Pablo Carreiras, y del cineasta Santiago Oria, ambos cercanos al presidente Javier Milei.
Una estrategia que se repite
La difusión de este tipo de materiales integra una línea sostenida del oficialismo para incidir en el debate público sobre el pasado reciente. En 2025, quien protagonizó el mensaje fue el politólogo Agustín Laje, que en un video puso en duda la cifra de 30 mil desaparecidos sostenida por organismos de derechos humanos.
Esa postura también fue manifestada por el propio presidente, que en reiteradas oportunidades rechazó lo que define como una “visión parcial” de la historia y reivindicó la necesidad de incorporar otras interpretaciones del período.
Contexto político y tensiones
La nueva intervención del Gobierno se producirá en un contexto marcado por movilizaciones masivas de organismos de derechos humanos, partidos políticos y sindicatos, que volverán a marchar en todo el país al cumplirse un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976.
En paralelo, el debate se trasladó también al ámbito institucional. En el Senado se aprobó recientemente una declaración de condena al golpe impulsada por sectores de la oposición, aunque no sin tensiones en torno al concepto de terrorismo de Estado, que volvió a generar diferencias políticas. A su vez, la Conferencia Episcopal Argentina hizo un llamado en las últimas horas a construir una “memoria íntegra” y reafirmó el consenso democrático expresado en el tradicional “Nunca Más”.
En ese escenario, el mensaje que difundirá el Gobierno se inscribe en una disputa más amplia sobre el sentido del pasado reciente, en la que la memoria, la política y la construcción de relato vuelven a ocupar un lugar central en la agenda pública.
Probablemente, junto a José Claudio Escribano, seamos los únicos que quedamos de quienes atravesaron toda la última dictadura militar ejerciendo el periodismo con la responsabilidad de conducir una redacción y que hoy siguen haciéndolo.
Al ser cada vez menos los testigos que conservan la perspectiva desde la misma función, la responsabilidad de transmitir esa experiencia crece. Espero la de Claudio con interés.
En mi caso, la huella mnémica quedó en el cuerpo, algo que no puede sentir quien no lo vivió. Hace poco más de dos años me operaron de columna en el Hospital Italiano; su jefe de traumatología relata que, al salir de la anestesia aún inconsciente, gritaba de dolor hablando sobre la tortura en El Olimpo, donde estuve detenido en 1979.
Nunca odié; siempre estuve agradecido de haber sido uno de los que sobrevivieron en El Olimpo, donde asesinaron a 700 de los 750 detenidos, y lo mismo sentí después de la Guerra de Malvinas, esa vez ya sin la ilegalidad de la desaparición, cuando ordenaron mi arresto a disposición del Poder Ejecutivo por traición a la patria.
Esas dos salvaciones hicieron tener fe al agnóstico que era.
Leyendo en estos días, a 50 años del golpe del 24 de marzo, columnas muy interesantes sobre ese período —más que análisis—, lo que puedo aportar es testimonio personal.
Conocí a Videla, conocí a Massera y conocía a Camps. Paradójicamente, no conocí a quien me hizo desaparecer en enero de 1979 y que, tras una semana, me liberó a pocas cuadras de la sede del Primer Cuerpo de Ejército —que él comandaba—; me hizo cruzar la ciudad con un encapuchado desde Flores, donde estaba El Olimpo, a Palermo para llevarles a los militares “blandos” el mensaje de que había sido él, Suárez Mason.
Massera produjo la primera prohibición de circulación de la revista que dirigía –La Semana– por haber publicado una nota del historiador Armando Alonso Piñeiro titulada “Brown era pirata y Güemes anarquista”. Así de ridículo.
Videla era aun más ridículo: en 1980 citó a los directores de medios a una reunión en la Casa Rosada para un anuncio importante. Éramos Ernestina Herrera de Noble (Clarín), Bartolomé Mitre (La Nación), Aníbal Vigil (Editorial Atlántida), Bernardo Neustadt (revista Extra), Hugo Gambini (revista Redacción) –hoy todos fallecidos– y yo por Editorial Perfil. Por entonces la radio y la televisión eran estatales y obviamente no existía internet, por lo que solo había prensa privada en papel.
El anuncio fue que Argentina iba a entrar en guerra con Brasil porque la construcción de la represa de Itaipú con una cota “excesiva” iba a dejar sin agua el río Paraná. El deseo de una guerra estaba entre ellos. Juan Pablo II les había impedido la guerra con Chile dos años antes, y recuerdo muy bien en los interrogatorios en El Olimpo que combinaban tortura psicológica y física, el interés crítico sobre la frustrada guerra con Chile que “se quiere quedar con parte de nuestro sur austral”, sumado al antisemitismo que los convencía de la verosimilitud del Plan Andinia, por el cual el sionismo planeaba quedarse con la deshabitada Patagonia estableciendo allí un Estado judío.
Esos delirios dominaban la mente de una parte significativa de aquellos militares, lo que explica no solo lo criminal de su accionar sino también el fracaso de gestión en todos los planos, desde la economía hasta la Guerra de Malvinas, y por eso, a diferencia de las contemporáneas dictaduras de Chile y Brasil, la dictadura argentina terminó tan desprestigiada, lo que posibilitó que Raúl Alfonsín llevara adelante el único juicio en la historia de la humanidad contra los mismos militares que aún tenían las armas.
Sigo con los desvaríos: comenzada la Guerra de Malvinas, conocí al general Camps porque me citó al Estado Mayor Conjunto para “anoticiarme” de que, terminado el combate, me iban a fusilar por traición a la patria por un artículo que habíamos publicado del periodista norteamericano Jack Anderson (ganador el premio Pulitzer 1972 por los Papeles del Pentágono). Camps, a los gritos, me dijo que no existía una flota de 40 barcos británicos viniendo al Atlántico sur, que eran mentiras de los ingleses para amedrentar a nuestros soldados y que yo había colaborado difundiendo informaciones derrotistas, siendo funcional al enemigo. Con una pistola sobre el escritorio, me dijo: “Lo fusilaremos cuando ganemos la guerra porque ahora todas las balas las vamos a usar para matar a los ingleses”.
Episodios como los que relato me llevaron a la conclusión de que, por encima de todo, eran ignorantes. Siendo muy joven, me costaba entender cómo gente tan poco preparada podía tener tanto poder. Sin ánimo de disculpa en lo más mínimo, encontraba algo de consuelo en la explicación del intelectualismo moral de Sócrates, para quien el mal es ignorancia y “actúa bien quien conoce el bien”. Y en Hannah Arendt en su célebre frase sobre la “banalidad del mal” al cubrir como periodista el juicio al nazi Adolf Eichmann. Lo que no implica que el mal sea banal y, al igual que Arendt, en su caso, nunca minimizo la culpa que les cabe a los comandantes de la dictadura, solo quiero transmitir que se trataba de gente muy mediocre, el mejor ejemplo fue Videla balbuceando cuando José Ignacio López hizo historia preguntándole, en una conferencia de prensa pública, sobre los desaparecidos.
Con los años, y después de más de 42 años de democracia, aprendí que –mayoritariamente– no hay virtud superior en quienes llegan a la presidencia y conducen el país. Son iguales de defectuosos que el promedio, agravado porque el exceso de poder produce alejamiento de la realidad.
En su columna de ayer en La Nación, Carlos Pagni cuenta que el secretario general de Videla, José Villarreal, era simpatizante del radicalismo y, citando el libro de Pablo Gerchunoff El planisferio invertido, cuenta el plan que Alfonsín propuso a ese sector de los militares para que hubiera una Asamblea Constituyente con una transición cívico militar breve que desembocara en democracia. Lo que a mí personalmente me consta es que Ricardo Balbín, presidente de la UCR hasta su muerte, en 1981, trató de influir sobre los menos mesiánicos de la cúpula militar para que, tras el período de cinco años de Videla encabezando la Junta Militar, se llamara a elecciones.
Personalmente, entrevisté a Balbín en 1977 y el título del reportaje era una cita del líder radical diciendo: “Videla es un general para la democracia”. Lo paradójico es que la Secretaría de Prensa y Difusión –así se llamaba– de la Presidencia estaba en manos de la Marina, o sea de Massera, quien también dispuso la prohibición de circulación de esa edición de La Semana porque estaban expresamente prohibidos los reportajes a cualquier político. Obviamente, el plan tanto de la Martina como de gran parte de la cúpula del Ejército no era entregar el poder en 1981 sino continuar todo lo que se pudiera, y la Guerra de Malvinas fue el intento de relegitimar al gobierno militar, concluyendo en lo opuesto.
De Alfonsín –hizo su secundario en el Liceo Militar y era de la misma generación, por lo que conocía a muchos de la cúpula del Ejército– sí me consta que tenía en mente desde mucho antes de ser presidente su plan de juzgamiento de los comandantes –solo de quienes hubieran cometido hechos aberrantes–, limitando la responsabilidad de los cuadros subalternos, quienes habían recibido órdenes bajo la concepción de la “obediencia debida”. Terminada la Guerra de Malvinas, La Semana publicó la primera foto en tapa de Alfredo Astiz, el capitán de fragata de la ESMA conocido como “el Ángel de Muerte”, quien había rendido las islas Georgias ante los ingleses. Preocupado por las consecuencias que esa tapa traería, Alfonsín vino a la redacción a alertarme del riesgo que corría: “La responsabilidad se limitará a los comandantes y no a los subalternos. Hijo, no publique eso, lo precisamos vivo para la democracia”.
No le hice caso, Alfonsín tenía razón, la dictadura clausuró La Semana y poco después ordenó mi arresto. Alfonsín terminó siendo abogado del hábeas corpus pidiendo mi libertad y, tras el asilo en una embajada, pasé el último año de la dictadura en Estados Unidos para regresar con la llegada de la democracia.
Walter Benjamin, en su Sobre el concepto de la historia, explicaba la imposibilidad de ver con los ojos del presente la historia tal cual como fue, comparándola con un relámpago, que solo en el breve instante de su presente se puede ver y luego ya pasó.
Ayer, Fernández Díaz, en el mismo suplemento de La Nación sobre los 50 años del golpe que publicó el texto de Pagni, reflexionaba diciendo: “La historia que, por edad, nos ha tocado vivir en su momento ha ido modificándose sutilmente en nuestra cabeza a medida que avanzaron estas décadas de madurez, estudios, lectura y revelaciones”. Sí y no, debo haber olvidado mucho pero a la vez puedo recordar hasta detalles: el temible Ministerio de Interior de los primeros cinco años de la dictadura, el general Albano Harguindeguy interrogándome con insistencia la madrugada que me habían liberado de El Olimpo, u otro ejemplo ridículo del que estaba poblada esa época: cuando publicamos un reportaje al último secretario general de la CGT previo al golpe, Casildo Herrera, célebre por su frase “Yo me borrré”, por haber logrado escaparse antes del golpe y vivir en España, Harguindeguy me cita a la Casa Rosada, me toma del hombro –era voluminoso– y me coloca un billete de esa época en el bolsillo. Ante mi sorpresa, me dice: “Es para Casildo ya que ustedes ponen que sobrevive en España sin recursos”. Una más: tras mi liberación de El Olimpo, tuve que salir de la redacción cuando me llamaba con un seudónimo uno de los militares que venían en cuatro Falcon verdes y, para amedrentarme, me llevaban a dar vueltas sin decir palabra. El seudónimo que él había elegido era Clark Kent, porque yo era periodista.
La Biblia y el calefón todo el tiempo como la letra del tango, lo absurdo, lo banal, el mal, la mediocridad, el disparate. Antes que ideología, vi estupidez en el contexto de una sociedad que quizá, como en 2023, cansada del desquicio peronista de entonces, no midió las consecuencias de preferir autoritarismo. Así como nada comenzó en 1976, venía de antes, tampoco nada terminó en 1983 de eso llamado paradójicamente “Proceso”. La violencia hoy es verbal pero la actitud antidemocrática, opuesta a la deliberación y el consenso, es la misma.
Carlos Ramírez tenía seis años la madrugada del 14 de marzo de 1977. Efectivos de la Policía y del Ejército rodearon su vivienda y abrieron fuego. Su madre, Vicenta, murió por un disparo en la cabeza, pese a haber levantado un trapo blanco para indicar que se entregaba. La Justicia dispuso que el niño y sus dos hermanitos —María Ester, de cuatro años, y Mariano, de dos— fueran enviados al Hogar Casa de Belén, donde permanecieron hasta diciembre de 1983. En la institución les cambiaron el apellido y los sometieron a todo tipo de vejámenes: golpes, violencia psicológica y abusos sexuales. Cuando alguno preguntaba por su familia de origen, lo trataban de “terrorista” o “subversivo” y era castigado. Fueron siete años: toda la infancia.
Cuatro décadas y media después, en abril de 2022, Carlos relató esa historia ante el Tribunal Oral Federal N° 1 de La Plata. Declaró desde Suecia, el país donde se instaló cuando regresó la democracia y se reencontró con su padre. Su testimonio forma parte de “50 historias de juicios por la dictadura en Argentina”, el último libro publicado por La Retaguardia.
La Retaguardia nació en 2003 y se consolidó como un medio de referencia en el seguimiento de los juicios por delitos de lesa humanidad. La pandemia obligó a replantear la lógica de las coberturas y en junio de 2020 comenzaron a transmitir los procesos judiciales por YouTube.
Al principio, algunos tribunales limitaron la transmisión de ciertos momentos, como las declaraciones testimoniales o la lectura de alegatos. Con el tiempo, esos permisos se fueron ampliando y, en julio de 2024, la Cámara de Casación Penal falló a favor de la televisación de todos los juicios.
La decisión resultó clave para transparentar la administración de justicia y fue el impulso para que otros medios empezaran a usar la herramienta. No son pocos los portales que, por ejemplo, colocan en la portada la transmisión del juicio por los cuadernos de Centeno.
Sin embargo, La Retaguardia no se limita a reproducir la señal oficial. “Generamos imágenes y decidimos dónde hacer foco. Es una cobertura. Y, gracias a eso, hubo sobrevivientes que reconocieron a sus torturadores a través de la pantalla. En el juicio de la Contraofensiva, por ejemplo, una mujer que estaba en Río Gallegos viendo La Retaguardia reconoció a un policía que había ido a declarar como testigo. Ese hombre, dos años después, terminó condenado”, contó a PERFIL Fernando Tebele, uno de los fundadores del medio.
Testimonios en primera persona
El libro “50 historias de juicios por la dictadura en Argentina” se publica en un contexto particular: el próximo 24 de marzo se cumple el 50° aniversario del último golpe de Estado cívico-militar en la Argentina y, lejos de lo que se podía suponer años atrás, las políticas de Memoria, Verdad y Justicia dejaron de ser un consenso transversal.
Antes de asumir la presidencia, Javier Milei afirmó que los crímenes de la dictadura fueron “excesos”. Su vice, Victoria Villarruel, es uno de los símbolos de la defensa de la familia militar. La disputa sobre lo que ocurrió en la Argentina durante los ‘70 forma un nudo central de la batalla cultural que plantea La Libertad Avanza.
“Le quieren contar a las nuevas generaciones una realidad que no fue. No levantan la teoría de los dos demonios, sino que hablan de uno solo: la guerrilla, a la que intentan mostrar con acciones terroristas que fueron excepcionales y no una generalidad. Hasta les quieren abrir causas. Ya no se puede hablar de negacionismo que no hay quien no sepa lo que pasó en el país. Ahora son reivindicacionistas”, aseguró Tebele.
Por eso La Retaguardia decidió compilar 50 testimonios incluidos en expedientes judiciales. Con formato de crónica periodística, cada historia expone el impacto humano de lo que fue un plan sistemático de exterminio ejecutado por fuerzas del Estado.
Los desaparecidos, los torturados en campos clandestinos y los bebés apropiados fueron las víctimas más visibles de la dictadura, pero no las únicas. La declaración de Carlos Ramírez y la de sus hermanos muestran que hubo infancias diezmadas. Mariana Eva Pérez, autora de “Diario de una princesa montonera”, perdió a sus padres cuando tenía 15 meses y reclama que la Justicia la reconozca como víctima y no solo como querellante. Su testimonio también integra el libro.
En los dos tomos de la publicación, la violencia sexual aparece como una constante. Nilda Eloy, que pasó por seis centros clandestinos del Circuito Camps, lo dijo con claridad en una de sus declaraciones: “Es necesario juzgar los delitos sexuales como prácticas sistemáticas, no subsumidas a los delitos generales. No creo que nadie tenga una erección y pueda violar a una detenida solo porque lo dice un superior”.
Las 50 historias son un recorte de la enorme cantidad de personas que declararon en la Justicia. Hablan protagonistas directos del terror, pero también hijos, hermanos y amigos. Hay además relatos de familiares de genocidas que decidieron colaborar en la búsqueda de Justicia.
Se recuperó, por ejemplo, el caso de Martín Azcurra, que halló cuatro dibujos en poder de su padre, el represor Héctor Raúl Azcurra. Los había hecho Laura Susana Martinelli durante su cautiverio. Uno era un autorretrato en el que aparecía junto a su pareja encapuchados y esposados. Martín se los entregó a la hija de la víctima, Mariana Luz Oliva, quien los exhibió durante el juicio “Subzona 15 III” de Mar del Plata. “Esto es testimonio gráfico directo de mi madre, ella es la que está presente en este momento”, dijo frente a los jueces.
Los juicios por delitos de lesa humanidad, hoy
El libro de La Retaguardia se presentará el viernes 13 en la sede de SiPreBA, en la Ciudad de Buenos Aires. Además de Tebele, escribieron María Eugenia Otero, Eduardo Anguita, Carlos Rodríguez, Ailín Bullentini, Sergio Zalba, Giuliana Crucianelli, Pedro Ramírez Otero, Ángela Urondo Raboy, Diego Martínez, Julia Varela, Camila Cataneo, Estela Pereyra, Diego Adur, Raúl Olivera Alfaro, Adrián Camerano, Valentina Maccarone, Mónica Muñiz Mexicano, Julián Bouvier, Ramiro Laterza, Martina Noailles, Pablo Salinas, Luis Enrique Angió, Gabriela Suárez López, Eva González García y Belén Tenaglia.
El prólogo y los epílogos estuvieron a cargo de Pablo Llonto, Ana Oberlin, Mercedes Soiza Reilly, Karina Yabor, Daniel Obligado, María del Carmen Verdú, Gabriela Sosti, Ana María Careaga, Esteban Rodríguez Eggers, Guadalupe Godoy y Claudia Cesaroni.
El propósito de los autores no fue solo recuperar estas historias para el mes del aniversario del golpe, sino también intentar llegar a las generaciones más jóvenes. Por eso, y hasta el 24 de marzo, La Retaguardia viene compartiendo pequeños fragmentos de las historias en sus redes sociales.
En la actualidad, hay 10 juicios activos en todo el país y el próximo 11 comenzará el debate oral por la causa La Fronterita, que investiga la responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad cometidos en Tucumán. El expediente aborda privaciones ilegítimas de la libertad con apremios, vejaciones, aplicación agravada de torturas, violación de domicilio y desaparición forzada, con epicentro en un centro clandestino instalado en un ingenio azucarero.
El tema no está cerrado y aún quedan historias por reconstruir. El pacto de silencio de los represores continúa y la mayoría de los sobrevivientes ya declaró. No obstante, en los organismos de derechos humanos consideran que todavía hay margen para conocer detalles a partir de los jóvenes que cumplieron el Servicio Militar Obligatorio en aquellos años, los colimbas.
Esos jóvenes hoy tienen entre 65 y 70 años. En el juicio por los Vuelos de la Muerte en Campo de Mayo la Justicia los convocó a declarar y sus testimonios fueron determinantes. La fiscal Mercedes Sosa Reilly escribió al respecto en el epílogo del libro, donde calificó a los colimbas como víctimas que, en muchos casos, luego sufrieron la brutalidad de la dictadura en la Guerra de Malvinas.
“Quizás todavía creen que lo que vieron no es tan importante. Pero entre quienes declararon en aquel el juicio hubo alguien que contó que había visto las ampollas de la droga con la que dormían a las personas al lado de la pista de aterrizaje; otro, cómo se movían los aviones; otro, al oceanógrafo que fue convocado para evaluar el mejor momento para tirar los cuerpos al agua y evitar que aparezcan en las costas. Cada pedacito sirvió para reconstruir cuál era el mecanismo”, contó Tebele.
Cinco décadas después del golpe de Estado, los juicios siguen y el pasado se va reconstruyendo pieza por pieza. En ese proceso, la cobertura periodística de La Retaguardia funciona como un archivo vivo. Los testimonios que nacen en los tribunales reconstruyen el pasado, pero también se proyectan hacia el futuro.