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  • Alicia Hartridge de Videla: polémica empresaria que quiso borrar la marca política de Eva Perón

    Alicia Hartridge de Videla: polémica empresaria que quiso borrar la marca política de Eva Perón

    La dictadura iniciada en marzo de 1976 no se limitó a ocultar sus actos: buscó también borrar —o al menos atenuar— quién era en realidad Jorge Rafael Videla, por qué actuaba como lo hacía y desde qué convicciones se concebía a sí mismo. Ese vacío no es casual. La figura del “hombre austero”, “correcto”, casi gris fue parte de una construcción deliberada que simplificaba algo mucho más complejo y, a la vez, más inquietante.

    Hay, sin embargo, un dato que suele pasarse por alto: a los hombres de poder se los puede leer por su entorno. Por lo que eligen, por lo que toleran y por lo que necesitan tener cerca. El silencio sobre Videla también se sostuvo en las figuras que lo acompañaron, sobre todo en el ámbito íntimo, donde el discurso encuentra su reafirmación.

    No se trata solo de reconstruir una biografía sino de comprender una lógica. Tal vez no pueda romperse del todo ese silencio, pero sí correrse un poco: mirar con atención a Alicia Raquel Hartridge de Videla, su esposa durante más de seis décadas, madre de siete hijos y pieza clave en la construcción de esa idea de orden doméstico que acompañó al poder. En esa elección y en esa convivencia también hay una forma de entender quién fue él.

    Jorge Videla y Alicia Hartridge: un noviazgo a la antigua

    La pareja se conoció a mediados de los años 40 en El Trapiche, San Luis —un escenario menos inocente de lo que parece: veraneos prolongados, familias conocidas y apellidos que se repetían—. Él, joven subteniente del Ejército, comenzaba a ordenar su carrera; ella, ya ubicada en un mundo donde el origen y las formas importaban, se movía con naturalidad en ese ambiente.

    El noviazgo siguió un guion conocido y sin grandes márgenes de desviación: visitas a la casa de Morón, horarios pautados, permisos explícitos. Videla llegaba temprano —muy temprano—, conversaba con los hombres de la casa; ella aparecía después. Entonces llegaban la pregunta formal, el reloj de bolsillo, la autorización. “A las 8 de vuelta”. A las 8, todos sentados. Sin excepciones. Nada quedaba librado al azar, ni siquiera lo afectivo.

    Hay escenas que valen más que cualquier documento: la tía —la “gringa” Lacoste, figura central en su crianza tras la muerte prematura de su madre— se burlaba sin filtros: “¿De verdad te vas a casar con un muchacho tan feo?”. La respuesta repetida fue: “Yo lo quiero”. Con una lógica de época: feo, pero de buena familia.

    Videla y Alicia Hartridge
    Almuerzos a beneficio, apariciones medidas, relaciones con ese círculo social que leía en ella una vuelta al orden

    Videla y Alicia Hartridge
    Estuvo casada 65 años con Videla hasta su muerte en 2013

    Porque allí lo central era, precisamente, la familia. El matrimonio no solo sellaba un vínculo afectivo: ordenaba posiciones. A él, joven militar sin un apellido de peso, le aportaba inserción en un estrato social más elevado, ligado a los Lacoste y a otras familias tradicionales. A ella, en cambio, le ofrecía una continuidad casi natural.

    En esa danza de noviazgos —propia de época, clase y códigos— la palabra clave era “afilar”. Sin vueltas: “¿Querés que afilemos?”: una pregunta que podía quedar en anécdota de temporada o conducir a algo más estable. En este caso, lo segundo. El traslado del joven subteniente a Buenos Aires en 1947 facilitó las visitas a Morón y a la casa de los Calcagno, y terminó de encaminar un vínculo ya ajustado a la norma.

    El paso siguiente obedeció al mismo orden. El 26 de enero de 1948, Jorge Rafael Videla elevó el pedido formal para casarse —sí, con autorización militar mediante— en un expediente dirigido a sus superiores, en el que solicitaba permiso para contraer enlace con Alicia Raquel Hartridge Lacoste, domiciliada en Juncal 673. El dato no es menor: incluso lo íntimo pasaba por la estructura. La respuesta llegó pronto, firmada por el teniente coronel Héctor Solari y con el lenguaje burocrático de rigor: seco, impersonal y funcional.

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    Videla fue visto en varias misas durante y después de su gobierno

    Con esa autorización en mano, y con apenas 22 años, avanzó hacia el altar. El 7 de abril de 1948 se casaron. Lo que había empezado dos veranos antes quedaba sellado de una manera que no dejaba mucho al azar. Más que una historia excepcional, fue —precisamente— lo esperable. Y ahí, justamente, radica la clave.

    La llamada “primera dama del terror”

    El origen tradicional de su relación explica buena parte del resto. A diferencia de otras primeras damas más visibles o carismáticas, la función de Alicia nunca fue ocupar el centro. Su rol fue otro, más silencioso y —podría decirse— eficaz: la casa, los hijos, la rutina, la imagen. Siete hijos, una vida ordenada y una presencia medida al detalle.

    En Hurlingham —donde vivieron 15 años— la describieron vecinos y conocidos como una coreografía de previsibilidad. Alicia era la gestora de esa rutina. Se la reputaba como una personaafable” y “simpática“. Raramente alteraban los horarios de las comidas, y sus paseos dominicales a la capilla local eran una constante que reforzaba su imagen de piedad. Nada llamaba la atención y, por eso, todo encajaba.

    Los reyes Juan Carlos y Sofía en Argentina, con Videla 19032026
    Alicia participó en actos protocolares como la visita de los reyes de España en 1978​

    Ese fue, precisamente, el punto: esa misma normalidad empezó a adquirir otro sentido tras el golpe de 1976 y el comienzo de la desaparición sistemática de personas. La cordialidad, vista en retrospectiva, resultó incómoda. Vecinos que habían compartido misas o grupos de oración con ella recibieron siempre la misma respuesta ante pedidos de ayuda: silencio. La amabilidad de Alicia terminaba donde empezaba la “seguridad nacional”.

    Con el golpe, además, pasó a ocupar el lugar de Primera Dama. No fue un cambio menor. Según relatan María Seoane y Vicente Muleiro en El dictador, al principio se negó a mudarse a Olivos. La razón —dicha sin filtros— fue que no pensaba instalarse hasta quesaquen el cadáver de esa. El pronombre “esa” no era inocente: ya portaba historia en la Argentina.

    Cuerpo Eva
    Alicia Hartridge de Videla expresó un fuerte odio hacia Eva Perón

    Ya instalada en ese rol, lo que siguió no rompió con lo anterior: caridad clásica, perfil bajo y austeridad como sello. Almuerzos a beneficio, apariciones medidas y vínculos con ese círculo social que leía en ella una vuelta al orden. Nada improvisado; al contrario, una normalidad mantenida con precisión, incluso desde el poder.

    MV / ML