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  • Servicios públicos subieron 11,4% en marzo: cuánto necesita una familia para luz, gas, agua y transporte

    Servicios públicos subieron 11,4% en marzo: cuánto necesita una familia para luz, gas, agua y transporte

    El costo de vida en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) registró un nuevo salto en marzo, impulsado por una actualización generalizada de las tarifas de los servicios básicos. Según el último Reporte de Tarifas y Subsidios elaborado por el Observatorio de Tarifas y Subsidios del IIEP (UBA-CONICET), una familia promedio necesitó en marzo $213.557 para cubrir sus necesidades de luz, gas, agua y transporte público.

    Ese monto implica un aumento del 11,4% respecto de febrero y consolida una tendencia al encarecimiento del gasto regulado que impacta directamente en el presupuesto de los hogares. El informe destaca que “los incrementos de tarifas en todos los servicios explican el aumento de la canasta”, marcando una dinámica en la que el Estado continúa reduciendo su participación en el financiamiento de los costos operativos de las empresas prestadoras.

    En términos interanuales, la escalada es aún más pronunciada. La canasta de servicios públicos del AMBA aumentó un 445% frente a marzo de 2025, un porcentaje que se ubica significativamente por encima de la inflación general del periodo (el IPC interanual de febrero fue de 33,1%), reflejando el proceso de recomposición tarifaria y la quita de subsidios que se profundizó en el último año.

    El transporte como principal eje del gasto

    Dentro de la estructura de gastos analizada por el IIEP, el transporte público se consolidó como el rubro con mayor peso relativo y el que registró el incremento mensual más agresivo. Para un hogar promedio del AMBA, el gasto en transporte alcanzó los $101.026 por mes, lo que implica una suba del 14,8% en comparación con febrero y un salto del 70% respecto a marzo del año pasado.

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    Este ítem representa por sí solo el 47% de la canasta total de servicios públicos. La suba está vinculada a la actualización de los boletos de colectivos y trenes, en un contexto donde el Gobierno busca equiparar los costos del área metropolitana con los valores vigentes en el interior del país.

    El informe subraya que la incidencia del transporte es determinante en la configuración del gasto mensual, ya que “el gasto en Transporte es el rubro con mayor peso y que tuvo un incremento del 14,8% respecto del mes anterior”. Esta situación impacta con mayor dureza en los trabajadores que dependen diariamente de la red de transporte para movilizarse entre el conurbano y la Ciudad de Buenos Aires.

    Energía y agua: los aumentos en las facturas hogareñas

    El resto de los componentes de la canasta también mostró variaciones al alza durante marzo. En el caso de la energía eléctrica, un usuario de ingresos medios (Nivel 1) enfrentó una factura promedio de $49.462 mensuales (3,2% más que en febrero). Por su parte, el servicio de gas natural por red se ubicó en los $28.025 por mes para el mismo perfil de consumo (14% de suba mensual).

    En cuanto al servicio de agua potable, que en el AMBA es prestado por la empresa AySA, la factura media para un hogar sin subsidios alcanzó los $35.045 en marzo (12,6% de incremento). “En el mes de marzo un hogar promedio del AMBA, sin subsidios, gasta $213.557 en la canasta de servicios públicos”, detalla el documento del IIEP, evidenciando que la suma de los servicios energéticos y el agua totaliza $112.531, superando incluso el ya elevado costo del transporte.

    La evolución de estos precios responde a una política de “sinceramiento” de costos. Actualmente, los hogares del AMBA pagan tarifas que, en promedio, cubren el 65% de los costos de los servicios, mientras que el 35% restante sigue siendo financiado por el Estado Nacional a través de subsidios directos a las empresas. Sin embargo, esta cobertura estatal ha retrocedido considerablemente en comparación con el 52% que representaba en el mismo mes del año anterior.

    Cobertura de costos y subsidios estatales

    Uno de los puntos centrales del informe es el análisis de cuánto del costo real del servicio es afrontado por el usuario. En el sector eléctrico, el precio que pagan los usuarios cubrió en marzo el 72% de los costos de generación, mientras que en el gas natural la cobertura tarifaria fue del 97%.

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    “El esfuerzo fiscal por el pago de subsidios se redujo significativamente en el primer bimestre del año”, señala el informe. Según los datos oficiales procesados por la UBA y el Conicet, los subsidios energéticos cayeron un 38% en términos reales durante enero y febrero de 2026 en comparación con el mismo periodo de 2025. Esta caída se explica principalmente por el diferimiento de pagos a la administradora del mercado eléctrico (Cammesa) y a las empresas productoras de gas, sumado al incremento en el precio estacional que pagan los usuarios finales.

    A pesar de los aumentos, el reporte advierte que la persistencia de la inflación genera una presión constante sobre los costos de los servicios. Además, en el caso de la energía, el costo de producción está dolarizado, lo que implica que cualquier movimiento en la paridad cambiaria se traduce, tarde o temprano, en una mayor necesidad de subsidios o en nuevos ajustes tarifarios para mantener el nivel de cobertura actual.

    Impacto en los ingresos y perspectivas

    El peso de la canasta de servicios públicos sobre el Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM) o sobre los salarios medios se ha incrementado de manera notable. Mientras que hace un año la canasta representaba un 10,8% en los ingresos de un trabajador formal promedio, hoy esa cifra llega al 12,3%, obligando a las familias a reconfigurar sus patrones de consumo en otros rubros como alimentos o esparcimiento.

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    El estudio del IIEP concluye que la dinámica de precios regulados continuará siendo un factor de presión sobre el índice de precios al consumidor durante el primer semestre de 2026. Con un Estado decidido a alcanzar el equilibrio fiscal, el traslado de los costos de producción a las facturas finales parece ser la herramienta principal, lo que sitúa a los hogares en una situación de vulnerabilidad ante la pérdida de poder adquisitivo frente a las tarifas.

    La canasta de $213.557 se consolida así como un nuevo piso para el gasto fijo de las familias en el AMBA, una cifra que, según las proyecciones de los especialistas, seguirá ajustándose en los próximos meses en función de la evolución de los precios mayoristas y la programación de las audiencias públicas para los servicios de transporte y agua.

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  • FMI alerta: la IA ya consume más electricidad que Francia y convierte la carrera digital en disputa por recursos

    FMI alerta: la IA ya consume más electricidad que Francia y convierte la carrera digital en disputa por recursos

    El avance de la Inteligencia Artificial y el procesamiento masivo de datos dejaron de ser una cuestión meramente algorítmica y se convirtieron en un fenómeno de fuerte impacto físico y material.

    Según un paper de Thijs Van de Graaf, investigador del Fondo Monetario Internacional (FMI), la infraestructura que sostiene esta tecnología —en particular los centros de datos— ha alcanzado una demanda energética comparable al consumo total de economías avanzadas.

    Hoy, los centros de datos representan alrededor del 1,5% del suministro eléctrico mundial. Esa cifra sitúa el consumo de la industria a la altura del de todo el Reino Unido, supera al de Francia y apenas queda por debajo del de Alemania.

    “La IA está devorando la electricidad”, dice un resumen del propio autor sobre el estudio; si bien la IA es responsable de solo una fracción de ese porcentaje, su ritmo de expansión es acelerado. El informe destaca que entrenar un modelo de lenguaje avanzado exige la misma cantidad de energía que consumen decenas de miles de hogares en un año, y que su operación a escala global multiplica exponencialmente estos requerimientos.

    No obstante, la IA también puede mejorar la eficiencia del sistema energético y contribuir al ahorro, tanto del lado de la oferta como de la demanda, gracias a su capacidad para analizar sistemas complejos y grandes volúmenes de datos, optimizar en tiempo real, reducir incertidumbres y acelerar decisiones, señaló Facundo Armas, desarrollador de Globant, en un reciente evento de la Universidad di Tella sobre Inteligencia Artificial y Transición Energética.

    Armas citó un estudio de 2023 de Google y Boston Consulting Group (BCG) que indica que la aplicación de la IA podría, hacia 2030, mitigar entre un 5% y un 10% las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEIs). Pero también reconoció su “lado B”: alto consumo energético, uso intensivo de agua para refrigerar los centros de datos y demanda de materiales críticos. De hecho, citó, la Agencia Internacional de Energía calculó en 2023 que mientras una pregunta al Google Explorer demanda en promedio 0,3 Watts hora (Wh), un prompt a ChatGPT demanda 2,9 Wh, casi 10 veces más. Y son millones y millones de consultas a las distintas IA, permanentemente.

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    La presión sobre las redes nacionales

    Según el estudio del FMI, si bien a escala global el aumento de la demanda por IA constituye menos de una décima parte del crecimiento energético total de esta década —por debajo de otros sectores como los vehículos eléctricos—, su impacto en los balances nacionales resulta crítico. En países como Estados Unidos y Japón se proyecta que los centros de datos serán responsables de casi el 50% de la nueva demanda eléctrica de aquí a 2030.

    El caso de Irlanda es paradigmático entre las economías avanzadas: allí estas instalaciones ya absorben más del 20% de la electricidad total del país. Esa concentración geográfica genera tensiones logísticas, pues los centros de datos se ubican cerca de núcleos urbanos y su construcción avanza mucho más rápido que la expansión de las redes de transmisión.

    En el norte del estado de Virginia (EEUU), el mayor polo mundial de centros de datos, estas instalaciones consumen el 25% de la energía del estado. Esa situación ha derivado en la suspensión de nuevas conexiones para otros usuarios y ha forzado a operadores en ciudades como Dublín a paralizar proyectos que no cuenten con capacidad de generación eléctrica propia.

    Más allá de los electrones: agua y minerales

    La materialidad de la tecnología digital alcanza otros recursos naturales finitos. El investigador Van de Graaf advierte que la percepción de la IA como algo intangible es errónea. En sus palabras: “Detrás de cada chatbot o generador de imágenes se esconden servidores que utilizan electricidad, sistemas de refrigeración que consumen agua, chips que dependen de frágiles cadenas de suministro y minerales extraídos de la tierra”.

    El consumo de agua se ha convertido en un foco de conflicto central. Los sistemas de refrigeración de los grandes servidores requieren millones de litros diarios para operar. Según datos citados en el artículo, dos tercios de los centros de datos construidos en Estados Unidos desde 2022 se localizan en regiones que ya enfrentan escasez hídrica. En estados como Arizona, así como en países como España y Singapur, la competencia por el agua entre el uso doméstico y las necesidades de los gigantes tecnológicos ha generado disputas regulatorias.

    A esto se suma la dependencia de la industria minera. La construcción de un complejo a hiperescala puede requerir una cantidad de cobre similar a la producción anual de una mina de tamaño medio. Las proyecciones de la Agencia Internacional de Energía (AIE) indican que para 2030 estos centros consumirán anualmente:

    • 500.000 toneladas métricas de cobre.
    • 75.000 toneladas de silicio.
    • Más del 10% de la demanda mundial de galio.

    Geopolítica de los suministros

    La competencia por el liderazgo en inteligencia artificial se ha transformado en una carrera por el control de la cadena de suministros de hardware. Los semiconductores de última generación, esenciales para el entrenamiento de modelos, representan un punto de estrangulamiento estratégico. Actualmente, la producción de estos chips avanzados está concentrada casi exclusivamente en la provincia china de Taiwán, a través de la empresa TSMC.

    Esa concentración ha disparado medidas de política industrial a nivel global. Mientras Estados Unidos impone controles de exportación y subsidia la fabricación local, China ha respondido con restricciones sobre minerales críticos. El gigante asiático controla actualmente entre el 80% y el 90% del refinado mundial de silicio, galio y tierras raras.

    Desde finales de 2024, Beijing ha sumado restricciones adicionales sobre metales como el tungsteno, el teluro, el bismuto y el molibdeno, todos componentes indispensables para microprocesadores y hardware de servidores. Esta pugna ha llevado a que potencias como Japón, la Unión Europea y Corea del Sur busquen alianzas estratégicas en África y América Latina para asegurar el acceso a materias primas.

    La infraestructura de la “hiperescala”

    La escala de los proyectos futuros supera las capacidades de la infraestructura actual. Los centros de datos denominados de “hiperescala” operan con necesidades energéticas de decenas de megavatios. Sin embargo, la próxima generación de proyectos busca alcanzar los gigavatios. Un ejemplo citado por Van de Graaf es el complejo de 5 gigavatios planificado en Abu Dabi por OpenAI y sus socios. Esta instalación equivaldría a la potencia de cinco reactores nucleares y cubriría una superficie de 26 kilómetros cuadrados.

    Ante este escenario, las empresas tecnológicas han pasado de ser consumidores a actores protagónicos del sector energético. Microsoft, Amazon y Google se encuentran hoy entre los mayores compradores de energía renovable del mundo. Ante la saturación de las redes públicas, estas compañías están invirtiendo en tecnologías propias, que van desde la geotermia avanzada hasta el estudio de pequeños reactores modulares nucleares (SMR) y el uso de hidrógeno como reserva.

    Eficiencia y la paradoja de Jevons

    Aunque han aparecido avances en eficiencia, como los procesadores de la serie Blackwell de Nvidia o modelos de software más optimizados —como el caso de DeepSeek en China—, la historia económica sugiere que esto no necesariamente reducirá el consumo total. El artículo del FMI menciona la paradoja de Jevons, la cual indica que cuando el costo de un recurso disminuye debido a la eficiencia, su uso suele aumentar con tanta rapidez que termina por anular el ahorro inicial.

    La falta de transparencia es otro de los desafíos señalados por Van de Graaf. Actualmente, la industria facilita escasa información pública detallada sobre su consumo real de electricidad, agua o minerales. Esta opacidad dificulta la tarea de los reguladores y las empresas de servicios públicos para planificar la expansión de las infraestructuras necesarias sin comprometer la estabilidad de los sistemas nacionales o los objetivos climáticos.

    La transición hacia una economía digitalizada por la inteligencia artificial depende, en última instancia, de la gestión de elementos tangibles. La capacidad de los gobiernos para integrar las políticas digitales con las políticas energéticas y de recursos naturales determinará no solo la viabilidad técnica de la IA, sino también la sostenibilidad de las redes eléctricas y el acceso equitativo a los recursos básicos en las próximas décadas.

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