Esta columna podría titularse “Regresar a septiembre”. El 1° de septiembre, en el Teatro Colón, Clarín celebraba sus 80 años y, entre todo el círculo rojo presente, recuerdo la expresión de terror de uno de los propietarios de una petrolera cuando, conversando conmigo, cité la columna de Morales Solá sobre los crecientes rumores en ámbitos parlamentarios acerca de un posible juicio político a Milei. Hoy esa escena resulta impensable: en lugar de buscar un tercio de diputados que lo salven de una destitución y frenen la reafirmación de vetos presidenciales, Milei aspira a los dos tercios para designar en la Corte Suprema jueces que posibiliten una mayoría automática, tras haber logrado con holgura la aprobación de las leyes enviadas en sesiones extraordinarias al Parlamento y, con su nuevo ministro de Justicia, disponerse a nombrar por mayoría simple a más de doscientos jueces vacantes.
La causa que llevó a Milei a aquella situación —casi terminal— en septiembre, luego a revertirla posoctubre y probablemente ahora de nuevo a la anterior, fue la economía. No hace falta ser marxista para admitir que la infraestructura condiciona a la superestructura; y aunque a Néstor Kirchner, en 2003, le pesara reivindicar la primacía de la política sobre la economía, existe al menos una interdependencia. Lo demuestra Estados Unidos: por más éxitos militares que acumule Trump, su suerte electoral en noviembre dependerá de la evaluación de los votantes sobre la economía doméstica.
Política y economía se influencian mutuamente, aunque no siempre al mismo tiempo: una puede ser causa y la otra consecuencia, con efectos retardados según su intensidad. El respaldo de Estados Unidos en septiembre permitió a Milei dar vuelta su suerte: ganó en octubre, se fortaleció políticamente, disipó las amenazas de ingobernabilidad y disfrutó de los clásicos cien días de luna de miel, que en su caso se extendieron varias semanas más hasta la apertura de las sesiones ordinarias el domingo pasado. Sin embargo, ya había señales de desgaste, como los insultos dirigidos a los dos mayores empresarios industriales del país, Rocca y Madanes —símbolos nada menos que del acero y el aluminio, la industria de industrias.
¿Qué lo llevó a retomar su iracundia inicial tras meses de silencio calculado para recuperar apoyos, primero de votantes luego de su derrota en septiembre y después de legisladores tras su triunfo en octubre?
La hipótesis más extendida atribuye el cambio a la recuperación de la autoestima tras la cadena de triunfos electorales y parlamentarios, manifestada en soberbia. Pero otra explicación, quizá más verosímil, es la inversa: que, agotado el impulso de confianza que le dio su victoria —con una desdolarización, la caída del precio del dólar y una baja de las tasas—, en enero y febrero la compra de dólares para atesoramiento volvió a los niveles mensuales del otoño e invierno anteriores, aunque ya sin el “riesgo kuka” o electoral. Eso demuestra que el riesgo es más endógeno al propio plan económico, que además agotó la posibilidad de reducir rápidamente una inflación enquistada y lograr la recuperación de la mayoría de las actividades, hoy en recesión, resumido en la palabra estanflación.
Ese diagnóstico lo comparten el ministro de Economía y el Presidente desde febrero y, una vez pasado el veranito de sus éxitos políticos, llegó al público: ayer un informe de cuatro bancos internacionales puso de relieve las fragilidades de la economía argentina.
Los insultos a los legisladores el domingo parecen, en parte, la reacción de alguien impotente frente a una realidad que no puede torcer: una manera de negarla o, al menos, disimularla y postergar su reconocimiento. Es una sobreactuación de fuerza donde en realidad hay fragilidad, disfrazada con la invocación de una resurrección del kirchnerismo que hoy resulta más simbólica y fantasmal que efectiva.
Pero si la hipótesis de la debilidad fuera más explicativa que la de la fortaleza como causa de su renovada iracundia, se añade otra explicación que trasciende lo económico o lo político y pertenece al terreno emocional y psicológico. Según relata en su nota en la edición de ayer de la revista Noticias el autor del best seller El loco, sobre Javier Milei, y editor de Política de la publicación, en febrero murió uno de los perros del Presidente que, como él mismo explicó reiteradamente, son como hijos.
El perro se llamaba Robert (por el economista de Chicago de las expectativas racionales, Robert Lucas) y, en palabras del propio Milei, dentro de su particular constelación familiar “Robert me ayuda a ver mis fallas y me contiene emocionalmente al tiempo que pelea contra la oscuridad”. Juan Luis González explica en su nota que los hijos de cuatro patas del Presidente cumplen una suerte de esotérico consejo de asesores; más allá de si esa función es real, es comprensible que el duelo por la pérdida afecte su emocionalidad.
Lo relevante es la emocionalidad social: los sentimientos compartidos que construyen el humor público y alteran la percepción de la realidad. Algo está cambiando en cómo los agentes económicos perciben la solidez del plan del Gobierno, y en los votantes, cuya aprobación de Milei ha caído en los últimos meses, como si el hechizo de su segunda luna de miel política empezara a resquebrajarse.
Más allá de hipótesis, lo invariable es que los insultos del domingo en el Congreso continúan la línea de los que en febrero dedicó a Rocca y Madanes. Al Presidente no le faltan motivos de enojo: la guerra en Medio Oriente empaña su viaje en busca de inversiones a Nueva York y eleva el riesgo de que Donald Trump, su aliado y sostén, pueda perder las elecciones de noviembre.
Milei dijo en el Congreso: “La malaria ya pasó”. Ojalá esas palabras tengan efecto exorcizante también para él.
